TIEMPO DE IRA Y MISERIA
UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
Lisério y María, con las horcas en mano, recogían el heno que se secaba extendido sobre el prado y hacían montones para cargar en el carro que esperaba preparado con las ruedas bloqueadas, el cabezal levantado y apoyado sobre un madero que lo mantenía horizontal. Lisério llevaba la hierba, con la horca cargada, hasta uno de los lados del carro y la levantaba para que María, subida sobre el carro, pudiera colocarla en la plataforma, repartiéndolos a través de los “estadullos” clavados en los lados del “chedeiro”. Por los laterales del carro, la hierba sobresalía, entrelazada en los “estadullos”, por encima de las ruedas, de tal forma que éstas desaparecían a la vista. Liserio repetía la misma maniobra hasta cargar todo de heno y María repartía la carga de forma equilibrada para evitar que se desplazara, durante el camino, y pudiera volcar el carro. Cuando todo el heno estaba encima del carro, Liserio colocó la cuerda que sujetaría toda la carga, durante el camino, hasta llegar a casa. María se acercó a las vacas que esperaban con el yugo atado al cuello y las guió hasta que el cabezal del carro quedó en medio y Liserio lo colocó encima del yugo atándolo después.
– ¿Está todo bien atado?
– Sí, está todo bien atado.
– Entonces, para casa. Cuando llegues llama a Domíngo para que te ayude a descargar.
Domingo salía de la cuadra con un caldero colgando de la mano, después de vaciar su contenido en el naseiro donde los cerdos comían acompañados de sus propios gruñidos. Colgó el caldero en el gancho y se lavó las manos.
Cogió las herramientas de “crabuñar” y se sentó en un tronco de madera que servía de banco. Con la mano izquierda sujetaba un yunque pequeño que clavó en el suelo a golpes de martillo. Sentado en el tronco y con el yunque firmemente clavado, colocó una pierna a cada lado, cogió el martillo, la piedra de afilar, una botella con agua y los colocó al alcance de la mano para arreglar el filo de corte de la guadaña.
Desde la era ya se oía el “renxar” del eje del carro indicando que estaba cerca. María, con la “agullada” en el hombro, caminaba detrás de las vacas para asegurar que la carga seguía bien sujeta hasta llegar a la era.
– Domingo, suelta la cuerda y ayúdame a descargar. Tengo que volver pronto por la hierba que quedó en el prado para cargarlo antes de que se haga de noche. Liserio y Manuel me esperan para cargar el resto de la hierba.
María esperaba descargar rápido pero Domingo no aparecía. Salió de la era para mirar que pasaba y vio que su hermano seguía con la guadaña, sin hacer caso de sus llamadas y se acercó él.
– Si no me ayudas se hará de noche y no podremos traer la hierba que quedó en el prado. Como esta noche haya rocío se estropeará y no valdrá para las vacas. ¡Vamos, ayúdame! Queda poco tiempo de día.
– Yo no ayudo. Vosotros no sois mis hermanos. Yo solo tengo dos hermanas que son las hijas de mi madre y están en Barcelona. Vuestra madre solo era una puta que se casó con mi padre. Vosotros no sois nada y esta casa era de mi madre. Vosotros no sois mis hermanos porque sois unos hijos de puta.
María, moviendo la cabeza con gesto de negación, miró a Domingo y volvió a la era con la intención de descargar el carro pero no era posible porqué ella sola no podía y la luz del sol no duraría tanto para volver al prado con el carro vacío, cargar y volver a casa para descargar. Colocó un tronco debajo del eje del carro y dos más en las ruedas para evitar su movimiento. Desató el carro del yugo y liberó las vacas para obligarlas a entrar en las cuadras. Comprobó que el carro quedaba seguro y se puso en camino del prado para avisar a Liserio y Manuel de la necesidad de que volvieran a casa y que dejaran la hierba en el prado hasta el día siguiente. Llegó jadeando hasta el prado ante la cara de sorpresa de los dos hermanos que la esperaban.
– ¿Qué ha pasado? _ preguntó Manuel_ ¿Donde está el carro?
– Domingo no quiso ayudar a descargarlo y yo sola no puedo.
– Pero… ¿le dijiste que aún quedaba hierba? _preguntó Liserio.
– Sí, pero empezó con los insultos de siempre y se negó a todo. Dejé el carro calzado y metí las vacas en la cuadra.
Recogieron las herramientas, hoces, guadaña, reatas y demás utensilios. Las repartieron entre los tres e hicieron el camino de regreso a casa. María y Manuel observaban en la cara de Liserio un gesto de dureza que no podía disimular. Los dos apuraban sus pasos para no quedar rezagados y seguir de cerca a Liserio. Cruzaron el camino por donde llegaban los rebaños y los carros de los demás vecinos que volvían a la aldea. Liserio entró en la casa y encontró a Domíngo sentado en el escaño atizando el fuego de la “laréira”.
– Tenemos que descargar la hierba para tener el carro libre para mañana ¿Vienes a ayudar o vas a seguir tocándote los cojones? Tenemos que trabajar todos los hermanos juntos si no queremos acabar arruinados mendigando. ¡Sal fuera y ayuda!
– No somos hermanos. Vosotros sois hijos de la puta con la que se casó mi padre. Me alegro de que haya muerto igual que la mía.
Manuel y María escuchaban la discusión desde fuera de la casa, uno a cada lado de la puerta. Estaban atentos a todo lo que decían Domingo y Liserio cuando el sol proyectaba sobre ellos una sombra alargada. Los dos se giraron y sus ojos se agrandaron al ver a su hermano José que llegaba a casa. Corrieron hacia él, que descargaba en tierra el petate militar y esperó de pié con los brazos abiertos.
– Es José, es José, José ya está aquí, José ya está aquí _los dos gritaban la vez, embriagados de alegría.
La puerta se abrió de golpe y apareció Liserio con los brazos abiertos en busca de José. Se abrazaron con fuerza, la alegría de Liserio alegraba también a José que lo miraba de arriba abajo observando el aspecto que tenia después del día agobiante y rabioso que habían pasado él y sus hermanos pequeños. Domingo se levantó, se acercó a José y se saludaron. Habían estado los dos en la batalla del Ebro y lo licenciaron unos meses antes que a él. Con José en casa, la discusión cambió de tono, Manuel y María no paraban de preguntar cosas sobre él, y José contestaba a todas las preguntas. Estaban contentos y se colocaban cerca de él, escuchando en silencio todo lo que les decía.
Hacía cuatro años que sus padres habían muerto y José era como su padre y hacia más de un año y medio que no lo veían. Hablaron de su hermana Emilia y de Carolina, que vivía en Barcelona con su hijo Fermín y con la esperanza de que Fermín padre, su marido fuera pronto liberado del campo de prisioneros y volviera a casa. Hablaron de Valentín, el único hermano que aún estaba haciendo la “mili” y tardaría unos meses en licenciarse para volver a casa y entonces, solo entonces estarían todos juntos.
José preguntó por el trabajo que había que hacer al día siguiente, y empezó a preparar planes para cuando se levantaran a la mañana. Domingo estaba sentado en el escaño. Se adormecía y se despertaba por momentos. María y Manuel seguían escuchando, en silencio, a José y a cada momento mostraban la alegría de tenerlo en casa. José tenía ganas de hablar con ellos y contestaba a todo para saciar la curiosidad, de los dos hermanos más pequeños de la familia, hasta bien entrada la noche.
– Bueno _José se puso serio_ Liserio, María y Manuel tenéis que ir a dormir porque mañana hay que levantarse pronto para terminar el trabajo que quedó por hacer.
Los tres se levantaron y fueron a la habitación a dormir cada uno en su cama que consistía en un jergón relleno de paja cubierto por una tela gruesa y una sábana para taparse.
José se acariciaba la barbilla con la mano a la vez que con el pié empujó hacia el fuego los restos de dos troncos sin quemar. Se volvió hacia Domingo, frotándose las manos con los dedos entrecruzados.
– Hace dos horas que he llegado al pueblo. Estuve saludando a los vecinos y hablando con ellos. Entre unos y otros me pusieron al corriente de lo que pasaba aquí, en casa.
Domingo se puso alerta y su cara reflejaba la sorpresa que le causaba el hecho de que José haya escuchado todos los insultos y amenazas que le dijo a María. Se levantó, acercándose a la puerta que tenia la mitad superior abierta y se quedó mirando a la calle que ya estaba completamente oscura. Cerró la puerta y se giró de cara a José que estaba callado esperando a que Domingo dijera algo en su defensa.
– La gente se mete en lo que no le importa y mienten mucho.
– Desde lejos he visto como Liserio, María y Manuel cargaban el carro. Sin que me vieran vine a casa y estuve mirando las huertas para ver como estaban. Cuando me acercaba a la casa vi a María que llegaba con el carro y esperé a ver si era capaz de descargarlo ella sola y no solo te negaste a descargar sino que escuché todos los insultos y barbaridades que decías de todos nosotros.
Domingo escuchaba, guardaba silencio y escuchaba a José. Se sentó en el extremo de escaño y apoyando el codo en la rodilla, colocó la mano de modo que pudiera acariciar la barbilla. José le miraba esperando alguna respuesta o comentario para poder hablar y descargar los rencores, odios y demás miserias a las que se vieron abocados en los tiempos desgraciados que les tocó y que aún les seguía tocando, vivir.
– ¿Cuantos años tienes? _ preguntó José mirando las brasas que chispeaban en la laréira_ Si naciste en el año mil novecientos once, ahora tienes…
– Ahora tengo veintiocho _contestó Domingo.
– Tú y Carolina os lleváis un año, porque ella nació en mil novecientos doce.
– Sí, ella nació después. Según decían, yo ya caminaba.
– ¿Y Emilia? _se preguntó José en voz alta_ Emilia es la mayor, tiene ahora treinta y nueve años.
– Emilia tiene cinco años más que yo _contestó Domingo
José se levantó para coger un tronco y lo colocó en el fuego. Con un gancho de hierro atizó a las brasas de alrededor y el tronco comenzó a arder desprendiendo una llama que iluminaba las paredes de piedra y las caras de los dos hermanos. Dejó el gancho apoyado en la pared, se sentó de nuevo en el escaño y miró a Domingo que le observaba en silencio.
– Emilia vendrá pronto de Barcelona. En unas semanas estará aquí. Allí, de momento, están las cosas muy difíciles _José guardó silencio durante unos segundos y levantó la cabeza para mirar a Domingo a la cara_ Cuando subí al tren en Barcelona ella me lo recordó. Allí pasan mucha hambre.
José atizó a las brasas hasta que alrededor del tronco se levantó la llama que acabaría prendiendo en él y se quedó pensativo mirando como crecía, envolviéndolo por completo. José sacó el reloj de la muñeca, miró las agujas y le dio cuerda mientras se dirigía a Domingo.
– ¿Quien tiene las llaves del cementerio?
– Las tiene Pepe el alcalde, las tiene él ¿Para qué las quieres?
– Quiero ir a ver la tumba de los padres _Guardó unos segundos de silencio_ De nuestro padre y de nuestras madres. Quiero llevar un ramo de flores a Dorinda, pobrecita, con doce años y que guapa era, pobrecita.
Se hizo el silencio, los dos miraban al fuego de la “lareira” cuya contemplación causaba serenidad.
– Entonces _dijo Domingo_ iré mañana a pedirle las llaves al alcalde. Iré después de descargar la hierba del carro, así podéis ir a cargar lo que quedó en el prado.
– Sí, mejor así. Yo voy a preparar la cama _respondió José_ estoy molido, llevo dos días sin dormir y aunque en el tren eché alguna cabezada tengo ganas de descansar. Hasta mañana.
– Hasta mañana, yo también voy a dormir. _respondió Domingo a la vez que se levantaba para tapar el fuego con la ceniza de alrededor_ Hay ropa para la cama en el armario.
José subió la escalera que llevaba hasta la planta de arriba donde estaban las camas. Por la parte inferior de la puerta vio luz dentro de la habitación en la que pensaba dormir, lo que le causó extrañeza y curiosidad. Se acercó si hacer ruido, abrió la puerta y vio a su hermana María, que había barrido el suelo y preparado las dos camas, y que cuando le oyó subir por la escalera encendió el candil esperando a que abriera la puerta. José entró y vio como ella colocaba el candil en la mesita y fue a abrazarse a él. Ella tenía doce años y era la única niña que había en la familia porque sus hermanas mayores vivían en Barcelona y hacía cuatro años que el padre y la madre habían muerto por enfermedad. José abrazó a María y la sentó en sus rodillas estrechándola contra su pecho mientras le acariciaba el pelo.
– ¿Estás contenta porque he venido? Hace mucho tiempo que marché y hoy, cuando estaba cerca del pueblo, pensaba que no te acordarías de mí.
– Sí que me acordaba de ti, sí. Me acordaba muchas veces, a la noche cuando venía a la cama, sobre todo en invierno porque hacía mucho frio y estaba mucho tiempo despierta.
– Pronto llegará el día de San Lorenzo y entonces haremos una fiesta.
María, agotada por el cansancio de todo el día de trabajo, se durmió en el regazo de José. La llama del candil centelleaba temblorosa, anunciando que quedaba poco gas y pronto se apagaría. José se levantó con su hermana en brazos y la colocó en su cama. Apagó el candil y se sentó en el borde de la otra cama para quitarse las botas y el pantalón y dejarse caer de espalda sobre el colchón quedándose dormido pocos segundos después, a pesar del continuado ruido de los animales nocturnos, que rompían el silencio durante horas hasta el amanecer.
Eran las tres de la mañana, la luna se presentaba en todo su esplendor y su luz penetraba a través de las rendijas de la contraventana hasta llegar a la cara de María que apartó la sábana, se levantó de la cama y caminó hasta llegar a la puerta para traspasarla y seguir en dirección a la iglesia. Los grillos grillaban y María aceleraba sus pasos, los búhos con sus ayeos se sumaron a los grillos y también los sapos y las ranas con su croar. María arrastraba sus pies sin apenas poderse mover. De repente se hizo el silencio y pudo caminar de nuevo. Corrió hasta llegar a la puerta de la iglesia, se agarró a los barrotes y llamó en voz baja.
– Mamá, ven mamá, ha venido José, ha venido José, ven.
Ella miraba las tumbas que rodeaban la pequeña iglesia, pero no encontraba las de su madre. Gritaba sus nombre pero no respondía. Corrió hasta la puerta de hierro, la abrió y corrió por el camino dejando la iglesia a su espalda hasta que una voz le hizo detenerse.
- Tranquila María, tranquila. Soy yo, soy yo, tranquila pequeña, tranquila.
- Ha venido José, ha venido…, sí, ha venido, está aquí, sí, está aquí.
María se despertó con la frente y las manos invadidas por el sudor, levantó la sábana y se incorporó, sentada en la cama, como si fuera un resorte.
- Estabas soñando, estabas soñando, no te asustes que no pasa nada. Yo estoy aquí y no pasa nada. Ahora es de noche y tienes que dormir.
José puso sus manos sobre los hombros de María y ella, dejándose llevar, quedó tendida sobre la cama mirando a José que le colocó la sábana por encima. Sonrió, se acurrucó y cerró los ojos.
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