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“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 10

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Capitulo 10

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 8

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 9

En la Estación del Norte de Barcelona, las agujas del reloj marcaban las doce y media de la mañana. Desde los andenes, repletos de gente que esperaban para recibir a sus familiares o para emprender un viaje, ya se divisaba a simple vista la llegada del tren de largo recorrido que aminoraba la velocidad para entrar en el recinto de la estación. La gente, que esperaba en los andenes, empezó a moverse, de uno a otro lado, a lo largo del andén buscando a sus familiares.

El señor Carlos y el niño Manuel salieron de la estación. A un lado estaban aparcados los taxis que, debido a la falta de gasolina para los motores, tenían instalado, en la parte trasera un gasógeno con el que podían funcionar. Continuaron andando hasta llegar al arco del triunfo y siguieron caminando, con la carga del equipaje, por la Ronda de San Pedro camino de la casa donde vivía la familia de su hermana Domitila. Era un piso pequeño en la quinta planta de un edificio antiguo sin ascensor.

– Espero que mi hermana esté en casa _Dijo Carlos en tono de broma dejando la carga en el suelo para, unos segundos después levantarla de nuevo y continuar subiendo_ Solo nos faltan dos plantas más.

Manuel le seguía detrás, llevaba su maleta cogida con las dos manos y a pesar de tener solo diez años, no quería rendirse pero al llegar a la tercera planta se sentó en la escalera.

– Nunca subí tanto en casa alguna, esta es la primera vez que subo tan alto.

– No te preocupes Manuel, dejo esto arriba y bajo ayudarte. Espera ahí quieto.

Domitila sintió ruido en el descansillo de la escalera y observó, a través de la mirilla, descubriendo que era su hermano Carlos. Abrió la puerta, abrazó a su hermano y rápidamente metieron las cosas dentro de la vivienda. Domitila volvió hacia la puerta para cerrarla y allí estaba Manuel, con la maleta en el suelo, sin atreverse a entrar.

– ¿Quien eres tú? _Preguntó Domitila mirando las vendas que le tapaban media cara.

– Es Manuel _Dijo Carlos_ Es el hermano pequeño de Carolina y de Emilia. ¿No te acuerdas de él?

– Sí, pero era muy pequeño y ahora está crecido ¿Qué le pasa en la cara?

– Estaban jugando con balas, de esas que encuentran abandonadas en el monte. Una de ellas explotó y el casquillo le dio dentro del ojo.

– ¿Qué vas a hacer con él?

– Lo llevaré al hospital de San Pablo para que vean si lo pueden curar porque si no es así corre el riesgo de perder la vista de los dos ojos.

Domitila desenvolvió los paquetes que su hermano Carlos trajo de Cantejéira. Sobre la mesa abrieron un primer paquete y aparecieron chorizos, Trozos de carne salada, tocino y un jamón. En otro paquete había un botillo acompañado de media docena de “androllas”. Manuel, sentado en el sofá, observaba la cara de Domitila que irradiaba felicidad. Todo aquella comida que estaba encima de la mesa era un sueño celestial en tiempos de la posguerra civil y a causa de la incerteza de lo resultaría de la invasión de Polonia por el ejército Alemán.

– Ahora preparamos algo de comer y después llevaré a Manuel al hospital de San Pablo para que le vean los ojos y saber qué solución tiene.

– ¿Habrá que pagar?

– No, creo que no. El hospital San Pablo es de beneficencia, privado, pero de beneficencia. Creo que nos atenderán sin necesidad de pagar.

Carlos y el pequeño Manuel caminaron hasta el arco del triunfo y desde allí, siguieron hasta el final del paseo de san Juan para, a continuación girar a la derecha y seguir por la travesera de Gracia hasta la entrada del hospital.

Durante más de media hora la enfermera llamó a los pacientes que esperaban para ser atendidos hasta que Manuel oyó su nombre. El señor Carlos y Manuel entraron en la consulta guiados por la enfermera. El doctor, desde su asiento observó el aparatoso vendaje que Manuel llevaba tapando la mitad de la cara. Hizo un gesto a la enfermera y ésta cogió al pequeño Manuel de la mano y lo sacó de la consulta.

– Señor Carlos ¿Que es lo que le ha pasado a Manuel?

– Él y otros niños encontraron en el monte balas de fusil de las que quedaron perdidas de la guerra. Los chicos de la aldea jugaban golpeándolas para hacerlas explotar y un casquillo, de esas balas, rebotó y le golpeó de lleno en el ojo.

– ¿Cuando pasó eso? _Preguntó el doctor.

– Hace una semana.

– Por sus papeles veo que son de Cantejéira, León. ¿Eso está cerca de Galicia?

– Sí doctor, así es, está en el Bierzo, es una comarca que limita con Lugo.

La puerta del consultorio se abrió y entró Manuel, que llevaba la cara descubierta por completo, seguido de la enfermera que le ayudó a tumbarse boca arriba, en la camilla.

– Vamos a ver qué es lo que le pasa a Manuel _Comentó el doctor acercándose a la camilla con los instrumentos ópticos en la mano.

El doctor, ayudado por la enfermera, examinó los ojos de Manuel. Después de cerca de media hora de observación, volvió a la mesa, se acomodó en la silla y miró al señor Carlos.

– Verá usted, el ojo que recibió el golpe está muy deteriorado y no se puede recuperar y lo que es peor, la infección le está afectando al otro ojo, que aún está bueno, y corre el riesgo de quedar ciego por completo.

– Entonces, doctor ¿Que se puede hacer?

– Hay que sacar por completo el ojo dañado. Es la única posibilidad que tenemos de salvar el otro ojo que aún está en buen estado. No tenemos otra solución.

– La familia del chico no podrá pagar la operación.

– No se preocupe por eso, no tendrá que pagar nada. La enfermera le dirá el día y la hora.

El doctor hizo un gesto con la mano a la enfermera que les acompañó hasta la sala de espera. Allí le entregó la nota con la hora y la fecha de la operación.

– Pasado mañana, a las diez deben estar aquí. Ahora vengan conmigo que le limpiaremos y taparemos el ojo para protegerlo estos dos días.

El señor Carlos y el pequeño Manuel salieron del hospital y caminaron hasta la calle Carretas. Allí vivían sus hermanas mayores Emilia y Carolina con su hijo Fermín de cinco años de edad. Carlos les puso al corriente de lo ocurrido a Manuel en el ojo, de la visita al hospital y de todas las circunstancias y milagros de la aldea de Cantejéira.

– Carolina ¿Que sabes de tu marido?

– ¿De Fermín? Hace tres meses que volvió. Estuvo prisionero en el campo de concentración pero lo soltaron pronto. Me dijo que dejaron libres a muchos de los prisioneros que no tenían delitos de sangre. Le dieron trabajo en Manufacturas Nadal. Antes de empezar la guerra ya trabajaba allí. La empresa está cerca, en la Plaza Real.

– ¿Y Emilia, como está?

– Emilia está sirviendo en una casa _respondió Carolina_ aquí, en Barcelona. Vuelve muy tarde y a veces se queda a dormir en la casa de los señores.

– Bueno _Carlos se levantó y estiró las piernas_ Te dejo a Manuel. Mañana vendré a veros y pasado mañana lo llevaremos, otra vez, al hospital para que lo operen del ojo golpeado. A ver si hay suerte y el otro ojo le queda bien.

Pasó el fin de semana y el lunes, a las diez de la mañana, Carolina entraba en el hospital de San Pablo con su hermano Manuel caminando a su lado y el pequeño Fermín cogido de la mano.

– Buenos días _Saludó Carolina_ Traigo a mi hermano pequeño. Nos dijeron que viniéramos hoy para operarlo del ojo.

– Sí _ Respondió la recepcionista_ aquí tengo la nota. Voy a avisar que ya están aquí. Siéntense, por favor.

Diez minutos después apareció de nuevo una enfermera, dejó la carpeta, que llevaba en la mano, sobre la mesa y se acercó a Carolina.

– Señora Carolina, usted y su hijo tienen que esperar aquí. Yo acompañaré a Manuel y cuando acabe la operación le avisaremos.

– Sí señora _Respondió Carolina que sujetaba a Fermín para mantenerlo a su lado.

– ¿Vamos? La enfermera cogió a Manuel de la mano para acompañarlo hasta la sala donde le quitó la ropa para vestirlo con un camisón. A continuación lo acompañó hasta el quirófano, donde esperaba el doctor y dos enfermeras que se preparaban para proceder a la operación.

En la sala de espera, Carolina se sentó en la silla con el niño Fermín sentado en su regazo. Desabrochó la chaquetilla que llevaba puesta y se acomodó dejando pasar el tiempo adormecida con el niño acurrucado en su regazo.

– Señora Carolina, ya hemos terminado _ Carolina abrió los ojos y sujetó a Fermín entre los brazos_ Ya hemos terminado, ahora tiene que acompañarme al despacho del doctor y él le explicará todo.

Carolina, con el niño cogido de la mano, siguió a la enfermera hasta el despacho donde le esperaba el doctor que, al verla entrar, la invitó a sentarse.

– Señora Carolina, ahora Manuel está descansando en una cama y como precaución, se quedará aquí hasta mañana. El ojo que sufrió el golpe del casquillo de la bala no tiene remedio y hubo que extirparlo porque estaba pasando la infección al otro ojo bueno. A partir de ahora tendrá que acostumbrarse a vivir con la visión de un solo ojo.

– Muchas gracias doctor.

– Ahora _continuó el doctor_ pueden marcharse a casa. Manuel se quedará aquí varios días hasta que estemos completamente seguros de que el ojo que le queda esté curado por completo. Podrán verlo a las horas de visita.

Durante la primera semana que Manuel pasó en el hospital, Carolina y su Emilia se turnaban para visitar a Manuel. El ojo que le quedaba se recuperaba bien y pronto le darían el alta para terminar la recuperación en casa de Carolina. Una semana más tarde Carolina y Emilia llegaban a la recepción del hospital y allí les esperaba Manuel sonriendo.

– Ya nos podemos ir _ Manuel sonreía señalando con la mano el ojo de cristal que le habían colocado para llenar la cuenca ocular_ El ojo que me queda sanó bien.

Emilia y Carolina miraban a su hermano menor que estaba muy animado. Hablaba sin parar de todo lo que había pasado en el hospital, de las ganas que tenía de ver Barcelona y de volver a casa, ahora que podía ver bien aunque sea con un solo ojo. Manuel y Carolina con el pequeño Fermín cogido de la mano se aproximaron a la salida del hospital y esperaron a Emilia, que estaba hablando con uno de los doctores, para volver casa.

Pasaron cuatro semanas más hasta que le dieron la alta médica lo cual significaba que tendría que valerse con un solo ojo el resto de su vida y que regresaría al Bierzo, a su casa de Cantejéira acompañado de sus hermanas Emilia y Carolina con su hijo Fermín.

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