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…. lo último del capitulo 11
————-, desde donde continuaron el viaje hasta la estación Ponferrada para subir en el tren que les llevaría de regreso a Barcelona.
Capítulo 12
José Mestres es de Barcelona, Cuando empezó la guerra civil él estaba en el ejército de la república. Al final de la guerra fue hecho prisionero y ahora cumple su condena trabajando como técnico en el mantenimiento del armamento que controla la parte española del estrecho de Gibraltar. Tiene mujer y dos hijas que viven en Barcelona. Está muy preocupado porque cuando lee las cartas, previamente censuradas, que le escribe su mujer, siente en su alma la impotencia de saber el hambre y la necesidad que estarán pasando sin que él pueda hacer por ellos.
Eran las cinco de la tarde, la hora de paseo, la hora en que los soldados, que no estaban de servicio o arrestados, podían salir del cuartel hasta las diez de la noche. José Camuñas aprovechaba esas horas para salir del cuartel y buscar algún que otro negocio, de trueque o venta de tabaco, con los soldados.
– Mestres, ven a ayudarme un momento.
– Hombre, José Camuñas _Exclamó Mestres levantándose de la litera donde estaba sentado_ ¿Que traes ahora?
– Poca cosa. Fui a recoger un paquete que me enviaron de casa, pero antes me pasee por el puerto para ver si conseguía alguna cosa.
– Veo que te ha ido bien.
– Toma, abre este paquete que quiero ver si todo está bien _Cogió el paquete, que sus hermanos le enviaron desde Cantejéira y se lo entregó.
– ¿Que es? _Preguntó Mestres.
– Es comida que me envían de Cantejéira _Camuñas terminó de desempaquetar el tabaco que consiguió comprar en el puerto_ Ábrelo para ver que hay dentro.
Mientras Mestres desenvolvía el paquete llegado de Cantejéira, José contaba los paquetes de tabaco que compró de estraperlo para guardarlos en el petate con la intención de venderlos entre los soldados del cuartel y ganarse un dinero para cuando lo licencien y deje el ejército definitivamente.
– Ya está abierto, aquí lo tienes.
– Mira si está todo bien. Acerca la nariz y comprueba que todo huele bien.
– Huele todo bien _Respondió Mestres_ pero que muy bien, me está entrando hambre con solo olerlo.
– Entonces, vuelve a empaquetarlo y lo envuelves con ese papel nuevo. Cuando lo hayas terminado lo dejas todo bien atado con la cuerda. Procura dejar espacio libre en el envoltorio para escribir la dirección.
Cuando el paquete estuvo bien cerrado y atado con la cuerda, Mestres se volvió hacia donde estaba José.
– Bueno, esto ya está. ¿Donde te lo dejo?
– ¿Has escrito la dirección?
– ¿Dirección? ¿Que dirección? _Preguntó Mestres.
José Camuñas dejó los paquetes de tabaco que estaba organizando en la mesa y se giró hacia José Mestres.
– La de tu casa.
– ¿La de mi casa? _Preguntó Mestres levantando las manos de encima del paquete.
– Sí, la de tu casa de Barcelona, donde viven tu mujer y tus hijas. Hazlo ya que quiero llevarlo para ver si sale en el tren de hoy.
Mestres Miró a José, sonrió, guardó silencio, miró de nuevo a José y escribió en el paquete la dirección de su domicilio de Barcelona. Cogió el paquete y se lo dio a José.
– Gracias José, gracias _Susurró Mestres entregándole el paquete_ Muchas gracias.
– No te preocupes Mestres, no te preocupes. Ahora, en cuanto meta todo en el petate, cogeré el paquete y lo llevaré a correos. Voy a ver si consigo que salga hoy para Barcelona.
José cogió un sobre que tenía guardado en una carpeta y lo abrió para comprobar que la carta, que enviaba a su hermana Carolina de Barcelona, seguía dentro. Pasó la lengua a lo largo de la solapa encolada del sobre y lo cerró. Cogió un sello de correos y pasó la lengua por el lado trasero para humedecer la cola adhesiva y lo pegó en el sobre.
José se puso la chaqueta, metió el sobre en el bolsillo, cogió el paquete y al girarse para ir a la puerta de salida se encontró con la mirada de Mestres que estuvo observándole todo el tiempo.
– Gracias José, gracias. Si algún día salgo de aquí, espero compensarte por todo lo que estás haciendo.
– No te preocupes por eso _ Respondió Camuñas_ Vendré antes de que cierren el cuartel. A la hora de la cena nos vemos en el comedor.
Pasaban los días y la rutina diaria hacía que el tiempo transcurriese sin pena ni gloria hasta que, un día, José recibió una carta de su hermana de Barcelona, miró el sobre por un lado después lo miró por el otro y lo abrió. Sacó la carta y la observó sin leerla. Del petate sacó un paquete que tenía preparado con diez cajetillas de cigarrillos “tabaco rubio americano” y se dirigió al “cuerpo de guardia del cuartel”.
– ¿Qué quieres Camuñas? _ Preguntó, el cabo de guardia.
– Quería hablar con el capitán _ José dejó el paquete sobre la mesa _ Es muy urgente para mí.
El cabo de guardia miró el envoltorio con las cajas de cigarrillos y sonrió.
– ¿Son americanos auténticos?
– Toma, huele el paquete y dime lo que te parece _Respondió Camuñas.
El cabo de guardia cogió el paquete, lo colocó debajo de la nariz y respiró profundamente.
– Es bueno _Exclamó, mirando a José_ Voy a su despacho para ver si te puede recibir.
Habían pasado cerca de diez minutos hasta que el cabo de guardia apareció de nuevo, cogió el paquete que contenía las cajetillas de cigarros, la puso otra vez debajo de la nariz y volvió a respirar profundamente.
– ¡Que suerte tiene el capitán! . En fin, me dijo que puedes subir. Ya sabes cuál es su despacho.
– Gracias cabo.
José subió la escalera hasta la planta donde estaban los despachos de los oficiales, buscó la puerta del despacho del capitán y entreabrió la puerta.
– ¿Da usted su permiso?
– Adelante Camuñas, pasa. ¿Que quieres?
– Con su permiso mi capitán, quería hablar con usted sobre José Mestres.
El capitán, dejó la pluma en el tintero, levantó la cabeza, miró a José y cogió de nuevo la pluma para seguir escribiendo durante casi veinte segundos en silencio. Cuando hubo terminado se volvió de nuevo hacia José.
– Habla, dime lo que tengas que decir.
– Verá mi capitán, he recibido esta carta de mi hermana de Barcelona. Entre otras cosas me dice que, como tiene que salir a trabajar, deja el niño con una mujer que se lo cuida durante unas horas cada día. Esa mujer tiene dos hijas de seis y ocho años pero como su marido cumple condena porque estaba en el ejército republicano pasaban mucha necesidad.
El capitán cogió la carta de la mano de José y se puso a leerla en silencio. Cuando terminó de leer se la devolvió y miró a José.
– ¿Y qué quieres que haga yo desde aquí?
– Verá usted mi capitán, resulta que el marido de esa mujer que tiene las dos niñas está aquí, es el prisionero José Mestres que trabaja en el taller de mecánica.
– ¿Y que quieres que haga yo, José?
– Mi capitán, si me permite el atrevimiento, me gustaría que un buen hombre como es José Mestres pudiera tener unos días de permiso para que pudiera ir a ver a su familia.
– Bien, si no hay nada más, puedes retirarte.
José se cuadró, saludó y salió al pasillo, bajó por la escalera hasta la salida, donde el cabo de guardia le esperaba sonriendo con sorna.
– ¿Qué, no le gustó el tabaco?
– ¡Hostia! No me acordé de dárselo _Dijo José mirando el paquete con las cajetillas de cigarrillos.
– No hay problema _ comentó el cabo de guardia _ Yo fumo.
– Demasiado bueno para tí pero, como te portas bien, te regalo una cajetilla.
La rutina diaria no cambiaba. Mientras José Mestres, por el delito de estar en el ejército de la republica, seguía cumpliendo su condena trabajando de mecánico, Camuñas, que conocía todos los rincones de la Línea de la Concepción y de Algeciras, dedicaba sus horas libres a visitar los puertos y la zona de Gibraltar para hacer negocios de compraventa de cualquier cosa u objeto que consideraba negociable. En el cuartel tenían los mejores clientes entre los soldados y los suboficiales que le hacían todo tipo de encargos y él procuraba satisfacer las demandas de todos para conseguir un dinero que ahorraba en espera de la licencia definitiva del ejército y poder volver a casa, en el Bierzo.
– José Mestres. ¿Alguien sabe donde está josé Mestres?
– Está en el taller de mecánica _Contestó Camuñas._ ¿Quien pregunta por él?
– El capitán de la compañía quiere que vaya a verle a su oficina.
– Mira, ahí viene _Señaló Camuñas con el dedo.
– ¡Mestres! Ven conmigo que el capitán quiere verte.
Camuñas miró el reloj, era la hora de ir comer y decidió esperar a que Mestres saliera de la oficina del capitán para ir juntos al comedor. Pasaron poco más de veinte minutos cuando José vio que Mestres salía del cuerpo de guardia con un sobre en la mano.
– ¿Que querían? _Le preguntó Camuñas.
– Sabes tú muy bien lo que querían. _Respondió Mestres dándole un abrazo_ Nunca tuve un amigo como tú.
– ¿De qué hablas? Sin duda soy tu amigo pero no sé a que te refieres _ Respondió Camuñas.
– Me mandan para casa. Cuando llegue a Barcelona tendré que presentarme, en el cuartel, dos veces al mes durante seis meses.
Caminaron hasta el comedor, cogieron la comida del rancho que tocaba ese día de la semana y se sentaron a la mesa.
– ¿Sabes que empieza a gustarme la comida del rancho? _ Comentó Mestre con sorna.
– Es como todo en la vida _Respondió José_ Con el tiempo, si no queda más remedio, uno se acostumbra a todo. Hay que intentar sobrevivir hasta que llegue la ocasión de vivir, vivir de verdad.
– Es una buena razón _Comentó Mestres con la mirada puesta en ninguna parte.
– Al final tuviste suerte _Comentó Camuñas_ Después de tanto tiempo volveréis a estar todo juntos y en vuestra casa, siempre recordareis este año 1941.
– José, yo sé muy bien que vuelvo a casa gracias a tí. El capitán me dijo que tú estuviste hablando de mí y de mi familia con él y que le juraste que tú respondías por mí.
Mestres giró a un lado la cabeza para evitar que Camuñas pudiera observar los ojos llenos de lágrimas. José guardó silencio durante unos segundos y puso la mano sobre la espalda de Mestres.
– El caso es que esta semana vuelves a casa con los tuyos y en cuanto a mí, yo calculo que me licenciaran definitivamente a mediados de Febrero de 1942. En fin amigo Mestres, ya que tú no puedes salir del cuartel hasta mañana, vamos a echar un vino a la cantina.
– ¿Salir mañana, dices? Tengo que pedir dinero para el billete.
– Sí, salir mañana _Respondió Camuñas_ Los soldados, cuando volvemos casa, nos dan un pase para el tren. Lo llevas dentro del sobre que te dio el capitán.
Categorías:Cosas de la Iglesia


















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Soy seguidora de la novela por entregas, «Tiempo de ira y misera», y disfruto mucho con su lectura. ¡¡¡Felicidades por esta genial iniciativa!!! Yo también tengo raíces toralenses por mis abuelos maternos. Espero impaciente el capítulo !3. Saludos cordiales
Muchas gracias
Regi Ramón Teijelo. Gracias por tu comentario. Un fuerte abrazo.
no tardes tanto Toño