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La Memoria furtiva- Último Capitulo

 la memoria [Resolucion de Escritorio]

Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
La Memoria furtiva- Capitulo 4 – Día Mundial del Alzheimer 2015
La Memoria furtiva- Capitulo 5
La Memoria furtiva- Capitulo 6
La Memoria furtiva- Capitulo 7
La Memoria furtiva- Capitulo 8
La Memoria furtiva- Capitulo 9
La Memoria furtiva- Capitulo 10
La Memoria furtiva- Capitulo 11

La Memoria furtiva- Capitulo 12

VIII

Ya era viernes, Manuel empleó dos días más de lo previsto en la visita al Bierzo. Él fue allí con el ánimo de cumplir un deseo para con su padre, como si de un trabajo se tratara pero, una vez allí, cuando había visitado parte de la comarca, sintió la necesidad de estar mas tiempo.

Al contrario que otras veces, hoy se dirigía en su automóvil hacia la residencia donde José pasaba sus días. Como hizo otras muchas veces, cuando llegó a la entrada abrió el portón que daba acceso al edificio y después buscó a José entre los ancianos que deambulaban por el jardín pero no lo encontró y se acercó a una de las cuidadoras.

_Buenos días Laura ¿Cómo está José?

_Buenos días. José está bien, algo cansado de caminar y ahora está dentro, adormilado en la silla. ¿Cómo le ha ido por su pueblo?

_¡Bien, francamente bien! Fui para cumplir con mi padre, para ver si veía a las personas que él conoció para después explicárselo y he disfrutado mucho con el viaje.

_Me alegro, mire allí está adormilado en aquella silla _Dijo Laura señalando con la mano a media altura hacia el ventanal donde un grupo de ancianos muy deteriorados dormitaban sentados en butacas y sujetos por cinturones a modo de seguridad_ Si desea sacarlo al jardín debe quitar el cinturón de seguridad de la silla, se lo ponemos para que no se caiga en caso de que se duerma o intente levantarse sin ayuda. Aquí está ¡Hola José! aquí está tu hijo.

Manuel observó como su padre se despertaba, observó los esfuerzos que hacía para incorporarse en la silla mientras le soltaba el cinturón de seguridad.

_¡Hola, papá! Hay que ver como duermes, eh ¿Te acuerdas de mí?

_Pradela si…, la madre, Pradela… para… para…

_¡Amigo, te acuerdas, ¿eh?! Pues ya estoy de vuelta ¿Qué te parece? He llegado ayer por la noche.

José no decía nada inteligible, estaba emocionado y esa misma emoción no le permitía articular palabra alguna, ni tan siquiera un monosílabo. Su emanación de saliva inundaba su boca mientras levantaba la cabeza mostrando sus ojos avivados como si quisiera hablar con ellos ya que su lengua no respondía.

_Lleva varios días así _Dijo Laura_ repite Pradela y la madre muy a menudo. No sé a que se refiere, veo que me lo quiere explicar pero no acierta.

_Pradela es el pueblo donde nací yo y cuando dice la madre se refiere a mi abuela, su suegra.

Laura observó como Manuel recogía con una mano la saliva que caía de la boca de su padre mientras con la otra intentaba sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón.

_¡Déjeme que le ayude! Al fin y al cabo es mi obligación _Dijo Laura intentando colocar un pañuelo de papel debajo de la boca de José_

_Lo sé, lo sé pero no se preocupe. ¡Hola papá! ¿Cómo estás? Veo que estas dormido. ¡Tranquilo, no te asustes! No me esperabas ¿Eh?

_Siiii… Sii, Esperaba, esperaba, siii… Esperaba, siii… Pradela es, es, es, esperaba, espera… _ Y la emoción volvía a la cara de José inundada de saliva_

_Ven conmigo, ven conmigo que iremos a la sombra, poco a poco y con cuidado, despacio, despacio, vamos a sentarnos debajo de nuestro árbol, ahí es donde empezamos esta historia y donde debemos terminarla. Vamos a caminar un poco, primero salimos por la puerta de atrás y bajamos por la rampa que da al jardín y después andamos hasta llegar debajo de la morera y allí, a la sombra, te explicaré como me fue el viaje hasta el Bierzo.

_Si… E Bierzo, Pradela…Siiii…

_Bien papá, bien, ¿Sabes una cosa?

_Una cosa, cosa… Si… Cosa

_Estuve en el Bierzo, fui a Trabadelo, Perexe, Cantexeira, Pradela, Villafranca y Toral _Mientras hablaba, Manuel abrió una bolsa de la que sacó el equipo de vídeo que había utilizado en el viaje y lo preparaba para mostrar a José todo aquello de lo que le iba hablando_ En Toral fui a ver la zona de recreo, al lado del río Búrbia. ¿Recuerdas que durante el verano se llenaba de gente que llegaba de Ponferrada en el tren y que iban a pasar el domingo junto al río?, ahora está bastante cambiado como es lógico: Han pasado mas de treinta y cinco años, ya vive poca gente de aquellos que conocías y lo que es peor, ahora empiezan a ser cuarentones aquellos que aún no habían nacido cuando nos fuimos de allí para venir a Barcelona.

_Hace mucho… tiempo.

_¡Mira papá! En la pantalla, mira, esto es en Pradela. Subí a Pradela para ver la aldea y hablar con la gente ¿Recuerdas que, cuando bajábamos a la feria de Villafranca, íbamos en el caballo o andando porque no había camino lo suficiente ancho, ni carretera? Pues fui a Pradela y subí con el coche; habían construido una pista de tierra compacta y lo suficiente ancha para subir…

_Trabadelo, Trabadelo, es Trabadelo, es… _José se quedó callado mientras miraba la pantalla donde aparecía aquel pueblo en el que había transcurrido gran parte de sus primeros años_ Está igual, está igual, si.

Manuel paraba y activaba el video según su padre mostraba interés por algo que reconocía.

_Salí desde Trabadelo, cuesta arriba y despacio porque a pesar de que el camino era ancho para un coche no le sobraba nada y además estaba al borde del precipicio bordeando la montaña _Paró el video y señaló en la pantalla_ ¡Mira! Aquí es cuando entré en la aldea. Como ves no ha cambiado nada. Estuve en la casa de la abuela, me contaron que estaba tal como era cuando la vendimos para ir a vivir a Toral, pero hacía ocho meses que se había quemado, ardió toda la madera pero los muros de piedra estaban completos y firmes. El dueño actual la estaba reconstruyendo de nuevo y…

-¡Antonio, Antonio! _Gritó José emocionado y salpicando la pantalla con la saliva_ Es mi amigo Antonio.

Manuel paró de nuevo el vídeo quedando en la pantalla la figura de Antonio como una foto fija.

_En la aldea había gente muy vieja que se acordaba de vosotros: de ti y de mamá porque me decían que cuando eran pequeños, ellos y mamá jugaban juntos. También se acordaron del día que tú te casaste con mamá y los dos quedasteis a vivir en la aldea con la abuela Rosaura porque el abuelo se murió pocos meses después de vuestra boda. ¡Fíjate ahora! Mira quien está con Antonio _Manuel puso en marcha de nuevo el vídeo_ ¿Sabes quien es?

_Si, si, Antonio y Carmen, son los dos, sí…

Los dos hermanos, Antonio y Carmen, comenzaron a hablar saludando a José lo que desató la alegría de José por un instante para, de inmediato, pasar de la alegría desbordada al silencio mostrando en su cara una contrariedad infinita.

_¡Están muy viejos!

_¡Hostia papá! No has balbuceado ni te tembló la voz _Dijo Manuel en tono jocoso procurando que José recuperara el momento animoso que tenia momentos antes.

_¿Cómo es que te acuerdas tan bien de ellos?

_Acuerdo… Bien, bien, si… bien, saliva, saliva, si…

_Si, espera, espera un momento que saco el pañuelo, ahora está bien, ya está, escucha que te cuento más. Quedaban dos personas de cerca de noventa años que preguntaron por la abuela Rosaura. Tuve que decirles que había muerto hacía cinco años y se entristecieron mucho. Uno de ellos me dijo que se llamaba Antón y me contó cosas de la abuela Rosaura. Supe de cómo ella fue la moza mas guapa y mas espigada de las aldeas de alrededor.

<< Estaba bien labrada y era alta >> decía avivando los ojos y se reía. El otro anciano, cuyo nombre no sé, asentía moviendo la cabeza de arriba abajo.

<<Era, era…>>

_La madre Rosaura… De mamá Rosaura…

_Cuando te hablo de la abuela te pones contento ¿Querías mucho a la abuela?

_Sí

_Me contaron que era una mujer de bandera y que todos los mozos la miraban. Un hijo de Antón, que estaba con ellos, me explicó que cuando la abuela tenía entre quince y diecinueve años iba con su padre a la feria de Villafranca y los dos, padre e hija, pasaban la mañana recorriendo la plaza entre vacas, cerdos, quesos, embutidos y todo lo que hay en una feria.

<<Cuando pasaba Rosaura los mozos presentaban armas, ¡Ja, Ja!, se les notaba en el pantalón >> asintió Antón.

<<Hasta el cura, cuando subía de Perexe a dar misa los domingos, ponía ojos de cordero degollado >> asintió su hijo que es unos años mayor que yo.

<<¿Quiere decir, que preferían mirar a mi abuela antes que al ganado? >> Le pregunté yo entre risas y el señor Antón parecía revivir.

<<Ya lo creo, ya lo creo, era buena moza la condenada y mejor persona, sí, y mejor persona, ya lo creo, ya “ Dios a teña no ceo que ela ben o ganou” >>

José seguía mirando en la pantalla a la gente a aparecía y desaparecía, sin escuchar a Manuel que seguía explicándole mas cosas del viaje.

_Había gente mas joven que estaban de vacaciones pero que residían en Barcelona, en Madrid o en Bilbao; no les pregunté de donde eran pero observé las matriculas de los coches.

Estuve hasta la tarde hablando con ellos y después, antes de que se hiciera de noche, bajé de nuevo al valle; fui hasta Villafranca y pasé la noche en el parador. Allí recordé a la abuela Rosaura de nuevo, no a la abuela joven que me explicaban los ancianos sino a la abuela que yo conocí, la abuela que, cuando yo era niño, muchas veces reunía a los nietos: Gabino y su hermana Pili, yo y algún otro niño que jugaba con nosotros además de los otros nietos mucho mas pequeños. Nos cantaba canciones y a nosotros nos gustaba oírla. Eran canciones que ella tenía impresas en unos papeles de colores y que compraba en la feria de Villafranca. Romances de rima simple en los que se contaban aventuras y desventuras de personas, de abusos y abandonos, amores y desamores desgraciados; como las noticias de aquel periódico que se llamaba El Caso y que ahora ya no existe, pero cantadas. En todas las ferias de los pueblos del Bierzo aparecía algún vendedor de coplas y los “labregos” que tenían en la familia o en la aldea a alguien que sabía leer, compraban aquellas coplas que les servían de entretenimiento alguna que otra noche de nieve y miedo. ¿Recuerdas a la abuela Rosaura cantando?

_Sí, la madre, sí.

_La abuela Rosaura cantaba de memoria, sabía muchas canciones y nosotros, que las habíamos escuchando tantas veces, solo teníamos que decirle: << Abuela, canta esta o aquella o aquella otra >> y después ella la cantaba completa por enésima vez y nosotros, también por enésima vez, escuchábamos todo el repertorio y si tenía tiempo nos contaba la historia de Genoveva de Bravante que, lo mismo que las coplas, también se sabía de memoria.

_La madre Rosaura no está.

_No está papá, no. La abuela Rosaura o la madre Rosaura, como tú dices, no está.

_¿También murió? Todos mueren.

_Sí papá, todos mueren pero ella vivió hasta los noventa y dos años hasta que un mal día se le rompió la cadera y se cayó. La trasladaron hasta el Hospital de Ponferrada donde permaneció intentando sobrevivir durante una semana pero se murió dejando gran parte de sus descendientes repartidos por medio mundo.

_¿Rosaura no está? Rosaura era buena.

_Ya te he dicho que no está y tienes razón, la abuela Rosaura era muy buena y quería mucho a la familia. _Manuel paró el vídeo porque José ya no mostraba interés por lo que aparecía en la pantalla y prosiguió_ Ella fue la única persona que en aquel tiempo, por el mil novecientos sesenta y dos y en aquel pueblo llamado Toral de los Vados, se enfrentó al cura nuevo que sustituyó a don Francisco y que se llamaba don Julio. Aquel cura engreído que entró de visita, sin pedir permiso, en la casa de la abuela pasando hasta la cocina donde ella estaba quitándose el frío junto a la cocina de carbón y al ver un calendario con una foto de una chica encima de un coche, que yo había colgado en la pared, tiró de él arrancando calendario y gancho. Cuando la abuela vio tal falta de respeto por parte de aquel matón con sotana, lo echó de casa a grito pelado. El cura enrojeció de ira pero salió de casa y bien de prisa.

_¿¡…!?

_Te has quedado callado ¿Quieres decirme algo, papá?

_No, ehhh, no.

_¿Quieres que continúe explicándote el viaje al Bierzo?

_Aquí… Aquí…

_¿Qué te pasa? Ya veo, ya veo que tienes la boca llena de saliva, ven escupe en este pañuelo, así, muy bien, ya está. Espera un momento que voy a tirar el pañuelo al cubo de la basura.

_Cuenta, cuenta más.

_Como quieras, si estás quieto continúo: Al otro día fui a Toral _Continuó Manuel hablando, poniendo en marcha y parando el video a medida que discurría el relato_ Quise comprobar si podía reconocer el pueblo tal como yo lo recordaba así que lo recorrí sin bajar del coche, todo me resultaba increíblemente pequeño pero a medida que pasaba por las calles iba comprobando que todo seguía casi igual que estaba cuando yo marché. Muchas casas estaban tal como yo las recordaba, no habían cambiado nada por fuera, pero todo era más pequeño. Recordaba la plaza de la iglesia, donde se vendía pescado y donde se celebraba la feria ¿Recuerdas que se llamaba el campo de la feria? Ahora la han arreglado, hay un jardín redondo en medio, justo al terminar la escalera que sale de la iglesia.

¿Recuerdas la iglesia y al cura don Jesús? Si hombre, aquel cura que tenía un sobrino que estudiaba conmigo. ¿Recuerdas que los domingos no empezaba la misa hasta que el director de la fábrica de cementos Cosmos, don J. Remolacha (o Repecha o… Bueno no recuerdo bien el nombre pero creo que sonaba así), llegaba hasta la escalera de la iglesia, subido en su coche inglés conducido por su chofer?

_Si _Contestó José mientras observaba la iglesia de la que le hablaba Manuel_

_¿Recuerdas que, en Toral, todo aquel que era rico se llamaba con el “don”: don Rogelio, don Pedro, don José, etc.? Podía haber nombres repetidos en el pueblo pero cuando se ponía el “don” delante no era necesario decir el apellido porque todos sabían a quien se refería.

¡Mira papá! ¡Mira! Continué por la calle que llevaba desde la plaza de la iglesia hasta el barrio de la Poza, donde vivió la abuela Rosaura los últimos cincuenta años, hasta cumplir los noventa y dos. ¿Te acuerdas de este sitio?

_Sí, sí, es en casa, es en casa, sí…

_¡Fíjate! Aquello no ha cambiado nada. Pasé por delante de donde, cuando yo era niño, vivía Graciano ¿Ves su casa? y recordé también a aquella señora que nos hacía los pantalones con aquella tela azul que se llamaba mahón. Siguiendo hasta lo que yo recordaba como el final del pueblo, el barrio que se llamaba el Pico Lugar.

_Sí, el Pico Lugar, Elisério está allí.

_Estaba, papá, allí vivía tu hermano Elisério antes de venir a Barcelona. ¿No te acuerdas que él vino a Barcelona, con su familia, antes que nosotros?

_Elisério ¿Dónde…? ah, ah… ¿Dónde? sigue, sigue, si…

_Bien seguiré, seguiré, verás: Pude comprobar que allí si había cambiado algo, había algunas construcciones nuevas y se veía una limitada prosperidad. Después volví por la misma calle hasta la plaza de la iglesia y marché por la carretera que llevaba hasta las escuelas, a la ladrillera y continuando podíamos llegar al puente por donde cruzábamos el río Búrbia para llegar hasta la cantera y al pozo de la bomba donde había un puente colgante, se llamaba así porque había instalada una bomba que subía agua hasta la mina de arcilla que había en la cima de la montaña _Manuel hablaba a la vez que manipulaba el vídeo buscando algo que deseaba que José pudiera ver_ Por un sendero que seguía monte arriba podíamos seguir hasta el convento, un edificio casi derruido que, en tiempos, fue convento y entonces estaba habitado por… ¡Mira, mira papá!

_Las castañas, las castañas.

_Caramba, te acuerdas de las castañas. Eso te iba a decir, que en aquel tiempo vivía, en el convento, una familia que vendía las castañas por cantidad de árboles debajo los cuales podíamos recogerlas.

Sí seguíamos el sendero hacia la derecha llegábamos a una zona donde había menos de un metro para caer por el precipicio hasta el río, si no teníamos mucho cuidado y pasábamos hasta una zona donde había muchas cuevas en las que entrábamos para jugar y para coger murciélagos. Y si en lugar de seguir el sendero queríamos ir al otro lado del río, podíamos pasar por el puente colgante; pero lo que más me gustaba era coger cangrejos y peces. Sin embargo, ahora aquel río de aguas limpias y habitado por todo tipo de animales, fue destrozado por una industria que poco tiempo después cerró pero no antes de convertir el río en un cementerio.

_Había truchas, yo cogí… ¡Ahí, ahí! En el pozo de la bomba.

_Había papá, había, pero ya no… Ya no. No nos pongamos tristes, te diré que recorrí la comarca más cercana, fui a Villadecanes, Parandones, Otero, San Martín, Ponferrada, Cubillos, Fabero y más sitios que recordaba por haber estado en ellos alguna vez. ¿Recuerdas aquella aldea que estaba al otro lado del río y que se llama Penedelo?

_Sí.

_Pues fui a verla también pero esta vez pasé por el puente y no nadando como hacía de chaval, cuando vivíamos allí.

Estuve, además de en el río Búrbia, también en el río Cúa, aquellos ríos que tantas veces atravesamos y de los que sacamos agua para regar, cogíamos truchas y cangrejos y donde las mujeres del pueblo iban a lavar la ropa para después cubrir la hierba con pantalones y camisas limpias recientemente lavadas y muchas veces cosida y zurcida con formas increíbles. Fui a la Holga y a las Cortiñas, lugares donde tenías las huertas que cultivabas y hasta las que te acompañé algunas veces para ayudarte a regar hasta la edad de quince años, edad que tenía cuando marche del pueblo para venir aquí, a Barcelona. En fin papá, que aquí me tienes, contento de haber hecho el viaje.

_Contento, si, contento, contento…

_¿Sabes una cosa? Cuando Fui a Villafranca, estuve junto a la muralla y me acordé de aquella vez que fui contigo a vender cerdos a la feria. ¿No te acuerdas?

_No.

_De la muralla ¿te acuerdas?

_Sí, allí… esto, la cabeza no, no… ¡Dilo tú!

_Te acuerdas de la muralla y de la feria pero no de aquel día que fui contigo ¿Es eso?

_Sí, eso, eso.

_Te lo contaré: Yo no sé cual fue el día mejor de mi vida en Toral pero recuerdo especialmente aquel día que fuimos a Villa franca para vender once cerdos, que parió una cerda que tú habías preparado para la cría. Desde que nacieron, pasó un tiempo hasta que aquellos cerdos crecieron lo suficiente para ser vendidos. Fue todo un milagro porque todos sobrevivieron y tenían un aspecto increíble. Había más suerte de la que estábamos acostumbrados a tener y esperábamos a que llegara el día de la feria de Villafranca para llevarlos a vender con la esperanza de sacar un buen dinero que nos permitiera mitigar la miseria que en aquel tiempo pasábamos.

Llegó, finalmente, el día de la feria y en un cajón que tú construiste con maderas viejas y en cuyo suelo colocaste paja; metiste aquellos cerdos, que no paraban de gruñir. Iban blancos, limpios, diría que relucientes. Tú y mamá estabais contentos.

En una camioneta de un vecino del pueblo que se dedicaba al transporte…

_Juan, Juan.

_¿Quién es Juan? dime.

_La camioneta… La, la… Juan…

_El dueño de la camioneta se llamaba Juan ¿Es eso?

_Sí

_Pues bien, en la camioneta de Juan cargaste la caja con los cerdos dentro, junto a otras cajas y fardos conteniendo gallinas, conejos, mas cerdos y mas fauna susceptible de ser vendida que otros vecinos mandaban también a la feria. Nos esperaba un gran día.

Después de que salió la furgoneta, tú y yo fuimos a la estación para subir al tren que nos llevaría hasta Villafranca donde nos encontraríamos con los cerdos en la plaza de la feria. No se si fue aquella la primera vez que subí a un tren pero es la que recuerdo como tal. Con un billete de tercera que llevabas en la mano, entonces yo era pequeño y no necesitaba billete, creo, caminamos por el pasillo de aquel vagón de madera por ver si encontrábamos algún asiento vacío pero fue en vano. Todos los asientos estaban ocupados con cestas de mimbre llenas de productos para vender en la feria y por algunas personas sentadas. Como pudimos nos colocamos junto a una ventana. ¿Te acuerdas de aquel viaje, ahora?

_No

_¿Y del tren, te acuerdas del tren?

_Sí, el tren, el tren… Sí

_Pues, cuando estábamos junto a la ventana se oyó un silbido inconfundible; era el jefe de la estación que, banderín en mano y pito en boca, daba la salida al tren. El maquinista le devolvió el enterado con otro pitido a todo vapor que se oía desde todos los rincones del pueblo. La máquina comenzó a moverse y los vagones fueron tensando los enganches hasta que todo el tren consiguió una marcha regular.

Quedó atrás la estación y siguió por el ramal de la izquierda, dejando a su derecha la vía que llevaba hasta Ponferrada y al resto del mundo.

A base de silbato, vapor y humo se conformaba un ruido que con el “tracatrac” que hacían las ruedas al pasar de un raíl a otro, parecía que íbamos montados en la criba de un molino. Pasamos por delante de la fábrica de cementos Cosmos, con sus chimeneas despidiendo humo y con su enorme sirena en uno de los tejados, que marcaba el horario de los empleados y de toda la comarca. En una época en que tener un reloj de pulsera era un lujo especial, aquella sirena servía para poner en hora la actividad de todos los pueblos de alrededor.

El tren continuaba hasta el apeadero de Parandones, donde había otra fábrica de cemento mas pequeña que la Cosmos, para unos kilómetros mas adelante llegar hasta la estación de Villafranca, que era el trayecto final.

El andén se llenó de paisanos que, al igual que nosotros, se movían con sus pertrechos formando una columna en marcha camino de la feria, hasta el centro de Villafranca, junto a la muralla.

De la furgoneta, que estaba aparcada en un extremo de la feria, sacamos el cajón para colocarlo a la vista de la gente. Fueron muchos los que preguntaron el precio de los cerdos, algunos te ofrecieron precio que, después de discutirlo, fuiste rechazando ante mi asombro porque esperabas venderlos a mejor precio pero yo tenía miedo a que se quedaran sin vender. Cuando ya faltaba poco para que la feria se deshiciera se acercó uno de los que anteriormente habían discutido contigo el precio y te ofreció lo que pedías en principio. Tú, muy serio, cogiste el dinero, lo contaste billete a billete y le entregaste todos los cerdos, cajón incluido.

Los dos estábamos muy contentos y como era la hora del mediodía y el tren no salía, de vuelta a Toral, hasta las cinco de la tarde fuimos a una fonda a comer… Papá, veo que te ríes ¿De que te ríes papá?

_Botillo, comimos botillo.

_¿Lo recuerdas ahora, recuerdas los cerdos también?

_Sí, ahora si recuerdo, si recuerdo si… Tú eres manolo.

_Sí, sí, yo soy Manolo, ya veo que recuerdas aquel día de hace casi cuarenta y cinco años. Tú pediste unos cachelos con botillo, una jarra de vino para ti y para mí una gaseosa; decididamente aquel día era fiesta para nosotros y la íbamos a celebrar.

Nos pusimos a comer con gana y al primer bocado comprobé que el botillo picaba mucho. <<Pica como el diablo >> decía la cantinera riendo, pero yo comía con ganas y sudaba, sudaba y resoplaba a pesar del frío que hacía. Los cachelos, al igual que el botillo estaban muy ricos y yo, que estaba muy contento, te miraba de vez en cuando entre bocado y bocado y me alegré de que hubieras aguantado el precio de los cerdos a pesar del riesgo de no vender. Terminamos con toda la comida y también con la bebida. Recorrimos el pueblo para visitar a tus amigos y conocidos hasta que nos encontramos de nuevo subidos en el tren camino de regreso a Toral donde esperaba mamá y los dos hijos pequeños.

La máquina de vapor dejó de resoplar, los vagones chocaban, el de atrás con el de delante hasta quedar juntos y en un momento se hizo el silencio que indicaba a los pasajeros que el tren estaba completamente parado y ya se podía bajar al andén. Desde la plaza de la estación, fuimos caminando hasta el barrio del Teso, que era donde vivíamos y allí nos encontramos con mamá que venía del pozo llevando encima de la cabeza protegida por una rodela de trapo un caldero de agua, le cogiste el caldero y ya dentro de casa le entregaste el dinero; fue una noche memorable.

Al día siguiente mamá fue a una tienda de ultramarinos a cuyo dueño le llamaban “el garbanceiro”, compró garbanzos y los pagó junto con la deuda que tenía desde no se sabe cuando, quedando ella satisfecha y él mucho más. A continuación fue a la casa de Vila y pagó los dos jerséis rojos que nos compró para los hijos al terminar el verano y que no había podido pagar. A continuación fue al ferretero y compró unas botas de agua para ti, para que pudieras tener los pies secos cuando fueras a regar las huertas. Finalmente compró un kilo de bacalao que le costó siete pesetas, recuerdo muy bien el precio y terminó en casa de la modista a la que le pagó la deuda del único vestido que tenía nuevo, preparado por si alguna vez había que ir a algún sitio.

Cuando regresamos a casa, de aquel dinero de la venta de los cerdos quedaba muy poco pero habíamos puesto nuestras deudas a cero, era mas que suficiente para seguir con el fiado y comenzar a endeudarnos de nuevo.

_¿Porqué fuimos a Villafranca?

_¡Vaya! esta si que es buena pregunta ¿Ya no recuerdas de que estamos hablando? fuimos a vender los cerdos, en la feria.

_Sí, sí, en la feria, sí, en… umm… umm.

_José, acompáñame que es la hora de comer.

_Mercedes ¿Habéis adelantado la hora de la comida? antes comía una hora mas tarde.

_Es que ahora ya no puede hacerlo solo. Le cuesta mucho levantar los brazos y cuando quiere llevar la cuchara a la boca, se le cae todo; ahora lo sentamos una hora antes porque necesita que le demos la comida en la boca.

_He observado que ya no babea como antes, aún lo hace pero muy poco.

_Es cierto, en eso ha mejorado, desde que usted viene a contarle historias está mejor. Las visitas les benefician mucho.

_Bien papá, mañana es el último día que me queda de vacaciones, ya no vendré por las mañanas ni todos los días pero procuraré venir mas a menudo aunque sea solo por las tardes.

_¡A Dios! ¿No dices a Dios a tu hijo, José?

_Sí, sí, vamos a… a… vamos.

_¡Lástima que sea mañana el último día! José estaba tan atento escuchándole. Ya se que luego no recuerda pero le hace mucho bien.

_Sí, la historia ha terminado.

_¿Quién eres… tú quien eres? ¡Ehh…! ¿Ha venido… Adela?

_Ten calma papá, ten calma, mamá no está, no está. Ahora te quedas con Mercedes.

_Déme la mano José y no se levante todavía que le voy a limpiar las gafas. Le esperamos mañana a usted ¿A la misma hora?

_Sí, más o menos será a la misma hora. Mañana volveré con esta cámara de video donde gravé cintas con gente del pueblo de mi padre y espero que le guste ver lo que no ha visto hoy. En realidad no estoy seguro de que él me comprenda pero quiero decirle a usted porqué vine estos días a hablar con mi padre de nuestro pasado. Creo que esta explicación se la merecía porque es justo que él sepa lo que hemos hecho y porqué lo hicimos así. Tanto si hemos acertado como si no, todo lo que hicimos fue hecho con el convencimiento de que era lo mejor para él y así seguiremos, a no ser que los doctores u otras circunstancias nuevas nos tracen un nuevo comportamiento que redunde, siempre, en su beneficio y en la prolongación de su tiempo de vida porque es importante lo que podamos tener pero mas importante es contar con alguien a tu lado para compartirlo.

_Es cierto pero, como dicen en mi tierra, las cosas de la vida pasan sin pedir permiso.

_Sí, eso pasa en Santo Domingo, su tierra y también pasa aquí, pasa en todas partes. Mucho es el tiempo que empleamos en el intento de progresar, de formar nuestro carácter, tener amigos, familia e incluso enemigos y una vez llegado el momento en que consideras alcanzadas tus metas, ves que al tiempo le falta tiempo y no puedes disfrutar de nada de lo perseguido porque el alzheimer lo devora todo como una plaga sin control.

Es tan importante mantener la memoria de nuestra vida pasada e incluso de nuestro origen que sin ella no existe nada que sea racional y acabamos funcionando por instinto, solo por instinto porque la enfermedad nos deja sin la referencia de nuestro origen. Referencia tan vital y necesaria que algunas personas, cuando alcanzan la edad en la que toman conciencia de si mismas, se enteran de que han sido adoptadas y sabiendo que sus padres no son los padres biológicos sienten una necesidad imperiosa de averiguar quienes fueron los progenitores. Quieren saber de donde vienen, quieren saber porqué de repente a su pasado le falta una página, la primera página, porque aunque sientan un amor y agradecimiento inmensos por sus padres adoptivos, una fuerza descomunal les urge a averiguar quienes han engendrado su ser, quienes fueron su madre y su padre naturales y procuran conseguirlo por todos los medios porque sienten que el futuro será mas sólido si está basado en los cimientos del pasado completo, sin que le falte página alguna. Estas personas pueden explicar su sentir, sus anhelos, sus deseos, sus alegrías, sus angustias y los demás podemos entenderlos y apoyarles si así lo deseamos y si no consiguen averiguar su origen biológico, siempre tendrán un pasado acumulado, segundo a segundo, junto a sus padres adoptivos y sobre todo les quedará el futuro. Sin embargo cuando las personas, que como mi padre, han tenido un pasado cierto, un pasado que se ha ido consolidando en su mente durante mas de cincuenta años y éste empieza a desaparecer de forma furtiva, sin avisar y poco a poco, sin provocar dolor alguno que nos sirva de advertencia, la angustia y ansiedad que se padece es inconmensurable porque son los demás, cuando observan nuestra “actitud de locos”, quienes nos advierten del mal y cuando eso ocurre averiguamos que es un mal sin remedio que se llama alzheimer, un mal que acabará con nuestra vida, no sin antes despojarnos de nuestra memoria.

_Sé muy bien de que me habla. Mi abuelo Antón tuvo esa enfermedad, entonces yo era muy pequeña allá en Santo Domingo. Recuerdo que los vecinos contaban que el médico del pueblo certificó su muerte y que había explicado a los allí presentes que mi abuelo Antón murió a causa de pérdida de memoria, enfermedad conocida por los más viejos del pueblo con el nombre de “reblandecimiento de cerebro”. Ello provocó su caída a la acequia y murió ahogado.

_Hoy en día, es frecuente ver carteles con fotografías de personas ancianas y con una leyenda debajo: “Desaparecido, llamen al teléfono…”. Siempre tenemos la esperanza de que aparezcan de nuevo pero no siempre ocurre.

_Pues cuando ocurrió lo de mi abuelo, mi abuela Mercedes contaba que un día, no recuerdo bien en que estación del año, ocurrió que mi abuelo Antón, un anciano de setenta años, desapareció y no regresó a casa. Mucha gente del pueblo, entre los que se encontraba mi padre, organizó la búsqueda para encontrarlo y lo buscaron durante toda la noche sin que nadie consiguiera dar con él.

Regresaron todos y se reunieron con la abuela, en casa, por la mañana. Ninguno de los vecinos logró saber nada de él. Las opiniones eran de todo tipo y para todos los gustos: Se habrá marchado, decían unos, a visitar a alguien conocido fuera del pueblo y ni siquiera sabe que lo estamos buscando. Y muchas más opiniones se oyeron mientras que la abuela estaba cada vez mas preocupada. Ella, en un momento en que se hizo el silencio, intentó hablar con ellos.

<< Antón se ha vuelto muy desconfiado y pasa todo el tiempo escondiendo las cosas porque dice que se las roban y cuando las quiere recuperar no las encuentra porque no recuerda donde las ha dejado y se pone como loco, mientras las busca >>

Ella explicaba a sus vecinos que, desde hace más de un año, su marido había empezado a comportarse de forma desconfiada y violenta y que su obsesión era el dinero.

<< Él, en otro tiempo, fue bueno y cariñoso, aún lo sigue siendo pero ahora, muchas veces pasa a mi lado y parece que yo no sea su mujer, como si no me conociera >>

Los vecinos emplearon un día más en la búsqueda del Sr. Antón y lo encontraron finalmente en una acequia de riego que había a cinco kilómetros de su casa. Hubo personas, vecinos del pueblo cercano llamado Valverde, que lo habían visto y hablado con él. El les había preguntado por el camino para llegar a su casa, como si estuviera totalmente desorientado y hubiera olvidado el camino de regreso y en lugar de acercarse a su casa, cada vez se alejaba más.

Fue la primera vez que yo oí hablar de lo que ahora, veinte años después del suceso, sé que se llama la enfermedad de alzheimer y ya ve usted, ahora trabajo con ancianos que padecen de lo mismo que padeció mi abuelo.

_Sí y como usted dijo antes, las cosas de la vida pasan sin pedir permiso.

_Cierto, cierto. ¿Quieres decir algo a tu hijo, José.

_Parece que se ha dormido. ¿Has entendido algo de lo que te he contado? papá, papá ¿Te has dormido?

_¿Qué…?

_No te asustes, calma, calma. No recuerdas nada de lo que hablamos, ya lo veo.

_¿Quién eres… tú quien eres? ¡Ehh…! ¿Ha venido… Adela?

_Ten calma, ten calma, mamá no está, no está.

Fin

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3 respuestas »

  1. Me ha parecido un gran relato o unas memorias que todos en un momento determinado hacemos, Enhorabuena

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