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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 8
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 9
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 10
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 11
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 12
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 13
TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 14
TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capítulo 15
TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 16
Capítulo 17
A un lado de la carretera, José esperaba la llegada del camionero que le prometió llevarlo hasta Villafranca. Hacia frio y no paraba de moverse. Se frotaba las manos para calentarlas y miraba la carretera cuando oia el ruido de los camiones, que se acercaban, esperando que fuera el camionero que le prometio llevarlo. El sonido de un claxon llamó la atención de José.
– ¡José! Date prisa _Gritó el camionero.
José cogio el petate y lo levantó para cargarlo sobre el hombro. Aceleró el paso para llegar al camión. Abrio la puerta para trepar hasta el asiento y levantó el petate, cargandolo sobre sus piernas.
– Buenos dias _ José sujetó el petate entre las piernas_ A esta hora hace un frio de cojones.
– Sí que hace frio sí. Pero díme hasta donde quieres que te lleve, ¿Donde quieres bajar?.
– Quiero llegar a Cantejéira.
– Yo pasaré por Villafranca para descargar una parte del carbón y después voy a Toral, allí tengo que descargar el resto del carbón en Cementos Cosmos.
– Entonces me dejas en Villafranca _José sacó el reloj de bolsillo_ Por la hora que es, estaremos en Villafranca cuando sean las ocho.
– ¿Estás de permiso?
– Sí, estoy de permiso indefinido _José recolocó el petate para cabiar de postura_ No quiero trabajar en la mina ni una hora mas.
– ¿Que vas a hacer para vivir?
– Cultivar las tierras que ahora están abandonadas.
El chofer guardó silencio. Las curvas de la carretera le obligaban a tener precaucion con la velocidad. José inclinó la cabeza apoyandola en el lateral de la cabina y quedó adormecido por unos minutos hasta que se despertaba a causa del movimiento del camión en las curvas. Abria los ojos y volvia a dormirse, para despertarse de nuevo en la curva siguiente.
– ¡José! _El camionero le puso la mano en el hombro_ ¡Despierta!
– ¿Que pasa, Que pasa? _José pasó las manos por la cara y se frotó los ojos_ ¿Donde estamos?
– Estamos en Villafranca. Ahi, abajo está la estación del tren y si vas hacia arriba está Villafranca.
José cogió el petate, se preparó para bajarse de la cabina y alargó la mano hacia el camionero que, a su vez, le ofreció la suya.
– Gracias por traerme.
– No hay porqué. ¡Hasta otra!
José dejó el petate en el suelo, estiró los brazos para desentumecerse y miró por última vez el camión que emprendió la marcha por la carretera que llevaba a Toral.
– Bueno _Se dijo a sí mismo en voz alta_ Habrá que comer algo antes de emprender el camino a casa.
Cargó el petate sobre el hombro y emprendió camino hacia el centro de Villafranca para dirigirse a la taberna donde, años atrás, iban a comer cuando él y su padre venian de Cantejéira a la feria del ganado, y cuando llegaba la hora de comer, se acercaban a la cantina y siempre pedian pulpo y vino. Descargó el petate, entró en la taberna. Los clientes miraron a la puerta y volvieron a sus bocadillos, sus vinos y sus copas. Se acercó el mostrador donde el dueño golpeaba una cafetera vieja que, si funcionaba, era de milagro o a causa del miedo que le tenia al cantinero.
– Buenos dias.
– Buenos dias _Respondió el cantinero, sin dejar de mover el trapo, de color indescriptible, con el que limpiaba el mostrador_ ¿Que te sirvo?
– Quiero comer algo _Respondió mirando una lata redonda con sardinas en escabeche que tenía en el mostrador_ Ponme en un plato con sardinas, algo de pan y una jarra pequeña con vino tinto.
– Pongase en la mesa que quiera. Ahora mismo se lo preparo.
José miró a su alrededor por ver si conocía a alguno de los clientes de la cantina.
– ¿Sabe si hay alguien de Pradela?
– Me parece que sí. _El cantinero miró hacia una esquina del local_ Aquel chaval que está sentado en la mesa de la esquina es de Pradela. Se llama Guillermo.
– Gracias _Respondio José.
José se acercó a la mesa donde Guillermo daba buena cuenta de los huevos fritos que el cantinero le habia servido minutos antes.
– El cantinero me dijo que te llamas Guillermo.
– Sí señor, mi nombre es Guillermo.
– Yo me llamo José y soy de Cantejéira. He pensado que, siendo de Pradela, tu conoces al señor Manuel y a su mujer, la señora Rosaura.
– Si señor _Guillermo levantó la vista para observar a José_ Los conozco ¿Porqué pregunta por ellos?
– No hace mucho tiempo me encontré con el señor Manuel en el coche de línea. Yo iba a Fabero y él me dijo que iba a Vigo. Alli subiria al barco, que salia para Cuba, con la intención de ganar dinero y volver a casa.
– El señor Manuel y la señora Rosaura cuidaron de mí cuando, a causa de la guerra, yo quedé huerfano de padre y madre. Él y la señora Rosaura hicieron de padres para mí, me cuidaron como si fuera uno más de sus hijos.
– ¿Vas a volver a Pradela?
– Sí _Respondio Guillermo señalando con la mano hacia donde estaban atados un caballo y un burro_ Pero antes tengo que ir a la herreria para que le arreglen las herraduras al burro.
– Me gustaria ir a saludar a la señora Rosaura.
– En ese caso José, si usted quiere, en cuanto el animal esté herrado, podemos ir juntos hasta Pradela.
– Entonces, mientras ponen las herraduras al animal, voy a dar una vuelta por el pueblo y a comprar algunas cosas que me hacen falta.
Guilermo y José emprendieron el camino de salida de Villafranca hasta que llegaron al puente, sobre el rio Burbia, que atravesaron para continuar monte arriba por el camino de Santiago. Dos horas después de emprender el camino apareció a la vista la aldea de Pradela.
– Ya hemos llegado _Guillermo señaló con la mano la casa de Manuel y Rosaura_ Es aquella del lado de abajo. Si después quiere seguir andando hasta Cantejéira tiene que seguir, atravesando el monte, por el camino de arriba.
– Está todo en silencio _Advirtio José_ No parece que haya alguien en casa.
– Es posible que esten dentro de casa. Si estan trabajando fuera, no tardaran en llegar.
José rodeó la casa y todo seguia en silencio. Colocó el petate apoyado en la pared y decidió dar otra vuelta alrededor de la casa hasta que el ruido de los cencerros de las vacas llamó su atención y se acercó a la entrada de la cuadra.
– Buenos días _Saludó José_ ¿Hay alguien por aquí?
– ¿Quie es? _Se oyo desde el interior de la cuadra.
– Soy José de los Camuñas de Cantejéira. Venia a preguntar por el señor Manuel.
De la oscuridad de la cuadra apareció Rosaura con un caldero lleno de leche recien ordeñada y se acercó a la salida. Miró a José, dejó el caldero en el suelo y puso la mano izquierda sobre la frente, a modo de visera.
– ¿Quien eres tú? _Le preguntó sin dejar de observarlo.
– Señora Rosaura, yo me llamo José Camuñas y soy de Cantejéira.
– ¿Que quieres?
– Quiero saber algo de su marido, el señor Manuel. Hace tiempo me encontré con él en el autocar que va a Ponferrada. Me dijo que iba a coger el tren hasta Vigo y que, una vez allí, saldria para Cuba en el primer barco que pudiera.
Rosaura escuchó a José en silencio. Sus ojos empezaron a humedecerse y bajó la vista para que José no la viera llorar. José cogio el caldero con la leche recien ordeñada y acompañó a Rosaura hasta la vivienda que estaba encima de la cuadra. Rosaura abrio la puerta y se puso a un lado.
– Pasa José, pasa y deja el caldero encima de ese banco y espera aquí un momento _Rosaura abrió la puerta del pasillo_ ahora vuelvo.
José observó las paredes de piedra y el lar en el suelo sobre el que pendia una cadena con un gancho donde colgaba una caldera debajo de la que se hacia el fuego para calentar agua o cocer todo aquello que servia de comida para las personas y los animales. En una pared habia colgada una escopeta antigua de un solo caño. A un lado Habia una mesa de madera con un banco alargado para tres o cuatro personas y un escaño de madera con el respaldo apoyado contra la pared.
– Señora Rosaura _Llamó José en voz alta_ Antes estuve mirando alrededor de la casa y he visto que no tiene leña y que no hay paja ni hierba suficiente para el invierno.
– Ya voy, ya voy _Contestó Rosaura_ Ahora salgo.
Por la puerta del pasillo aparecio Rosaura con la niña Carmen en brazos y Adela que llevaba a la niña Elisa cogida de la mano. José, al ver a Adela, enmudecio. No era aquella niña que seis años antes, cuando volvio de la guerra, conocio en la feria de Vega de Valcarce acompañando a su padre, el señor Manuel. Rosaura observaba a José que, en silencio, miraba a Adela sin pestañear. Las niñas Carmen y Elisa corrieron a agarrarse a la falda de Rosaura dejando a Adela frente a José que alargó el brazo hacia ella dandole la mano.
– Has crecido mucho desde que te ví la última vez.
– Sí, me acuerdo. Fue en la feria de Vega de Valcarce.
José soltó la mano de Adela y se volvio hacia Rosaura.
– Señora Rosaura, yo tengo que estar esta tarde en Cantejéira. Mañana volveré y quiero que me enseñe las tierras para ver como estan trabajadas.
– Ven cuando quieras _Respondio Rosaura_ pero ¿sabes si tardaras mucho?
José abrazó y besó a Rosaura, después acarició a las niñas pequeñas y se acercó a la salida. Adela abrio la puerta y se quedó mirando a José que al salir se despidió de ella besandola en la cara.
– Señora Rosaura, ahora tengo que ir a Cantejéira y quiero llegar antes de que sea noche. Vendré a ayudarles mañana por la tarde. Estaré aquí a la misma hora que hoy.
Rosaura y las tres hijas se quedaron en mitad del camino hasta que José se metio, monte arriba, por el sendero que llevaba hasta Cantejéira. Adela cogio a Elisa de la mano y Rosaura levantó a la pequeña Carmen entre sus brazos para volver a casa.
Cuando el sol empezaba a desaparecer por el oeste, José hizo un alto en el camino, sacó el pañuelo del bolsillo del pantalón y secó el sudor de la cara. Puso la mano sobre la frente a modo de visera y observó la iglesia, el cementerio y las casas de Cantejéira esparcidas por la ladera del monte. Tenia ganas de ver a Manuel, su hermano menor. Respiró hondo y emprendio de nuevo el camino.
Manuel miró la altura del sol y decidio llevar las vacas de vuelta a la cuadra. Hacia más de dos horas que las vacas pacian en el prado. Sacó un librillo con papel de fumar, cogió una laminilla y con los dedos le dio forna de canal. Del bolsillo de la chaqueta, sacó una petaca que contenia tabaco picado, lió un cigarrillo, pasó la lengua mojando el borde del papel y lo puso en la boca. Sacó el chisquero del bolsillo y cuando encendio la mecha, un silbido llamó su atención. Levantó la cabeza, miró hacia el camino y vio que alguien movia la mano levantada para llamar su atención.
– ¡Manuel! Aquí, aquí.
Manuel miró hacia el lado de donde venia la voz y reconoció a José. Levantó el brazo saludando de forma que, con el movimiento de la mano, la llama del cigarrillo se hacía mas brillante y, para que no le viera su hermano, lo escondio dentro del puño. José le dio un abrazo y lo apartó sujetandolo por los hombros.
– ¿Como te va el ojo, ves bien?
Manuel apretó los dientes y mantuvo el rostro tenso para evitar un alarido a causa del dolor que le producia la quemadura provocada por el cigarrillo encendido dentro del puño.
– Bien, me va bien _Respondio Manuel.
José observó que le caía una lágrima del único ojo con el que podía llorar y emocionado, le dio otro abrazo que a Manuel le pareció el abrazo mas largo que recibio en toda su vida.
– Vámonos para casa _Ordenó José que, con la agullada en mano, guiaba las vacas hasta el camino de vuelta a la aldea.
– Sí, vámonos _Manuel se llevó la mano a la espalda y la sacudio hasta que el cigarrillo, que colgaba de la piel quemada, cayó al suelo.
Las vacas emprendieron el camino de vuelta a las cuadras sin necesidad de ser guiadas. José y Manuel las seguian a distancia, entretenidos con su charla.
– Manuel ¿Cuantos años tienes?
– Tengo dieciseis. ¿Por qué me lo preguntas si ya lo sabes?
– Dime la verdad ¿Te pega Domingo como antes?
– No, no me pega porque sabe que ahora el que recibiria los golpes seria él.
– ¿Quieres decir que ahora no se atreve a pegarte?
– No se atreve _Manuel miró a José sonriendo con mueca burlona_ Sabe que tiene las de perder.
– ¿Y Emilia?
– Emilia me trata bien. Me grita aguna vez pero ella nunca me pegó.
Las vacas seguian su camino hasta la entrada de la cuadra haciendo sonar los cencerros que alertaron a Emilia de su llegada.
– ¿Porqué traerá las vacas tan pronto? _Se preguntó. Salio al camino y vio a Manuel que, acompañado de José, se acercaban a casa.
El día se fue cerrando poco a poco hasta que el sol desaparecio. Serian las diez de la noche cuendo los cuatro hermanos, después de terminar los trabajos de atención a los animales, estaban sentados a la mesa. Maria cogió el cazo, llenó las cazuelas con caldo. Retiró la olla y miró a José.
– ¿Como quedan los otros hermanos en Fabero?
– Bien, quedan bien _Respondió José_ Trabajan todos en la mina y Maria se ocupa de todo el trabajo de casa.
– Pero tú hoy no trabajas _Comentó Domingo.
– Nó, yo hoy no trabajo. Pedí la cuenta en la mina. No volveré a trabajar en la mina nunca más. Allí los mineros enferman continuamente y todos acaban muriendo antes de hacerse viejos.
– Entonces ¿Que vas a hacer? _Preguntó Emilia.
José se mantuvo en silencio durante unos segundos. Terminó de comer lo que quedaba en el plato, bebio un vaso de agua y se limpió las manos con el pañuelo.
– He venido por Manuel. Mañana saldremos los dos para Fabero.
– ¿Y tú? _Preguntó Domingo_ ¿Que vas a hacer tú?
– Todo lo que hay aquí, las tierras y la casa son de vuestra propiedad porque eran de vuestra madre, la primera mujer de padre. _ José calló por un momento y miró a Manuel que escuchaba en silencio todo lo que decia_ Yo buscaré tierras para trabajarlas y poder vivir de ellas. Sé que no tengo dinero para poderlas comprar pero hay propietarios que las tienen y no las pueden trabajar.
Manuel, apartado en un rincón, escuchaba en silencio todo lo que hablaba José. En su interior sentia una gran alegria después de oirle decir que vino para llevarlo a Fabero. Era su hermano mayor y él siempre cumplia lo que decia.
Emilia reflejaba en la cara el desasosiego que le producia la noticia. Solo eran hermanos por parte de padre pero, en cualquier caso, eran hermanos.
– En ese caso ya nos haras saber donde paras.
– Ya te avisaré _Respondio José_ No iré muy lejos.
Manuel seguia en silencio, interesado en todo lo que hablaban los hermanos mayores. José le miro y señaló el valde vacio que se usaba para llevar la ropa sucia al lavedero público.
– Tú, Manuel, vamos a llenar el valde con agua y la ponemos a calentar. Después te lavas y te vas a la cama, a dormir. Mañana salimos temprano y tienes que ir bien arreglado.
La noche se hacia muy larga para Manuel que no conseguia dormir. Él recordaba aquella vez que lo llevaron a Barcelona para operarlo del ojo. Entonces era un niño pero ahora ya era un hombre y pensaba que la vida no se reducia a esclavizarse en aquellos montes.
Poco después de amanecer, José y Manuel caminaban monte abajo por el sendero que, campo a través, acortaba el tiempo de llegada a la carretera nacional. José miraba la hora en el reloj de bolsillo, miraba a Manuel, que no podia disimular que tenia frio y calculaba el tiempo que les quedaba para llegar a la carretera antes de que pasara el Coche de línea que venia de Lugo. No habian pasado media hora cuando el coche de línea se dejaba ver y hacia sonar el “claxon” antes de llegar al lugar de la parada.
– Escucha Manuel _José metio la mano en el bolsillo de la camisa y sacó un papel y cuatro billetes de una peseta _ Toma este dinero, el coche parará en Villafranca y yo me bajaré.
– ¿Tú no seguiras hasta Fabero?
– No, yo me quedo en Villafranca _José cogió el papel que acompañaba a los billetes y lo abrio de forma que pudieran verlo los dos_ Guarda este este papel hasta que llegues a Fabero y estés en casa, en él está escrita la dirección de la casa donde viven nuestros hermanos.
– En cuanto me vean llegar solo, me preguntan por tí ¿Que les digo?
– Diles que no se preocupen, que pronto iré a veros _José pasó la mano por la cabeza de Manuel despeinandolo y se rió_ Hoy quiero resolver la forma de ganarme la vida sin tener que ir a trabajar en la mina de carbón.
El coche llegó a Villafranca y el conductor abrió las puertas para que bajaran los pasajeros que generalmente eran mujeres y hombres labradores de las montañas. El conductor dejó el motor encendido, bajó para ir a la cantina donde habia un “Water” para aliviar su necesidad de orinar y José bajó del coche para colocarse al lado de la ventana desde donde podia hablar con Manuel.
– No bajes hasta que llegues a Fabero _Le avisó José_ Si tienes duda le preguntas al chofer ¿Entendido?
– Sí, entendido _Respondio Manuel_ Haré como dices.
– Diles a los hermanos que pronto iré de visita _José se separó del coche y levantó la mano a modo de despido.
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