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“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 9

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Capitulo 9

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 8

…. lo último del capitulo 8

– Señor Manuel ¿Porqué estaba tan triste?
– Verás Guillermo, estaba triste porque un día encontró en el monte dos bombas.
– ¿Dos bombas?
– Sí, dos bombas de mano, de las que se usaron en la guerra.
– ¿Qué hizo con ellas?
– Las guardó en el desván de casa, debajo de la paja pero, Adolfo, el hermano pequeño, subía muy a menudo al desván para jugar y ayer las encontró.
– ¿Qué hizo con ellas?
– No sabía lo que eran pero su curiosidad le llevó a manipular el mecanismo de una de las bombas hasta que explotó matándolo en el instante.
– Pobre señora Rosaura, menudo disgusto se llevará.
– Sí, se llevará un gran disgusto y no creo que haya mujer en el mundo que aguante tanto dolor.

Capítulo 9

Capítulo 9

El otoño estaba en sus últimas semanas y Cantejéira amanecía bajo los rayos que sol naciente enviaba a ras de suelo. Era domingo y eso significaba que el trabajo del día se limitaba al mantenimiento de los animales que permanecían en casa o que pastaban, plácidamente, en los prados. En la casa de los García, María giraba su cuerpo sobre la cama para cambiar de postura, se desperezaba estirando los brazos en cruz y frotando los ojos con el dorso de las manos semi cerradas. La sensación de que su cuerpo pesaba diez veces más de lo que podía indicar una balanza, se apoderó de su voluntad y volvió a acomodarse en la cama.

– Dormiré cinco minutos más y después me levanto _Se prometió a sí misma, pero la voluntad de seguir despierta se desvaneció un instante después.

El sol, que minutos antes se había asomado a ras de suelo, se levantaba en el horizonte haciendo que sus rayos entraran en la casa por las rendijas de las ventanas, convirtiendo el polvo del ambiente en líneas brillantes.

José, después de calzarse las botas, abrió la puerta trasera de la casa y se acercó al gallinero que aún permanecía silencioso. Volvió a las cuadras para observar a las vacas, las ovejas y los cerdos y con el alma en un puño, se giró para ir hasta la puerta de entrada donde, a cada minuto que pasaba, el sol hacía más patente su presencia. Colocó su mano izquierda en la frente a modo de visera, salió al camino para otear los campos, los prados recién segados y las tierras en las que había estado trabajando todo el verano. Apartó la mano y el sol llenó su cara obligándole a cerrar los ojos. Volvió a entrar en casa y allí, de pié, le esperaba María sentada en un extremo del banco, junto a la mesa.

– Ya sé que ayer te despediste de todos pero yo me desperté y no tengo sueño. Después tendré que ir a misa _María se abrazó a José_ porque hoy es domingo y cuando vuelva ya no estarás aquí.

– Pronto vendrá Valentín, le falta poco para licenciarse del ejército y antes de navidad estará aquí _Respondió José, separándola de su cuerpo para verle la cara_ y a mí, cuando hayan pasado tres o cuatro meses, me darán permiso para volver a casa por unas semanas. Bueno, ahora tienes que volver a la cama.

– Acuérdate de escribir. Ahora que ya sé leer, quiero que me mandes cartas a mi nombre.

– Me acordaré _Respondió José mirando la hora en el reloj que había traído al acabar la guerra y que ahora decidió llevarlo de nuevo_ Mandaré una carta para todos y otra especial para tú. Ahora entra en casa y vuelve a la cama que aún es temprano. Adiós.

José cogió la maleta, que llevaba atada con correas, y emprendió el camino cuesta abajo, en dirección a Trabadelo. Cuando había recorrido poco más de cien metros se volvió para mirar la aldea por última vez y pudo ver que María no le hizo caso y seguía en el mismo sitio despidiéndose de él, moviendo la mano a izquierda y derecha. El camino por el que se llegaba a Trabadelo era cuesta abajo. José caminó lo más rápido posible para llegar pronto porque a pesar de que el coche de línea, que venía de Galicia, siempre llegaba con retraso prefería asegurarse por si ese día llegaba a la hora o incluso antes.

En el cuartel de Trabadelo, el teniente Chaves dejó la pluma sobre la mesa después de leer, durante más de media hora, los ofícios y firmar las órdenes del día para ser cumplidas por los subordinados que estaban a su mando. Salió acompañado de dos guardias armados, caminó por la zona del cuartel y se acercó a la parada del autocar donde José esperaba la llegada de coche de línea, que venía de Galicia, junto a dos paisanos y una mujer vestida completamente de negro y con la cabeza cubierta por un pañuelo que solo dejaba ver su rostro.

– Buenos días José _ Saludó el teniente Chaves_ ¿Que te trae por aquí?

– Buenos días mi teniente. Me enviaron una carta ordenando que me presente en Villafranca.

El teniente Chaves hizo un amago de sonrisa hacia José, se giró hacia los soldados moros y con la mano izquierda les hizo una señal para continuar su paseo. La mujer vestida de negro se apartó para sentarse en una piedra con forma de banco que alguien, desconocido, colocó allí para que la espera no fuera tan dura. Sacó un paquete envuelto en papel de estraza en el que llevaba un trozo de pan y tocino cortado en pedazos pequeños. Comió una parte y el resto lo envolvió de nuevo y lo guardó en la bolsa porque era la comida que llevaba para todo el día y tenía que administrarla bien. Se levantó para acercarse a una fuente que salía de la ladera del monte, puso las manos en forma de cuenco y recogió agua para beberla y quitarse la sed.

El ronroneo del motor y el claxon que el chofer hacía sonar siempre que se acercaba a una parada, servía de aviso para que los pasajeros se alertaran de su llegada. Saliendo de la curva de la carretera asomó el morro del autocar. A través del cristal podía verse el conductor que sujetaba el volante con las dos manos intentando salir indemne de la proximidad de los tejados, de las casas del pueblo, que sobresalían a derecha e izquierda de la carretera construida sobre uno de los caminos de carros más antiguos del Bierzo.

– ¡Diez minutos de descanso y marchamos! _Sentenció el chofer que bajó de la cabina y se separó unos metros para meterse entre los árboles y poder mear en la intimidad_ Vayan subiendo y preparen el dinero que en cinco minutos le cobro el billete y seguimos la marcha.

Los dos paisanos y la mujer vestida de negro subieron al autocar y José esperó detrás, junto al escalón y pié en tierra, hasta que vio que el chofer salía de entre los árboles con la cabeza baja y abrochándose los botones del pantalón. Subió al autocar y sentado en posición de conducir, sacó un librillo de billetes.

– ¿Hasta dónde va usted, señora?

– Voy a Villafranca.

La señora pagó el importe del billete y se trasladó a la parte trasera, cerca de la puerta de salida. El chofer preguntó e hizo la misma rutina con los dos hombres que esperaban y finalmente habló con José.

– ¿Hasta dónde quiere el billete?

– Hasta Villafranca. Me enviaron la carta de reclutamiento y tengo que presentarme hoy.

– ¿Me deja ver la carta? _Preguntó el conductor, alargando la mano hacia José.

– Sí señor, aquí tiene.

El chofer miró la carta durante unos segundos y se la devolvió a José.

– Veo que ya estuvo en la guerra. Yo tengo un hijo que está en la misma situación que usted.

– Pues, yo soy el mayor de los hermanos que quedan en casa _ Respondió José_ y ahora, después de estar en la guerra, me llaman de nuevo para que haga el servicio militar.

– Pienso que, si a los diez y ocho años, ya estuvieron en la guerra, no tendrían que hacer el servicio militar a los veintiuno. En cualquier caso, con los tiempos que corren, hay que tener mucho cuidado con quien se habla de esto. Los chivatos que quieren hacer méritos siempre están alerta. ¿Cuantos hermanos sois?

– Tengo tres hermanos mayores que nacieron de la primera mujer con la que se casó mi padre. Ella murió y seis años después, mi padre se casó con la que sería mi madre, se llamaba María Potes y era de Corullón. Tuvo seis hijos, yo fui el primero.

– Bueno, chaval, que tengas suerte. Ten cuidado no sea que, después de salir bien de la guerra, te pase algo malo. Repito, que tengas suerte.

– Gracias _Respondió José_ Espero que todo vaya bien.

José se sentó al lado de la ventanilla y fue observando el paisaje. El chofer hizo sonar el claxon al llegar a Pereje y sin parar siguió su marcha hasta que llegó a Villafranca. Cuando hubo parado, José y la mujer que había subido en Trabadelo, bajaron del coche. Ella se perdió entre las calles del pueblo y José esperó a que subieran los pasajeros que esperaban en la parada. Un hombre con maletín y traje subió al peldaño de la puerta, pagó su billete al chofer y se sentó al lado de la ventana. Dos mujeres, bien vestidas, hicieron lo mismo y ocuparon los únicos asientos que quedaban libres. José se acercó a la cabina y se despidió del chofer, que se preparaba para continuar la marcha y se alejó por la calle que le conducía hasta al cuartel donde tenía que presentarse, tal como le ordenaban en la carta que había recibido.

En Cantejéira, María se repuso de la pena que le supuso la marcha de su hermano José, ella estaba segura de que no tardaría en volver tal como le prometió y solo pensar en su vuelta le animaba y le daba fuerzas.

– Manuel, sal afuera y dile a Lisério o a Domingo que venga uno para ayudarme a colgar la caldera en la cadena de la laréira.

– Ya voy yo _ Avisó Eliserio que le había oído desde la era _ apártate que ya lo cuelgo yo.

Eliserio Colgó un caldero en el gancho de la cadena grande que pendía sobre la lareira y volvió a salir. María lo lleno de agua y avivó el fuego para calentarla con la intención de lavarse todo el cuerpo, primero ella y después su hermano Manuel. Era domingo, día de fiesta, había que ir a la iglesia para oír la misa y era una buena ocasión para ponerse los vestidos que les hizo Pilar, la costurera, con las telas que trajo José cuando volvió de la guerra.

Todos los vecinos llegaron puntuales a la iglesia para asistir a misa. María y su hermano Manuel entraron en la iglesia y se acercaron a la pila que contenía agua bendita. María mojó los dedos de la mano derecha en el agua de la pila y se santiguó haciendo la señal de la cruz en la cara, su hermano Manuel hizo lo mismo y los dos se colocaron arrodillados en el banco, junto a los otros niños de la aldea. El cura Don Bonifacio, aposentado delante del altar, estaba envalentonado y satisfecho. Miraba con soberbia a los feligreses de la aldea que en su mayoría eran niños, hombres viejos y mujeres vestidas de negro. Allí, en los bancos delanteros, estaban las devotas de siempre y más atrás estaban los familiares de los guerrilleros “escapados” que humillados no osaban levantar la vista más allá de lo imprescindible. Faltaban las imágenes del patrón de la aldea, San Lorenzo, la virgen María, el Cristo y otras imágenes más, que fueron destruidas por la guerrilla al principio de la guerra.

– Queridos hermanos: Hace tres años, la iglesia fue asaltada por los rojos comunistas. En su maldad y sirviendo al demonio, destruyeron el altar, las imágenes de nuestro señor Jesucristo, de la Virgen María y de San Lorenzo. Profanaron el sagrario donde se guarda el santo cáliz _Don Bonifacio guardó silencio, Miró a uno y otro lado durante unos segundos, mostró la sonrisa simulada y juntando las palmas de las manos, continuó hablando_ Todos sufrimos en silencio la angustia que nos provoca guardar secretos que no podemos revelar a los hombres, pero el secreto de confesión es invulnerable y si os confesáis, Dios os liberará de tanta angustia. Acercaros al confesionario, contad al Señor todo aquello que sabéis y que tanto os angustia. Él os bendecirá librándoos de vuestros pesares.

Se dirigió al confesionario y allí esperó a que pasaran los niños, uno tras otro, para confesar sus pecados. Eran una inmensa fuente de información.

– Ave María Purísima.

– El señor esté en tu corazón _Respondió el cura observándole la cara a través de la celosía del confesionario.

– Pido perdón por mis pecados.

Todos los asistentes pasaron, uno tras otro, por el confesionario y fueron desgranando sus pecados. Las preguntas, que Don Bonifacio les hacía, eran respondidas sin vacilar. Todos los niños contaban todo sobre sus padres y vecinos porque estaban hablando con el representante de Dios y a causa del terror que sentían, pensando que podían acabar en el infierno. Contaban inocentemente y temerosos todo aquello que Don Bonifacio deseaba saber, desde los escondites donde se refugiaban los guerrilleros “escapados” hasta las intimidades sexuales de todos los habitantes de la aldea. Don Bonifacio volvió al altar y continuo con el ritual de la misa, los vecinos recién confesados recibieron la comunión y todos volvieron a sus asientos. Cuando terminó el rito de la misa recibieron el permiso para abandonar la iglesia “ite, misa es”.

– ¡Corre María corre! Gritaba Manuel que, junto con Antón y Pedro, salieron corriendo hasta llegar a casa.

Antón sacó del bolsillo dos balas de fusil, de las que se encontraban en el monte, perdidas a causa de la guerra y al igual que otras veces había hecho, colocó una en un agujero del muro de piedra.

– ¿Quien va primero? _Preguntó Antón Cerezales.

– Yo _Contestó Manuel Camuñas ante la mirada asustada de su hermana María_ Yo la exploto, yo que aún no lo hice nunca.

Manuel cogió un puntero de hierro, de los que se usaban para aguzar las guadañas y lo colocó con la punta en el pistón del cartucho, luego cogió un martillo con la otra mano y lo golpeó provocando la explosión del cartucho que salió hacia atrás golpeándole en el ojo derecho. Manuel se llevó las manos a la cara a la vez que caía golpeándose la espalda y la cabeza en el suelo.

– Manuel, Manuel _Gritaba María mientras corría hacia su hermano, para sujetarlo y ayudarle.

– ¡Ahh! Me duele mucho, me duele mucho ¡Ahh! ¡Ahh! Me duele.

– ¡Manuel! ¡Manuel! ¿Que pasó? ¿Que te pasó? Déjame ver, aparta la mano un poco, déjame ver.

– ¡Ahh! ¡Ahh! Me ha reventado el ojo, me ha reventado el ojo _ Repetía gritando de dolor.

– Domingo, ven aquí y ayúdame, ayúdame a llevarlo dentro de casa _María pedía auxilio a su hermanastro mayor esperando que éste corriera a ayudarle.

Domingo, que estaba apoyado de espaldas a la pared, se irguió lentamente y se acercó a su hermanastro pequeño que descansaba con la espalda en los brazos de María, lo cogió por las piernas y entre los dos lo llevaron dentro de casa y lo acostaron en la cama.

María cuidaba de su hermano pequeño cuando le quedaba tiempo después de hacer el trabajo de cada día. Habían pasado tres días y el ojo del pequeño Manuel empeoraba con rapidez. María y su hermano Lisério cargaron a Manuel en el burro y lo llevaron a Villafranca del Bierzo para que lo viera el médico. Al atardecer, llegaban de regreso a casa, con Manuel que llevaba la mitad de la cara vendada para proteger el ojo después de la cura que le hizo el médico. Al oír el ruido, Domingo salió de casa y se encontró a María y Lisério que volvían con Manuel cabalgando el burro.

– Ha venido el señor Carlos _Avisó Domingo_ Dijo que quería ver a Manuel cuando estuvieseis de vuelta.

– ¿Carlos, Que Carlos?

– El hermano de Domitila, la que vive en Barcelona, le contamos lo que le pasó a Manuel en el ojo y dijo que le avisáramos cuando estuvieseis de vuelta. Quería ver lo que le pasó.

– ¿Cuando llegó? _Preguntó Liserio.

– Llegó esta mañana, media hora después de que vosotros os habías ido. Voy a decirle que ya estáis aquí.

Lisério ayudó a Manuel a bajar del burro y lo guió hasta la puerta de casa. Al entrar sintió el calor de la lareira encima de la cual colgaba una caldera donde se cocían nabos y patatas para alimentar a los animales. Liserio cogió a su hermano Manuel en sus brazos y lo levantó para colocarlo tendido en el escaño.

– Me duele mucho. El otro ojo también me duele. Me duele menos pero también me duele.

– Mañana te dolerá menos _Le animaba Lisério_ El médico de Villafranca te hizo la cura y te dolerá menos. Ahora intenta dormir y descansaras.

La puerta de la calle se abrió y entró María.

– Pase señor Carlos, pase. Está aquí, tumbado en el escaño. Está muy cansado y tiene mucho sueño pero no consigue dormir.

– Déjame ver _Carlos se acercó a Manuel, lo levantó para sentarlo en el escaño y observó el vendaje que le puso el médico. Después miró el otro ojo. Separó los párpados y vio como el color, que en todos los ojos es blanco, se había tornado amarillento y se giró hacia Lisério y María_ El otro ojo tiene mal aspecto. Parece que se está dañando.

– El médico de Villafranca dijo que habría que operarlo y eso solo se puede hacer en un hospital.

– Pasado mañana, yo voy a Barcelona, a casa de mi hermana Domitila y me quedaré allí. Llevaré a Manuel conmigo y, en cuanto lleguemos, iremos a un hospital que llaman de San Pablo para ver si lo pueden curar. Si no se puede sanar el ojo roto, miremos de salvar el que aún está bueno antes de que la infección avance y quede ciego para siempre.

– ¿Qué pasará con Manuel después de la operación? _Preguntó Lisério_ Tendrá que volver en el tren y es muy pequeño para viajar él solo.

– Lo llevaré a casa de vuestra hermana Carolina.

– ¿Sabes algo de Fermín, su marido? Estaba prisionero en un campo de concentración.

– Fermín no está preso ni en el campo de concentración _Respondió Carlos_ Lo liberaron y volvió a Barcelona. Viven en un piso, él, Carolina y el niño Fermín.

– ¿Tiene trabajo? _Preguntó Lisério.

– ¿Quien? ¿Fermín?

– Sí, Fermín ¿Tiene trabajo con que ganarse la vida?

– Sí, trabaja en “Manufacturas Nadal”. Está en la “Plaza real” de Barcelona. Es la misma empresa donde trabajaba antes de la guerra.

– En cualquier caso _Insistió Lisério_ Haremos un paquete pequeño con algunos chorizos y carne salada. Será poco pero de algo servirá.

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