CulToral

TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1

TIEMPO DE IRA Y MISERIA

image

UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO

Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”

 

Capítulo1

En Toral de los Vados, el tiempo de verano es casi siempre muy caluroso. Su estación del ferrocarril es de paso obligado para los trenes que se dirigen a Galicia por el sur atravesando el puente sobre el rio Búrbia. El tren aminoró la velocidad y bufando vapor por los costados acabó parado. Solo bajó José que, sujetando el macuto por el cuello, lo colocó sobre el hombro y se dirigió hacia la puerta de salida. En el andén estaba el funcionario que llevaba debajo del brazo izquierdo un banderín enrollado, de color rojo, y un silbato en la mano derecha. Cuando comprobó que ya nada se movía al lado de tren, colocó el silbato en la boca y sopló con fuerza, a la vez que ondeaba el banderín, llamando la atención del maquinista, como señal de que podía seguir la marcha de tren. José se dirigió hacia el funcionario, esperó a que se girara y se acercó a él.

– Buenos días.

– Buenos días _El funcionario lo observó de arriba abajo a la vez que iba enrollando el banderín de color rojo_ Por la edad que aparenta, veo que viene usted del frente, lleva usted un buen uniforme ¿En qué puedo ayudarle?

– Verá usted, oficialmente la guerra hace meses que se acabó, vengo de Barcelona y quiero llegar a Cantejéira.

– ¿Cantejéira? Creo que es una aldea que está en la montaña.

– Sí señor, pertenece al municipio de Balboa. Tenía que bajar en Ponferrada para coger el coche de línea que va por Villafranca y llega hasta Balboa, pero me dormí y ahora yo quería saber a qué hora sale el tren para Villafranca. Si tarda mucho daría una vuelta por el pueblo.

El funcionario miró a José de arriba abajo, observó que hacía gestos tocándose el lado derecho de la cadera con la mano y que se frotaba alternativamente con suavidad y con fuerza dependiendo de la zona. El funcionario, que le miraba con cierto disimulo, se acercó a él.

– ¿Cómo te llamas soldado?

– José, me llamo José _ dijo mientras se rascaba la cadera.

El funcionario pudo observar parte de lo que parecía una gran cicatriz a lo largo del costado derecho de José.

– Parece una herida de guerra, veo que vienes de Barcelona.

– Sí señor, es herida de guerra y ya se está curando aunque la piel se pone muy tirante y a ratos me produce un picor fuerte pero si me rasco despacio y luego le pongo esta pomada el picor se pasa durante un tiempo. _José le enseñó un bote de cristal con una sustancia blanquecina en su interior.

– ¿Dónde te han herido?

– Fue en Alcarrás cuando otro soldado catalán y yo íbamos a recoger un herido. Alguien disparó y un trozo de metralla muy caliente me dio de lleno. La herida no es muy profunda pero está muy extendida.

El funcionario se acercó un poco más a José y se inclinó para ver la cicatriz mientras que José bajaba unos centímetros más el borde del pantalón para facilitar la visión.

– Según las noticias que llegaban de allí, aquello se convirtió en una escabechina. Al parecer los rojos reclutaron a todos los abuelos y niños, sobre todo se veían niños con poco más de quince años.

– Bueno, a mí me reclutaron con dieciocho años, ahora tengo veinte veintiuno.

– ¿Es la primera vez que estás en Toral?

– No señor, ya estuve otra vez. Fue en julio de mil novecientos treinta y cinco, hace cuatro años, cuando vine a la feria, con mi padre. Entonces yo tenía dieciséis años.

– Bueno, de todas maneras ahora hay que empezar de nuevo la vida. Tus padres y tus hermanos se alegraran de tenerte con ellos de nuevo ¿Saben que vuelves a casa?

– Creo que sí. Mandé un telegrama desde Barcelona diciendo que volvía a casa pero Cantejéira está lejos de Villafranca y no sé si llegó el telegrama. Espero que se lo hayan entregado. En cualquier caso llegare hoy, aunque sea de noche.

– Seguro que tus padres tendrán ganas de verte. Un mocetón como tú les será de gran ayuda.

– En realidad me esperan mis hermanos. Mi padre se murió en octubre de mil nueve cientos treinta y cinco, poco tiempo después de que viniéramos a Toral, a la feria.

– Bueno, en cualquier caso te esperarán tu madre y seguro que tienes hermanos.

– Verá señor, al año siguiente, unos meses después de morir mi padre, en mil novecientos treinta y seis, poco antes de empezar la guerra, se murió mi madre y también mi hermana pequeña que se llamaba Dorinda, pobrecita, tenia doce años y yo la quería mucho. Entonces yo tenía diez y seis años. No se murieron porque se hayan dado un golpe ni por accidente alguno, no señor, se murieron de miseria y penuria.

El funcionario miró a José con cierta misericordia, sus ojos se humedecían a la vez que luchaba para que no se notara. Se acercó más a él y le puso la mano en el hombro con sentimiento paternal.

– Bueno, el tren saldrá dentro de dos horas y cuarto, llegarás al medio día a Villafranca. Si no te vuelvo a ver, que tengas buen viaje _Y acercándose a José como precaución para poder hablarle en voz baja prosiguió_ Verás José, aún hay por aquí muchos animales sueltos. La mayoría son falangistas que, a pesar de que oficialmente la guerra terminó, están buscando a los escapados republicanos para matarlos y buscan cualquier escusa.

– Está bien señor, gracias por avisarme.

José, ya aliviado de los picores que le causaba la herida, se ordenó el pantalón y la camisa, sacó del bolsillo una cartera y la abrió asegurándose de que todo estaba bien. Sacó un billete, lo metió en el bolsillo de la camisa y guardó la cartera, comprobando que estaba bien protegida. Es todo lo que tengo _dijo para sí en voz baja.

Sacó el reloj del bolsillo, comprobó que llevaba la misma hora que el de la estación y salió a la plaza, que no visitaba desde el último día que él y su padre bajaron de Cantejéira para llevar media docena de cerdos de cría al campo de la feria, que estaba delante de la iglesia, para venderlos.

Una placa, sujetada en la pared, mostraba “Plaza de la estación”. Observó que todo seguía igual, al menos aparentemente. Frente de la salida de la estación estaba la fonda cantina Llanes, a su izquierda el Casino, a su derecha el estanco y el bar Ferrete.

En el centro de la plaza continuaba la farola, como siempre. No había cambiado nada desde la última vez que él estuvo allí pero ahora estaba todo en silencio, no había gente en las calles como era habitual tiempo atrás. Cruzó la plaza hasta el otro lado y comenzó a caminar por la calle central arriba para girar a mano derecha y continuar hasta el campo de la feria, que era una plaza de tierra donde aparecían los restos de la iglesia que fue quemada el año 1936, al empezar la guerra civil. Allí, en aquella plaza, antes de que la iglesia fuera destruida, estuvo una vez con su padre para vender los cerdos que criaban en la aldea. Nunca eran más de media docena porque dejaban en casa tres o cuatro para engordarlos y que, si no venia la peste, llegarían sanos para la matanza en diciembre. Miró a su alrededor, atravesó la plaza y caminó hasta llegar al barrio de la Poza. Después de observar el lugar y hablar con la gente, que se encontraba en el camino, dio media vuelta para regresar a la estación y allí esperar la salida del tren.

Durante todo el tiempo que duró el viaje desde Barcelona, hasta el momento en que ahora se encontraba, estuvo dando vueltas a la misma idea. Tenía que salir de la montaña, salir de Cantejéira y bajar para vivir en el valle, ya fuera en Villafranca, Villadecanes, Toral o cualquier otro sitio pero lejos de la montaña, un lugar donde la vida no fuese tan dura y tan aislada. Ahora, que se había acabado la guerra, trabajaría con ahínco y con ganas. Criaría cerdos y también se haría con tres, cuatro o cinco vacas. Unas para el trabajo del campo y otras para criar terneros y hacer quesos para llevar a las ferias y venderlos. Si además conseguía trabajo en una de las cementeras que había en la comarca, podría disponer de dinero en efectivo. Toral de los Vados era el sitio que más le gustaba para establecerse porque era llano, había agua y era muy fértil y si además pudiese entrar a trabajar en la fábrica de cemento la vida sería más fácil. Durante todo el tiempo que duró el viaje desde Barcelona José soñó con muchos planes para reorganizar su vida.

Absorto en sus pensamientos volvió caminando hasta la calle que salía de la estación y giró a la derecha, enfrente estaba “casa Vila” y la calle seguía desierta. Continuó hasta llegar a la central de teléfonos y giró a la izquierda, por una calle estrecha que llegaba hasta el barrio del Ferradal.

Después de pasar junto al ayuntamiento volvió sobre sus pasos. Mientras recordaba todos los planes que tenía, llego a la plaza de la estación y entró en la fonda Llanes. Miró a su alrededor sin ver a nadie, dejó el petate en suelo para acercarse al mostrador y golpeó con los nudillos para llamar la atención.

– Buenos días _dijo José en voz alta, esperando que alguien saliera para atenderle.

– Ya voy, ya voy _el cantinero salió de la trastienda y miró a José_ Buenos días ¿En qué puedo servirte soldado?

– Verá, ¿puede hacerme algo para comer? He llegado en el último tren y estoy esperando a que salga el tren de Villafranca.

– Bueno, a esta hora no tengo nada preparado pero te puedo preparar un plato con sardinas en escabeche y algo de ensalada, el pan es de centeno y está hecho de ayer. En el huerto de atrás tengo tomates, cebollas y unos pimientos verdes.

– Me parece bien _señaló una de las mesas_ Voy a sentarme aquí que hay un poco mas de luz.

– Póngase donde quiera, tardaré un rato en prepararlo todo, mientras tanto aquí tiene un vino, es de los buenos, lo tengo desde antes de empezar la guerra.

José cogió el vaso y a pesar de que estaba en ayunas, se lo llevó a la boca para tomar un pequeño trago y paladearlo. Era buen vino del Bierzo, con grado, al que aún no se había acostumbrado.

– Sí que es bueno, sí _dijo en voz alta.

Por un momento recordó cuando iba con su padre a la feria de Villafranca y comían en la taberna donde se reunían los tratantes de ganado. Su padre pedía dos platos de pulpo, uno con pimiento picante y vino y otro con pimiento dulce y también con vino porque, según su padre, con el pulpo se bebía vino y no agua.

José se preguntaba en qué estado encontraría su casa y a sus hermanos. El hermano mayor estaba licenciado del ejército y lo volvieron a llamar cuando empezó la guerra. De los otros hermanos hacia meses que no sabía nada de ellos porque, desde que empezó la batalla del Ebro, las cartas ya no llegaban a casa.

Mientras esperaba sentado a la mesa, estaba callado y pensativo. Los recuerdos se agolpaban en su mente y pujaban por presentarse, atropellándose unos a otros. Su padre murió en 1935 y su madre un año después, en 1936 y cuando parecía que la vida seguía a pesar de todo, su hermana Dorinda de doce años murió tres meses después. Pensaba también en los medios de trabajo, en el yugo y el arado, en como estarían las herramientas, el hacha para cortar la leña y así poder mantener la casa caliente durante el invierno, las cuñas y la maza para poder abrir los troncos, las hoces y las guadañas para poder segar el centeno y la hierba del prado. Pensaba en las bisagras y los cierres de las cancelas para proteger a las gallinas de los ataques de los zorros y a las ovejas, del acecho de los lobos, durante el invierno cuando llegaba la nieve. Pensaba en los cultivos y en los animales que tendrían.

Aún era verano pero el invierno llegaría, la nieve lo cubriría todo durante los meses siguientes y era necesario tener todo preparado para cubrir las necesidades de la familia durante todo el año.

Absorto estaba en sus pensamientos y en sus planes para cuando llegase a casa, que no se dio cuenta de que el cantinero se acercaba a la mesa.

– Bueno, aquí traigo todo, te dejo este jarro de vino para que te pongas lo que quieras. Si quieres algo más me llamas. Estoy organizando el almacén para ver si consigo hacer algo más de sitio.

– Gracias hombre, la verdad es que tengo hambre _respondió José a la vez que cogía el tenedor y el cuchillo.

José comía con ganas y mientras comía miraba el reloj, de vez en cuando, porque el ansia de llegar a casa aumentaba a medida que se sabía más cerca.

Desde que salió de la estación del norte de Barcelona habían pasado muchas horas y aún le quedaban muchas más hasta llegar a Cantejéira, la aldea donde nació él y donde nacieron sus ocho hermanos y donde murieron, meses antes de que empezara la guerra civil, su padre, su madre y su hermana Dorinda, que tenía cinco años menos que él y que tanto se querían. Cuando venia alguna peste y si además era invierno los más débiles quedaban diezmados, al parecer la muerte tenía prisa como si ya supiera que en los próximos años tendría mucho trabajo que hacer. No podía dejar de pensar en todo lo ocurrido y lo que ocurriría a partir de hoy.

El ronroneo del motor de un camión hizo que José volviera a la realidad. Ya casi había terminado la comida y el cantinero, alertado por el ruido del camión, salió del almacén y se acercó a la puerta para echar un vistazo a la plaza. Vio el camión de transporte, un camión “chewrolet” que el chófer acababa de aparcar y que se dirigía a la cantina recomponiéndose la camisa y el pantalón. Caminaba con el cansancio de mantener durante mucho tiempo la misma postura sentado dentro de la cabina. Empujó la puerta del bar y entró.

– Buenos días _ saludó.

– Buenos días _ respondió José.

– Buenos días _dijo el cantinero.

– ¿Tienes café? _preguntó el camionero

– Sí señor, café del bueno. Me ha llegado de Portugal y hoy en día, tal como están las cosas, es el mejor café que podemos tener.

El chófer miró alrededor y se acercó a José, señaló el plato en el que ya quedaba poca comida y el vaso que aún contenía vino hasta la mitad.

– ¿Está eso bueno soldado?

– Sí señor, está muy bueno. Es cierto que tenía hambre, pero está muy bueno.

El chófer, miró hacia el mostrador donde en cantinero esperaba.

– ¿Me puede poner lo mismo que al soldado? Si a él le gusta, seguro que a mí también me gustará.

– Sí señor _respondió mientras ponía en la mesa otro jarro de vino_ ahora mismo se lo preparo.

El chófer se sentó enfrente del soldado, cogió el jarro de vino y bebió directamente de él.

– ¿De dónde vienes chaval?

– Me llamo José, señor y vengo de Barcelona _respondió.

– Veo que eres muy joven José ¿Qué edad tenias cuando te reclutaron?

– Diez y ocho, señor, tenía diez y ocho años. Ahora tengo veinte, los cumplí el diecinueve de marzo, en plena batalla del Ebro _dijo José suponiendo que sería lo siguiente que le preguntaría.

El chófer miraba hacia la puerta que había detrás del mostrador esperando ver al cantinero salir con el desayuno y mientras esperaba, preguntaba una cosa tras otra y José contestaba a todas las preguntas. Cuando era niño, José consideraba a los camioneros como gente especial. Tenía 12 años cuando su padre lo llevó a la feria que hacían en Vega de Valcarce y allí pudo ver, por primera vez, un camión. No era tan grande como el que ahora conducía el camionero que tenía enfrente esperando a que el cantinero le trajera el plato de comida prometido, pero a él, con su estatura de niño, aquel camión que vio por primera vez le pareció muy grande y así lo recordaba. Tan absorto estaba en sus recuerdos que no vio que el cantinero estaba acercándose a la mesa.

– Bueno amigo, aquí le traigo su desayuno, espero que le guste _ y mirando a José continuó_ Aquí, el soldado se lo ha comido todo. No hay como ser joven.

– De eso no hay duda _ respondió el chófer a la vez que se colocaba delante del plato con la mirada ansiosa, el tenedor en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha.

José observaba al chófer que sin duda tenía hambre porque, al ritmo que masticaba y tragaba, pronto acabaría con todo lo que tenía en el plato. Cuando tomó el último trago de vino que quedaba en la jarra, dejó el vaso en la mesa, miró a José, apretó los labios, miró a uno y otro lado y finalmente miró, de nuevo, a José.

– ¿De dónde eres José? _ Preguntó el chófer.

– Soy de Cantejéira.

– Me suena Cantejéira, no sé de qué pero me suena. ¿Para donde queda?

– Queda en dirección hacia Galicia. Si voy en el tren hasta Villafranca, luego tengo que esperar el coche de línea e ir hasta Vega de Valcarce.

– ¿Y después?

– Una vez allí, tengo que caminar en dirección a Balboa y desde allí, continuar monte arriba, hasta Cantejéira. Son 13 kilómetros.

– ¿Saben tus familiares que vuelves a casa?

– Sí señor, espero que sí lo sepan _contestó José_ les he mandado un telegrama avisándoles de mi vuelta a casa, les dije que llegaría esta semana. No pude decirles el día exacto ni la hora pero yo espero que les haya llegado el telegrama y sepan que vuelvo a casa.

El chófer miró fijamente a José. Se emocionó al ver el carácter del “guaje” que tenía delante, hablaba sin rencor, sin aspavientos, con claridad y pensando en el futuro.

– José, yo tengo que cargar el camión en “cementos cosmos”, es una fábrica de cemento que hay a la salida de Toral y después salgo para Galicia. Si tú quieres, puedo llevarte. Cuando lleguemos al cruce que hay antes de Vega de Valcarce, tú te bajas y puedes seguir andando hasta Cantejéira. Llegarás en pleno día.

– La verdad es que me iría muy bien _Respondió José, mirando de frente al camionero_ Tengo ganas de llegar a casa. Desde que me llevaron al campamento de Astorga, con apenas 18 años, no he vuelto a ver a mis hermanos. _José guardó unos segundos de silencio para contener la emoción y continuó_ Me gustaría llegar, a casa, de día.

– En ese caso podemos marcharnos ya _Respondió el camionero.

– De acuerdo señor, se lo agradezco mucho.

José se acercó a la barra, detrás de la cual el cantinero reorganizaba los vasos, platos, y demás utensilios que haría servir a lo largo del día.

– ¿Me dice que le debo, señor?

– Espera, espera chaval, esto lo pago yo _Dijo el camionero a la vez que colocaba un billete en el mostrador.

– Muchas gracias, señor.

Mientras el camionero recogía el cambio que le devolvía el cantinero, José levantó el petate, lo llevó en volandas hasta la puerta y esperó a que el camionero terminara de pagar.

Salieron de la cantina y caminaron en silencio hasta que llegaron al lado del camión. El camionero subió a la cabina arrancó el motor y bajó para abrir la otra puerta.

– Sube arriba que yo te daré el petate. Luego lo colocas entre medio de los asientos para que no se mueva.

José subió al peldaño que el camión tenia debajo de la puerta, se agarró a la barra de ayuda para entrar en la cabina y a continuación se giró para coger el petate y colocarlo dentro, tal como le indicó el camionero, que en ese momento cerró la puerta desde fuera y pasó al lado del conductor. Antes de iniciar la marcha, comprobó el manómetro que indicaba la presión de la bomba de aceite y la temperatura del agua de refrigeración. El camión inició la marcha, rodeando la farola que había en el centro de la plaza y enfiló carretera arriba, en dirección a la fábrica de “Cementos Cosmos”. José pudo reconocer la casa de Vila, a la izquierda de la carretera. Un poco más arriba, a mano derecha estaba la central de teléfonos. Se acordaba de cuando una vez vino con su padre a la feria de Toral, cuando tenía quince años. El camionero guardó silencio esperando a que José dijera alguna cosa pero José tenia la mente en Cantejéira y en los planes que llevaba para empezar una nueva vida, o al menos mejorar la vida que habían tenido hasta ahora. El camionero volvió a comprobar los indicadores del camión y giró la cabeza hacia José.

– Ahora, cuando nos acerquemos a la fábrica tienes que esconderte aquí, en la cabina. Es solo una precaución. Yo no soy el dueño del camión, solo soy el chófer. Si te ve alguien es posible que puedan chivarse. Estamos en un tiempo en que hay muchos que desean hacer méritos con los poderosos.

– No se preocupe señor, _ respondió José_ me agacharé y estaré quieto para no llamar la atención de nadie.

– Después te levantas y te sientas ya que no habrá peligro. Nunca dicen nada pero con los tiempos que corren es mejor asegurarse.

El camionero, en cuanto salió del límite del pueblo aceleró y el ruido del motor se hizo más regular. No había mucha distancia hasta llegar a la fábrica y en poco más de diez minutos se presentó en la oficina de la entrada. Bajó de la cabina, dejando el motor encendido y se dirigió a la ventanilla. Al cabo de varios minutos salió con un papel en la mano, subió de nuevo a la cabina y dirigió el camión a la zona de carga. En poco más de media hora, el camión salía de “Cementos Cosmos” circulando por la carretera, camino de Villafranca. Dentro de la cabina, los dos guardaban silencio. El camionero observaba, de vez en cuando, los indicadores del estado del motor. José seguía en silencio sin atreverse a molestarlo hasta que el camionero, cuando estuvo convencido de que todo iba bien en el camión, giró su cabeza hacia él.

– José, cuando empezó la guerra ¿tú aún estabas en Cantejéira?

– Sí señor, yo tenía diez y siete años. Sin embargo mi hermano mayor, que se llama Domingo, tiene siete años más que yo y estaba en el ejército, la guerra le cogió haciendo el servicio militar y no pudo licenciarse. Tuvo que seguir casi tres años más. Ahora está en casa.

El camionero alternaba el silencio con preguntas a José. Pasaron la aldea de Parandones y poco tiempo después pasaban cerca de la estación del tren de Villafranca para luego seguir por la carretera nacional, en dirección a Galicia. Llegaron a Pereje donde las casas, que estaban a uno y otro lado de la carretera, estaban tan cerca que daba la impresión de que el camión quedaría atrapado entre los tejados. La carretera seguía paralela, en sus rectas y en sus curvas, al rio Valcarcer. Durante el recorrido se contemplaban los huertos que había entre la carretera y el rio donde podía verse a algún que otro labrador trabajando en los huertos.

Llegaron a Trabadelo y una vez sorteados los tejados y balcones de las casas, para que el camión no los tocase, continuaron a velocidad muy lenta hasta dejar, a su derecha, el camino que, cuesta arriba llevaba a Pradela. El ruido del motor era lo único que se oía. Los nogales y castaños abundaban a uno y otro lado del estrecho y fértil valle por el que pasaba el rio Valcarce que regaba las huertas y prados a uno y otro lado del valle.

– Chaval.

– Dígame señor.

– Pareces muy preocupado.

– Lo estoy, lo estoy. Me preocupa lo que haya ocurrido en la aldea _José quedó pensativo unos segundos y continuó_ Al hermano mayor, la guerra le cogió desde el principio y a mí me llamaron un año y medio después. _hizo una pausa y se pasó la mano por la cara acariciándose los ojos y la cara de arriba abajo hasta llegar a la barbilla_ Se quedaron solos los hermanos más pequeños.

El camionero miró a José desviando la vista, por un momento, para fijarla de nuevo en la carretera, él conocía la ruta como a la palma de su mano. Pronto llegaría a Ambas Mestas, cruce de caminos desde el cual José tendría que caminar cuesta arriba hasta llegar a Balboa y después seguir el camino hasta Cantejéira. José cerró los ojos y colocó los dedos, pulgar y corazón, sobre los párpados y permaneció así intentado no quedarse dormido.

– José _ El camionero le tocó con la mano.

– ¡Sí! ¿eh? Perdón, me he quedado dormido.

– Prepárate que estamos a punto de llegar al cruce de Cantejéira.

– ¿Cuanto falta?

– En menos de cinco minutos, pararé a un lado para que puedas bajar.

José movió el petate y comprobó que estaba bien cerrado. No pesaba mucho pero llevaba ropa interior, unas telas enrolladas que compró en Mataró cuando supo que podía volver a casa, unos zapatos y unas botas para trabajar. El camionero pisó el pedal del embrague y tiró de la palanca del cambio de marchas, la movió hacia un lado y la metió de nuevo. Al soltar la palanca el camión redujo la velocidad y fue parando poco a poco hasta que el camionero pisó a fondo el pedal del freno, hasta que paró por completo. José bajó saltando desde la cabina y ya en el suelo, se volvió para coger el petate que había colocado al borde de la puerta y levantó la cabeza mirando al chofer.

Categories: CulToral

4 replies »

  1. Estimado Manuel Camuñas: he empezado a leer el prólogo y el capítulo primero. Me gusta la frescura y sencillez del relato. Me gusta también porque me hace recorrer rincones de Toral de los Vados y todo un conjunto de pueblos que conozco. Por otro lado, me vienen recuerdos de historias oídas a mis tíos de la guerra civil. Enhorabuena y gracias

Deja un comentario