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TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 14

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 6
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 7
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 8
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 9
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 10
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 11
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 12

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 13

Capítulo 14

En Fabero, el dia uno de septiembre del año mil novecientos cuarenta y cinco era sábado. Cuando sonó la sirena, los mineros salian de las galerias que se habían formado a fuerza de extraer el carbón durante años. A medida que salian de la oscuridad apagaban la linterna de carburo y aparecian como fantasmas, con los ojos que brillaban incrustados en la caras ennegrecidas por el carbón. Vitoriano salia de la ducha y aflojó la cuerda que colgaba del techo para bajar la ropa límpia. Cogio la toalla y mientras se secaba el cuerpo se acercó a los hermanos Camuñas que terminaban de vestirse con la ropa límpia.

– ¿Que vais a hacer esta tarde?

– Yo voy a ver si aún no salió el coche de línea _Respondió José_ Podeis ir vosotros tres.

– ¿A donde vas a ir? Mañana es domingo.

– Quiero ir a Cantejéira _Respondió José_ El coche de línea tarda menos de dos horas para ir a Trabadelo así que llegaré de dia. Después subiré caminando monte arriba, durante poco mas de una hora, hasta llegar a casa.

– ¿A esta hora? Si aún no salió el autocar le faltará poco para irse. Tendrás suerte si llegas a tiempo.

– Iré de prisa a ver si llego antes de que salga. Quiero hablar con Emilia y Domingo _Contestó José_ Tambien tengo ganas de ver a los hermanos pequeños Maria y Manuel. No me fio del trato que le da mi hermano Domingo.

– ¿Tu hermano Domingo? _Preguntó Vitoriano_ ¿Que le pasa?

– Sí, mi hermano Domingo _Respondió José con gesto duro_ En otro tiempo, cuando yo aún no habia vuelto de la guerra, los maltrataba porque eran pequeños y de otra madre.

– ¿Por qué los maltrataba si eran pequeños?

– Él y Emilia les recordaban continuamente que aquella no era su casa y que los echarian a patadas. Con Maria no se atreven tanto. Ella se defendia con la guincha y les amenazaba con clavarsela en la barriga, pero Manuel era muy pequeño y lo trataban a golpes. Quiero ver si sigue maltratándolos, ahora que yo no estoy allí.

– Pero ¿Vuelves mañana? _Preguntó Valentín, que escuchaba atento la conversación.

– Si me da tiempo volveré mañana al mediodía, en el coche que viene de Galicia y si nó, volveré en el coche de línea de la tarde.

José salió del vestuario de la mina e hizo una señal al último camión que salia cargado con carbón. El chofer observó a José unos segundos, aminoró la marcha y bajó el cristal de la puerta derecha.

– Sube, sujétate con cuidado.

– Gracias _ José subió al escalón que colgaba en el lateral de la puerta derecha y se sujetó agarrandose al marco de la ventana_ Voy a ver si consigo llegar a tiempo para subir al coche de línea que va hacia Galicia.

Al llegar a la estacion, el camión disminuyó la velocidad hasta que paró para que José pudiera bajar.

– Parece que llegas a tiempo _Avisó el chofer_ Aún no salió.

– Gracias por traerme _Respondió José_ Hasta el lunes.

Habia pasado más de una hora y media desde que el autocar de línea salió de Fabero. El chofer avisaba de la próxima parada en Villafranca del Bierzo y José se levantó del asiento para acercarse al chofer.

– Yo bajo en Trabadelo.

– No se preocupe, cuando lleguemos a Trabadelo podrá bajar sin problemas.

Cuando terminaron de salir los pasajeros que se quedaban en Villafranca, el autocar atravesó el puente sobre el rio Burbia y continuó por la carretera nacional hasta llegar a Trabadelo.

– Ya hemos llegado _Avisó el chofer a José_ ¿Es aquí donde se baja usted?

– Sí señor, es aquí. Gracias.

José bajó del autocar y se separó para evitar el humo que salia del tubo de escape. Miró el reloj y después levantó la cabeza para mirar al cielo. Hacia buen tiempo y el sol seguiria visible durante más de dos horas. Pensó que era tiempo suficiente para llegar a Cantejéira antes de la noche.

Maria estaba sentada en la hierba del lado alto del sendero que rodeaba el prado donde las vacas pacian desde dos horas antes. Aún era verano pero en el mes de septiembre, cuando el sol desaparecia por Galicia, la noche refrescaba y la sensación de frio invitaba a cubrirse con alguna prenda de ropa.

– Maria, Maria.

– ¿Qué? _ Preguntó ella, incorporandose de pié.

Maria miró hacia la aldea, puso la mano en la frente a modo de visera para evitar los últimos rayos de sol y vió a su hermano Domingo que hacía señales con la mano proyectando una sombra alargada sobre el prado.

– Trae las vacas para casa y mételas en la cuadra.

Con la agullada en la mano Maria guió a las vacas hasta sacarlas del prado y sendero arriba, caminaron hasta la casa dirigiendose a la entrada de la cuadra.

– ¿Qué pasa? _Preguntó Maria a Domingo_ Aún no es de noche.

– José ha venido, quiere hablar contigo.

Maria le dio la agullada a Domngo y salió corriendo hasta llegar a José para abrazarse a él. Todavia era pronto para ordeñar las vacas y entraron en casa donde Emilia estaba preparando la comida para los cerdos. José se abrazó a Emilia y se sentó en un estremo del escaño para descansar de las horas de camino. Manuel sopló sobre las mortecínas brasas de la lareira para quitar la ceniza que las cubria y avivar la llama. María se abrazó a José, se sentó en sus rodillas y le miró expresando la alegria que sentía.

– Hoy el cartero trajo un sobre con dinero que da el gobierno para Manuel y para mí _Le dijo en voz alta_ Lo dan para los niños menores de edad.

– ¿Es eso verdad? _Preguntó José mirando a Emilia.

– Sí, es verdad. Ese dinero lo guardé porque si llega cada més juntaremos lo suficiente para comprar nuestras propias vacas. Teniendolas de alquiler, como ahora, trabajamos sin beneficio alguno.

– ¿Hasta cuando te quedas? _Preguntó Maria_ ¿Estarás muchos días?

– No, no estaré muchos días. Vine para veros porque os hecho mucho de menos.

– ¿Cuantos días te quedarás? _Preguntó Emilia.

– Me quedaré esta noche y mañana al medio día bajaré a Trabadelo para volver en el coche de línea a Fabero. El lunes tengo que trabajar en la mina.

– ¿Como estan Valentin y Eliserio?

– Más o menos están como yo. Los tres trabajamos en la mina y ganamos algo de dinero. Estamos mirando de alquilar una casa para estar juntos.

– Cuando tengais la casa, yo quiero ir con vosotros _Dijo María abrazandose de nuevo a José.

– De acuerdo, cuando tengamos la casa mandaré una carta y después vendré a buscarte.

– ¿Y yo? _Preguntó Manuel mirando a José_ ¿Tengo que quedarme aquí?

– Manuel, tú te quedaras aquí hasta que seas mayor y te portaras bien. Ayudaras a Domingo y Emilia. Yo vendré a verte más a menudo ¿Has entendido?

– Sí _Respondió Manuel poniendose serio mientras se recolocaba el cristal en la cuenca del ojo_ Entendí todo.

El amanecer del domingo era suave. La claridad del sol aparecia por el Este y las sombras de las casas y de los árboles eran alargadas. José subió al canal que surtia de agua a la aldea, llenó un caldero y lo llevó a casa para vaciarlo en el valde. Repitió el recorrido hasta que el valde tuvo el agua suficiente y entró en el cuarto.

– ¿Ya te vas, José? Es temprano. El sol aún no entra por las ranuras de la contraventana.

– No, aún no me voy. Estoy llenando el valde de agua para lavarme.

Maria calló durante unos segundos. Ella sabia que su hermano mayor nunca le negaba lo que le pedia y pensó que era un buen momento.

– Me gustaria lavarme con agua caliente.

– Está bien, ahora sigue durmiendo que aún es temprano. Cuando termine de lavarme, encenderé el fuego, luego llenaré el valde con agua limpia y la calentré para que te laves, después se lavará Manuel.

– Hoy tenemos que ir a misa. Me pondré el vestido que me hizo Pilar, la costurera. Solo me lo pongo los domingos para no mancharlo mucho.

– Manuel tambien se pondrá el pantalón nuevo _ Aseveró José_ Tenemos que ir todos aseados.

– No sé si querrá ponerselo. Como ha crecido, le queda corto y se lo deja caido para que no se le vean los tobillos. Antes los otros chicos se reían de él pero como se defiende y pelea con ellos, ahora no se atreven.

La campana de la iglesia llamaba a misa. Algunos hombres y casi todos los niños y mujeres de Cantejéira iban saliendo de las casas para, camino arriba, dirigirse a la iglesia.

La maestra doña Cándida, acompañada de su marido y de sus hijos Alfonso y Cándida, ocupaban el lugar privilegiado frente al altar. El alcalde José Mauriz (Pepe) se acercaba a la entrada de la iglesia acompañado de José y Manuel seguidos de Maria y el vecino Ricardo do Amigo.

– Yo os dejo aquí _Se despidió José_ Tengo que coger el coche de línea en Balboa para volver a Fabero.

José abrazó a sus hermanos, dio la mano a los vecinos y empezó a caminar en dirección a Trabadelo para llegar a tiempo de subir al coche de línea.

En la iglesia, los vecinos se colocaron en los lugares ya determinados. Los ganadores de la guerra civil, leales al regimen y devotos de la iglesia católica, ocupaban su lugar próximo al altar. Los perdedores, cuyos familiares seguian escondidos en los montes luchando sin esperanza alguna, se colocaban al final, todos juntos y en el lugar mas alejado del altar como si fueran culpables de algo que mereciera un castigo divino.

Media hora después la misa terminó, el cura se despidió de los asistentes antes de regresar a Balboa y la señora Cándida, responsable y guarda de las llaves, cerraba la iglesia. Los niños se dedicaban a sus juegos, las mujeres volvieron a sus casas y los hombres, unos siguieron a las mujeres y otros se encaminaron a la cantina.

Desde la ladera del monte, José ya podía ver la parada del coche de línea de Trabadelo. A medida que se acercaba podia observar a un hombre que esperaba sentado en el banco de piedra y que a su lado tenia una maleta atada con dos correas de refuerzo.

– Ese señor _Pensó José al verle_ me parece que… sí, es el señor Manuel de Pradela.

Cuando llegó a la parada del autobus se quedó quieto delante del señor Manuel y esperó a que éste levantara la cabeza.

– Buenos días señor Manuel, veo que va usted de viaje. ¿Va usted muy lejos?

– Voy hasta Ponferrada. Allí cogeré el tren hasta vigo.

– ¿Volverá usted pronto?

– No, no volveré pronto. En Vigo subiré en el barco que va a Cuba. Voy a ver si puedo trabajar y ganar algún dinero.

– ¿Se cuerda del dia de feria en Vega de Valcarce? Usted estaba con su hija Adela.

– Sí me acuerdo, sí _El señor Manuel sonrió_ Me digiste que la guardara para tí.

– Señor Manuel, yo tengo trabajo en las minas de Fabero y pensaba que…

– Me alegro por tí. Soltero y con trabajo, aunque sea en las minas, tienes la vida resuelta.

– Verá usted, señor Manuel _José hizo una pausa_ Yo puedo ir su casa algunos dias, durante la semana para ayudarles.

El señor Manuel sonrió al oir las palabras de José. Le miró a la cara y le puso la mano sobre el hombro.

– ¿Para ayudarles? _Preguntó al señor Manuel con tono socarrón mirando fijamente a José.

– Sí señor, yo pensaba ir a ayudarles y si usted se va a Cuba necesitaran mucha ayuda.

– De eso puedes estar seguro pero _ El señor Manuel guardó silencio unos segundos y miró a José a los ojos_ pero y creo que tu mayor interés es estar cerca de mi hija Adela. ¿Es eso lo que quieres decir, José?

– Asi es, señor Manuel. Quiero volver a ver a su hija pero lo de ayudar se lo digo muy en serio.

Llegó el coche de línea procedente de Galicia. José y el señor Manuel pagaron al conductor el importe del viaje hasta Ponferrada. Allí los dos bajaron del autocar, se desearon toda la suerte del mundo y se despidieron.

– José, si haces lo que me prometiste te estaré siempre agradecido.

– Lo haré señor Manuel, lo haré.

El señor Manuel se alejó de José y entró en la estación del tren para continuar el viaje hasta Vigo y José subió al coche de

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