TIEMPO DE IRA Y MISERIA
UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
Capitulo 2
José colocó el petate en el hombro y cuesta arriba, emprendió el camino que surcaba el monte bordeado por carquexias y matorrales. Los montes inclinados aparecían cubiertos, a izquierda y derecha, de robles y hayedos en pleno apogeo. El cansancio de José aumentaba y el sudor se hacía notar en su frente, pero no tardó en olvidarse del cansancio y del sudor porque su pensamiento estaba en llegar a casa. Gracias al camionero, llegará de día y abrazará a sus hermanos. Podrá hablar con ellos, les explicará sus planes para rehacer la vida de todos y les enseñará a leer y a escribir. Sus planes le alegraban el camino y eso hacía más ligera la fatiga. El camino seguía tan inclinado como al principio y así continuaría durante una hora más.
Llegó a Quintela, que en aquel momento parecía desierta y continuó camino arriba, dejando a la derecha el camino de Villafeite, hasta llegar al desvío en dirección a Balboa. Él había hecho el mismo recorrido dos veces. Cuando tenía quince años, su padre lo llevó por primera vez a Vega de Valcarce, salieron caminando por la mañana temprano y regresaron por la tarde. Otra vez fue cuando tenía diez y ocho años, en mil nueve cientos treinta y siete, que lo reclamaron a causa de la guerra. Ahora tenía veinte años y la guerra había terminado. Sin padre ni madre y con sus cinco hermanos menores de edad y un hermano mayor, hijo de la primera mujer de su padre, era el momento de luchar entre todos por salir adelante. Sin duda, con mucho trabajo pero saldrían adelante. José llegó a las cercanías de Balboa y miró a su alrededor sin ver a nadie lo cual no le extrañó. Era tiempo de recolección y con toda seguridad, estarían todos en las huertas y en los prados. En este tiempo, el campo requiere mucho trabajo.
Cuando se acercaba a Balboa miró el reloj y dejando el camino que llevaba a Cantejéira, continuó por el camino que conducía hacia la aldea de Vilariños. A los lados del camino el monte estaba frondoso, a lo lejos se veían a los vecinos en plena recolección los unos y arando la tierra, para una nueva cosecha, los otros. Los niños no tenían que volver a la escuela hasta septiembre y también ayudaban en los trabajos del campo.
Al lado derecho, la inclinación del terreno era muy pronunciada y José observaba los castaños que, pendiente abajo, poblaban los sotos hasta llegar al fondo donde el reguero Vidual recogía las aguas de la montaña. Aparecían frondosos y sus hojas reflejaban el sol movidas por el viento suave. Los erizos, aún verdes y con sus puntas amenazantes, guardaban el fruto que durante semanas crecerá en su interior para terminar abriéndose y dejar caer el fruto que será recolectado para alimentar a personas y animales.
El sonido del arroyo llamó la atención de José, que se detuvo para mirar a su derecha. Dejó el petate apoyado contra un tronco seco ocultado por la hierba y caminó por entre los castaños mirando a uno y otro lado hasta que tropezó con una piedra plana y ancha que estaba al pié de dos castaños, a modo de centinelas que guardaran un tesoro. El follaje de aquellos castaños, cercanos a la piedra, era frondoso, los erizos y las hojas eran, en tamaño, muy superiores a los del resto de castaños del soto.
Cogió un puñado de la hierba más crecida, cargó sobre el hombro el petate y atravesando el reguero, subió monte arriba, por la ladera que le llevaría hasta el camino de la aldea de Castañosa y regresó a Balboa para seguir el camino hasta Cantejéira.
Absorto en sus pensamientos y en sus planes, José caminaba sin notar cansancio alguno hasta que el sol le obligó a poner la mano en la frente, a modo de visera, para no ser deslumbrado. A lo lejos José vio la figura de una mujer que salía de entre los castaños llevando algo colgando de la mano y que se dirigía hacia el pueblo. Aceleró el paso hasta que llegó donde estaba la mujer que, ayudada por un bastón y cargando un botijo lleno de agua, aminoró el paso, dejó el botijo en el suelo y se volvió mirando hacia atrás poniendo la mano izquierda en la frente para que el sol no le deslumbrara. José aminoró la rapidez con la que caminaba y le hizo gesto con la mano a modo de saludo.
– Buenos días señora. Veo que lleva un botijo de agua. ¿Está lejos la fuente?
– No, no está lejos _la mujer levantó la mano a la altura de los ojos para protegerlos del sol_ ¡Eh! ¿Tú eres José, el hijo mayor de María Potes de Cantejéira?
José se paró, miró a la mujer que le hablaba y observó el botijo. No la reconocía pero sin duda ella sí conoció a su madre y a él. Hacía cuatro años que su madre había muerto, cuando él tenía diez y seis años. Descargó el petate del hombro, lo dejó en tierra apoyado en las piernas y miró a la señora que le hablaba.
– Sí señora, soy José. Soy el hijo de María Potes.
– Yo conocí a tu madre, cuando éramos jóvenes. Ella era de Corullón. Allí nació y vivió. Era de la familia de los Potes y fue allí, en Corullón, donde conoció a Manuel, tu padre. Poco después se casaron y antes de que pasara un año naciste tú. Sí José, sí, yo me acuerdo cuando naciste tú.
– Señora, yo quería preguntarle si allí en el soto…
– Sé lo que quieres preguntarme hijo, sé lo que quieres preguntarme y te lo diré. Te he visto cuando entrabas en el soto, por entre los castaños.
– Allí, entre los castaños, hay una losa grande en el suelo. ¿Quien la puso?
– Nadie sabe quien la puso. Un día apareció en aquel lugar y poco tiempo después las ramas de los árboles que la rodeaban empezaron a crecer más de prisa y las castañas se hacían más grandes. Allí, debajo de la losa que viste, están enterrados cuatro hombres de Corullón, dos eran hermanos y eran familia de tu madre.
– ¿Sabe usted como se llamaban? _ preguntó José.
– Paciano y Amador, de apellidos Castro y Potes como tu madre. Tienen otro hermano que se llama Julio pero éste se escapó. Cuando los falangistas fueron a secuestrarlos, para matarlos, él se había escapado unas horas antes y no lo cogieron.
– Dijo que los enterrados eran cuatro ¿Sabe quien son los otros dos? _ Preguntó José.
– No estoy segura pero creo que sus nombres eran Rafael y Joaquín. Los apellidos no los sé.
– ¿Están los cuatro debajo de la losa? _ preguntó José.
– Sí _contestó la mujer_ están los cuatro, justo allí, donde los castaños son más grandes y dan las castañas más gordas. Pusimos la losa para marcar el sitio _respondió ella_ Nadie lleva el ganado a pacer a ese soto y nadie recoge las castañas.
José aprovechó para descansar un poco mientras escuchaba a la mujer. Se enteró de todas las cosas acontecidas en la comarca en el último año y medio, supo de los que murieron y los que nacieron, de los amigos y enemigos de los que emigraron y los que regresaron. Miró el reloj y esperó a que la mujer terminara de hablar.
– Bueno, me alegro de hablar con usted. Ahora tengo que seguir haciendo camino para no llegar muy tarde y aunque los familiares no saben cuando llegaré, me esperan en casa y quiero llegar de día.
– Toma _le ofreció la mujer, pasando al lado del camino donde se encontraba José_ Bebe agua que te irá bien ahora que ya no sudas.
– Gracias señora _respondió a la vez que alargaba la mano para coger el botijo y colocarlo en altura consiguiendo que el agua cayese, en la boca, con fuerza.
– Ten cuidado que los “escapados” están por el monte. Les vemos muy a menudo.
José terminó de beber y bajó el botijo de las alturas para devolvérselo a la mujer.
– ¿Y qué hacen aquí cuando vienen?
– Buscan comida, unas veces la piden y otras la cogen a la fuerza y se van.
– ¿Y por qué no se defienden? _ preguntó José.
– No nos defendemos porque vienen armados, tienen pistolas y escopetas. Ellos no nos amenazan pero nosotros tenemos miedo. Hay mucha hambre y mucho miedo.
– En cualquier caso aún me queda camino para llegar a casa _Respondió José mientras levantaba el petate y se lo colocaba encima del hombro_ y a esta hora, que hay mucho sol, es muy cansado caminar.
– Seguro que estarán tumbados a la sombra de los castaños o escondidos en alguna cueva. Espero que no pase nada y puedas llegar a casa para ver a la familia y descansar.
– ¿Cómo se llama usted? _Preguntó José a la vez que le devolvía el botijo_ Es que, cuando hable de usted en casa, me lo preguntaran.
– Carmen _dijo la señora_ me llamo Carmen.
José se despidió de nuevo y emprendió la marcha campo a través para llegar al camino de Cantejéira con la seguridad de que en menos de dos horas estaría en casa. El camino era tortuoso, con muchas curvas, subidas y bajadas en su recorrido y el sol seguía calentando. José conocía el camino entre carquexias, hayedos y castaños que aliviaban, con su sombra, el esfuerzo de caminar. Le gustaban especialmente los castaños de los montes del Bierzo que eran tan grandes y tan viejos que algunos tenían cientos de años. El que más le gustaba era uno, que no era muy alto pero era muy grande a lo ancho. A un lado tenia ramas verdes, que al principio del otoño daban castañas, y al otro lado tenía ramas secas con nidos grandes muy antiguos, donde anidaban las cigüeñas.
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Me encanta la historia tan sencillammennte contada.enhorabuena
Gracias Antonio por tu amabilidad