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Capítulo 11
…. lo último del capitulo 10
Pasaron cuatro semanas más hasta que le dieron la alta médica lo cual significaba que tendría que valerse con un solo ojo el resto de su vida y que regresaría al Bierzo, a su casa de Cantejéira acompañado de sus hermanas Emilia y Carolina con su hijo Fermín.
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Capítulo 11
Manuel miraba como sus hermanas Carolina y Emilia colocaban el equipaje junto a la puerta del vagón del tren, que les traía desde Barcelona, para poder bajarlo con más comodidad. Faltaba poco tiempo para llegar a la estación de Ponferrada, estaban muy cansadas y deseando llegar. A medida que se acercaban, el maquinista hizo sonar el silbato del tren y en ese momento, Emilia miró el reloj que llevaba en la muñeca de la mano derecha.
– Ya falta poco _ Dijo observando a Carolina como intentaba calmar a su hijo Fermín que reclamaba las tetas de su madre_ Tú sujeta bien al niño y espera a que bajemos Manuel y yo primero con las bolsas y después me das el niño para que puedas bajar tú.
– Espero que Valentín y Eliserio hayan recibido el telegrama avisándoles de que veníamos.
Carolina repasó el equipaje para asegurarse de que llevaba todas sus pertenencias y las dos hermanas esperaron a que el tren, que en ese momento entraba en la estación de Ponferrada, estuviera completamente parado para bajar del vagón. Emilia miró a su alrededor, se dirigió a la sala de espera, que estaba vacía, dejó la maleta en el suelo y se acercó a la ventanilla donde el jefe de estación, con el banderín enrolladlo debajo del brazo izquierdo y el silbato en la mano derecha, se preparaba para salir al andén y dar la misma orden que, día tras día, repetía desde años atrás. Comprobó que ya nada se movía al lado de tren, colocó el silbato en la boca y sopló con fuerza dando la señal de que el tren podía seguir la marcha. Emilia esperó a que terminara aquella ceremonia y se acercó él.
– Buenos días señor.
El funcionario la observó con atención, a la vez que iba enrollando, en el pequeño “mástil” de mano, el banderín de color rojo.
– ¿En qué puedo ayudarle?
– Quiero saber de dónde sale el coche de línea que va a Balboa.
– Es el mismo coche de línea que pasa por Villafranca, creo que sale a las once y media _ Respondió el funcionario _ Si van a Balboa, aún llegaran de día.
– Vamos a Cantejéira pero el coche de línea solo llega hasta Balboa.
– ¿Cantejéira? Creo que es una aldea que está en la montaña.
– Sí señor, pertenece al municipio de Balboa _Respondió Emilia.
– Hace tres o cuatro meses, yo estaba destinado en Toral de los Vados y bajó del tren un chico que venía de Barcelona. Era un soldado de los que habían reclutado para la guerra cuando solo tenían diez y ocho años. Me dijo que se llamaba José Camuñas y que quería llegar a Cantejéira. Lo recuerdo bien porque tenía una herida de guerra en el costado y necesitaba poner un ungüento, que llevaba siempre en el bolsillo, para que no le picara a causa de la cicatriz.
– Sería mi hermano José _Respondió Emilia_ En la batalla del Ebro estuvieron dos hermanos míos. Los dos volvieron a Cantejéira.
– Me alegro de que todos hayan tenido suerte.
– Señor, mi hermana tiene que darle de mamar al niño y si usted nos permite…
– No se preocupe _ El jefe de estación señaló una mesa y dos sillas dentro de la oficina_ Aquí nadie les molestará. Voy a tomar un café y vuelvo en unos minutos.
Cuando Carolina terminó de alimentar al niño Fermín, se lo entregó Emilia para poder acomodar las tetas dentro de la camisa y después, los tres salieron de la oficina. Emilia desenvolvió un paquete en el que llevaba dos bocadillos y una botella de agua que les servirían de desayuno para recuperarse hasta la llegada a su casa de Cantejéira. Con el estómago ligeramente satisfecho, Carolina salió a la plaza de la estación, con el niño en brazos y paseó de uno a otro lado hasta que el niño eructó. Emilia se rindió al cansancio, cerró los ojos, tanteó el equipaje acercándolo más a su cuerpo, dejó caer su cabeza hacia atrás, sobre el respaldo del banco de madera y sin voluntad para evitarlo, se rindió al sueño quedando profundamente dormida.
– “¡Emilia, Emilia! _Resonó en su cabeza la voz de su hermana Carolina_ ¡Despierta! Hay que levantarse”.
– “¿Qué pasa? Ahora no puedo levantarme, tengo sueño”
– “Levántate de prisa, despierta que vienen los aviones italianos, despierta. Hay que bajar al refugio”.
– “¿Has avisado a madre?”
– “Madre murió cuando aún no había guerra. Espabila y baja de prisa”
– “Quiero saber donde está madre. ¿Donde está madre? Quiero verla ¡Maaadreeeee!”
“El silencio envolvió a Emilia que flotaba en el aire mirando los grandes focos de llamas que quemaban las casas derrumbándose sobre las calles. Los aviones italianos pasaban tan cerca de ella que podía ver la risa burlona de los pilotos pero no oía ruido alguno de los motores de los aviones. Todo era miedo y muerte silenciosa. De repente sintió que su cuerpo era sacudido con fuerza”.
– Señora, señora ¿Qué le ocurre, se encuentra bien? _Preguntaba una mujer que estaba sentada a su lado.
– Creo que está soñando _Comentó el jefe de la estación_ Su hermana está con el niño y el hermano pequeño en la plaza. Vienen de Barcelona y ahora esperaban para coger el coche de línea que las llevará a Balboa.
Emilia se despertó jadeando y con la respiración entrecortada. Sus ojos desorbitados y su boca abierta indicaban el miedo que pasó mientras dormía. Poco a poco se fue reanimando y unos minutos después, completamente calmada, se dirigió a la mujer que tenía a su lado.
– Perdone usted si la he molestado. Estoy muy cansada y me quedé dormida.
– No te preocupes, yo me llamo Pilar ¿Como te llamas tú?
– Mi nombre es Emilia. ¿Donde está mi hermana?
– Tu hermana está con los dos niños en la plaza, han salido a llamarla. El jefe de estación dijo que vais a Balboa.
– Sí, tenemos que subir en el coche de línea que va hasta Balboa y desde allí, iremos andando por el camino hasta Cantejéira.
El coche de línea, con más de la mitad de las plazas ocupadas, salió de Ponferrada por la carretera N VI. Pasó los pueblos donde tenía que hacer la parada obligatoria, Camponaraya, Cacabelos, Villafranca del Bierzo, Pereje, Trabadelo, Portela y Ambasmestas para, a continuación, desviarse en dirección a Balboa.
Habían pasado más de dos meses desde el día que José recibió la carta del gobierno para hacer el servicio militar, era diciembre y las montañas del Bierzo alto estaban cubiertas de nieve. En Balboa, Eliserio pasó por correos donde le entregaron una carta de José con el remite de Cádiz y se reunió con Domingo en la taberna, para esperar a que llegara el coche de línea. El telegrama de Barcelona, enviado por Carolina, les anunciaba la fecha de llegada de sus hermanas con los niños.
Cuando el sonido del claxon anunció que el coche de línea había llegado, todos salieron de la taberna, unos porque esperaban la llegada de familiares y otros por curiosidad.
– Allí están _Señaló Domingo, con la mano, hacia la ventana del coche
– Sí, son ellos _Afirmó Eliserio_ Cuando bajen del coche entrad en la taberna, yo voy a traer el burro para cargar todo en el serón.
Camino de Cantejéira, Lisério caminaba sujetando el extremo de la cuerda que colgaba del cuello del asno, mientras que Domingo y las dos hermanas caminaban al lado para asegurarse de que el serón no se deslizara hacia los lados porque en un lado llevaban las maletas y en el otro a los niños.
En Cantejéira, junto al canal de agua que corría paralelo al camino de la aldea, María esperaba a que el caldero estuviera lleno para llevarlo dentro de casa y ponerlo al fuego para calentar el agua.
– ¡María! _Sonó una voz lejana_ ¡María!
María se levantó al oír que alguien gritaba su nombre. Puso la mano sobre la frente, a modo de visera, para mirar hacia donde precedía la voz y sonrió con alegría. Levantó el caldero y lo llevó a dentro de la casa para colocarlo encima de la trébede, avivó el fuego, añadió dos troncos de leña y salió de nuevo al camino para ir a recibir a sus hermanos y al pequeño Fermín que aún no conocía. Después de descargar el burro, después de los besos y abrazos y mientras que Carolina y Emilia trataban de organizarse preparando el sitio donde tendrían que dormir durante la noche, los demás hermanos apuraban para terminar los trabajos propios del campo y de atención a los animales. Llegó la noche cerrada y todos los hermanos, a medida que terminaban sus trabajos, se incorporaban a la mesa donde había cazuelas llenas de caldo caliente, pan de centeno, una fuente con patatas y carne cocida y una jarra de vino tinto del Bierzo.
– Traigo una carta de José _ Anunció Eliserio metiendo la mano en el bolsillo de la camisa_ Parece que la envía desde Cádiz.
– Ábrela, ábrela ahora y léenos lo que dice _Reclamó María, impaciente_ Quiero saber si vuelve pronto.
Eliserio abrió la carta, miró a todos los hermanos que estaban en silencio y empezó a leer el encabezamiento en voz alta: “Queridos hermanos, espero que al recibo de ésta os encontréis todos bien. Yo estoy bien, gracias a Dios y no tengo necesidad de nada, pero quiero que me mandéis un paquete con una docena de chorizos, un pedazo de tocino y una androlla. El paquete tiene que estar bien envuelto para que no huela desde fuera y no se rompa. Me lo enviáis a la dirección del cuartel que pone en el remite del sobre. Yo estoy en Algeciras y muchas veces me acerco a Gibraltar y también a Cádiz. Consigo hacer algún dinero comprando tabaco en Gibraltar y vendiendolo después a los soldados del cuartel. Como estuve en la guerra más de un año, estaré cuatro o cinco meses más y me licenciaran. Antes del próximo verano estaré en casa de vuelta. Tengo muchas ganas de volver a casa para estar con todos vosotros”.
La carta fue celebrada por todos y especialmente por los hermanos más pequeños Manuel y María. La noche estaba muy avanzada y los animales estaban tranquilos en la cuadra.
– Bueno, ya es hora de dormir, Mañana hay que hacer mucho trabajo. Tenemos que matar los cerdos y prepararlos para la sal. María tú y Manuel cuidáis de Fermín.
Carolina colocó la cuna a su lado y acostó al niño Fermín que ya se había dormido en su regazo. Era la cuna donde habían dormido todos los niños que hubo en la familia desde cuarenta años atrás.
A las siete de la mañana, los hombres, que empezaban a despertarse, aparecían somnolientos junto a la lareira en la que quemaban troncos de leña sobre los que colgaba una caldera llena de agua.
– Aquí traigo los cuchillos. Ya están afilados _Dijo Domingo, que traía un paquete envuelto en un trapo y que desenvolvió sobre la mesa.
Cogió el cuchillo más largo y se volvió hacia Eliserio.
– Toma este es el cuchillo de matar. Los demás quedan en el cajón hasta que los cerdos estén muertos y haya que raparlos y abrirlos en canal.
Manuel y María miraban como los hermanos mayores, Domingo y Valentín sacaban los cerdos de la cuadra entre gruñidos ensordecedores y los arrastraban hasta la mesa, donde los tumbaban de lado y los sujetaban con fuerza para facilitar que Eliserio les pudiera clavar el cuchillo en la garganta.
Emilia y Carolina, cada una con un caldero que contenía pedazos de cebolla que removerían con un cazo para evitar que la sangre se cuajara, estaban preparadas para recoger la sangre en el momento que el cerdo empezara a sangrar.
– Domingo, éste ya está _Avisó Eliserio a la vez que sacaba el cuchillo de la garganta del cerdo_ Sacad el agua hirviendo y los cuchillos para raparlo y lavarlo.
– Emilia, Carolina _Llamó Domingo, que repasaba el filo del cuchillo que serviría para rapar el cerdo_ Sacad el agua caliente y la echáis a lo largo del cerdo, después los vais rapando con los cuchillos.
Mientras Emilia y Carolina se ocupaban del cerdo muerto, Domingo y Valentín sacaban otro cerdo de la cuadra y ayudados por Eliserio, repetían la misma ceremonia por segunda y por tercera vez. Finalmente, los cerdos muertos quedaban colgados de las patas traseras, en tres escaleras de madera, con la cabeza hacia el suelo.
Había transcurrido la mañana y llegaba la hora de comer. Mientras los hombres limpiaban y preparaban el sitio, para poder seguir el trabajo por la tarde, las mujeres se pusieron a preparar la comida.
Por la tarde, Valentín, Domingo y Eliserio abrieron en canal los cerdos desangrados que colgaban de las escaleras y las tripas fueron llevadas al rio para lavarlas y vaciarlas de cualquier suciedad.
Pasaron horas y días hasta que los cerdos fueron descuartizados y las partes estuvieron metidas en sal. Los botillos, morcillas y chorizos colgaban de las varas de madera, colocadas para que el humo y el calor de la lareira los fuera secando poco a poco y después, terminar metiéndolos en los cántaros de barro que rellenaban con grasa para alargar el tiempo de conservación durante meses.
Transcurrieron poco más de dos meses y Carolina con el pequeño Fermín se despedían de familiares y vecinos para emprender el camino de vuelta a Barcelona. Los dos hermanos mayores cargaron sobre el burro al niño Fermín y el equipaje con la ropa y con paquetes de comida que en Barcelona no era posible comprar. Les acompañaron hasta Balboa, desde donde continuaron el viaje hasta la estación Ponferrada para subir en el tren que les llevaría de regreso a Barcelona.
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