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Capitulo 8
UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7
…. lo último del capitulo 7
– Mañana, Pilar y yo iremos a sacar las patatas en la otra finca. Guillermo nos acompañará para ayudarnos. Marcharemos temprano y así, cuando el sol apriete ya tendremos las patatas desenterradas y amontonadas y en media hora las cargamos en el carro y llegamos de vuelta a casa.
Capítulo 8
Cuando comenzaba a clarear el día, Manuel y su hija Pilar terminaban de desayunar y bajaron a la cuadra para uncir el yugo a las vacas. Clavó la aguillada en el suelo y la inclinó para apoyarla sobre el yugo de forma que las vacas no se moverían. Manuel levantó el cabezal del carro y tiró de él hasta colocarlo en medio de las vacas y debajo del yugo que las mantenía unidas. Pilar, con la “aguillada” en alto, y con voces que las vacas entendían como ordenes, conseguía que se desplazaran hacia atrás hasta que su padre pudo colgar el cabezal en el yugo.
– Pilar
– Diga padre.
– Mientras yo cargo las herramientas en el carro y salgo al camino, tú vete delante a casa de Guillermo a ver si está levantado y esperáis los dos a que yo llegue. Si no está levantado, llamas a la puerta para que se despierte.
Manuel cargó primero el arado, lo ató con una cuerda y a continuación cargó las megas, azada, hoz y cuerdas. Se tanteó los bolsillos de la chaqueta y comprobó que llevaba tabaco, librillo y el chisquero de mecha. Cogió la a guillada y se puso delante de las vacas para tirar del yugo y que éstas empezaran a andar hasta salir de la era para, a continuación, entrar en el camino en dirección hacia donde Pilar y Guillermo le esperaban. Se unieron a él y siguieron camino hasta llegar a finca. Manuel descolgó el carro del yugo y sacó el arado.
– Pilar, ven aquí. Ponte delante de las vacas para que no se muevan. Tú Guillermo, ayúdame a levantar el arado y a colgarlo del yugo.
Con el arado bien atado en el yugo, Manuel enderezó la reja y Pilar, con una mano sujetaba la a guillada y con la otra, apoyada en el centro del yugo, conseguí que el arado quedara situado para empezar el trabajo.
– ¡Vamos ya! _gritó Manuel.
Las vacas, guiadas por Pilar, tiraban del arado que empezó a romper la tierra, poniendo a la vista las patatas que Guillermo cogía para amontonarlas a un lado y evitar que al abrir el siguiente surco quedara alguna tapada.
Habría pasado algo más de una hora y el sol empezaba a asomar en el horizonte. Cuando las patatas estaban todas arrancadas, Manuel descolgó el arado y dejó a las vacas unidas por el yugo. Con la ayuda de Guillermo y de Pilar, Cargó el arado en el carro y cogieron las cestas para llenarlas de patatas y transportarlas, cargadas en la espalda, hasta el carro donde las vaciaban en las “megas”. Manuel se aseguró de que todo estaba en el carro y levantando el cabezal, lo colgó y lo ató al yugo.
– Ya hemos terminado _ Avisó Manuel mientras que, con la mano a forma de visera, protegía los ojos del sol_ Guillermo, tú coge la a guillada y vete delante y tú Pilar, vete detrás y mira que no caiga nada hasta que lleguemos al camino.
Con los sombreros de paja en la cabeza para protegerse del sol, caminaron de regreso a casa. A uno y otro lado del camino podían verse a los demás vecinos de la aldea atareados en sus huertas y prados.
– ¡Pilar! _Llamó Manuel_ para un momento.
– ¿Que quieres Padre?
– Yo voy por el camino de arriba. Vosotros seguid hasta casa que cuando lleguéis yo ya habré llegado. ¿Me has oído Guillermo?
– Sí señor Manuel, nos encontramos allí.
Desde el alto del cerro, Manuel vio que los dos, Guillermo delante y Pilar detrás del carro seguían la marcha hacia casa y Caminó cerca de quinientos metros hasta llegar a la finca que, por un extremo lindaba con un reguero por el que bajaba agua cuando, al llegar la primavera, se derretía la nieve de las montañas. El otro extremo llegaba hasta un peñasco en cuya base había una hondonada en forma de pequeña cantera de donde, años atrás, él sacó las piedras, una a una, con las que construyó la casa donde ahora vivían. Con el paso del tiempo, entre la vegetación que lo cubría todo, creció un castaño silvestre que nunca fue podado ni injertado. Estaba en un lateral y se desarrollaba a su libre albedrio.
Recorrió la finca de uno a otro extremo y se paró debajo del ramaje del castaño. Miró hacia la copa del castaño, a continuación miró hacia la hondonada y calculó su profundidad aproximada. De vuelta a casa por el camino, que años atrás él mismo abrió para transportar las piedras en el carro, el señor Manuel caminaba de prisa, sorteando y a veces rompiendo la vegetación que encontraba a su paso, para llegar a casa coincidiendo con Pilar y Guillermo.
– ¡Guillermo! _Llamó Pilar que oteaba el camino con la mano en la frente para evitar el sol_ mi padre viene por el camino, haz girar el carro para que la parte de atrás quede junto a la puerta de la bodega y así, nos cansaremos menos.
– Guíame tú desde atrás _Respondió Guillermo_
Empujaba con la mano apoyada en medio del yugo y con toques de a guillada a izquierda y derecha, Las vacas reculaban girando el carro hasta conseguir situarlo en frente de la entrada de la bodega. Manuel observaba en silencio las maniobras que Guillermo obligaba hacer a las vacas y se acercó a él.
– ¡Bien hecho chaval! Ahora vamos a descargar. Pilar, llama a Madre y dile que baje a ayudarnos.
Pilar abrió la puerta y entró en la cocina y vio como Rosaura atizaba el fuego debajo de las estrébedes que soportaban el caldero donde se cocía la comida que iba destinada a los cerdos. En una de las habitaciones, Adela cuidaba de los hermanos pequeños, Manuel y Elisa.
– Padre dice si puedes bajar. Vamos a descargar el carro.
– Ahora voy _Responde Rosaura_ Quédate a vigilar el fuego y avísame cuando empiece a hervir.
Rosaura y Manuel descargaron el carro mientras Guillermo aseguraba que las vacas se mantuvieran quietas. Cuando el carro quedó vacío lo dejaron aparcado en un extremo de la era y liberaron a las vacas del yugo.
– Guillermo, ahora te quedas a comer con nosotros y después te vas a casa. Por la tarde yo iré a ayudarte con las bestias.
Después de comer, Guillermo se fue para su casa, Manuel se tumbó en la cama para hacer media hora de siesta, la pequeña Lisa quedó dormida en la cuna después de que Rosaura le diera de mamar y Lelo se entretenía jugando al lado de Rosaura que, sentada en la cama, balanceaba la cuna con suavidad, para no hacer ruido, hasta que se quedó dormida.
Cuando se despertó, Manuel miró el reloj y comprobó que la media hora de siesta se había convertido en una hora. Se levantó sin hacer ruido y poniendo las manos en forma de cuenco, cogió agua y se mojó la cara varias veces hasta desperezarse. Salió al corredor y puso las manos sobre la frente, a modo de visera, para que el sol de poniente no le cegara y miró al cielo. Del bolsillo del chaleco sacó la petaca con tabaco picado y del bolsillo de la camisa sacó un librillo del que extrajo un papel de fumar que sujetó con los dedos corazón, índice y pulgar, de la mano izquierda, dándole forma de canal en el que descargaba la picadura de tabaco propinando pequeños golpes sobre la petaca. Extendió el tabaco a lo largo del papel y lo envolvió para después pasar la lengua por el borde y cerrarlo. Con el cigarro encendido, sujeto entre los dedos amarillentos a causa de la nicotina acumulada durante muchos años, y expulsando humo por la nariz, Manuel se dirigió a la casa de Guillermo.
Desde el camino, cuando Manuel se acercaba a la casa de Guillermo, los gruñidos de los cerdos, que se oían dentro de la cuadra, le hacían saber que estaba en plena tarea. Apagó el cigarro que estaba a medio consumir y entró en la cuadra. Los cerdos, impacientes, gruñían mientras Guillermo vaciaba, en el “naseiro”, un caldero con pieles de patatas cocidas y patatas rotas por el arado en el momento de la recolección y otros despojos de comida.
– ¡Guillermo! _Llamó Manuel_ Ya estoy aquí.
– Espere un momento, señor Manuel, que cierro la cancela de los cerdos _ Respondió Guillermo_ Ahora salgo.
– ¿Que te queda por hacer? _ Preguntó Manuel.
– Tengo que sacar el abono de la cuadra _Respondió Guillermo_ Pero eso lo haré yo mañana. Es mucho lo que hay que sacar y ahora quedan pocas las horas de luz.
– Como tú quieras, pero el abono lo tienes que sacar. ¿Que piensas hacer?
– Mañana, temprano, llevaré las vacas al prado. Con la cancela cerrada no se alejaran y podrán pacer hasta el medio día. Tendré toda la mañana para dejar la cuadra libre de abono y poner paja nueva.
– En ese caso, mañana vendré a ayudarte _Le anunció Manuel_ Ahora vuelvo a casa que Rosaura y Pilar tienen mucho que hacer, además de cuidar de los pequeños _ y se despidió_ Yo tengo trabajo que hacer antes de que se haga de noche.
El señor Manuel regresó a su casa caminando lentamente sin darse cuenta de que Guillermo le observaba en silencio. Todos los vecinos de la aldea demostraban tener simpatía por Guillermo y especialmente Manuel que lo consideraba un hijo más, pero alguno de esos vecinos acusó a sus padres de ayudar a los mineros de Fabero y a los que escapaban de la guardia civil. Y ahora Guillermo es un huérfano.
Poco a poco, la luz de día se hacía más rojiza y las montañas, tras las que se ocultaba el sol, ofrecían sus sombras alargadas sobre el paisaje. Manuel quitó de la frente, la mano con la que protegía sus ojos del sol y peldaño a peldaño, subió al corredor de casa y entró en la cocina, donde su hija Adela cuidaba de sus hermanos Lelo, Elisa y Carmen.
– ¿Madre y Pilar están abajo, en la cuadra?
– Sí _Respondió Adela _ Las dos están ordeñando las vacas y las ovejas. Madre dijo que había que apurar el trabajo y hacer los quesos porque los que hay ya están curados para llevar a la feria a vender.
– Bien, Voy a ayudarles y así terminamos antes de que se haga de noche.
Cuando las vacas y las cabras no daban mas leche, Rosaura retiró los calderos, que contenían la leche, con cuidado de que no cayera suciedad dentro y se los entregó a Manuel que los subió hasta la cocina. Rosaura y Pilar recogieron el caldero con el agua que sobró de lavar las ubres y las tetillas de las vacas antes de ordeñarlas y salieron de la cuadra dejando la puerta cerrada.
Las losas de pizarra, con las que años atrás Manuel cubrió lo que sería el hogar donde él y su joven y guapa Rosaura formarían su propia familia, protegían el corredor de madera que colgaba a lo largo del lado sur de la casa. Adela entretenía a los hermanos pequeños mientras, dentro, Manuel ayudaba a Rosaura a colar la leche y atizaba el fuego para hervir la que sería necesaria para la dieta diaria de la familia y a continuación, calentar ligeramente toda la leche que se utilizaría para hacer el queso, a una temperatura que Rosaura comprobaba por experiencia mojando la muñeca de su brazo izquierdo. Cuando la muñeca izquierda de Rosaura le hizo sentir la que consideraba temperatura ideal, apartó la olla del fuego y la dejó enfriar hasta una temperatura que ella tanteaba para añadir el cuajo. Removió la mezcla para igualarla y la dejó cuajar durante media hora.
– Manuel _ Dijo Rosaura_ Prepara los paños para repartir la cuajada. Voy a dar de mamar a las pequeñas _ Rosaura se giró hacia Adela y Pilar_ Vosotras dos ayudad a Padre a preparar todo lo que necesite para terminar de envolver la cuajada y ponerla a escurrir.
Mientras Padre preparaba los paños sobre la mesa, Adela sacaba, con un colador, la leche cuajada y la colocaba en los paños dándole la forma de hatillo que al colgarlo permitía escurrir el suero. Pilar limpió la puerta y los estantes de madera de la jaula colgante donde, al día siguiente, se colocarían los quesos para un definitivo secado.
Cuando las ollas y todos los utensilios estuvieron lavados y colocados en su sitio, Manuel miró hacia el escaño donde Rosaura se había sentado para dar de mamar a las pequeñas Carmen y Elisa. Rosaura, exhausta y rendida, con la cabeza ligeramente inclinada sobre el lateral, luchaba para no quedarse dormida hasta que las dos niñas terminaran de mamar. Manuel se sentó a su lado y cogió en brazos a la niña mayor, Elisa, provocando que Rosaura se despertara.
– Ya es muy tarde _ Rosaura abrió los ojos por completo_ Estás muy cansada. Vamos a la cama que necesitas descansar. Todos necesitamos descansar. Lelo, tú también tienes que ir la cama. Vamos todos.
– Pilar y Adela terminaron de secarse las manos y se fueron a la habitación donde dormían las dos juntas.
Manuel no conciliaba el sueño y cambiaba de postura continuadamente. Procuraba no despertar a su mujer pero Rosaura permanecía despierta y silenciosa esperando el momento oportuno para preguntar.
– ¿Que te pasa Manuel, porqué das tantas vueltas?
– Esta mañana, después de arrancar las patatas y cargarlas en el carro, María y Guillermo vinieron por el camino de siempre. Yo les dije que vendría por el camino de arriba porque quería mirar la finca ¿Te acuerdas de aquella hondura que quedó después de sacar las piedras que usamos para terminar de hacer la casa?
– Sí _Respondió Rosaura_ Me acuerdo de la última vez que estuvimos allí. El rincón aquél estaba cubierto de maleza y arbustos.
– Por la mañana, a las cinco de la mañana, me levantaré, cargaré el carro con estiércol y encima colocaré el arado. Quiero abonar y arar la finca antes del medio día. A esa hora el sol calienta mucho.
Manuel calló y miró a Rosaura por si ella quería decir algo pero todo quedó en silencio. Las dos pequeñas dormían plácidamente y Rosaura, completamente agotada, apoyó la mano derecha en el lateral de la cuna y se durmió poco a poco bajo la cariñosa mirada de Manuel.
En la era, Manuel acercó el carro al montón de estiércol y colocó un calzo debajo del cabezal para mantenerlo horizontal. Con la azada arrancaba estiércol y con la “guincha” lo lanzaba hacia la caja del carro. Repitiendo los mismos gestos una y otra vez, el carro se iba llenando hasta que apareció el saco que contenía el moro muerto. Rosaura, que estaba mirando por la ventana, cuando vio el saco fue a las habitaciones para asegurarse de que todos los hijos dormían y luego salió de casa, cerrando la puerta con cuidado. Con una horca en la mano caminó, con toda la determinación de que era capaz, hasta el carro. Metió los palos de la horca debajo de un extremo del saco y miró a Manuel que, sorprendido por la determinación de Rosaura, metió la “guincha” debajo del otro extremo. Los dos se miraron y sin decir palabra alguna, levantaron el saco descargándolo sobre el estiércol que Manuel había cargado en la caja del carro. Rosaura dejó la horca apoyada en el lateral del carro y sin decir palabra alguna, se dirigió a la puerta de entrada a la casa. Sin entrar en las habitaciones donde dormían sus hijas e hijo, fue directamente a la cocina, cogió un caldero, salió al camino y caminó hasta la fuente para llenarlo de agua. Cuando el caldero rebosaba volvió a la cocina para vaciar el agua en un balde. Repitió seis veces el mismo recorrido hasta que el balde estuvo lleno. Cerró la puerta y se desnudó por completo. Buscó en un cajón una caja con pastillas de jabón que Manuel le había comprado en Villafranca como regalo de cumpleaños. En medio del balde, el agua le llegaba cerca de las rodillas. Con un Jarro vertía agua encima de la cabeza y ésta recorría su cuerpo dejándolo mojado para que la pastilla de jabón, que ocupaba su mano derecha con los dedos a modo de cuenco, pudiera deslizarse por todo su cuerpo dejando en su piel un aroma desconocido que ella no recordaba.
– ¡Madre!
– Dime Pilar.
– ¿Donde está usted? _Llamó Pilar con la voz aún dormida.
– Estoy lavándome. Tráeme dos toallas.
– ¿Donde las tiene?
– Una pequeña la coges de mi habitación y me la traes ahora. No hagas ruido que es muy temprano para que se despierten las niñas. La otra toalla es una grande que está colgada en el tendedero, en la era.
Pilar llevó a su madre la toalla pequeña, después salió a la era y se acercó al carro, donde su padre cargaba los restos de abono desperdigados por el suelo.
– ¿Que quieres Pilar? ¿Por qué te levantas tan temprano?
– Hace mucho rato que estoy despierta.
– Y ¿Que hace Madre?
– Madre se está lavando. Ella me dijo que viniera a buscar la toalla grande.
– Llévale la toalla a Madre y después despiertas a Adela. Yo entraré cuanto acabe de cargar todo en el carro.
Pilar, seguida de Adela, entró en la cocina sujetando la toalla levantada con las dos manos y por primera vez vieron a su madre Rosaura completamente desnuda. Era una mujer esbelta y de cuerpo bien labrado. Siempre la vieron vestida con la ropa negra, pañuelo en la cabeza tapando la mitad de la cara, zuecos en los pies, para moverse entre los animales pisando sus excrementos o llevando al lavadero baldes llenos de ropa sucia para lavar y ahora, en ese momento, sus hijas mayores, aunque niñas aún, contemplaban maravilladas, con los ojos completamente abiertos, el cuerpo que las parió. Rosaura cogió la toalla de las manos de sus hijas y cubrió su pecho.
– Ahora volved, las dos, a la habitación y cuidad que las niñas sigan durmiendo en la cuna.
Pilar y Adela seguían inmóviles mirando a su madre con una devoción que nunca habían sentido. Rosaura las observaba mientras se secaba el cuerpo. En el pasillo, el ruido de pasos provocó que las tres mujeres volvieran sus miradas hacia la puerta, donde apareció Manuel sucio y desaliñado. Miró a Rosaura haciendo gran esfuerzo para detener la emoción que sintió al verla completamente desnuda. Guardó silencio por un momento y se dirigió a sus hijas.
– Vamos, id las dos a la habitación que aún es muy temprano. Cuidad que los pequeños sigan en la cama. Yo voy a la finca para descargar el abono y volveré cuando termine.
Las hijas salieron al pasillo para ir a la habitación y Manuel permaneció en la puerta mirando a Rosaura, que permanecía quieta y en silencio, sujetando la toalla, con las manos, a la altura de su ombligo. Manuel la miró sin poder evitar que sus ojos se humedecieran a causa de la emoción que sentía.
– Volveré cuando descargue todo, cuando empiece a salir el sol ya estaré aquí. Ahora vete a dormir y espérame en la cama.
Manuel caminaba cuesta arriba, delante de las vacas que tiraban del carro. Metió la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta y comprobó que llevaba la pastilla de jabón para frotar el eje del carro, en caso de que comenzase a chirriar y evitar su calentamiento. No había pasado un cuarto de hora y Manuel, después de descargar el estiércol que cubría el cadáver del moro, ya estaba reculando el carro para acercarlo al borde de la maleza que cubría el foso de donde, años ha, él sacó las piedras para terminar de construir la casa donde ahora vivía la familia. Usando la rueda como escalón, subió a la caja del carro y con las manos, cogió el saco, tiró de él hasta el borde de atrás y lo empujó haciéndolo caer dentro del foso. Sacó el carro hacia el otro extremo de la finca descargando el estiércol en pequeños montones repartidos.
Volvió a casa y dejó el carro en la era para liberar a las vacas del yugo y conducirlas al prado cercado que distaba menos de medio kilómetro.
El sol ya asomaba por el este, cuando Manuel entró en la casa. Sin hacer ruido se dirigió a la cocina donde esperaba encontrar el balde con el agua con que Rosaura se había lavado de madrugada. El agua estaba renovada y en la banqueta había un platillo de cerámica con una pastilla de jabón que podía alcanzar, con la mano y una toalla limpia y seca colgaba del respaldo de la silla. Dos horas antes, en el momento que él la vio desnuda secándose el cuerpo con la toalla, ella comprendió muy bien los deseos que Manuel le transmitía con la mirada. Él se desnudó, dejó toda la ropa sucia y maloliente en el suelo al lado del escaño. Se metió en el balde, empapó su cuerpo con el agua y se frotó con la pastilla de jabón, que Rosaura le había preparado. Con agua limpia aclaró su cuerpo, se secó con la toalla que Rosaura le dejó en el escaño y sintió el cuerpo tenso y embargado por el deseo. Salió al pasillo con la toalla en la mano y entró en la habitación. Vio que las niñas estaban dormidas y se acercó a la cama donde Rosaura le esperaba en penumbra, con las ventanas cerradas por cuyas rendijas se colaban los primeros rayos del sol naciente que se hacían visibles en su trayecto hasta la pared. Murmurando en voz baja y completamente tensa, Rosaura, deseosa de Manuel, con una mano levantó la sábana que le cubría el cuerpo y con la otra lo atrajo hacia ella. Mirándole a los ojos se abrió para él y lo recibió dentro de su cuerpo con el mismo deseo y ansiedad de la primera vez, cuando ella tenía diez y seis años y él treinta. La necesidad de guardar silencio absoluto, para no despertar a los pequeños y el alivio de saberse liberados del cadáver del moro les hacía abrazarse con ansia y besarse desesperadamente, soltarse y abrazarse de nuevo, gemir en silencio y reaccionar con furia cuando algún movimiento les hacía perder la unión más deseada. Pasó un tiempo y los jadeos fueron desapareciendo poco a poco, la respiración desesperada se calmó y la fuerza, con que se habían sujetado el uno al otro, se trocó en abandono quedando los dos tendidos, con los brazos en cruz y las piernas separadas librándose del calor que les agotaba.
El rayo de sol, que pasaba a través de la ranura de la ventana, iluminaba la cuna donde Carmen dormía felizmente y Elisa, que empezaba a despertarse, se frotaba los ojos y la cara moviendo la cabeza a uno y otro lado para evitar la luz que le deslumbraba. Rosaura permanecía desnuda y erguida ante Manuel que observaba su desnudez atemorizado por la suerte que sentía al tenerla como esposa. En silencio, ella comenzó a vestirse con las ropas de trabajo para emprender la faena diaria y mientras lo hacía, venía a su mente el recuerdo de toda su vida de mujer casada. Parió el primer hijo, a los diez y siete años, cuando aún el cuerpo no está completamente formado. Aquel parto fue tarea titánica para Rosaura pero el hijo que esperaba nació y una hora después murió en manos de la partera. Desde entonces han pasado cerca de veinte años y en este tiempo nacieron cuatro hijas y un hijo.
– ¡Madre! _ Llamó Adela_ Dice Pilar que hay que ordeñar las vacas. Están nerviosas y se mueven mucho.
Rosaura despertó de su ensoñación, miró a Manuel que cambiaba su postura sentándose en el borde de la cama y la observaba con los ojos vidriosos. Ella se acercó a él y le acarició el pelo atrayéndolo hasta que su rostro se fundió con su vientre.
– Dile que ahora voy yo a ordeñarlas _Dijo Manuel levantándose de la cama y vistiéndose con rapidez_ Tú ocúpate solo de Lelo y las niñas pequeñas.
– Ahora va Padre con vosotras. Id bajando los calderos limpios para recoger la leche. Uno lo llenáis con agua limpia para lavar las ubres de las vacas y las tetillas. Padre baja de seguida.
Cuando la cancela de la cuadra se abrió y entró la luz, las vacas se calmaron. Pilar lavó la ubre de una y colocó un caldero debajo.
– Tú, Adela. Ordeña ésta que es más tranquila. Ya tiene la ubre mojada y limpia, solo tienes que ordeñar como te enseñé el otro día. Coloca bien el caldero para que no se pierda la leche. Yo voy a ordeñar la otra.
Adela se sentó en la banqueta, al lado de la vaca y la movió hasta encontrar la postura adecuada. Colocó el caldero debajo de las tetillas frotándole la panza suavemente con la mano izquierda mientras alargaba la mano derecha hasta alcanzar la ubre para acariciarla y lograr mantenerla tranquila. Cogió una de las tetillas y comenzó a ordeñar con el movimiento que su madre Rosaura le enseñó. La vaca permanecía tranquila sintiendo como Adela le tiraba de las tetillas y le liberaba de la leche que le apretaba la ubre. Pilar dejó de observar a Adela y se sentó en la banqueta que colocó al lado de la otra vaca, asentó el caldero en el suelo, debajo de la ubre y cogió una tetilla con cada mano para comenzar a ordeñarla. Los movimientos de las manos de Pilar y Adela provocaban que la leche de las dos vacas saliera en forma de pequeños chorros que caían dentro de los calderos.
La luz del sol entraba de lleno en la cuadra proyectando la sombra de Manuel que miraba como Pilar y Adela ordeñaban las vacas.
– ¿Falta mucho?
– A mí sí, a esta vaca aún le queda leche _ Respondió Adela.
– ¿Y a tú, Pilar?
– Yo ya terminé, esta vaca ya no da más leche.
– Cuando hayáis terminado, subid los calderos, que Madre tiene que ponerles el “cuajo” para hacer los quesos. Depuse lleváis las vacas a la era.
En la vivienda, Rosaura abrió todas las ventanas para que entrara el sol de la mañana y se sentó al lado de la cuna, cogió a Carmen, la desnudó por completo y la limpió. Reavivó el fuego escondido en la ceniza y preparó agua templada para lavarla y ponerle pañales limpios. Elisa permanecía callada, mirando con atención todo lo que Madre hacia con su hermana pequeña, hasta que volvió a colocarla en la cuna.
– Ahora tú, Elisa. Vamos a cambiar el agua y te lavo para que estés limpia.
Elisa, que estaba sentada en la mesa con las piernas colgando, sonrió y bajó al suelo dando un salto. Rosaura vació el balde sacando el agua sucia y lo llenó de nuevo con agua limpia y templada. Miró a Elisa que esperaba en silencio con la mirada atenta a todo lo que hacía su madre.
– Ven con migo. Ahora te toca a tí.
La levantó rodeando su cintura con las dos manos y la colocó de pié encima de la mesa. Elisa colocaba sus manos encima de los hombros de su madre mientras la desnudaba por completo.
– ¡Ya está! Ahora voy a meterte en el agua, ven aquí _Rosaura levantó las manos y cogió a Elisa llevándola hacia su pecho_ Cuando estés bien lavada te secaré con la toalla y te pondré un poco de colonia que tengo guardada.
– Me gusta la colonia _Elisa sonrió_ Huele bien.
Rosaura terminó de lavar a Elisa y la puso en la cuna, al lado de Carmen que se había dormido de nuevo. Lelo se levantó sin estar completamente despierto. Con una mano sujetaba el pantalón mientras con la otra se frotaba los ojos para, finalmente, dejarse caer, de espaldas, en el jergón en espera de despertarse por completo.
– Despierta que ya es muy tarde y hay mucho trabajo que hacer.
Rosaura cogió a su hijo por debajo de los brazos y lo levantó, moviéndolo hasta que abrió los ojos por completo y después de unos segundos se metió dentro del balde. Rosaura lo lavó al igual que hizo con las hijas pequeñas y lo secó para ponerle la ropa limpia.
Cuando Rosaura terminó de asear a los hijos pequeños, había pasado casi una hora y el sol aparecía cada vez mas alto. Preparó dos tazas de leche migada con pan de centeno y las colocó en la mesa para que Lisa y Lelo pudieran desayunar. A continuación vació el balde arrojando el agua usada al camino y finalmente se sentó respirando hondo. No había pasado un minuto cuando el llanto de Carmen avisaba a Rosaura de que aún faltaba algo importante por hacer. Levantó a la niña de la cuna y la colocó en el regazo. Rosaura miraba la expresión de alegría de la niña ante los movimientos que hacía desabrochándose la ropa para poner el pecho a su disposición. Carmen mamaba con ansia mientras, con las manos, acariciaba una teta de Rosaura ante el silencio misterioso de Elisa que observaba encantada aquella situación tantas veces repetida. Cuando Carmen dejó de mamar, Rosaura la dejó en la cuna y cogió a Elisa en su regazo, acariciándola con el reverso de la mano mientras la miraba con ternura, le dio un beso en la frente y la cambió para darle de mamar con la otra teta. Elisa se aferraba a su madre para mantener el pezón en la boca mientras mamaba la leche que Rosaura sentía salir de su cuerpo con placer. Pasaron unos minutos hasta que Elisa separó las manos de la teta y dejó de mamar. Rosaura la miró con la ternura con que siempre miraba a sus hijas y le separó el pezón de la boca para cubrir su pecho y abrochar los botones de la camisa.
En la era, su esposo Manuel removía el montón de abono con la guincha y lo cargaba en el carro, tal como hizo en la madrugada, para llevarlo a la misma finca donde había descargado al soldado moro.
– ¡Padre! Ya estamos aquí ¿qué quieres que hagamos? _ dijo Pilar que iba acompañada de Adela_ ¿Qué hacemos con las vacas?
– ¿Habéis subido los calderos, con la leche, a la cocina?
– Sí _Respondió Pilar_ No iban muy llenos pero Madre ya los tiene en la cocina.
– Entonces tú, Adela aguanta las vacas quietas y tú, Pilar coge el yugo por esa punta y ayúdame a colocárselo a las vacas.
Cuando el yugo estuvo sujeto a la cornamenta de las vacas, y el cabezal del carro atado, cargó, encima del abono, la hoz, el machado, la azada, el arado, una pala, el rastrillo y la grada. Comprobó que había cargado todo y se giró hacia donde estaban Pilar y Adela.
– Ahora id las dos a ayudar a Madre. Tú, Pilar, dile que tengo que hacer mucho trabajo. Si tardo en volver me lleváis agua y algo de comer.
Manuel se colocó el sombrero de paja para que el sol no le diera de lleno en la cara, se puso delante de las vacas y las guió para sacar el carro hasta el camino y emprendió la marcha en dirección a la finca.
Durante lo que quedaba de la mañana, Manuel unció las vacas al arado y labró la parte alta de la finca. Una hora después consideró que la tierra removida era suficiente para su propósito, descolgó el arado del yugo y lo sustituyó por la grada, después cogió la pala y la llenó con la tierra removida y con piedras hasta que desbordaba. Después se colocó delante de las vacas y las guió hasta la esquina de la finca donde estaba la cantera en la que, unas horas antes, dejó el cadáver del moro. Con la hoz, abrió camino entre la maleza hasta llegar al foso y descargó la tierra y las piedras que portaba en la grada. Durante lo que quedaba de la mañana, repitió la misma operación cinco veces hasta que las vacas hicieron notar su cansancio. Manuel clavó un palo en el suelo, observó hacia donde señalaba la sombra que hacía sobre la tierra y calculó que serían las dos de la tarde. Recogió todas las herramientas y emprendió la vuelta a casa para evitar el sol plomizo bajo el cual era imposible seguir trabajando. Camino de vuelta a casa, Manuel observó desde lejos que, en la era, Lisa y Carmen jugaban en un lecho de paja que Rosaura les preparó para que estuvieran entretenidas mientras que ella y Lelo revisaban la ropa sucia que metían en un balde grande para llevarla al lavadero.
– Rosaura ¿Donde están Pilar y Adela?
– Se están lavando en la cocina, luego entraré a ver si terminaron.
– Con el sol que hace, a esta hora no se puede hacer nada. Voy a dejar el carro en la era y llevar las vacas a la cuadra. Les pondré agua en la pila y una brazada de hierba en el pesebre.
– ¿Volverás mañana a la finca?
– Sí _Manuel miró a Rosaura_ No queda mucho por hacer pero si esta tarde no lo termino volveré mañana y lo dejaré todo tapado y rastrillado. Tienes que decirme que quieres plantar encima del moro. Cualquier cosa que plantemos estará bien abonada y dará buenos frutos.
Rosaura palideció al oír a Manuel. No podía contestarle nada porque enmudeció de repente. El solo hecho de pensar que algún día tendría que comer alguna fruta procedente de la tierra que cubría aquella tumba secreta, le mantenía los ojos desorbitados. Manuel la observaba con gesto serio y se mantuvo a la espera de la respuesta por parte de Rosaura hasta que, incapaz de seguir manteniendo la expresión seria, soltó una carcajada y caminó hacia ella con los brazos abiertos. La tensión y el miedo que Rosaura padecía, desde que mató al moro, hizo que estallara en llanto en el momento que Manuel la abrazó. Entre risas de los dos, ella lloró a moco tendido, sin disimulo y con ganas de liberarse de aquella ansiedad que le martirizaba. El calor del sol se hacía insoportable a cada momento que pasaba y Manuel se separó de Rosaura acariciándole la cara, que se había tornado más expresiva y sonriente.
– Voy a descargar el carro y a quitar el yugo a las vacas. Las llevare a la cuadra y les echaré una brazada de heno en el pesebre. A la tarde, cuando termine en la finca de arriba, ya no calentará el sol y las llevaré al prado para que pasten durante una o dos horas.
Rosaura se acercó a la estantería para comprobar si la leche ordeñada esa mañana había cuajado bien y si estaba lista para empezar a hacer los quesos. Adela calentaba el caldo, que estaba hecho del día anterior, mientras que Pilar colocaba las cazuelas en la mesa y las niñas Elisa y Carmen jugaban en el suelo, ajenas a lo que hacían los mayores.
Rosaura vació su cazuela, cogió una hogaza de pan de centeno y cortó cinco trozos que repartió encima de la mesa, después sacó un plato de la alacena, levantó el trapo que cubría trozos de tocino cocido y cortó cinco pedazos que colocó encima de cada uno de los panes.
Mientras terminaban de comer, Rosaura cogió a la pequeña Carmen entre sus brazos y se sentó en el escaño acomodándola en el regazo. Carmen movía sus piernas y brazos mientras que Rosaura desabrochaba la camisa poniendo al descubierto sus tetas para amamantarla.
La aldea estaba en silencio. Pilar y Adela se fueron al dormitorio, abrieron la ventana y se tumbaron encima del cobertor estirando piernas y brazos en un gesto que mostraba el cansancio por el trabajo realizado durante la mañana. Manuel salió a la era en busca de la sombra del pajar, colocó en el suelo un puñado de paja en forma de cama y se acostó calculando el tiempo en que el sol le daría en la cara, haciendo de despertador.
En la cocina, Rosaura terminaba de amamantar a las niñas pequeñas y recogió sus tetas en la camisa. Aupó en su regazo a Carmen y alargó el brazo para coger la mano de Elisa e ir a la habitación. Colocó a Carmen en la cuna y a Elisa, la acostó en la cama, junto a ella que rendida por el cansancio fue quedándose dormida.
Cuando los rayos del sol daban de lleno en la cara, Manuel se levantó sacudiéndose la ropa para quitar los restos de paja y se dirigió a la casa para mojarse a cara con agua.
– Señor Manuel ¿Está usted en casa? Soy Guillermo.
Manuel salió al corredor con una toalla en las manos y secándose la cara. Vio a Guillermo, que protegía sus ojos del sol colocando la mano en la frente a modo de visera.
– ¡Hola! Guillermo ¿Que quieres?
– Venía a ayudarle. Hoy ya hice lo mío en casa y las vacas están en el prado. Hasta que anochezca puedo estar con usted.
– Verás _Le respondió José_ Este es un trabajo que quería hacer yo solo. Si acaso, puedes ayudarme cuando vuelva para llevar las vacas al prado.
– Si voy con usted ahora, terminaremos de enterrar al moro mucho antes y aún será de día para que pueda llevar las vacas a pastar.
Manuel enmudeció por unos instantes, miró a Guillermo y le hizo una señal con la mano para que se acercara a él. Hizo intento de comenzar a hablar pero Guillermo se adelantó.
– Señor Manuel, yo sé lo del moro. No se preocupe, yo le ayudaré esta tarde y así conseguiremos acabar antes. Hay que rellenar el foso con tierra y piedras porque haciéndolo así, conseguiremos que quede todo llano.
Mientras que el señor Manuel colocaba en el carro las herramientas necesarias para el trabajo que tenían que hacer, Guillermo sacó las vacas de la cuadra, las guió hasta la era y, ayudado por Manuel, les colocó el yugo para uncirlas al carro y salieron camino del monte.
Quitaron todas las ramas y arbustos que rodeaban la fosa excepto un castaño pequeño que aún estaba sin injertar. Allanaron toda la finca y cuando quedaban casi tres horas de sol, cargaron todas las herramientas en el carro para, a continuación, emprender el camino de vuelta.
Los dos iban en silencio hasta que Manuel se giró para mirar la finca de nuevo, vio como el castaño destacaba solo en el extremo y volvió la cara hacia Guillermo, que esperaba al lado del carro.
– Hicimos un buen trabajo ¿Qué te parece?
– Me parece bien, señor Manuel, me parece muy bien.
Al fondo del camino observaron la silueta de un hombre que caminaba hacia ellos. Guillermo puso la mano sobre la frente y miró unos segundos.
– Parece que viene alguien pero no lo conozco _Movió la mano y miró de nuevo_ Parece que es un familiar de la señora Rosaura que se llama José Vázquez.
– Sí, es el sobrino de Rosaura.
Cuando se acercaron para abrazarse, Manuel pudo ver en la cara del sobrino una gran expresión de tristeza.
– ¿Cómo va esa vida, José?
– Ya ve usted señor Manuel, la desgracia de mi hermano Adolfo, que era el más pequeño.
– ¿Qué le pasó?
– Se puso a jugar con una bomba de las que quedaron por el monte y venía a decirle a la tía Rosaura que mañana es el entierro.
Guillermo guardaba silencio, con una mano apoyada en el yugo, hasta que la conversación terminó y los dos se despidieron.
– Señor Manuel ¿Porqué estaba tan triste?
– Verás Guillermo, estaba triste porque un día encontró en el monte dos bombas.
– ¿Dos bombas?
– Sí, dos bombas de mano, de las que se usaron en la guerra.
– ¿Qué hizo con ellas?
– Las guardó en el desván de casa, debajo de la paja pero, Adolfo, el hermano pequeño, subía muy a menudo al desván para jugar y ayer las encontró.
– ¿Qué hizo con ellas?
– No sabía lo que eran pero su curiosidad le llevó a manipular el mecanismo de una de las bombas hasta que explotó matándolo en el instante.
– Pobre señora Rosaura, menudo disgusto se llevará.
– Sí, se llevará un gran disgusto y no creo que haya mujer en el mundo que aguante tanto dolor.
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