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“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4

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TIEMPO DE IRA Y MISERIA

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3

…. lo último del capitulo 3

– Tranquila María, tranquila. Soy yo, soy yo, tranquila pequeña, tranquila.

– Ha venido José, ha venido…, sí, ha venido, está aquí, sí, está aquí.

María se despertó con la frente y las manos invadidas por el sudor, levantó la sábana y se incorporó, sentada en la cama, como si fuera un resorte.

– Estabas soñando, estabas soñando, no te asustes que no pasa nada. Yo estoy aquí y no pasa nada. Ahora es de noche y tienes que dormir.

José puso sus manos sobre los hombros de María y ella, dejándose llevar, quedó tendida sobre la cama mirando a José que le colocó la sábana por encima. Sonrió, se acurrucó y cerró los ojos.

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Capítulo 4

Mientras Domíngo, subido en el desván, colocaba la hierba que descargaron el día anterior, Liserio y Manuel sacaban las vacas de las cuadras y las emparejaban colocándoles el yugo sobre el que sujetarían el carro y emprendieron el camino hasta el prado, para recoger la hierba que la tarde anterior quedó extendida.

– Liserio.

– Dime.

– ¿Sabes dónde está José? Esta mañana le oí levantarse temprano, pero no lo ví.

– Yo no oí nada pero no te preocupes, habrá ido a ver las huertas porque querrá saber cómo está todo. Ahora que él está aquí, las cosas irán mejor.

– ¿Cómo subiremos la hierba al carro? Si María no viene, yo no puedo levantar la horca cargada de hierba y subirla para que tú la coloques.

– José vendrá después y él la subirá. Nosotros la recogemos en montones iguales y hacemos las gavillas. Cuando él venga, entre los dos las cargaremos y llevaremos todo a casa.

Cuando el prado apareció a la vista de los dos hermanos, el sol se mostraba a su derecha, entre las montañas. Era un sol que aparecía rasante, que deslumbraba. En el camino y en los prados, las sombras de las vacas y el carro eran inmensas y las de Liserio y Manuel eran muy alargadas. Los castaños, que crecían en los sotos, mostraban las ramas con las hojas agudas y aserradas que desprendían brillos diferentes a cada movimiento provocado por el aire suave. Los erizos, que se adivinaban repletos de castañas en pleno crecimiento, aparecían brillantes prometiendo una buena cosecha.

– Hoy el sol va a calentar como ayer _Manuel colocaba la mano en la frente a modo de visera_ no hay una sola nube.

– Sí, tenemos que cargar pronto y volver a casa antes del medio día.

– Mejor, yo tengo ganas de volver a ver a José. Ahora estará siempre con nosotros. Ya no tendré miedo nunca más. Ahora Domingo no se atreverá a pegarme otra vez.

– Bueno Manuel, ya hemos llegado. Vamos a ver si terminamos pronto.

Entraron en el prado y Liserio se puso delante del carro colocando la mano en medio del yugo y guió a las vacas hasta que el carro quedó paralelo al primer montón de heno.

– Manuel, ven aquí con la aguijada y quédate quieto para que las vacas no se muevan mientras yo cargo las gavillas.

Manuel, con su pequeña estatura de niño de diez años, aguantó delante de las vacas mientras que Lisério iba cogiendo las gavillas de heno y las llevaba hasta el lado del carro. Cuando le parecían suficientes subía al carro y las recolocaba, aprovechando el espacio, de forma que pudiese llevar todo el heno en un solo viaje. Manuel iba cambiando el carro siguiendo a Liserio hasta que todas las gavillas estuvieron cargadas.

– Bueno, ya está todo.

Recogieron las herramientas y emprendieron el camino de regreso a casa. Liserio le dio el sombrero de paja a Manuel para proteger sus ojos del sol y él protegía los suyos con la mano extendida en la frente a modo de visera. Las vacas seguían el camino a casa que, por tantas veces repetido, sabían de memoria. A uno y otro lado del camino se veían los vecinos segando el centeno o recogiendo la hierba de sus prados. Otros recogían los guisantes, fréjoles, garbanzos y demás hortalizas. Era época de recolección y el trabajo apremiaba.

Faltaba poco mas de cien metros para llegar al cruce con el camino de Balboa cuando Manuel vio, a lo lejos, que alguien venia caminando con un paquete en el hombro.

– Mira, Liserio, allí, en dirección a Balboa, Viene alguien con un saco a la espalda. ¿Quien será?

– Será cualquiera del pueblo. Alguien que habrá ido a Balboa a vender o a comprar alguna cosa _contestó Liserio_ ya está cerca.

Manuel colocó la mano a modo de visera, sobre os ojos, y miró de nuevo

– ¿Ves quién es? _ preguntó de nuevo Liserio_ con este sol es difícil distinguir bien.

– Creo que sí _contestó Manuel_ Es José y lo que lleva en el hombro es el petate del ejercito que traía ayer, cuando llegó por la tarde.

– Cuando veas que se acerca al cruce, silba fuerte para que te oiga.

Manuel esperó algo más de un minuto, metió dos dedos en la boca y silbó con fuerza a la vez que movía la otra mano para llamar la atención de José. Repitió el silbido dos veces más y vio como José paraba, miraba a su alrededor y bajaba el petate al suelo para, a continuación, levantar la mano moviéndola de uno a otro lado.

– Es José, sí, es José _gritaba Manuel a la vez corría hasta donde le esperaba su hermano, con el petate en el suelo.

Manuel Llegó al cruce de caminos, soltó la “agullada” en el suelo y se abrazó a la cintura de José que, sin soltar el petate, le acariciaba la cabeza mesándole el cabello. Liserio llegaba al cruce con las vacas tirando del carro y paró junto a José.

– ¿De dónde vienes? No te oímos levantar ni salir de casa.

– Vengo de Balboa _contestó José_ fui a comprar algunas cosas que traigo aquí. Vamos para casa que hace mucho sol. Allí ya veréis todo.

José se puso a caminar con el petate cargado a la espalda y Manuel se colocó delante de las vacas, con la agullada sujeta con la mano izquierda y la mano derecha apoyada en el cabezal del carro, que estaba atado en el yugo.

– ¡Ey! ¡vaca! ¡Vamos, vamos! _ordenó Manuel y el carro empezó a moverse lentamente camino de casa.

– Con cuidado Manuel, con cuidado, que no caiga la hierba.

Liserio, mientras se movía el carro, contemplaba que todo seguía atado. En el trayecto del camino, el eje del carro ya se había calentado y “renxaba” cada vez con más intensidad hasta que llegaron a casa. María salió al oír el ruido del eje del carro y fue hasta donde estaban sus hermanos que se ponían a la sombra del castaño que había en la era, junto a la casa. Desde la cocina llegaba el olor a comida de la que solo se hacía los días importantes y los domingos, pero hoy es un día especial porqué José está en casa. José se acercó a María y la cogió por los hombros.

– ¿Tenemos algo para comer? Huele muy bien.

– Sí que tenemos, ven y mira.

María caminó hacia dentro de la casa, José la siguió para ver lo que le quería enseñar y miró la comida que había preparado. Era el tipo de comida que se hacía en las fiestas. Había cachelos y botillo.

– ¿Como se te ocurrió hacer esto? Hoy no es fiesta alguna. Es un día más de trabajo.

– Domingo me dijo que lo hiciera. Normalmente se comporta como una bestia y nos trata mal. Yo, cuando quiere meterse conmigo, cojo la guincha y se la pongo de cara. Entonces me deja en paz pero con Manuel se atreve más porque es más pequeño.

– Puedes estar segura de que esto no volverá a pasar. Ahora, Vamos a preparar la mesa y a comer que yo tengo hambre.

– ¿Cuando me enseñaras lo que has traído? _María sonrió_ ¿Fuiste muy lejos?

– Sí, pero ya estoy aquí. ¡vamos! Te ayudo a poner la mesa.

José colocaba los platos, tenedores y cuchillos en la mesa siguiendo las instrucciones de María mientras los demás hermanos se sentaban a la mesa.

Se levantó y cortó el botillo en trozos, que repartía en los platos. Comían y hablaban, preguntaban a José cosas de las hermanas mayores que vivían en Barcelona y José contestaba a todas sus preguntas. Hablaron de su hermano Valentín que estaba haciendo el servicio militar en Galicia, hasta que terminaron de comer.

María lavó los platos, tenedores y cuchillos. Lo hizo de prisa movida por el ansia de ver qué había traído su hermano. José cogió el petate, le desató la boca y colocó sobre la mesa todo lo que había dentro. Sacó unas botas de goma, de pierna alta, para Lisério y otras para Manuel de una talla menor.

– Lisério y Manuel, cada uno que se pruebe las suyas. Son para trabajar, pero antes de estrenarlas ir los dos a la canal de agua y os laváis los pies para poner calcetines limpios.

– Están nuevas va a dar pena que se tengan que manchar _dijo Manuel mientras intentaba quitarse las botas viejas, que estaban rotas por todas partes, con las suelas despegadas y a punto de desprenderse.

María observaba en silencio. Esperaba callada a que José sacara algo para ella pero dentro del petate ya no quedaba nada más. Se sentó en el banco, con los codos encima de la mesa y la cara apoyada en las manos. Miraba como Lisério y Manuel se lavaban los pies en la fuente y luego se colocaban encima de una piedra plana, calentada por el sol, esperando a que los pies estuvieran secos para poder probar si las botas eran de su medida.

– ¡María! _llamó José señalando la escalera con la mano_ Encima de la cama dejé un paquete atado con una cuerda. Vete a por él y tráemelo que tengo que sacar algunas cosas.

María subió la escalera de prisa, pensaba que quizá su hermano no se había olvidado de ella y le había traído algún regalo que le gustase y cogió el paquete que le había dicho. Salió de la habitación, bajó por la escalera y se acercó a la fuente donde esperaba José al lado de Lisério y Manuel y se lo entregó. José, que se había dado cuenta del deseo con que María miraba el paquete, se metió en la casa y encima de la mesa lo desenvolvió apareciendo dos telas enrolladas en un tubo de cartón, cada una de ellas. María enmudeció por un momento. Era algo que nunca se hubiera imaginado. Eran telas con dibujos, diferentes las dos, una más gruesa y la otra más fina, también con dibujos.

– No te quedes callada _gritó Manuel desde la fuente donde aún esperaba con los pies mojados_ Tienes que decirnos si te gusta.

María acarició la tela sintiendo que nunca había tenido algo así. Se acordaba de su madre cuando, alguna vez, le ponía algo nuevo pero no era lo mismo. Entonces tenía siete u ocho años y sin embargo se acordaba con todo detalle. Ahora que tenía doce años y la experiencia de haber ordeñado las vacas, cortado la leña para hacer el fuego, cuidar las cabras, dar la comida a los cerdos, las vacas, los conejos y las gallinas, ahora por fin tenía en sus manos algo diferente, algo que no solo era bueno porque tendría ropa para vestirse en domingo, en las fiestas del pueblo o cuando fueran a alguna feria con sus hermanos. María solo tenía doce años y ya tenía la experiencia del trabajo callado y del sufrimiento silencioso, del maltrato de su hermano Domingo que, con treinta años de edad y la escusa de no tener la misma madre, aprovechaba cualquier ocasión para pegarles a ella y a Manuel porque eran los más pequeños.

– Es muy bonita _dijo sin levantar la vista de la tela.

– ¿Te gusta de verdad? Porque si no te gusta la devolvemos y no pasa nada. _dijo José en tono burlón.

– Sí que me gusta, me gusta mucho _Ella levantó la cabeza sin poder evitar la sonrisa de felicidad que se reflejaba en su cara.

– Bueno, pues si te gusta, antes de que se haga de noche iremos a casa de Pilar, la costurera, para que te tome medidas y te haga un vestido nuevo.

José calló por un momento y miraba a Manuel, su hermano pequeño, que estaba entusiasmado con sus botas, observando que su ropa solo eran andrajos y le llamó para que se acercara.

– Tú también irás a la casa de la costurera. ¿has oído? Manuel.

– Sí, pero no tengo nada que ponerme. Solo tengo lo que llevo encima _levantó la mano con las botas nuevas_ y las botas.

– Bueno, ahora María y tú, que estáis bien lavados y limpios, si queréis podéis hacer la siesta. A las cinco de la tarde vais a casa de la modista y cuando volváis tenéis que hacer todo vuestro trabajo ¿entendido Manuel?

– Sí, entendido.

Los dos subieron por la escalera hasta donde estaban las camas. José quedó con los hermanos mayores hablando del trabajo que quedaba por hacer. Estaban en época de recolección y había que trabajar todos los días, durante todo el día. Hablaron para organizar el trabajo que entre todos debían terminar lo antes posible. Finalmente cada uno acabó haciendo la siesta en sus sitios de costumbre, acompañados del canto de las chicharras, al que ya estaban acostumbrados.

Pilar era una de las dos costureras que tenían máquina de coser en Cantejéira. Siempre que tenía la ocasión, explicaba que su máquina era la más moderna y funcionaba actuando con los pies sobre una plataforma que, a través de una biela, hacía girar la polea y ésta transmitía el giro al eje de la máquina de coser, propiamente dicha.

Sobre la mesa de trabajo, que utilizaba para realizar los cortes de las telas, Pilar tenía una libreta de notas y un lápiz además de una caja con barras de color azul que utilizaba para marcar las telas antes de cortarlas. Sabía hacer un pantalón con la misma facilidad con que hacía una falda o una camisa. No le preocupaba si era para niños, mujeres u hombres. Había adquirido experiencia, con los años.

– ¡Señora Pilar! _Llamó María golpeando la puerta.

Esperó un rato a ver si le contestaban. Se abrió la puerta de la casa que daba al corredor balaustrado y Pilar apareció mirando a María.

– María, eres tú, ¿Que quieres guapa?

– Soy yo y mi hermano Manuel.

– Entrad, pasar a dentro que hace mucho sol. Aquí, espera que os doy unas sillas y nos sentamos las tres. Dime, hija, dime lo que quieres.

– Señora Pilar, mi hermano José me dio estas telas y me dijo que viniéramos a verle para que nos tome usted las medidas y haga un vestido para mí y un pantalón para Manuel. Él vendrá más tarde, cuando acaben el trabajo, para hablar con usted.

– ¿José está aquí, en Cantejéira?

– Sí, contestó María, llegó ayer por la tarde. Nos mandó una carta desde Barcelona avisándonos que vendría pronto pero no sabía cuándo. Llegó a casa ayer por la tarde.

– Hija, me alegro mucho por vosotros, sobre todo por ti y por Manuel. Con José aquí, Domingo ya no se atreverá a pegaros. Déjame ver que os ha traído vuestro hermano José.

María le dio el paquete a Pilar y esperó a que lo abriera. Estaba intrigada por ver lo que Pilar diría al ver las telas. Desató la cuerda que mantenía la tela enrollada y colocó una plancha fría sobre el principio y luego, con cuidado, tiró de ella desenrollándola sobre la mesa. María no miraba la tela porque ya la había visto por la mañana en casa, María miraba la cara de Pilar.

– Es una tela preciosa _Dijo Pilar mirando a María_ Sujeta la plancha sobre la tela para que no se mueva, vamos a mirar cuánto mide de longitud.

Pilar desenrolló toda la pieza de tela, era más larga de lo que se necesitaba para una falda de una niña de doce años. Era una tela buena y bonita y podría hacerle alguna otra prenda, pensó ella, además del vestido.

– María, ven aquí, pasa dentro de esa habitación, sácate la ropa y el calzado y te subes de pies en la silla que te voy a tomar las medidas. Tú, Manuel, quédate al lado de la puerta.

María no decía nada pero su alegría la llevaba por dentro de su pensamiento. Estaba muy contenta y se desnudó quedando de pié. Pilar observó que la ropa interior que llevaba puesta María estaba limpia pero completamente raída y remendada por ella misma. Le tomó las medidas de su cuerpo para hacerle el vestido, como le había encargado José, y con la tela que sobraba, era suficiente para hacer una camisa que María podría llevar haciendo conjunto con alguna falda.

– Bueno hija _Pilar mientras preparaba otro papel para notas_ mañana a esta misma hora vienes que tendré los cortes hechos y apuntados para hacer una prueba antes de empezar a coser. Ahora, si quieres esperar por Manuel, te sientas un momento que voy a tomar las medidas para su pantalón.

– Sí señora, es mejor que espere y que volvamos los dos juntos.

Manuel estaba de pié encima de una banqueta de madera. Esperaba, medio desnudo, a que Pilar tomase nota de las medidas de su diminuto cuerpo para hacerle el pantalón.

– Estírate hacia arriba y estate quieto ¿Me has oído?

– Sí señora _Manuel juntaba las piernas, erguía la cabeza y colocaba los brazos pegados al cuerpo.

– Así me gusta. Ahora estate quieto, no te muevas que voy a tomarte las medidas ¿entendido Manuel?

– Sí señora _miró de reojo a su hermana María que se tapaba la boca con una mano para que no se viera ni se oyera su risa_ Estaré quieto.

Mientras tomaba las medidas de Manuel, para que el pantalón saliera lo más ajustado posible a su tamaño, Pilar observó el tamaño excesivo de sus manos, parecían las manos de un adulto. Lo mismo sucedía con María que tenía dos años más que él. Era el rastro que dejaba el duro trabajo de cada día.

– Bueno, esto ya está terminado _Pilar mientras anotaba la última medida_ Ahora ya podéis volver a casa. ¿Os espera alguien o están todos fuera, trabajando?

– José y Domingo llevaron el carro, me parece que fueron a arrancar las patatas. Lisério se quedó en casa para arreglar las cuadras, preparar la comida para los cerdos y lo que tenga que hacer por casa.

– Acordaros que mañana, a la misma hora que hoy, tenéis que venir para la primera prueba.

– Sí señora, vendremos a la misma hora.

María y Manuel iban contentos porque tendrían ropa nueva. María caminaba de prisa y Manuel le seguía corriendo. Un ronroneo cada vez más fuerte les hizo parar y mirar al cielo. Vieron como un avión se acercaba al pueblo dejando una lluvia de papeletas, de propaganda de Franco, a merced del viento que las repartía al azar. De la misma forma que los aviones aparecieron se fueron alejando haciéndose cada vez más pequeños hasta desaparecer en el horizonte y el silencio volvió a la aldea cuando María y Manuel llegaban a casa.

El renxar del eje del carro, anunciaba que Domingo y José se acercaban a casa con el carro cargado. María, que estaba lavando los platos del medio día, salió al camino secándose las manos con el mandil que llevaba colgado al cuello y atado por la cintura. Con el carro en la entrada, José se colocó entre las vacas y apoyó una mano en el yugo y con la otra mano manejaba la agullada para que las vacas se movieran en el sentido de giro hasta que el carro quedó con la parte trasera dentro de la bodega. Lisério y José descargaban las megas, que venían llenas, y las vaciaban para que estuvieran disponibles el día siguiente.

– Domingo _Llamó Lisério desde dentro_ Ya está todo descargado. Retira el carro y quítales el yugo a las vacas.

– Ahora voy _respondió Domingo_ Mira por detrás para que no roce con la puerta mientras el carro sale. Lo dejaré a la entrada para poder salir rápido mañana por la mañana.

– ¡Manuel! Cuando Domingo suelte el carro, lleva las vacas al estanque para que beban y después las metes en la cuadra.

María, apoyada en el quicio de la puerta miraba todo lo que sucedía a su alrededor. Estaba asombrada, sonriente. Tenía doce años y su entusiasmo silencioso le hacía sentirse fuera de su cuerpo. Justo en ese momento se cumplía un día desde que había vuelto José a casa. Cuatro años atrás, cuando ella, que tenía ocho años y su hermana Dorinda, que tenía doce, volvían del campo y a las pocas horas Dorinda se puso enferma. Fueron a Balboa a buscar al médico y el médico llegó cuando ella aún vivía pero no fue suficiente. Pasados dos días murió. María, con solo doce años, era la única mujer que quedaba en casa.

– ¡María! _Llamó José_ Ven un momento y tú Manuel coge la escoba y limpia todo el suelo. Recoge las cosas todas para que no quede nada estorbando. María, tu limpia la cocina, sacas la ceniza y la llevas con el abono. Pon en la mesa la comida hecha de días atrás que hay que ver lo que se puede aprovechar y lo que se ha de tirar.

Durante una hora más, hasta que se hizo de noche, todos los hermanos se afanaron en adecentar las cuadras y la propia vivienda. Las vacas rumiaban la hierba en silencio mientras que los cerdos daban buena cuenta de la comida con alguna que otra riña entre ellos, las gallinas picaban el maíz del suelo mientras los conejos satisfacían su apetito en silencio royendo en las ramas.

Prepararon la cena aprovechando toda la comida que ya estaba hecha desde días atrás y guardada en la alacena. Todos, sentados a la mesa, comían con gana. El día de hoy fue duro como lo fue ayer y lo será mañana. Era época de recolección y era un buen año. Las tierras dieron sus frutos, las plagas no fueron excesivamente dañinas y no hubo muertes inesperadas de los animales. Las dos vacas que tiraban del carro estaban fuertes y dispuestas durante todo el día, la vaca que tenia la cría alimentaba el ternero y daba leche suficiente para el gasto de casa y para hacer los quesos. Cuando terminaron de cenar, Se levantaron todos.

– Manuel y María _dijo José_ recoged la mesa y dejad todo limpio. Manuel tú lleva los platos al fregadero y María los va lavando. Hay que ayudarse los unos a los otros. ¿entendido?

– Entendido.

– Cuando terminéis, podéis salir a fuera que ahora, de noche se está bien. Si no iros a dormir. Mañana tendremos que trabajar como hoy.

Cuando los platos, cuchillos, cubiertos, cazos y demás utensilios estuvieron limpios, salieron fuera pero el cansancio de todo el día podía más que la voluntad de estar con los hermanos mayores.

– María ¿nos vamos a la cama y tú también Manuel? _preguntó Lisério_ Yo tengo sueño y estoy muy cansado.

– Sí, vamos, no tengo sueño pero estoy muy cansada y Manuel está igual.

– Sí, mejor vamos a dormir. Esta semana de trabajo, va a ser muy dura y es mejor descansar.

Los dos hermanos pequeños y Lisério, que ya tenía diez y siete años, subieron la escalera y cada uno entró en su cuarto. José y domingo, quedaron solos en la calle, al lado de la fuente cuyo chorro caía sin cesar a pesar de ser verano. Nadie en la aldea recordaba si algún día estuvo seca.

Hacía pocos meses que los dos hermanos se habían encontrado en Alcarrás, durante la batalla del Ebro y poco después, volvieron a encontrarse cuando los nacionales entraron en Barcelona, en casa de la hermana Carolina que estaba sola con su hijo Fermín de tres años. Su marido, que fue reclutado por el lado republicano, estaba prisionero en el campo de concentración.

– ¿Que sabes de los Lama? _ preguntó José a domingo.

– Los tres hermanos, Gerardo, Dalmiro y Pedro, andan escapados y malviven como pueden, aparecen de vez en cuando en algún lugar para llevarse comida y no morir de hambre. Unas veces piden, otras roban y así van malviviendo. Se esconden donde pueden para escapar de la guardia civil pero cada día que pasa están más acorralados.

– ¿Sigue Pepe de alcalde? Y el señor Sinforiano ¿Como está?

– El señor Sinforiano está muy cansado, parece más viejo de lo que es. A causa de la situación en la que se encuentran, el hombre está desesperado. Cansado y desesperado. Solo teme que algún día le avisen de que los han matado. En cuanto a Pepe sigue siendo el alcalde.

– Voy a su casa a saludarle _comentó José_ Espero que aún esté despierto y pueda hablar con él.

– Seguro que está sentado al lado de la lumbre. Duerme poco y piensa mucho. Lástima que no puede hacer nada por salvarlos. _Domingo se mantuvo en silencio por unos segundos, se levantó, se estiró el cuerpo poniendo las manos detrás, en la cintura y continuó_ Bueno yo me voy a la cama que estoy cansado.

La noche ya estaba avanzada, los ruidos disminuían y el silencio se hacía más patente. José salió al camino y miró al cielo para observar las estrellas que destacaban con la claridad que permitía la ausencia de la luna llena. Se puso a caminar por la aldea con las manos en los bolsillos porque la noche era fresca, fresca y silenciosa. A través de las rendijas de las contraventanas se veían los parpadeos de la luz que salía de las llamas de la laréira de la casa del Tío Sinforiano. José miró la chimenea de piedra que expulsaba, hacia el cielo, los mechones de humo blanco azulado, se acercó a la puerta, golpeó con los nudillos y llamó en voz baja.

– Tío Sinforiano, soy yo, soy José.

– ¿José, que José?

– José, José Camuñas. Llegué ayer por la tarde y vengo a verle.

Durante un rato se hizo el silencio, luego se oyó una tos seca seguida del roce de la cancela y de la puerta que se abría. Sinforiano apareció delante de José y lo observó, de arriba abajo, en silencio.

– José, eres José. Como me alegro de verte. Estás bien, ya lo veo que sí. Pasa, pasa, toma, siéntate en este banco.

– Señor Sinforiano _José acercó el banco a la lareira que aún mantenía el calor de las brasas protegidas por una ligera capa de ceniza_ ¿Cómo se encuentra usted?

– Bueno, sigo vivo. No me duele el cuerpo y si me doliera aguantaría como hice siempre.

– ¿Y cómo están los hijos? Con el trabajo que hay aún no he visto a ninguno. Tengo ganas de saludarlos. Me acordé muchas veces de ellos y de usted.

– Domingo, Tiolindo, Alfredo, José y Amelia están en casa y están todos bien. En cuanto los tres mayores no sé cómo están pero ya te puedes imaginar, estarán escondidos por los montes, perseguidos por la guardia civil. Por lo demás, aquí seguimos como siempre, con mucho trabajo para tan poco provecho. Los hijos acabaron el día molidos de tanto trabajar y ahora duermen hasta mañana, que se levantaran muy temprano para empezar de nuevo.

– Nosotros estamos igual. Es tiempo de cosechar y parece que este año es bueno. Valentín está haciendo el servicio militar y yo acabo de llegar _José miró a la chimenea donde ardía el resto de un tronco _ Nos queda mucho trabajo por hacer.

– José _El señor Sinforiano intentaba cambiar de postura, apoyándose en la cayada para levantarse_ Será difícil olvidar tanta desgracia, será muy difícil.

Sinforiano se levantó y caminó hasta una de las paredes donde estaba colgado un candil de gasolina. Con una cerilla encendió la mecha que parpadeaba mientras aumentaba su brillo. José levantó la vista del fuego que languidecía poco a poco y miró al señor Sinforiano.

– Sus otros hijos, Gerardo, Dalmiro y Pedro ¿Que sabe de ellos?

– De ellos sé pocas cosas, están escondidos. Unas veces en las aldeas, otras en las cabañas y otras en el monte o cualquier otro sitio. Es mejor no saber. Pobres hijos míos, lucharon por una causa buena pero ahora esa causa hace tiempo que está perdida y cuando una causa como ésta se pierde, no hay marcha atrás. Solo les queda vagar por el monte hasta que los maten de un tiro o ellos mismo se disparen en la cabeza.

– ¿Y cómo está la señora Antonia?

– Está como yo, cansada y agotada. Parió nueve hijos y trabajó como trabajan las mujeres del Bierzo. Con un hijo en el vientre, otro en el brazo, otro cogido del vestido caminando a su lado y los demás reclamando sus necesidades hasta que puedan levantar una azada para cavar la tierra o una guadaña para segar la hierba.

José guardó silencio, no sabía que responder, aunque intentaba ponerse en el lugar del señor Sinforiano no lo conseguía. Cogió el gancho de hierro y removió las cenizas de la lareira pero las brasas, que aún permanecían vivas, eran pocas y estaban mortecinas. Levantó la cabeza y se giró mirándole a la cara.

– Señor Sinforiano, hay que tener esperanza. Es posible que puedan escapar y salvarse. He oído que muchos pasaron la frontera de Portugal y otros la de Francia.

– Me han dicho que los alemanes invadieron a Polonia. Me lo dijo un hombre de Pradela, creo que se llama Manuel, sí, Manuel Lama, él y su mujer Rosaura lo escucharon en Vega de Valcarce. Hay uno que tiene una radio y escuchan el parte del mediodía y también el de la noche _el señor Sinforiano calló por un momento y prosiguió_ Los Alemanes, en el año mil novecientos catorce, tú no habías nacido, empezaron la primera guerra mundial en toda Europa matando a millones de jóvenes. Fueron derrotados pero ahora empiezan otra vez.

– Esperemos que, al menos en España, nos dejen en paz _José acariciaba la mano temblorosa de Sinforiano_ Ya hemos tenido bastante desgracia con nuestra propia guerra. Bueno, si usted necesita alguna cosa me llama. Ahora voy a casa a dormir que mañana temprano tenemos otro día de trabajo duro.

– Buenas noches José, buenas noches y gracias por venir.

José volvió a casa, abrió la puerta procurando no hacer ruido y puso la cancela por dentro. Se acercó a la cama de María, que dormía en posición fetal, tapada con una sábana. Con cuidado de no despertarla, se quitó las botas y la ropa. Miró de nuevo a María que seguía dormida, abrió el petate donde guardaba la pomada y sentado en la cama, observó la herida viendo que mejoraba con lentitud. Con los dedos, índice y corazón, de la mano derecha esparció la pomada frotando con suavidad sobre la herida y se acostó con cuidado de no despertar a María.

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