CulToral

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7

CulToral -AF2

Capitulo 7

image

UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6

…. lo último del capitulo 6

– Sí _Respondió José_ Tendré que marcharme otra vez, pero volveré antes de que pasen otros tres o cuatro meses, cuando sea primavera o principios del verano. Entonces ya me quedaré para siempre en casa pero… _José calló y en silencio, quiso tranquilizarlos con una sonrisa amplia y sincera_ Ahora recoged todas las cosas que quedan en la mesa y las colocáis en su sitio para que las moscas no las toquen. Yo, como aún no es muy tarde, voy a ver al señor Sinforiano para hablar con él y sus hijos. Tú, Manuel haz todo lo que te mande María.

CAPITULO 7

 

El señor Manuel sujetaba la soga que colgaba del cuello del burro, en cuyo lomo Adela iba sentada intentando sujetarse bien para mantener el equilibrio. Era la única carga que soportaba el burro desde que abandonaron la feria de Vega de Valcarce. Se dirigió al cuartel cuya puerta estaba custodiada por un soldado moro que, en posición de descanso, observaba como otros soldados, también moros y entre risas cómplices, señalaban a Adela que se aferraba al brazo de su padre. Dentro del cuartel, se acercó a una mesa donde un cabo organizaba los enseres que había encima.

– Buenos días _Saludó Manuel mostrando su cédula de identidad.

– Buenos días _ respondió el cabo mientras colocaba una caja encima de una estantería _ ¿Que desea?

– Vengo para hacer acto de presencia _Respondió Manuel acercándose a la mesa_ Tengo que venir mañana lunes pero como la feria la hacen los domingos, aprovecho para presentarme hoy. Aquí tiene la cédula.

El cabo alargó la mano para coger la cédula, la miró durante unos segundos y de uno de los cajones que tenía en su lado derecho, sacó un libro que puso encima de la mesa.

– ¿De dónde viene usted señor Manuel?

– Vengo de Vega de Valcarce. Como le dije, fui a la feria con mi hija.

– ¿A qué fue a Vega? _volvió a preguntar el cabo a la vez que marcaba una cruz en el libro de registro donde constaba el nombre del señor Manuel.

– Fui a ver si encontraba cerdos de cría para cebarlos, para la matanza de diciembre.

– ¿Los encontró?

– Sí, pero estaban muy caros y no pude comprar. Tendré que volver la semana que viene. Seguramente habrá más cantidad a la venta y estarán más baratos.

– Muy bien señor Manuel. Aquí tiene su célula. Que tenga buen viaje hasta Pradela.

Manuel y Adela salieron del cuartel y se dirigían hacia donde les esperaba el burro. Uno de los soldados moros se acercó hasta ellos y entre risas de los otros soldados que miraban, intentó coger a Adela.

– Yo te ayudo _ Dijo mirando hacia atrás para ver como los demás moros se reían_ yo te cojo y te ayudo.

– ¡Déjala! No te acerques a ella _Gritó Manuel empujando al soldado moro_ No le toques.

El soldado se reía más a medida que la rabia del señor Manuel aumentaba ante la impotencia que sentía por no poder defenderse y evitar así un mal mayor. Se colocó delante de su hija haciendo frente al soldado moro que se reía mirando a sus compañeros que también se reían. Miró hacia la puerta de la casa y en lugar del moro que guardaba la entrada, apareció el teniente acompañado del cabo que sujetaba una correa en la mano derecha.

– ¡Ven aquí!

El soldado palideció cuando vio al teniente y al cabo con la correa en la mano. Sus compañeros enmudecieron. El teniente se acercó a donde estaban el señor Manuel y su hija Adela. Miró a la niña que, agarrada al brazo de su padre, reflejaba en su rostro un miedo que desconocía.

– Señor Manuel ¿Como se llama la niña?

– Adela, mi teniente _Respondió Manuel cogiéndola de la mano_ Es mi hija.

– Váyase tranquilo señor Manuel _Le animó el teniente mientras se giraba hacia el soldado que en posición firme miraba a sus compañeros que ya no se reían.

Serían las cuatro de la tarde cuando el señor Manuel se acercó al burro, le dio una palmada en la quijada a modo de caricia, cogió la cuerda que le colgaba del cuello y ayudó a Adela a subir a lomos del animal hasta que, sentada sobre la albarda, ella se sujetó con las manos en el asa de cuero.

– Adela, agárrate bien que nos vamos.

Tiró de las correas para asegurar que nada quedaba flojo, cogió la reata que colgaba del cuello del burro, tiró de ella y empezaron a andar hasta llegar al cruce desde donde salía el camino por el que seguirían caminando, cuesta arriba, para llegar a Pradela de día.

– Padre

– ¿Qué quieres?

– ¿Por qué entraste en el cuartel de los soldados moros?

– Son cosas de hombres mayores. Vengo algunas veces para ver al teniente y hablar con él _ Respondió Manuel mirando de reojo a Adela _

– ¿Sabes una cosa padre?

– No, si tú no me dices a que te refieres no lo puedo saber _Respondió el señor Manuel_ Me parece que quieres contarme algo y no te atreves.

– ¿Te acuerdas de aquel día que te llevaron al cuartel y no pudiste volver a casa hasta el día siguiente?

El señor Manuel se alertó ante la pregunta y esperó unos segundos antes de contestar. Claro que él sabía lo ocurrido, pero Adela solo tenía diez años. No es edad para hacer tales preguntas.

– Sí, me acuerdo. ¿Qué pasó ese día?

– Ese día llovía mucho. Pilar y Madre estaban atendiendo a las vacas y a las ovejas. Yo estaba cuidando de Lisa en el corredor y vi, a lo lejos, como los soldados moros venían en dirección a casa y grité para avisar a la Madre y a Pilar. Al ver que los soldados ya estaban cerca, metí a Lisa dentro de casa, la puse en la mecedora y cerré la puerta. Después cogí una quilma y me la puse colgando de la cabeza para protegerme de la lluvia y salí corriendo a esconderme en el zarzal de arriba del camino.

Manuel observaba que Adela se removía sobre la albarda e hizo parar al burro para recolocarla e iniciar, de nuevo, la marcha.

– Y ¿Que pasó después?

– Vi como Madre y Pilar cerraban las cuadras y corrían hasta que entraron en la casa. Yo oía como los moros se reían de ellas porque corrían asustadas. Se pararon delante de la escalera y les gritaban. Yo no entendía lo que hablaban pero llegó el que los mandaba y todos se marcharon, siguiendo el camino de Cantejéira, menos uno que rodeó la casa y desapareció.

– ¿y tú, que hiciste cundo se marcharon?

– Yo iba a salir de entre las zarzas y vi como Pilar y Madre abrieron la puerta y salieron para ver si ya se habían marchado y entonces el moro que estaba escondido detrás de la casa apareció, con el capote todo mojado de la lluvia y se acercó a Pilar, la sujetó por un brazo y se puso a reír burlándose de ella. Con las manos tiraba de ella y luego le hacia la zancadilla con los pies para tirarla al suelo. Pilar se defendía y se escapaba pero el moro la volvía a coger y lo intentaba de nuevo.

– Y Madre ¿Que hizo? _Preguntó Manuel _ También estaba allí, con ella.

– Cuando Madre vio lo que quería hacer el moro, volvió a dentro de la casa y salió con una hoz en la mano, corrió hasta ponerse detrás del moro, levantó la hoz y golpeó una y otra vez, con toda su rabia, sobre aquel moro que pretendía abusar de Pilar. Ella se soltó de él y corrió a protegerse detrás de Madre que miraba como el moro se derrumbaba como un saco de piedras.

– Y tú ¿Qué hiciste cuando viste el moro en el suelo?

– Salí del zarzal y fui corriendo hasta donde estaba Madre y Pilar. Madre nos metió en casa y a mí, al ver que estaba tan mojada y que temblaba mucho, me subió al escaño y me desnudó, después me envolvió con una manta y echó leña en la laréira para avivar el fuego y que me secara con el calor de la lumbre. Cuando ya no llovía, al cabo de tres o cuatro horas, llamaron a la puerta y al abrir, Madre vio 4 soldados y al teniente que le preguntó si ella había visto un soldado moro por la aldea.

– ¿Y qué le dijo Madre?

– Madre le dijo al teniente que ella no sabía nada de ningún moro y los soldados se fueron a mirar alrededor de la casa. Pilar hizo ver que iba a por leña a la era y vio que el teniente movía las ramas de castaño con las que Madre tapó al moro después de arrastrarlo hasta allí. El teniente dejó las ramas tapando al moro muerto, ordenó a los soldados que buscaran en otro sitio porque allí no estaba y se marcharon todos alejándose de la aldea.

– Ya me acuerdo, _ Respondió Manuel_ Al otro día yo volví del viaje y fui a verte a la cama. Me acuerdo que tenías mucha fiebre y Madre cocía unas hierbas en la olla grande para que el vapor te quitara la fiebre. Estuviste muy mala durante unos días pero Madre te curó.

– Pilar, me dijo que ella estaba despierta cuando llegaste a casa y que Madre te enseño al moro, en la era. Pero por la mañana, fue a verlo y había desaparecido. Fue aquel día que, de madrugada, tú y Madre sacasteis el abono de las cuadras y lo amontonaste en una esquina de la era.

– Bueno, eso significa que alguien se lo llevó y que jamás volverá.

– Padre, después, cuando yo ya estaba curada, Pilar me contó que tú ibas al cuartel muchas veces y que algunos días volvías a casa de noche, con moratones en la cara y en la espalda porque te pegan mucho. Pilar me dijo que te pegaban porque eres republicano y estás en contra de Franco.

La conversación entre padre e hija hizo que el camino no se hiciera tan pesado como cuando Manuel lo hacía solo. Al cabo de una hora caminando cuesta arriba, la inclinación del camino iba disminuyendo poco a poco hasta que, en lo alto del monte, aparecieron los castaños, prietos de erizos, en pleno crecimiento, que prometían un buena cosecha de castañas. Manuel bajó a su hija del burro y los tres, Adela, Manuel y el burro se tomaron unos minutos de descanso. Adela se colocó las manos en la cadera, echó los hombros hacia atrás alzándolos como si quisiera esconder la cabeza, estiró las piernas a la vez que inclinaba la cabeza a derecha e izquierda para relajar el cuerpo entumecido a causa de mantener la misma postura a lomos del burro. Ya quedaba poco camino para llegar a casa y Adela quería llegar pronto para lavarse y descansar.

– Padre ¿Marchamos ya? Quiero llegar a casa pronto.

– Sí _Respondió el señor Manuel_ Vamos ya, Hay que llegar pronto a casa para aprovechar las horas de luz que quedan.

– Pilar y Madre están solas todo el día y además de cuidar de los animales, tienen que cuidar de Lelo, de Lisa y de Carmen.

Ya estaban aproximándose a las primeras casas de la aldea cuando vieron que Guillermo venía corriendo a su encuentro haciendo señas agitando la mano para que pararan.

– ¿Qué pasa Guillermo? _ Preguntó el señor Manuel al verlo_ ¿Pasó alguna cosa?

– Los moros, vinieron hace una hora preguntando a todos los vecinos por un compañero perdido, y ahora están en su casa. Ande con cuidado señor Manuel.

– ¿Puedes guardarme el burro?

– Sí, déjelo aquí, señor Manuel. Deme la cuerda que yo cuidaré de él.

Manuel cogió a Adela de la mano y aligeró el paso, obligándola a correr, para llegar a casa lo antes posible. Cuando ya estaban cerca de la entrada vieron un soldado moro esperando en el camino y la puerta de la casa abierta. Desde fuera se oía gritar a otro compañero y a Pilar que estaba llorando. Señor Manuel entró en casa, con Adela cogida de la mano. Al verlo entrar, uno de los dos moros se lanzó sobre él, a la vez que el otro le encañonaba con el fusil y le obligaron a sentarse en el escaño, a la izquierda de su mujer Rosaura que con la mano derecha mesaba la cuna donde la niña Elisa, que poco antes de que los moros invadieran su casa, había mamado del pecho de Rosaura, dormía plácidamente ajena al drama que la familia estaba sufriendo. Adela, que permanecía de pié al lado de la cuna, se cogió, con una mano, al brazo de su madre y con la otra sujetaba a Lelo que, aunque era pequeño, el instinto le hacía permanecer quieto y en silencio, sin tan siquiera parpadear.

– Tú eres Padre, Tú dime cómo te llamas _ Gritaba uno de los soldados moros mirando al señor Manuel_ ¿Como te llamas? _Repetía enfurecido, mostrando su boca medio vacía de dientes por entre los que salpicaba con saliva todo lo que tenía delante de sí _

– Se llama Manuel _ Respondió Rosaura llorando desesperada y con el terror reflejado en sus ojos_

El moro, enrabiado por el silencio del señor Manuel, le dio un puñetazo en el hombro esperando alguna respuesta. Manuel, en silencio, miraba a Rosaura moviendo ligeramente la cabeza a uno y otro lado hasta que el soldado moro lo cogió de la camisa.

– ¡Tú! ¡Di viva Rusia! ¿Me oyes? ¡viva Rusia! ¡Dí viva Rusia! _Repetía el moro que, con el rostro enfurecido, salpicaba la cara del señor Manuel con gotas de saliva que él intentaba esquivar girando la cabeza a la vez que apretaba los labios.

– Di ¡Viva Rusia! _Gritó Rosaura completamente aterrorizada y mirando a su marido que permanecía impertérrito.

Adela se soltó del brazo de su madre y miró fijamente a los ojos del moro. Luego se giró hacia su padre y pudo ver en su rostro, una dureza que nunca antes había visto. El moro, que observaba los movimientos de Adela, se dirigió a ella.

– Tú, niña, dí ¡Viva Rusia!

Adela miró a su padre con la esperanza de que un gesto suyo pudiera indicarle lo que debía hacer. Manuel guardaba silencio, miró a Adela y movió la cabeza a izquierda y derecha. El moro levantó el fusil y apoyó la punta del cañón en la cabeza del señor Manuel. Rosaura, aterrorizada se puso de rodillas suplicando al soldado moro para que no le matara.

– ¡Viva Franco! _ Gritó Adela observado la reacción de los soldados que, asombrados, se miraban entre ellos_ ¡Viva Franco y sus moritos! _Volvió a gritar Adela.

– ¡Bien, Bien! _ Gritaron los moros _ Tú ¿Como te llamas?_ Le preguntaron señalando a su cara con el dedo índice.

– Me llamo Adela _Respondió.

– Bien, bien ¡Viva Franco y sus moritos! ¡Sí, sí, Viva Franco y sus moritos! _Repetían los soldados moros aplaudiendo y lanzando alaridos que podían oírse en toda la aldea.

Los moros celebraron con júbilo la respuesta de la niña. Padre y Madre estaban aturdidos a causa del giro que la situación de miedo había dado pocos segundos después. Cuando se acercaba el ocaso del sol, los moros abrieron la puerta y salieron de la casa gritando ¡Viva Franco! ¡Viva Franco y sus moritos! En el camino, se reunieron con el soldado que les esperaba fuera. Pilar y Adela salieron al corredor para ver si hacían algún daño más o si robaban algo pero ya no estaban. Bajaron los cuatro escalones que separaban el corredor del camino y vieron como, entre risas, gritos y bromas, marcharon por el sendero en dirección a Cantejéira donde, al empezar la guerra, habían instalado un cuartel solo para ellos. Pilar y Adela observaron como los soldados moros se alejaban, hasta que desaparecieron girando en una curva del camino.

– ¡Pilar!, ¡Adela! _Llamó Guillermo, que traía el burro sujeto por la reata_ ¿Que hicieron?

Las dos hermanas se dieron la vuelta y se quedaron mirando a Guillermo, que se acercaba tirando de la reata del burro.

– No, no pasó nada. _Contestó Pilar_ Nos dieron un buen susto pero se marcharon por el camino de Cantejéira. Allí hay un cuartel donde viven.

– ¿Meto el burro en la cuadra? _Preguntó Guillermo.

– Espera un momento que se lo pregunto a Padre _Respondió Pilar que estaba abriendo la puerta_ Ahora te diré lo que hay que hacer con el burro _ y cogiendo a Adela de la mano, las dos entraron en casa.

Guillermo enrolló la reata en su brazo izquierdo para estar más cerca de la cabeza del burro y de esa manera, dominarlo mejor. Estaba dispuesto para todo aquello que necesitara el señor Manuel y su mujer, la señora Rosaura. Él vivía solo desde que sus padres murieron y el señor Manuel le cuidaba como si fuera su padre y se ocupó de ayudarle para salir adelante con el cuidado del ganado y del cultivo de las tierras.

– ¡Guillermo! _ Llamó Pilar desde el corredor_ Dice mi padre que metas el burro dentro de la cuadra y que le quites la albarda y la cabezada. Después los dejas colgados en los ganchos que hay detrás de la puerta de la cuadra. No olvides cerrar la cancela.

– ¿Hay que darle algo de comer? _ Preguntó Guillermo _

– No, no le des nada. Cuando acabes subes arriba que mi padre quiere hablar con tigo.

Guillermo abrió la puerta de la cuadra y el burro entró sin esperar orden alguna y se quedó quieto mientras era despojado de todo lo que llevaba atado a su cuerpo. Guillermo cerró la puerta, subió al corredor y tocó con la mano sobre la puerta que estaba entreabierta.

– Señor Manuel, Señora Rosaura, ¿Puedo pasar? Soy Guillermo.

– Pasa Guillermo, pasa, entra en casa.

Guillermo alargó la mano para empujar la puerta pero, antes de que alcanzara a tocarla, la puerta se abrió y apareció Pilar que lo cogió del brazo y tiró de él hasta introducirlo dentro de la cocina.

– ¿Qué les han hecho, señor Manuel?

– Pensamos que nos iban a matar o a robar pero al final se marcharon _ Respondió Rosaura que poco a poco se reponía del susto y cogía del brazo a su hombre_ Desde que empezó la guerra no pasamos tanto miedo como hoy. ¿Entraron en alguna otra casa, además de la nuestra?

– No entraron _Respondió Guillermo_ pero preguntaban por un compañero que hace tiempo que está desaparecido y lo estaban buscando. Se refieren al mismo moro que desapareció aquel día de la tormenta que llovió tanto de golpe y después salió el sol. Ningún jefe les manda buscarlo pero, como era moro igual que ellos, lo buscan por su cuenta.

El silencio se hizo de repente, como si toda la familia, en comunión y ya en calma, fuera consciente del enorme peligro que supuso el estar a merced de cuatro descerebrados, fanáticos y armados, que desaparecieron camino de Cantejéira lanzando alaridos y gritando ¡Viva Franco! ¡Viva Franco y sus moritos! A medida que pasaban los minutos, desde que los moros marcharon, los ánimos empezaban a despertar y se extendían entre toda la familia. Rosaura miraba a Manuel que a su vez miraba a todos los hijos y a Guillermo que lo quería como un hijo más.

Madre Rosaura, que estaba sentada al lado de Padre, despertó de las elucubraciones y temores que, como en un sueño lleno de pesadillas, se habían apoderado de su ánimo. Se levantó y les miró a todos.

– Hoy es domingo y ya falta poco para que se haga de noche. Hay que despejar la mesa que voy a preparar algo para cenar.

Todos se pusieron en movimiento. Madre Rosaura y Pilar preparaban la cena mientras Adela cuidaba de Elisa y Lelo que tenían cinco y siete años y de Carmen que a sus dos años dormía en la cuna ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. El señor Manuel se levantó y salió al corredor acompañado de Guillermo.

– ¿Como estaba la feria, señor Manuel? ¿Había mucha gente?

– Sí había gente, sí. Muchos vinimos con ganas de negociar pero, después de ver los precios, la mayoría volvemos para casa de vacío, sin comprar. Tendré que volver la semana que viene.

– ¿Podré ir con usted?

– Si, ya te avisaré. El próximo domingo podemos ir.

– Señor Manuel ¿Cree usted que pronto será como antes?

– ¿Que quieres decir?

– Quiero decir si, ahora que se terminó la guerra, podremos vivir como antes.

– Guillermo, hijo, nunca cosa alguna volverá a ser como antes. Dicen que la guerra terminó, pero no es verdad. Aquí, en la aldea, cuando los vecinos, de aquí y de las otras aldeas, se encontraban en el camino siempre se saludaban y casi siempre paraban un rato hablando de cualquier cosa. Ahora, la mitad de los vecinos no se habla con la otra mitad.

– Y eso, señor Manuel, ¿Como puede ser?

– Puede ser _Respondió Manuel_ Porque una guerra civil, como es ésta, es una guerra entre hermanos, vecinos, amigos y toda la demás gente que viven en el mismo pueblo y que, en muchos casos, son familia entre ellos. Pasaran muchos años hasta que la gente de las aldeas, pueblos y ciudades consigan recomponer los lazos de familia, de amistad o simplemente de vecindad.

El señor Manuel miraba a Guillermo que escuchaba en silencio, intentando comprender todo lo que le decía y Guillermo observaba la cara de amargura que se le ponía al señor Manuel cuando hablaba del futuro. Él y Rosaura tuvieron siete hijos de los de los cuales sobreviven cuatro hijas y un hijo.

– Señor Manuel si usted no me necesita yo voy a atender a los animales antes de que se haga de noche. No tengo gas para el candil y tengo que alumbrar con “garabullos” secos.

– Rosaura preparará algo para cenar. ¿Quieres entrar y comes algo con nosotros?

– Tengo en casa carne cocida tengo que gastarla antes de que se estropee _Respondió Guillermo_ Mañana estaremos todos más tranquilos.

– Mañana necesitaré ayuda, tengo que arrancar las patatas de la otra huerta y llevaré a Pilar para que me ayude pero si además vieneses tú, yo las saco con el arado y los dos las recogéis en las cestas.

– Si iré con usted, señor Manuel.

– Cuando acabemos, por la tarde iremos a la otra finca y traeremos las tuyas.

– Podremos hacer todo en el mismo día _Comentó Guillermo_ y aún nos sobrará tiempo ¿A qué hora salimos, señor Manuel?

– Temprano, a las seis. ¡Oye Guillermo! La próxima semana iremos un día a Villafranca y compraremos gas para ti y para nosotros. Ten cuidado con los “garabullos” que al arder se caen los trozos y pueden hacer un incendio. Ahora vete y haz lo que tengas que hacer. Mañana nos veremos.

– ¡Hasta mañana! Señor Manuel.

– Manuel entró dentro de casa, en la cocina, donde Rosaura atizaba el fuego debajo del pote, que había llenado con cachelos, berzas y un trozo de tocino. En la mesa colocó una fuente de barro rojizo y volvió a la “lareira” donde el pote estaba en plena efervescencia. Con un garabullo, largo y afilado en un extremo, Rosaura tanteaba las patatas y el tocino para comprobar si estaban suficientemente cocidos.

– ¡Padre! ¿Me deja usted la navaja? _Preguntó Pilar que tenía un tronco de espino en la mano_ Voy a preparar pinchos para todos.

– Toma _Manuel metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una navaja. Tanteó el filo con el dedo pulgar y se la entregó a Pilar_ Corta bien.

Mientras que Adela colocaba platos en la mesa, Pilar sujetaba el madero de espino y cortó las ramitas que, en forma de espina redonda, alargada y puntiaguda, salían del tronco. Las colocó en la mesa junto con la navaja en espera de que Madre repartiera la cena. Rosaura fue llenando las cazuelas una a una y Pilar las colocaba en la mesa para que Adela hiciera el reparto. La pequeña Carmen dormía en la cuna, ajena a todo lo que pudiera pasar. Elisa, que estaba sentada en las rodillas de su padre, se colocó en el banco, a su lado y soplaba a las patatas recién cocidas y Manolin, que tenía ocho años, partía las patatas para reducirlas al tamaño que podían caber en su boca. Rosaura sacó el tocino del caldo y lo cortó en trozos para repartirlos en los platos de cada uno.

Mientras toda la familia se llevaba a la boca lo que podía mantenerles hasta el día siguiente, Rosaura se acercó al pasillo, observó que nadie se fijaba en ella y entró en la habitación donde, cuando se acababa el día, dormía con su hombre y sus dos hijos pequeños. Abrió el armario donde guardaba la ropa de fiesta de toda la familia y buscó una caja de lata con dibujos en la tapa que, veintitrés años antes compraron en Villafranca, llena de galletas, para celebrar su noche de bodas, cuando tenía 16 años. Dentro de la caja, además de sus recuerdos, tenía una estampa que su madre le dio el día de su boda y le enseñó a rezar de memoria por los seres queridos. Cerró la puerta y completamente a oscuras, se arrodilló al lado de la cama donde apoyó los brazos con la estampa depositada en la palma de las manos juntas. Rezó susurrando las oraciones aprendidas de su madre haciéndole saber a dios que ya no podía más y que no le mandase mas desgracias. Pasaron unos cinco minutos y Rosaura volvió a la cocina cuando todos estaban acabando la cena.

– Pilar y Adela, recoged la mesa y lavar todo. Cuando terminéis os vais a la cama. Y tú Lelo, vete a la cama, que ya es muy tarde.

Mientras todos se disponían a cumplir lo ordenado, Rosaura se sentó en el escaño y desabrochó los botones que cerraban la chaquetilla de lana que ella misma había tejido, Manuel saco de la cuna a la pequeña Carmen y esperó a que Rosaura pusiera al descubierto su pecho para entregarle a la niña, que en contacto con la piel que le acogía, se aferró a las tetas, mamando con una voracidad que provocaba un placer inmenso a Rosaura.

– Elisa, ven aquí, a mis brazos _Manuel observaba a Elisa que miraba como su madre daba de mamar a la pequeña Carmen _ Elisa se acercó a su padre que la cogió en brazos.

– Mira que no se duerma _Dijo Rosaura_ Cuando Carmen acabe de mamar le daré a ella que así dormirá mejor.

La noche ya estaba cerrada, Manuel se acercó a la lareira, removió las cenizas para soplar y revivir las brasas que quedaban. Encendió un “ganzo” y al amparo de su llama, entraron en la habitación con cuidado, para llegar a la cama sin tropezar.

Se hizo el silencio, Manuel, que estaba acostado de espalda se acercó a Rosaura, pasó su brazo izquierdo por detrás de la almohada y le acarició el pelo. Se giró de costado para poder hablarle más cerca de su oído procurando que los hijos no oyeran nada de lo que hablaban.

– Rosaura ¿Estas despierta?

– Sí ¿Que quieres?

– Mañana me levantaré muy temprano, voy a buscar un sitio donde enterrar al moro. Quiero sacarlo de la era y hacerlo desaparecer de aquí.

– Mientras esté debajo del estiércol _Susurró Rosaura_ Nadie sospechará por el olor, pero cuando haya que abonar las huertas y el estiércol desaparezca estaremos en peligro. Aquí, en la aldea hay gente a los que les gustaría denunciarte.

– Mañana, Pilar y yo iremos a sacar las patatas en la otra finca. Guillermo nos acompañará para ayudarnos. Marcharemos temprano y así, cuando el sol apriete ya tendremos las patatas desenterradas y amontonadas y en media hora las cargamos en el carro y llegamos de vuelta a casa.

Categories: CulToral

Deja un comentario