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Capitulo 6
UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
…. lo último del capitulo 5
Miraba a José y sin ser consciente de ello, ponía en él sus esperanzas. El fuego de la laréira iba agotándose y poco a poco se apagó. Manuel y María salieron de la cocina para ir hasta las habitaciones. Él se quedó dormido en unos instantes y María permaneció despierta haciendo planes para una vida mejor en la que los esfuerzos sirvan para algo más que arrastrarse en la miseria. Otros muchos pensamientos y deseos acudían a su mente hasta que sus ojos se fueron cerrando y sin apenas darse cuenta, se quedó dormida. Los hermanos mayores lo hicieron unos minutos más tarde, después de dejar todo bien cerrado y con las trancas colocadas en las puertas.
Capitulo 6
El campanario de la iglesia de Cantejéira está dedicado a san Lorenzo y tiene forma de espadaña con dos ventanas y en cada ventana cuelga una campana. Cuando llega el domingo, el cura de Balboa se acerca hasta Cantejéira para celebrar la misa. Los hombres y mujeres, que asistían a la misa, vestían, todos, ropa oscura, algunos con brazalete negro como luto por la muerte de un familiar a causa de la guerra o de muerte natural. Esperaban a la puerta de la iglesia y aprovechaban para hablar de todo aquello que en la soledad del trabajo, en los prados y huertas, no podían hacer hasta que el cura de Balboa llegaba montado en un caballo. La señora Pepa, que era la encargada de la llave, abría la puerta y todos pasaban dentro. Se colocaban en los bancos, las mujeres a la izquierda y los hombres a la derecha, en un orden establecido por la costumbre de los años pasados. Era el único día que se encontraban juntos: Pepa y Manuel de la “Casa do Teso”, María y Pedro de la casa de “Airexa”. El abuelo Antón, Vitoriana y Pepe. La señora Antonia de “Los De Palero”. Pepe de “Eusebio”. Los “García” Domingo, José, Lisério, María y Manuel. La viuda de Primitivo, señora Cándida “Tía Cándida” y sus hijos Domingo, María, Rita y Rosalía. Los de “A Cancela” Julio y Pepe. El señor Domingo y asunción, de los de “Ferreira”. Clementina y Francisco, que tenían un hijo en Baracaldo. Los “Do Val”, Francisco y Pilar la costurera, hija de Pepa y Manuel.
Pilar, la costurera, miraba a María desde lejos y observaba como le quedaba el vestido nuevo. María y Manuel jugaban con los demás niños subiendo y saltando desde el muro al suelo y corriendo alrededor del grupo de vecinos que charlaban entre sí.
– ¿Te acuerdas José, cuando hacías de monaguillo? _le preguntó Domingo
– Sí me acuerdo, sí _respondió José_ Aprendí los sonidos de memoria de tanto repetirlos. Sabía todas las letanías y no tenía idea de lo que significaban.
– A ti, el cura te quería mucho. Siempre quería que le ayudaras tú. Me acuerdo que sabias la letanía de memoria.
– Sí que me quería _Respondió José sonriendo con sorna_ Me quería más de lo que hacía falta, pero yo guardaba las distancias. Una vez intentó acariciarme haciéndose el amigo bondadoso. ¡Menudo hijo de puta! _murmuró en voz baja.
– ¿Cuantos años tenías cuando eras monaguillo? _le preguntó Lisério.
– Quince, tenía quince años. Siempre que tenía ocasión me tocaba como si fuera sin querer.
– A ti te gustaba doña Josefa, la maestra que había antes. Se notaba mucho que estabas enamorado de ella. Creo que era de Borrenes.
– No si era de donde tú dices pero sí, me gustaba, a mí me parecía muy guapa, y yo le gusto… _José se dio cuenta de que debía callar para no poner al descubierto secretos que se deben guardar para siempre_ Tengo mucho respeto a la maestra. Es una lástima que la hayan sustituido por la que hay ahora _En un segundo volvieron a su mente todos aquellos momentos inolvidables_ Sí, es una lástima.
Los recuerdos de José permanecían imborrables a pesar de que habían pasado tres años. Tenía diecisiete años cuando la maestra doña Josefa fue destinada a Cantejéira. José se enamoró de ella el primer día que llegó a la escuela y la maestra, pasadas unas semanas, se encariño con José. Pasaban los días y José aprendía a leer y a escribir. Quería conquistar a la maestra y la maestra disimulaba para que los demás niños y niñas no se dieran cuenta de la efervescencia del ánimo de José. Cuando aún no habían pasado más de dos meses, doña Josefa le preguntó si, al salir de la escuela, podía ir a su casa para cortar leña para la cocina y José se ofreció de inmediato. Doña Josefa continuó con la clase hasta que llegó la hora de terminar.
– José ¿Qué haces? Parece que estás en la luna, te has callado de repente ¿En qué piensas? _ preguntó Lisério.
José despertó de sus recuerdos, quedando aturdido durante unos segundos.
– En nada especial, me acordaba del último año que fui a la escuela con la maestra que había antes. Me reclamaron para ir a la guerra. Lástima de tiempo perdido.
José no podía olvidar el último año de colegio con la maestra de antes y aún menos el día que afiló el machado para cortar la leña. Sonreía al recordar cuando Doña Josefa le abrió la cancela donde tenía los troncos apilados y como le ayudó a quitarse la camisa para después dirigirse hasta la puerta de la vivienda desde donde se giró, por un momento, para ver como colocaba un tronco encima de otro, cogía el hacha y empezaba a partirlo en trozos. Cuando José hubo cortado los troncos, se quitó el sudor de la frente mientras se acercaba a la entrada de la vivienda.
– Doña Josefa, la leña ya está cortada ¿Donde quiere que la deje?
Esperó un rato sin que la maestra le contestara. Caminó alrededor de la casa, para ver si la encontraba, hasta volver a la entrada. Empujó la puerta con cuidado hasta que abrió un poco y llamó golpeándola con los nudillos de la mano. Esperó a que saliera la maestra pero no aparecía. Empujó de nuevo la puerta y entró despacio hasta encontrarse de frente con ella, con la maestra, con su maestra, mojada y envuelta en una toalla.
– Pasa José, pasa. _José pasó, cerró la puerta y quedó paralizado por unos instantes. La maestra le sonreía y miraba su mano derecha_ ¿Para qué quieres el machado?
– No sé, no me dí cuenta de que lo llevaba _Respondió tartamudeando.
Dejó el machado en el suelo con el mango apoyado en la pared y caminó hacia a ella hipnotizado. Se acercó con cuidado hasta tocar su piel con la mano, se arrodilló ante ella y con las manos separó la toalla, la abrazó por la cintura y apretó su cara contra el vientre desnudo de la maestra. Ella abrió, por completo, la toalla que caía de sus hombros, levantó a José cogiéndole sus manos y lo guió hasta la habitación donde soltó la toalla quedando completamente desnuda. Se agachó ante él y le quitó las botas, después le desabrochó el pantalón dejándolo caer al suelo. La maestra se tendió en la cama con su cuerpo completamente abierto y avanzó las manos para hacerse con José que la cubriría sintiendo un inmenso placer.
– ¡Eh! José, despierta y abre los ojos que parece que te duermes. Dicen que ha pasado algo dentro de la iglesia. ¿En qué piensas?
Lisério y el murmullo, cada vez más elevado de tono, despertaron a José de sus recuerdos.
– Hay un agujero en la puerta de atrás, hay un agujero en la puerta de atrás _ gritaban los niños que jugaban alrededor de la iglesia_ María entró y dice que hay cosas rotas.
La señora Pepa custodiaba las llaves de la iglesia y ante tanto alboroto las sacó del bolso y miró hacia el camino para ver si venia el cura pero el cura no aparecía. Abrió la puerta de la iglesia y entró seguida de los demás vecinos que al ver el estado de las cosas de la iglesia, unos se santiguaban expresando frases de indignación, otros se quedaron mudos ante lo que no esperaban ver jamás y otros procuraban que no se notara la satisfacción que ello les proporcionaba.
– ¡Dios mío! Mira como dejaron el altar ¡Que salvajada! Han roto todo, han roto todo _repetía el sacristán.
– Mira allí, mira _Señalaba otra vecina con el dedo_ ¿donde está la virgen? ¡Dios mío, la sacaron del pedestal!
– ¡Pedro! Sal al camino y mira si viene el cura _ordenó el sacristán.
Pedro salió de la iglesia, anduvo de prisa hasta el camino que viene de Balboa y puso la mano en la frente, a modo de visera, para evitar que el sol le deslumbrara y comprobó que nadie aparecía en lo que la vista llegaba a alcanzar. Aunque ardía en deseos de volver a la iglesia, para no perder nada de lo que allí acontecía, siguió oteando el horizonte con la esperanza de anunciar la llegada del cura que no acababa de aparecer.
Sobre el altar estaba la imagen de la virgen tumbada boca arriba y encima habían colocado a San Lorenzo boca abajo a modo de pareja en práctica sexual.
– ¿Por qué no habrá venido el cura? _Preguntó la maestra doña Cándida a su marido don Alfonso.
– ¿Quien sabe? No habrá encontrado quien le acompañe. Supongo que teme a encontrarse con los “escapados”. Tiene miedo de que lo maten y no se atreve a venir solo _Respondió don Alfonso mientras trataba de ver donde estaban sus hijos, Cándi y Alfonsín.
El sacristán miraba hacia el camino para ver si Pedro hacia alguna señal sobre el cura.
– No viene nadie _Gritó Pedro levantando la mano mientras la movía de izquierda a derecha.
– ¡En fin! Tapemos el agujero para que no entren los animales y no movamos nada. Mañana lunes iremos a Balboa para avisar al cura y él dirá lo que hay que hacer.
– ¿No pondremos denuncia? _ preguntaba Pedro de Airexa.
– No sé qué hacer, podíamos presentarla, pero creo que lo mejor que podemos hacer es avisar al cura. Él dirá si se pone denuncia o no. _Respondió el sacristán_ Esta tarde iré a Balboa para darle la noticia.
Poco a poco los vecinos salieron de la iglesia y se aseguraron de que todo quedase bien cerrado antes de marchar. La mayoría de los hombres se acercaron a la taberna y allí pasaron las horas, unos jugando a la brisca, otros al dominó y todos comentaban lo sucedido tomando algún que otro vaso de vino. Otros vecinos volvieron a sus casas y aprovecharon para terminar de atender a los animales, las mujeres volvieron a sus cocinas para preparar la comida de toda la familia por ser domingo y los chavales siguieron con sus juegos, sus riñas y sus peleas.
Durante lo que quedaba de la mañana, hasta que llegara la hora de comer, José y Domingo se dedicaron a examinar el estado de todas las herramientas, los establos de las vacas donde el pesebre necesitaba un buen arreglo, la corte de los cerdos y la naséira que está agrietada, el gallinero y la conejera. Se acercaba el final del verano y era tiempo de pensar en el otoño para preparar el invierno. La guerra había terminado y era necesario empezar de nuevo. Había que organizarse para trabajar como lo habían hecho hasta ahora, pero eso no era suficiente.
En vega de Valcarce, los lunes se hacia la feria del cerdo y era necesario ir para ponerse al día del estado de las cosas, ver los precios tanto de compra como de venta y poner en práctica los planes que había pensado durante el viaje de vuelta a casa.
Seria poco más de la una de la tarde cuando Lisério acabó de preparar la comida. María y Manuel colocaron los vasos, tenedores, cucharas y cuchillos y se sentaron a la mesa, cuando entraban Domingo y José.
– Bueno, ahora a comer y después, si queréis, os vais a la cama un rato. _ Dijo José mirando a María y a Manuel.
– ¿Quien dará de comer a los animales? _ preguntó María _ porque alguien lo tiene que hacer, si no se mueren de hambre.
– José y yo _contestó Domingo_ Hoy vosotros estáis de fiesta.
– ¡Que bien! Exclamó Manuel, así podré ir a jugar a la calle con los otros chavales.
– Y yo también _ Dijo María _ con las chicas.
– ¡Escuchadme bien! Mañana, yo iré a Vega de Valcarce, voy a ver la feria de los cerdos y a comprar algunas cosas para arreglar las cuadras y el gallinero. Vais todos a recoger el millo. Yo estaré de vuelta por la tarde, antes de que sea noche.
– Es mejor que María se quede en casa y atienda a los animales. Hay que darles hojas de berza, ramas y grano a los conejos y a las gallinas.
Pasaron las horas sin tanto ajetreo como ocurría los demás días de la semana. El sol no tardaría mucho tiempo en bajar hasta el horizonte y Domingo, en compañía de José, salieron a caminar para ir a ver el maíz que traerían al día siguiente. Pasaron por la cantina donde el ambiente no estaba tan animado como por la mañana pero lo ocurrido en la iglesia sería objeto de conversación por mucho tiempo. Las cartas de la baraja no descansaban. La brisca, el tute y el subastado eran, al igual que por la mañana, el divertimento de aquella tarde de verano que sería recordada por muchos años. Caminaron hasta llegar a la “Chousa”. José rodeó la finca y Domingo se metió por entre los surcos examinando las mazorcas del maíz.
– Parece que todo irá bien. Ninguna mazorca tiene bichos.
– Sí, mañana será el mejor día _respondió José_ Yo saldré para la feria antes de las seis de la mañana y por la tarde llegaré con tiempo para ayudar.
El camino de vuelta a casa fue tranquilo, el sol ya estaba en el ocaso, en la cantina aún quedaban dos vecinos jugando a la baraja, los otros vecinos se recogían en sus casas y comenzaban a sentirse los ruidos de la fauna de las noches de verano.
José miró a María que parecía dormida y se preparó para acostarse. Cuatro horas después se levantó, abrió la contraventana con cuidado para no despertar a María y miró el cielo para calcular cuanto tiempo más duraría la noche. María, simulando que estaba dormida, observaba todo lo que hacía José que sentado en la cama se vistió el pantalón y las botas, cogió una camisa limpia, se acercó a la escalera y bajó pisando con cuidado de no hacer ruido. Preparó un saco en el que metió un paquete con lo que sería su comida del mediodía, y otro paquete mas donde llevaba la camisa limpia para cambiarla cuando estuviese acercándose a la feria. Enrolló el saco y lo ató con una cuerda para poder llevarlo con más comodidad y salió a la calle. Fuera de casa estaba todo en silencio, José cerró la puerta, se colocó en bandolera el paquete donde llevaba la camisa y la comida y emprendió el camino atravesando el pueblo bajo un cielo estrellado y con la luna en cuarto creciente. Tras varios kilómetros llegó a Balboa y continuó el camino pasando por Villafeile hasta llegar a Ambasmestas. Por la carretera nacional caminó en dirección a Galicia hasta que llegó cerca de Vega de Valcarce. Ya era de día y el sol apareció en todo su esplendor. Antes de llegar paró a un lado del camino, junto a una fuente que manaba agua de las entrañas del monte, agua que corría hasta llegar al rio Valcarce. Se lavó las manos, la cara, el cuello y se peinó. Mientras esperaba hasta estar bien seco cambió las alpargatas por los zapatos, se puso la camisa limpia, comprobó que el pantalón estaba bien estirado e hizo de nuevo el paquete con la ropa que se había quitado y acto seguido se puso a caminar los últimos metros que le quedaban para llegar al campo de la feria.
Eran cerca de las nueve de la mañana, los labradores estaban descargando los carros, en los que traían los animales que pretendían vender, cajones con gallinas, conejos, huevos, carnes saladas y cerdos, especialmente cerdos que estaban a medio criar, cuyos gruñidos se oían con especial intensidad y que el comprador los alimentaría para que estuvieran muy gordos cuando llegara la última mitad del mes de diciembre, fecha en la que serían matados para asegurarse el alimento de la familia durante los meses siguientes.
El campo de la feria estaba animado, las “pulpéiras” colocaban las grandes ollas de cobre sobre las estrébedes, las llenaban con agua hasta la mitad y encendían el fuego. La leña ardía alrededor de las ollas mientras las “pulpeiras”, con un bastón de madera mazaban los pulpos para ablandarlos y los enjuagaban en los calderos de zinc llenos de agua. Cuando el agua de la caldera hervía cogían al pulpo y lo sumergían durante unos segundos para sacarlos después, esperar cinco segundos y volverlos a sumergir, repitiendo la operación tres veces. Después los dejaban en el agua hirviendo durante quince minutos que era el tiempo de cocción que la experiencia consideraba necesario para comerlo. Todo el proceso es un rito repetido desde tiempo inmemorial.
José recorrió la feria, observó el tamaño y el aspecto de los cerdos y preguntó a unos y a otros para enterarse de los precios. Hacía pocos meses que la guerra había terminado, había escasez de todo y la desconfianza que había sobre el valor de dinero era total. Casi todas las ventas y compras se hacían por trueque. El dinero de la república no tenía valor alguno y el de la dictadura impuesta por Franco no era de fiar.
– ¡Al ladrón! ¡al ladrón! _ se oyó un grito que venía del lado de la feria donde había animales atados, caballos y burros que se utilizaban como medio de transporte_ Me robó la cartera, me robo la cartera _se lamentaba un hombre mientras sujetaba las riendas del burro procurando que la niña que lo cabalgaba no se cayera al suelo.
– Es aquel, es aquel _señalaba con una mano la niña que, cogida del brazo al hombre, intentaba descender del burro sin lastimarse.
José, miró al hombre que gritaba, corrió hasta ponerse delante del ladrón y lo sujetó de los brazos. Al mirar su cara vio el hambre reflejada en su rostro y la expresión de espanto que muchas veces había visto en el último año de guerra.
– ¿De dónde eres claval?
– De Trabadelo _respondió el chaval mientras miraba a uno y otro lado con los ojos desorbitados que solo reflejaban desesperación_ Soy de Trabadelo, señor.
Poco a poco, la gente se iba acercando a ellos. José, al ver que lo ocurrido se podía complicar mucho más de lo que ya estaba y antes de que nadie interviniera cogió al chico por la espalda y lo acompañó hasta el banco, donde se habían sentado el hombre con la niña, después de asegurar que el burro quedaba bien atado en un poste.
– ¡Hola! Señor Manuel _ saludó José.
Al oír el saludo el hombre levantó la vista y lo observó en silencio. José le miró, sonrió mirándole a la cara y volvió a presentarse.
– Soy José, de Cantejéira ¿Se acuerda de mí?
– ¡Oye! Tú, tú eres…, tú eres de Cantejéira, eres José, el hijo mayor de Camuñas y María Potes _ Dijo el señor Manuel_ Yo conocí a tus padres y a ti, cuando eras pequeño, tendrías trece o catorce años.
– Sí, soy José, mi padre es Manuel Camuñas y mi madre es María Potes. Yo le recuerdo a usted. Mi padre y mi madre son los que usted dice _José miraba a la niña que acompañaba al señor Manuel_ ¿Es hija suya esta niña? _ Preguntó.
– Sí, es hija mía, se llama Adela y me acompaña desde Pradela. ¿Quien es éste que me cogió la cartera? _ Preguntó el señor Manuel mirando fijamente la cara del chico_ Está muy delgado, parece hambriento.
– Tenga su cartera señor, no falta nada, la robé porque tengo mucha hambre. Hace tres años, al empezar la guerra, los falangistas secuestraron y mataron a nuestro padre y desde entonces todo ha ido de mal en peor _ respondió el chico y continuó_ No tengo a donde ir ni donde ganarme la vida y tengo hambre, siempre tengo hambre _ repetía llorando_
El señor Manuel cogió la cartera que el infeliz hambriento le entregó, a la vista de todos los mirones que no querían perderse aquel espectáculo. José sacó el paquete con la comida, que había preparado antes de salir de Cantejéira, se acercó al chico y se la entregó. El chico miró el paquete con la desesperación del que espera algo importante que nunca llega, lo cogió, lo desenvolvió con el ansia que le provocaba el hambre, dio un mordisco arrancando un trozo que no le cabía en la boca y se fue caminando ayudándose con la mano para trocearlo sin que se le cayera al suelo. Miró hacia atrás, por ver si le seguían, y continuó caminando hasta llegar a la carretera nacional donde los feriantes ya no alcanzaban a ver.
José se volvió hacia el señor Manuel mientras rehacía el paquete con la camisa y las zapatillas que se quitó antes de llegar a la feria y miró a la niña que le acompañaba y que no dejó de observarle desde que se acercó a ellos.
– ¿Como se llama esta chica tan guapa? _Preguntó José mirándola_ Estás muy callada.
– Me llamo Adela _ Respondió.
– ¿Cuantos años tienes?
– Diez.
– ¿Cuantos dices que tienes? _Preguntó José otra vez
– Diez, tengo diez años _Respondió ella a la vez que se agarraba al brazo de su padre en busca de protección_
– ¿Que le trae por aquí, señor Manuel? _ preguntó José.
– Vine para ver si hay cerdos de cría, pensaba en comprar dos o tres y cebarlos hasta que llegue el fin de año para hacer la matanza.
La feria estaba en su apogeo. Los tratantes, los vecinos y los visitantes de otros pueblos cercanos se acercaban a los puntos donde se vendía o se compraba mercancía alguna.
– Mire aquellos señor Manuel, parecen buenos y se les ve muy sanos. Vamos a preguntar el precio.
Se dirigieron al cerco donde un labrador cuidaba de los cerdos que estaban en el tamaño y peso adecuado para cebarlos. El señor Manuel se decidió, dio una vuelta más al cerco y se giró tropezando con un tratante, que lo había observado desde unos pasos atrás y que se adelantó a preguntar.
– ¿Cuanto pide por esos cerdos?
– Veinte por cada uno _ respondía el labrador_ Si se lleva más de uno el precio baja.
– ¿Cuantos tiene? _ Preguntó el tratante _
– Tengo una docena, si se los lleva todos se los dejo a diez y ocho _ respondió de nuevo el labrador a la vez que tocaba los cerdos con la vara para que se movieran demostrando lo bien y lo sanos que estaban_ No los encontrará mejores ni más sanos que estos.
– Bueno, bueno, no será para tanto. Están bien pero ya los vi mejores. Te doy diez por cada uno y me los llevo todos. Toma aquí tienes _ el comprador sacó, del bolsillo, la mano con veinticuatro billetes de a cinco, cogidos entre los dedos índice y corazón.
– No hay trato _ respondió de nuevo el labrador_ Con lo que me ofrece no recupero ni la mitad de lo gastado. Antes de dejárselos a ese precio los mato y los meto en sal.
El tratante recogió el brazo y dobló los dedos que sostenían los billetes para colocarlos en la palma de la mano, cerrando el puño después. Se giró media vuelta e hizo una señal al compañero que estaba tratando con otro labrador y esperaba su señal para comprar o no. Asintió con la cabeza indicándole que comprara él.
– Señor Manuel, no parece que el precio vaya a bajar. ¿Qué le parece si nos acercamos a la pulpéira y comemos algo de pulpo?
– No estoy bien del estómago pero probaré un poco.
Las Pulperas son mujeres experimentadas en su oficio y tenían colocados en una mesa media docena de platos de madera. A un metro de distancia los feriantes se apiñaban atraídos por el olor del pulpo observando la destreza que aquellas mujeres tenían con las tijeras. Cortaban un tentáculo entero, lo sujetaban con una mano y con la otra mano, armada con dichas tijeras, lo troceaban en pedazos que iban cayendo en el plato hasta completar la ración cuya cantidad dependía del número de comensales o del dinero que se podían permitir gastar. Esparcían un poco de sal gorda, pimienta picante, unas escasas gotas de aceite encima y tres o cuatro palillos completaban el aderezo.
Las mesas de la cantina eran alargadas y tenían, a cada lado, un banco de la misma longitud donde se sentaban los feriantes con dinero que, con el plato bien lleno, entraban en la cantina, pedían pan, una jarra de vino y buscaban un lugar libre en la mesa para satisfacer el estómago. El señor Manuel, Adela y José pidieron una ración mediana y se acercaron a la cantina. José puso el plato en un banco que había a la entrada y miró al señor Manuel.
– Espere aquí un momento, ahora vuelvo.
Entró en la cantina y un minuto más tarde salió con dos trozos de pan de centeno, una botella de gaseosa y media docena de caramelos. Colocaron todo en el banco y con la ayuda de los palillos comieron pan y pulpo hasta dejar el plato limpio.
– Adela, estos caramelos, son para ti _José alargó el brazo con los caramelos en la mano.
Adela sonrió, miró a su padre esperando alguna señal, cogió los caramelos y los metió en el bolsillo.
– ¿Qué se dice?
– Gracias José.
– Otro día te compraré más.
– José, cuando yo era un chaval, tendría veinte años, conocí a tu padre, él era muy mayor y entonces conocí a la madre de tus hermanos mayores Emilia, Carolina y Domingo. Cuando la mujer murió estuvo viudo durante varios años hasta que un día conoció a María Potes, que era de Corullón y se casaron. Tú naciste el año siguiente.
– Pues ahora, señor Manuel, somos cinco hermanos de la misma madre, éramos seis pero una hermana se murió. Fue como una plaga, en un año se murieron el padre, la madre y la hermana Dorinda que tenía doce años.
– Lo sé, Era una niña preciosa y muy espabilada.
La feria continuaba ajena a la conversación, Adela tiró del brazo de su padre y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta mirando y sonriendo a su padre que sacó los caramelos que José le había regalado para que cogiera uno. Comenzaron a caminar volviendo a mirar los animales, a preguntar precios que antes ya se habían preguntado, haciendo unas ofertas que se aceptaban y otras que no. Finalmente tomando la decisión de que ya volverían otro día.
– José, Me alegro de verte otra vez y de que hayas salido bien de la guerra. Esa herida tan grande pronto curará.
– Más me alegro yo de volver a verle a usted después de tantos años _ y mirando a Adela que, cogida a la chaqueta de su padre, daba vueltas al caramelo que tenía en la boca, se rió _Cuide bien a esta chica tan guapa que la quiero de novia para mí.
– ¿Te marchas ya, para Cantejéira?
– Ahora voy comprar clavos, alcayatas, tornillos y alguna herramienta y material para hacer arreglos en las cuadras, gallineros y jaulas. Ya sabe usted, arreglos que hay que hacer de vez en cuando.
– Nosotros vamos a volver a Pradela. Hoy vine para ver como estaría la feria, ahora que dan la guerra por acabada.
José fue hasta la ferretería en busca del material, cuando llegó a la puerta se giró y levantando el brazo se despidió de nuevo del señor Manuel que estaba aupando a Adela hasta que quedó sentada en la albarda del burro. Con la cuerda, que salía de la cabezada, en la mano comenzaron a caminar para volver a Pradela a media tarde, antes de que llegara la noche.
Cuando le tocó el turno a José, colocó un papel de estraza, donde había apuntado todos los materiales y herramientas que necesitaba para los arreglos que había previsto hacer en casa. Cuerda de bramante, una lezna, alambre liso y de espino enrollado, clavos de tres tamaños y grapas de dos tamaños para sujetar los alambres en los postes de madera. un trozo de zinc y remaches para arreglar los agujeros de los calderos. El ferretero fue colocando en el mostrador todos los materiales de la lista de José. Los dos repasaron la lista para asegurarse de que no faltaba cosa alguna.
– Ya está todo. Dime que te debo.
– Vamos a ver cuanto suma todo esto _el ferretero sumó el valor de todas las piezas_ Total son cuarenta y tres pesetas.
José sacó su cartera del bolsillo y miró cuánto dinero le quedaba y pagó las cuarenta y tres pesetas.
Con el paquete colgando de la mano, se dirigió a la cantina, donde unas horas antes había comprado caramelos para Adela, la hija del señor Manuel, y compró otros dos paquetes para los hermanos pequeños María y Manuel, además de una gaseosa de litro para él. Salió de la cantina y observó que aún quedaban unas horas de sol. Se dirigió hacia la salida del pueblo para llegar a la carretera nacional y tomar el camino hasta Ambasmestas. Desde allí, siguió el camino en dirección a Balboa, para volver a Cantejéira.
Era la segunda vez que José hacia el mismo camino y a la misma hora en poco más de una semana. Aunque el mediodía había pasado, el sol aún calentaba de firme y antes de que transcurriera media hora, José destapó la botella de gaseosa, echó un trago y la cerró de nuevo. Continuó haciendo camino hacia Balboa, dejando a su derecha el desvío hacia las aldeas de Villafeile y Lamagrande. Cuando se acercaba a Balboa, tuvo un recuerdo para aquellos hombres que cerca del camino quedaban alimentando con su sangre, las raíces de aquellos castaños, después de ser asesinados por los falangistas. Continuó por el camino para llegar hasta Balboa que estaba a la vista.
A lo lejos, a izquierda y derecha, se veía a la gente que trabajaba en las tierras. Era el tiempo y la hora de la recolección en verano y de plantar para el otoño y para el invierno. Balboa estaba más animado que el día que José volvió de la guerra. Siguió el camino bajo el sol que no calentaba tanto como al mediodía.
Ya se veía Pradela a lo lejos y José caminó más de prisa para aprovechar las horas de luz que aún quedaban. A lo lejos venían dos caballos con jinetes que salían de Cantejéira en dirección a Balboa y a medida que la distancia entre José y ellos disminuía, se podía distinguir a los jinetes que iban vestidos con uniforme de la guardia civil. Los caballos pararon al acercarse y José se paró para saludar.
– Buenas tardes _ saludó José_ ¿Como está usted cabo?
– Buenas tardes _ respondió_ ¿Tú eres José Camuñas Potes?
– Sí, mi cabo, soy yo
– ¿Sabes quién soy?
– No mi cabo, yo conocía al cabo Francisco, era el que había cuando me reclutaron para el frente de la guerra.
– ¿Me dices que hacías en el soto de los castaños, el día que volvías de la guerra?
José pensó que alguien le había visto, además de la anciana con la que se encontró, y se chivó al cabo.
– Sí, mi cabo. Llevaba tanto tiempo andando que me entraron ganas de cagar, y como no aguantaba más, me metí allí para esconderme un poco y que no me vieran.
– Tú eres hijo de Camuñas ¿es así?
– Sí, mi cabo, así es. Como dice usted, soy hijo de Manuel Camuñas que se murió en mil novecientos treinta y cinco.
– Tu madre se llamaba María Potes y era de Corullón ¿Es así?
– Así es, mi cabo. Mi madre era de Corullón y también murió al año siguiente, después que mi padre.
El guardia que acompañaba al cabo permaneció en silencio todo el tiempo que duró el interrogatorio que el cabo le hizo a José. Observaba sin pestañear el paquete que José traía en el hombro.
– ¿Que llevas en el saco?
– Llevo material para arreglar el gallinero, las cortes de los cerdos y las cancelas. Clavos, remaches, alambre y zinc para arreglar los calderos agujereados.
Los tres permanecieron en silencio durante unos segundos. El cabo, erguido en la silla del caballo, oteó el horizonte sin buscar nada en concreto y bajó la mirada hacia José.
– Nos vamos, se está haciendo tarde _ordenó el cabo y mirando a José continuó_ En casa te hemos dejado una carta del gobierno.
– A sus órdenes mi cabo, buenas tardes.
José Bajó el saco del hombro y con él colgando de la mano, siguió el camino hasta llegar a la aldea. Con disimulo pudo ver como algunos vecinos miraban a través de las ventanas, protegidos por las cortinas. Ya estaba cerca de casa cuando María salía a recibirlo.
– ¿Viste al cabo de la guardia civil?
– Sí, lo vi, iba él y un guardia _ Respondió José_ Pararon para hablar conmigo y me dijo que estuvieron aquí, en casa.
– Sí, preguntaron por ti y como no estabas preguntaron por Domingo y Lisério. Yo les dije que estaban en la Chousa, cogiendo el millo y que en casa estábamos Manuel y Yo. Entonces sacó un sobre del bolsillo y me lo dio, dijo que era para tí.
– ¿Donde está el sobre?
– Aquí, lo tengo aquí _María sacó el sobre del bolsillo del mandil_ Toma, es éste.
María observaba a José mientras abría el sobre. José desdobló la carta y se puso a leerla. María vio que la cara de José cambiaba de expresión a medida que avanzaba en la lectura del mismo.
– ¿Es carta de Barcelona? _Preguntó María.
– No, no es de Barcelona, es del gobierno.
José guardó la carta en el bolsillo de la camisa, cogió el saco y lo colocó junto al tronco de castaño que hacía de banco para sentarse, desde tiempo inmemorial. Ayudado por María, José abrió el paquete y observaron que todo estaba completo. Sacó del bolsillo el paquete de caramelos y se los dio a María.
– Son para ti y para Manuel. La mitad para cada uno _José miró alrededor_ ¿donde está Manuel?
– Fue a jugar al lado de la iglesia con los otros chicos.
– ¿Viste si los guardias estuvieron en algún sitio más, antes de que se marcharan?
– Sí. cuando llegaron, yo estaba sola y el guardia preguntó por ti, Yo le dije que no estabas y preguntó a donde fuiste y le contesté que a la feria de Vega. Entonces me dio el sobre y me dijo que te lo diera a ti, cuando volvieras.
– Así, hace poco que llegaron porque yo me crucé con ellos a la salida de la aldea.
– No, hace más de una hora. Cuando se marchaban pararon delante de la casa de Sinforiano y el cabo se bajó del caballo, entró y cerró la puerta. Le dio una paliza y le preguntaba por los hijos. El señor Sinforiano le decía que no lo sabía, que hacía mucho tiempo que no habían vuelto a casa pero el cabo le seguía pegando hasta que Sinforiano quedó tumbado de lado en el escaño y con los pies colgando. Luego salió, se subió al caballo y se fueron camino de Balboa.
– María, ven aquí, siéntate a mi lado. Dime ¿Como sabes tú lo que pasó dentro de la casa?
– Es que, cuando vi que el cabo Francisco entraba en la casa de Sinforiano, yo fui por detrás, sin que me viera el guardia que esperaba fuera, me agaché para mirar por la gatera de la puerta y vi todo lo que le hacían.
– ¿Y qué hacia la señora Antonia?
– Estaba llorando y acurrucada en un rincón.
– María, ahora, tú sigue haciendo tu trabajo que yo voy a ver a Sinforiano y después iré a ayudar a Domingo y Lisério. No hables de esto con nadie. Si te preguntan algo tú di que no sabes nada. ¿Entendido?
– Entendido _Respondió María.
José fue hasta la casa de Sinforiano, se acercó a la puerta y la abrió despacio. Dentro, el señor Sinforiano estaba sentado en el escaño, todo su cuerpo temblaba, la señora Antonia le ayudaba e intentaba levantarse pero sus manos no atinaban a fijarse en sitio alguno.
– Sinforiano, espere, espere, no se mueva solo, yo le ayudaré.
José, ayudado por la señora Antonia, le levantó un brazo para meter el suyo por debajo, con el otro brazo hizo lo mismo y tiró hacia arriba levantando la mitad superior del cuerpo hasta que las piernas cayeron hacia el suelo quedando sentado y con la espalda apoyada en el respaldo del escaño.
– ¿Quien le hizo esto? ¿Donde están sus hijos, señor Sinforiano?
– Están trabajando fuera, al principio de la tarde llevaron el carro con las vacas y a la hora que es, pronto vendrán.
– Señora Antonia, yo tengo que ir a ayudar a Domingo y Lisério, están recogiendo el maíz y hay que cargarlo todo en el carro y traerlo a casa. Les dije que iría al volver de la feria.
– Vete, hijo, vete. Ahora ya nos arreglamos nosotros y pronto llegaran los hijos.
José, Domingo y Lisério entraban en la aldea con el carro cargado con el maíz y las herramientas. Manuel estaba jugando con los chicos del pueblo cerca del campamento del ejército donde estaban acuartelados los moros que Franco envió desde Marruecos y al ver que llegaban los hermanos mayores se unió a ellos en el camino a casa.
– No te acerques a esa gente _Le ordenó José_ Los moros no son de fiar. Patrullan por los pueblos del Bierzo y de Asturias. Roban y abusan de la gente de las aldeas. ¿Has oído Manuel?
– Sí, te he oído. No me acercaré al cuartel de los moros.
Las vacas pararon justo delante de la entrada a la era. Domingo y Lisério maniobraron el carro para dejarlo colocado con la parte trasera orientada hacia la entrada de la bodega y descargaron todo el contenido.
Después que todos los animales, gallinas, cerdos, conejos estuvieron atendidos en sus necesidades, las mazorcas de maíz en su almacén y en la cocina la comida estaba preparada, los cinco hermanos se sentaron a la mesa para cenar. Cuando los platos quedaron vacíos, José esperó a que Manuel y María recogieran la mesa y sacó la carta que, el cabo de la guardia civil entregó por la tarde.
– Esta tarde, el cabo de la guardia civil trajo esta carta para mí. En ella dice que tengo que volver al ejército para terminar de hacer el servicio militar.
– ¿Como es eso? _Preguntó Lisério_ A ti te llevaron a la guerra y ahora quieren que vuelvas.
– Según ellos, el haber estado en la guerra no es suficiente y quieren que vuelva. A Valentín lo licenciaran del ejército en poco tiempo y volverá pronto a casa _Respondió José_ Seguiréis siendo cuatro.
– ¿Cuando te vas? _Preguntó María con tristeza_
– Según dice esta carta, tengo que estar en Villafranca dentro de dos semanas.
– ¿Estarás mucho tiempo? _Volvió a preguntar María_ Con lo bien que estuvimos estos días, ahora tienes que irte otra vez.
– Escucha María _intervino Lisério_ Valentín pronto terminará el servicio militar y volverá a casa. Solo le quedan tres meses para cumplir en el ejército y es seguro que volverá antes de navidad.
María escuchaba a Lisério con la mirada distraída y sentía alivio por que pronto vería a su hermano Valentín. Observó a Manuel, que descansaba su cabeza sobre los brazos cruzados apoyados sobre la mesa. Miró, con temor, a Domingo que, sentado en un extremo de la mesa, la observaba en silencio.
– No pasará nada _ Intervino Domingo _ Si además Valentín vuelve pronto, podemos hacer todo el trabajo sin pedir ayuda a nadie. No te preocupes María.
– María _José le hizo una señal con la mano estirada_ Ven aquí, ven y siéntate a mi lado, aquí, junto a mí. _José acarició sus hombros_ Yo no tardaré en volver. Solo serán algunos meses, seguro que cuando llegue el invierno me darán permiso para navidad y estaré con vosotros para la matanza de los cerdos.
– Y cuando vuelvas te quedarás para siempre _Afirmó María mirándole con temor_ ¿No tendrás que marchar otra vez?
– Sí _Respondió José_ Tendré que marcharme otra vez, pero volveré antes de que pasen otros tres o cuatro meses, cuando sea primavera o principios del verano. Entonces ya me quedaré para siempre en casa pero… _José calló y en silencio, quiso tranquilizarlos con una sonrisa amplia y sincera_ Ahora recoged todas las cosas que quedan en la mesa y las colocáis en su sitio para que las moscas no las toquen. Yo, como aún no es muy tarde, voy a ver al señor Sinforiano para hablar con él y sus hijos. Tú, Manuel haz todo lo que te mande María.
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