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“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 13

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 8
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 9

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 10

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 11

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 12

…. lo último del capitulo 11

– Sí, salir mañana _Respondió Camuñas_ Los soldados, cuando volvemos casa, nos dan un pase para el tren. Lo llevas dentro del sobre que te dio el capitán.

Capítulo 13

En la mañana del día dieciocho de febrero del año mil novecientos cuarenta y dos, el silbato del tren anunciaba la proximidad de Ponferrada. José Camuñas se preparaba para abandonar el tren que disminuía la velocidad a medida que se acercaba a la estación hasta quedar parado. Con la maleta colgando de la mano derecha y con el petate encima del hombro, sujeto con la mano izquierda, bajó al andén y salió de la estación para ir a la cantina al otro lado de la plaza.

– Buenos días señor.

– Buenos días soldado _Respondió el cantinero_ ¿Que deseas?

– ¿Puede decirme la hora de salida del coche de línea hacia Balboa?

– Sale en una hora aproximadamente _Respondió el cantinero dejando en la mesa de dos camioneros los platos que llevaba en las manos_ ¿Vas a comer? Si le gustan, tenemos carne con grelos recién hechos.

José miró a su alrededor y pensó que lo que decía el cantinero tenía que ser verdad ya que casi todos los clientes tenían en el plato carne con grelos y comían con verdadero apetito.

– Gracias _Respondió José acercándose a una de las mesas_ Me quedo a comer.

José se liberó del peso de la maleta y del petate para sentarse a la mesa. Confiaba en que sus hermanos hubieran recibido el telegrama, que envió tres días antes, en el que les comunicaba que estaba licenciado y que volvía a casa.

– Aquí tienes soldado _ El cantinero puso en la mesa un plato lleno de grelos con carne_ ¿Que quieres para beber?

– Una jarra de vino tinto.

José tenía ganas de comer y no soltó el cuchillo y el tenedor hasta que el plato quedó completamente vacío, después cogió la jarrita, vació el vino en el vaso y en dos tragos lo dejó vacio.

Pagó al cantinero y se dirigió a la parada del autobús que le llevaría hasta Balboa.

El día se apagaba y a José aún le quedaba por andar el camino hasta Cantejéira. Muchas veces hizo el mismo camino a lomos de un burro y otras más lo hizo caminando. Volvía a casa haciendo planes como el día que regresó al acabar la guerra y aunque la noche se cerraba, el tiempo hasta llegar a casa le pareció más corto.

– Viene José, viene José _Repetía Manuel que estaba en la fuente esperando a que se llenara un caldero de agua _ Viene muy cargado.

– ¿Quien dices que viene? _Preguntó Emilia asomándose a la puerta.

– Viene José.

José terminaba su recorrido dejando el petate y la maleta al lado de la puerta de entrada de la casa. María y Manuel se abrazaron a él como si fuera el padre que apenas llegaron a conocer. Después de los abrazos, todos continuaron con los trabajos propios del final de día y al terminar se reunieron alrededor de la lareira en la que ardían dos grandes troncos que mantenían la casa caliente.

– ¿Como te va el ojo? _Preguntó José, señalando a Manuel

– Bien, después de que me sacaran el malo en Barcelona el que me queda sanó bien.

– ¿Y tú, María? Ven aquí, a mi lado _La cogió de la mano y la abrazó_ Tendrás muchas cosas que contarme.

– Sí, pero dime ¿Vuelves para siempre, para quedarte en casa?

– Sí, vuelvo para siempre.

José fue contestando a todo lo que le preguntaban, hasta que el fuego de la lareira, que iba menguando poco a poco, se apagó y uno tras otro se fueron a dormir.

Antes del amanecer, sonaron golpes en la puerta. Domingo se despertó, salió de la cama y se vistió para acercarse a la puerta.

– ¿Quien es?

– Pepe el alcalde y el tío Sinforiano. Abre la puerta.

– Espera un momento a que me vista _Respondió Domingo que con una mano intentaba meter los pies en las botas y con la otra, sujetar el pantalón con el cinto.

Domingo abrió la puerta y vio a Pepe, el alcalde y al Tio Sinforiano que iban acompañados de dos guardias civiles.

– ¿Domingo Camuñas?

– Soy yo.

– Tiene que acompañarnos para hacer de testigo.

La puerta se abrió y José apareció, vestido de soldado y colocándose las botas. Después de atarlas levantó la vista para mirar al guardia.

– ¿Puedo ir yo en lugar de mi hermano? _Preguntó.

– ¿Quien es usted? _Preguntó el guardia sorprendido al ver a José vestido de soldado_ ¿Es usted de la familia?

– Sí señor, soy uno de los hermanos. La realidad es que todos nosotros somos hermanos. Nuestros padres murieron poco antes de empezar la guerra.

El guardia civil miró con simpatía a José, luego miró a su compañero que le respondió con un gesto afirmativo y se volvió para mirar, de nuevo, a José.

– Sí, puede venir usted.

Al subir hacia el camino de la aldea, José vio dos carros preparados con la yunta de vacas. Caminaron en dirección a Caneda hasta la dehesa de Pobres donde había la cueva que servía de escondite a los guerrilleros. Cuando llegaron al pinar donde estaba el cuerpo sin vida de Gerardo Lamas, el señor Sinforiano observó el cuerpo de su hijo. Se agachó a su lado para acariciar aquel rostro que reflejaba la mueca de dolor y de espanto antes de morir a causa de un tiro de bala.

– Con este ya van dos hijos que pierdo a causa de esta maldita guerra _Murmuró endureciendo los músculos de la cara.

Mas alejados estaban los cuerpos de Brindis Mauriz, Luis Martinez y el jefe del grupo Florentino Picó. En uno de los carros cargaron los cuerpos de los “escapados” y en el otro carro colocaron, a modo de colchón, un mullido de paja cubierto con una manta. José Camuñas, Pepe el alcalde y el Tio Sinforiano, acompañados por dos guardias civiles, caminaron hasta el otro extremo del pinar donde había el cuerpo de un guardia civil muerto.

– Pobre Nicasio _Comentó uno de los guardias_ Lo cogieron en fuego cruzado.

– Le gustaba que le llamaran por los apellidos, González o Arias. En fin, hay que subirlo al carro.

– Lástima que se haya escapado la puta esa que los escondía ¿Como se llama? _Preguntó mirando a su compañero.

– Adoración, se llama Adoración Campo Canedo. No era la primera vez que los escondía. Al final caerá como todos. No quedará ni uno.

El guardia se giró hacia donde estaban los vecinos e hizo un gesto con la mano para que subieran el cuerpo de su compañero en el carro. José Camuñas y los vecinos levantaron al guardia civil muerto, lo colocaron encima del mullido de paja y lo cubrieron con la manta.

– ¡Eh! Ustedes, lleven este carro junto al otro y preparen todo para ir a Canedo.

Al medio día la comitiva formada por los guardias civiles, los vecinos de Cantejéira y los carros, llegaba a la entrada del cementerio de Canedo y allí descargaron el cadáver del guardia civil, que fue retirado con todos los honores y trasladado al interior del cementerio. Los otros cadáveres quedaron tendidos en la tierra, fuera del recinto del cementerio. Sinforiano se acercó para ver a sus hijos muertos. Se agachó para acariciar sus cabezas y mirar sus caras que, a pesar de su juventud, aparentaban tener el doble de edad. Lloró de rabia, en silencio y tapándose la cara con una mano para ocultar sus lagrimas, con la otra acarició sus rostros inertes, demacrados y cubiertos de barba desaliñada que les hacia aparentar el doble de la edad que tenían.

– Bueno, ahora pueden volver a Cantejéira.

El cabo de la guardia civil miró a José, que llevaba el uniforme de soldado que vestía cuando llegó a casa la noche pasada, hizo un silencio y continuó.

_Sean prudentes con todo lo ocurrido.

– A sus órdenes _Respondió José.

Pepe, el alcalde, colocó la mano izquierda sobre el hombro del señor Sinforiano, esperó unos segundos y le ayudó a levantarse. José Camuñas se colocó delante del carro y sujetó el yugo con una mano y con la otra, armada con la agullada, obligaba a las vacas a maniobrar los carros hasta ponerlos en dirección a Cantejéira. Miró a Pepe y al señor Sinforiano, y en silencio los tres emprendieron el camino de vuelta a Cantejéira.

Los días y también los años, fueron pasando. Muchos de los habitantes del Bierzo decidieron huir de las venganzas entre las gentes, de la pobreza que los igualaba a todos ellos y de la miseria que tenían que soportar las familias empobrecidas. Huir del terror que aquellas gentes familiares de los republicanos, sumidas en la pobreza y atenazados por el miedo, sentían al verse obligadas a ir a la iglesia y a pasar por el confesionario donde los hombres y las mujeres, atemorizados por el castigo divino de morir abrasados en el fuego del infierno, contaban al cura hasta los detalles más íntimos de sus actos para satisfacer sus deseos mezquinos.

En la casa de “Los Camuñas” no había sitio ni medios suficientes para que tantos hermanos pudieran vivir juntos y, pasado el tiempo, poder crear sus propias familias. Los mayores, Domingo y Emilia, eran los legítimos dueños porque la vivienda era propiedad de su madre. Excepto María y Manuel, que eran menores de edad, los demás hijos mayores de la segunda mujer, abandonaron, uno tras otro, la casa donde nacieron para organizar su propia vida en Fabero del Bierzo, cuyas minas de carbón estaban necesitadas de trabajadores al igual que las minas de wolframio que estaban en pleno apogeo desde el inicio de la segunda guerra mundial.

– ¡Eh! Tú, chica ¿Puedes venir un momento?

María dejó el machado, con el que estaba cortando leña, y se irguió girando la cabeza hacia atrás para ver quien le llamaba. El cartero tenía preparado en la mano un sobre para entregarle.

– ¿Están tus padres? Traigo esta carta certificada y tienen que firmar que lo reciben.

– Mis padres no viven pero…

Antes de que María terminara de hablar, Emilia salió de casa y se acercó al cartero.

– ¿De dónde viene?

– Es una carta oficial _Respondió el cartero_ La envía el gobierno con dinero para ayudar a los niños menores de edad, para que puedan comer y vestirse. Tiene que firmar aquí _Señaló con el lápiz _ donde pone recibí.

– Yo firmaré _Emilia se acercó al cartero que le ofrecía el lápiz mostrándole el punto donde debía firmar_ Ellos son menores de edad.

– Este sobre con el dinero le llegará cada mes mientras haya racionamiento.

El cartero cerró el libro de firmas, entregó el sobre a Emilia y continuó su camino con la bolsa, cargada de cartas y paquetes, colgando del hombro.

– ¡Es dinero para María y para mí! _Dijo el pequeño Manuel saltando de alegría.

– ¿Vas a abrirlo? _Preguntó María deseosa de ver el dinero que contenía el sobre.

– Lo abriré a la noche, cuando hayamos terminado todo el trabajo del día.

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