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La Memoria furtiva- Capitulo 3

La Memoria furtiva- Capitulo  3

Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”

——–les gustaba y mostraban agradecimiento. La semana anterior, al saludar a Juanita, ella le habló más de lo que era habitual, con mas confianza y Manuel que llevaba a su padre cogido de la mano, se sentó junto a ella y acomodó a José a su lado.

<<Juanita ¿Cómo es que estás aquí? No pareces muy mayor _Juanita sonrió y no contestó nada_ ¿De donde eres?

<< Soy de Málaga, de un pueblo que se llama Villanueva>>

Los dos hablaron, primero de cosas intranscendentes y poco a poco ella cogió confianza y habló, sin miedo, de su vida.

Juanita contó a Manuel muchas cosas de las que le habían pasado, estaba feliz de haber encontrado a alguien que quisiera escuchar historias de viejos. Contó como el día que celebraban las fiestas del pueblo, día quince del mes de agosto del año que ella cumplía diez y seis, estrenó un vestido blanco sin mangas y con flores muy pequeñas de colores diferentes, un vestido que su madre le había comprado para la ocasión. Corrió hasta la puerta de su armario detrás de la cual colgaba un espejo en el que se podía ver de cuerpo entero. Se observó con aquel vestido colgando de sus hombros y se sintió bien, se colocó un cinturón hecho con la misma tela del vestido, se tocaba por todas partes para ajustarlo a su cuerpo, se sentía elegante, se miró y remiró hasta que se sintió conforme con lo que reflejaba el espejo.

<< Estaría usted muy guapa>>. _Dijo Manuel_ siendo tan joven y con un vestido nuevo.

Juanita miró a Manuel y sonrió con descaro, aquellas arrugas que marcaban su cara se tensaron para mostrar una sonrisa grande, sonrisa maliciosa y cómplice que recordaba lo que fue.

<< Claro que lo estaba _Dijo ella riéndose con satisfacción_ Yo tenía una figura delgada, con las curvas justas y una piel morena por el sol del verano, lo recuerdo muy bien porque nunca me había mirado tanto en un espejo hasta el día que estrené aquel vestido. Ella, mi madre, estaba tan contenta que me dio unas monedas y me envió a comprar un carrete de hilo negro a la mercería que estaba en el otro extremo del pueblo, yo sabía que no necesitaba el hilo y que lo hacía para que la gente me viera y ya lo creo que me vieron. Algunas mujeres me saludaban _Hija, estás hecha una mujer y este vestido de fiesta es muy bonito_ otros hombres, que me triplicaban en edad, me miraban, desde la puerta del bar, con ojos lujuriosos y varios chicos mayores me observaban entre risas excepto David que se quedó muy serio y me miraba embobado. Cuando regresé a casa, mi madre y yo nos miramos y explotamos de risa al comprobar aquel éxito que fue como una pequeña venganza de mi madre sobre la miseria económica que nos rodeaba desde que mi padre fue llamado a consultas al cuartel y desapareció, <<ha escapado>> _Le dijeron cuando ella fue a reclamar_ dejándome a mí en el vientre de mi madre _Juanita se calló de repente y se quedó pensativa, hacía tiempo que no reía de aquella manera, tanto tiempo que no recordaba cuando fue la última vez. Levantó la cabeza, sonrió y prosiguió con su pequeña historia_ Aquel día mi madre me miró y se sintió contenta, tanto o mas contenta que yo porque se vio reflejada en mí. Pobre mamá, ella quería que yo tuviera todas las oportunidades que ella no tuvo >>

<< Juanita, me ha gustado oír lo que me contó sobre el vestido que le regaló su madre, otro día seguiremos hablando porque quiero que me cuente que ocurrió en la verbena de la fiesta de aquel año>>.

Manuel observó, en Juanita, un mohín disimulado de contrariedad que desapareció al instante pero no le dio importancia.

<<Como tú quieras, aquí estaré>>.

Juanita se quedó pensativa, sonriente y pensativa.

Desde que Juanita y Manuel hablaron pasó casi un mes. Probablemente era la primera vez que ella podía hablar con alguien de algún retazo de su vida sin que éste mostrara prisa, esa prisa que a todos nos entra cuando un viejo quiere contarnos algunas de sus vivencias, esas vivencias que llevan consigo acumuladas desde toda su vida y que si no se pueden explicar son como un lastre que pesa mas a cada día que pasa.

Ahora la silla y la mesa estaban vacías, casi tristes y Manuel continuó su paseo en espera de que Erica volviera con su padre aseado, limpio y con el pañal cambiado. Se acercó a Mercedes que llevaba una bandeja repleta de medicamentos y jarabes, se saludaron y ella continuó hasta un grupo de familiares que acompañaban al señor Lorenzo que había ingresado recientemente en la residencia.

Manuel siguió esperando a que Erica volviera con su padre, ya aliviado de sus necesidades. Continuó dando el paseo por el jardín con las manos cruzadas a la espalda y con el pensamiento en la historia de Juanita, vio de nuevo a Carmen entretenida con las hormigas que entraban y salían de un hormiguero, observaba el panorama que configuraban los familiares que, como él, estaban haciendo compañía a los internos de la residencia.

_¡Hola! ¿Es usted el hijo del señor José?

Manuel volvió la cabeza hacia donde estaba la señora que le había preguntado.

_Sí, yo soy.

_Yo también tengo a mi madre aquí. Al principio, cuando venía a verla, también yo hablaba con su padre, el señor José y me contaba historias de cosas que le habían pasado. Me dijo que una vez su hijo se encontró con un amigo suyo después de veintiocho o quizás treinta años de separarse, al terminar la guerra civil y…

_Sí, fui yo, entonces yo tenía diez y ocho años, me subí a un taxi para ir a casa y en la conversación que tuvimos el taxista y yo, él habló de un amigo suyo que conoció durante la guerra y por los detalles que me explicaba descubrí que hablaba de mi padre. Unos meses después de terminada la guerra, se encontraron en Cádiz en una situación bastante especial.

_Me explicaba que él, su padre, estaba de guardia y su amigo Mestres era prisionero de guerra.

_Sí señora, su amigo se llamaba José Mestres estaba casado y tenía a su mujer e hijas en Barcelona.

_Se preguntará usted el motivo de mi interés por esta historia que me contó su padre. La razón es que mi madre es una de las dos hijas de José Mestres y yo soy su nieta. Yo no conocí a mi abuelo porque él murió poco tiempo después de yo nacer pero la abuela nos explicó la misma historia que me explicó su padre.

_El día que yo subí al taxi de su abuelo y le dije que era el hijo de José, me explicó que cuando a mi padre le llegaba algún paquete de comida, que le enviaban de casa, él se lo daba para que lo enviara a Barcelona para su familia.

_Así que es él, vaya con José.

_Sí, muchas veces él me había explicado las aventuras con su amigo José Mestres de Barcelona y al… Aquí viene de nuevo ¿Ha ido todo bien, papá?

_¡mmm, ¿? ¡

_Hola José ¿Se acuerda de mí? Antes usted me explicaba muchas cosas, tenemos que seguir hablando como otras veces.

_Tú… ¿Quién eres?

_¿No se acuerda? Soy Remedios, ya veo que no se acuerda, bueno no se preocupe, le dejo con su hijo.

_¿Cómo está su madre? _Preguntó Manuel antes de que Remedios se separase_ Veo que está todo el tiempo en una silla de ruedas.

_Ha empeorado de golpe. Ahora se niega a caminar y es porque las piernas no aguantan más. Se caga y orina encima porque ni siquiera avisa para que la lleven al servicio.

_Es un problema muy grave, es tan grave que me cuesta imaginar como sería la situación si no pudiéramos pagar el coste de la residencia.

_Sí, y si nos paramos a pensar que todo el esfuerzo que se hace solo sirve para terminar en la ruina física de la mejor manera posible y sin esperanza alguna de recuperación, aunque esta sea mínima.

_Su madre está bien de la cabeza, quiero decir que no tiene alzheimer ¿Verdad?

_Sí, de cabeza está bien pero, en cuanto al resto…

_Al contrario que mi padre, está siempre caminando pero sin rumbo.

_En fin, le dejo, voy a ver si la entretengo un poco. Hasta luego.

Remedios, la nieta de Mestres, se acercó a José y le acarició la cara, le pasó el anverso de la mano por encima de aquella superficie llena de arrugas y de barba recién afeitada. Al sentirla, José levantó la cabeza sonriendo e inundando con la sempiterna saliva en la boca que siempre aparecía de forma incontrolada cuando se sentía emocionado y eso pasaba cada vez que alguien mostraba afecto hacia él como si el contacto con los demás le transmitiera vitalidad.

_Hasta luego Remedios. Vamos papá, vamos a sentarnos en el banco donde estábamos antes de ir al servicio. ¿Recuerdas de qué estábamos hablando antes?

_No _Dijo José moviendo la cabeza de izquierda a derecha_

_Hablábamos de las fiestas de navidad del año 1999 y de cuando nos encontrábamos en la calle cuando mamá y tú salíais a pasear y de lo mucho que te preocupaba el cambio de gobierno, entonces gobernaban los socialistas, que eran de tu simpatía y eso te tranquilizaba pero después hubo elecciones y el gobierno cambió, así que en aquel momento gobernaban los del partido popular que a ti no te gustaban pero que sí me gustaban a mí y ello te ponía nervioso.

_Es igual. Es… Es… Es lo mismo, es igual.

_Claro que es igual, pero eso me sirvió de excusa para hablar a solas contigo e indagar si te pasaba algo grave. Os acompañé en el paseo y continuamos caminando por la calle arriba, hablamos de todo un poco y en especial de la enfermedad de mamá. Aquella misma semana había estado en la residencia a causa de una crisis de corazón, crisis que se presentaban con mucha frecuencia. En un momento mamá y yo nos encontramos hablando solos y al mirar hacia atrás vimos que te habías quedado, delante del escaparate de una tienda de relojes, completamente parado. Volví hacia donde estabas, miré en el escaparate para ver que era lo que te había llamado la atención y noté que observabas un reloj de pared, de aquellos que tienen un cuco que sale de su nido para marcar las horas. Estabas completamente encantado y cuando yo te llamaba me mirabas como a un desconocido así que me acerqué a ti y volví a preguntarte por la paga ya que sabía de tu sobrevenida obsesión por el dinero, obsesión que se había hecho notoria desde que comenzó la enfermedad porque antes no la tenías.

<< Escucha papá ¿Te han aumentado la paga o todavía no? >> _Te pregunté de improviso_.

Tú estabas tan despistado que no acertabas a contestarme, me mirabas, sonreías y me hablabas de cosas que yo no conocía para a continuación volver a mirar el reloj de cuco, pero el cuco ya no salía de su caseta porque debía esperar hasta la hora siguiente y sin embargo seguías esperando su aparición. Cuando mamá se dio cuenta de lo que ocurría, se acercó a nosotros caminando muy despacio, se movía con cuidado debido a su dolencia de corazón, que tenía muy afectado y observó la actitud que tú tenías, esperó a nuestro lado durante unos segundos y como no decías nada fue ella quien contestó por ti a mi pregunta.

<< Más le vale que le aumenten la pensión porque lo va a necesitar, yo estoy muy mal, tengo una gran dificultad para moverme y él tiene la enfermedad de alzheimer, que cada día que pasa está más avanzada >>.

Mientras ella hablaba, tú dejaste de mirar el reloj, te acercaste a su lado y sonreías al escucharla, asintiendo con la cabeza a todo lo que ella decía pero yo comprendía que no te enterabas de nada. Ella continuó explicándome la situación en la que estabais viviendo y la carga que ello representaba.

<< Es muy grande el problema que se nos viene encima y parece ser que los gastos, a los que tendremos que hacer frente, aumentarán de forma desproporcionada a medida que pase el tiempo porque tal como lo veo yo, la enfermedad se agrava día a día >>.

Mientras mamá hablaba conmigo, yo te miraba y tú te reías como si la conversación no tratara de ti y entonces pude comprender el sentido de la advertencia de mamá.

<<Pero ¿Tan grave es?>>

Le pregunté y ella asintió con la cabeza, me cogió del brazo y se apartó conmigo a un lado para continuar con la explicación de aquello que ya no me parecía una exageración y que era evidente con solo mirarte porque tu cara mostraba, en sus rasgos, los síntomas que son perceptibles cuando te observaba atentamente.

<< Cada vez es más grave. La semana pasada, tu padre y yo fuimos al doctor de cabecera para renovar una receta de “sintrón” para mí, para el corazón. Antes de salir de casa, yo comprobé que él llevaba la cartilla de la seguridad social en el bolsillo de la chaqueta, así que salimos camino del ambulatorio y allí esperamos a que nos llamasen para entrar en el despacho del doctor >>.

Mientras Manuel avanzaba en el recuerdo, José comenzó a moverse en el asiento. Intentaba levantarse y no podía porque sus brazos frágiles ya no tenían la fuerza necesaria para poder erguirse. Intentaba meter sus brazos en el bolsillo del pantalón y …………………..seguirá

Capítulos anteriores  :

Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”

La Memoria furtiva- Capitulo 1

La Memoria furtiva- Capitulo 2

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