La Memoria furtiva- Capitulo 9
Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”–
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
La Memoria furtiva- Capitulo 4 – Día Mundial del Alzheimer 2015
La Memoria furtiva- Capitulo 5
La Memoria furtiva- Capitulo 6
La Memoria furtiva- Capitulo 7
La Memoria furtiva- Capitulo 8
———–escalera por donde José bajaba cogido de la mano por la cuidadora Laura_ y comenzó a caminar ayudada por el “taca-taca” que la ayudaba a mantener el equilibrio.
_Vete con tu hijo José que te está esperando.
Laura lo orientó de frente hacia donde estaba Manuel y lo dejó solo observándolo en su modo de caminar vacilante y desequilibrado como si fuera un niño aprendiendo a andar.
_Hasta luego Julia, Gracias Laura _Dijo Manuel mientras observaba como su padre se dirigía hacia él_ Ven papá que seguimos hablando un rato más.
Laura contempló como José y Manuel se dirigían a la puerta para volver al jardín, esperó un momento y se acercó de nuevo a ellos.
_Señor Manuel, sí me permite, veo que le está explicando muchas cosas a su padre durante estos últimos días y…
_Es cierto, es cierto, estoy de vacaciones, serán tan solo algunos días y he pensado en pasarlas con él recordando cosas de nuestra vida.
_Pues eso le va bien porque hemos notado que esta semana está mas tranquilo durante el día y cuando, por la mañana, termina el desayuno empieza a mirar y a preguntar por usted.
_Sí, es cierto, a él le gusta oír lo que le cuento porque así recuerda cosas y se pone contento. Ahora yo le estaba recordando que, antes de ingresar aquí, mientras buscábamos una plaza en una residencia, yo procuré informarme sobre la enfermedad de alzheimer a través de Internet y entre miles de informaciones encontré una noticia en un periódico de norte América que explicaba un caso relacionado con la enfermedad.
Decía la noticia: “La señora de cuarenta y un años de edad Sue Gifford abandonó, en un canódromo, a su padre enfermo de alzheimer, sentado en una silla y con un cartel indicando el nombre: Soy John King y padezco la enfermedad de alzheimer”.
_Debía estar muy desesperada para hacer eso.
_Seguramente, yo leí los comentarios que venían acompañando a la noticia. Se lanzaron, a saco y sin respeto alguno, con las peores calificaciones y desprecio superlativo, sobre aquella hija desesperada, que después de pasar gran parte de su vida llamando a las puertas de los estamentos oficiales, no encontró otra respuesta que evasivas, excusas, y un sin fin de explicaciones y consejos inútiles. Todo excepto la solución a tan grave problema. Cuando tienes que estar las veinticuatro horas del día cuidando de una persona sin recurso alguno y un tiempo después has gastado todos los ahorros que pudieras tener ya que es imposible mantener un trabajo que te proporcione nuevos ingresos ¿Qué solución queda?
Dice la noticia, también, que el juez condenó a Sue Gifford a seis años de prisión pero no dice nada del destino de su padre John King.
_¿Estuvo realmente en la cárcel?
_La noticia no decía nada sobre ello, espero que no.
_Si así fuera, sería una injusticia.
_ Sin duda alguna. Sería una injusticia inmensa.
_Se han dado casos de abandono y maltrato, por los hijos, de los padres.
_Sí, es cierto, porque de la misma forma que hay padres que maltratan y abandonan a los hijos, también hay hijos que abandonan a sus padres pero cuando la señora Sue Gifford dejó a su padre en el hipódromo no renegó de nada, dejo en sus manos el nombre y la enfermedad de su padre y eso, para los responsables políticos y para los bien pensantes de bondad mezquina de su ciudad, era imperdonable porque los colocaba con el culo al aire.
_Sí, así es y parece que son iguales en todos los países.
_Sí, cuando alcanzan la posición que les permite cobrar del erario público se transforman y aunque ellos no son los responsables de que los ancianos tengan alzheimer y de que estos necesiten cuidados especiales, si son los responsables de la falta de alojamientos para personas afectadas por dicha enfermedad. Sin embargo pusieron en marcha la máquina informativa de sensiblería fácil y difamatoria, cargando con todo su peso sobre una persona, con una edad que marca la frontera entre el final de la juventud y el principio de la vejez y que empleó todos sus recursos en el cuidado de su anciano padre. Era necesario y urgente aplastarla antes de cundiera el ejemplo, no fuera que a todos se les ocurra reclamar sus derechos, ya pagados, de forma tan evidente y “escandalosa” como hizo la señora Sue.
_Lo que, sin duda, hubiera hecho feliz a los políticos, es que ella y su padre se hubieran esfumado porque, en muchas ocasiones, los enfermos de alzheimer suelen tener una vida prolongada y es que, puestos a olvidarse, se olvidan hasta de morir. Disculpe la ironía pero hay momentos en que…
_¿Dices ironía? Nosotros tenemos la suerte de disponer de los recursos necesarios para costear el desmesurado precio de la estancia en una residencia. Residencia que, como ves, tiene que ser privada porque en las públicas la respuesta obtenida, en cada una donde pedíamos información, era la misma.
<<Hay que esperar más de un año y no es seguro que obtenga una plaza porque son muchas las solicitudes y las plazas son pocas>>
Y si, encontrándonos sin recursos, tuviéramos la “inmensa suerte" de que obtuviéramos una plaza al cabo de un año ¿Qué solución hay para ese año de espera, acaso debemos dejar nuestro trabajo y quedar sin ingreso alguno, como hizo la señora Sue y aguantar hasta la desesperación?
_Tiene razón, en muchos casos es desesperante para los familiares.
_El que cuida de una persona con alzheimer sabe que el problema no tiene cura y solo se soluciona con la muerte del enfermo y el que busca una plaza en una residencia pública llega a la misma conclusión irracional pero lógica: Obtendremos una plaza cuando otro anciano se muera porque muchos son los que esperan y aquellos que dirigen los estamentos oficiales no deben ser molestados.
_Bueno, no nos pongamos tristes. Ahora lo importante es que José esté bien a pesar de su enfermedad.
_Perdona Laura, disculpa que te haya entretenido contándote estos problemas pero a veces es necesario descargar la ansiedad para poder seguir.
_No se preocupe, ahora está todo tranquilo y vamos bien de tiempo.
_Veo que mi padre ya no aguanta mas, creo que lo vamos a dejar para mañana.
_Como quiera, ahora lo dejaré paseando por el jardín hasta la hora de comer _Dijo Laura mientras cogía a José de la mano_ Venga conmigo José que su hijo se va y ya no volverá hasta mañana, venga, venga conmigo.
_Adiós papá _Se despidió Manuel_ Mañana volveré y si estás tranquilo como hoy, continuamos con nuestra historia.
Desde el portón de entrada, Manuel observó como José seguía a Laura que tiraba de él cogido por la mano hasta que se encontraron en medio del jardín. Allí lo dejó solo y comenzó de deambular con las manos caídas hacia delante, la espalda encorvada, la saliva siempre a punto de caer y parándose a hablar con algún ser que solo él era capaz de ver.
VI
Es desconcertante pensar en la soledad no buscada, porque cuando más solos nos sentimos, podemos tener momentos en los que recordamos personas, actos, situaciones o incluso desgracias ocurridas que nos muestran que no estamos totalmente solos y nuestro sentimiento de angustia y oscuridad, que la soledad nos imprime, se ilumina y podemos sentir la compañía de nuestros recuerdos y tener la oportunidad de atreverse a vivir, atreverse a salir del camino oscuro aprovechando la esperanzadora luz que nos regalan las luciérnagas de nuestros recuerdos para comenzar de nuevo a hablar con nosotros mismos, estimular y sentir nuestro pensamiento para advertirnos de que el mundo nos envuelve y que formamos parte de él.
Es desesperante pensar en la soledad no buscada cuando no podemos recordar o cuando, incluso pudiendo hacerlo, nuestros recuerdos aparecen entrecortados o con lagunas imposibles, como cuentas de rosario esparcidas por el suelo. Es desesperante, sí, porque el vacío lo invade todo, la valoración de uno mismo desaparece, y nos quedamos sin refugio a donde acudir porque nuestro interior se muere y en él se crea un inmenso vacío que se llena de fantasmas entrelazados desfilando en las noches, que debieran ser de descanso reparador, para retirarse al amanecer cuando despierta la mente errática, y volver en la próxima noche, en el próximo sueño.
_¡Señor! ¡Señor! ¿No baja usted hoy aquí? Esta parada es final de trayecto.
Manuel despertó del ensimismamiento, en el que había entrado desde el momento que subió al autobús, y vio ante sí al conductor.
_Sí, sí, gracias.
Contestó mientras se levantaba del asiento y se dirigía a la puerta de salida. Como cada día caminó unos metros hasta llegar a la residencia y buscó a su padre entre los ancianos que terminaban de desayunar.
_Buenos días papá ¿Has desayunado?
_Sí.
_¿Qué quieres hacer ahora, quieres que salgamos a la calle a dar un paseo?
_Sí, espera que llamo a mamá; allí, allí está, allí está, llámala tú.
_¿Cómo vas a llamar a mamá? mamá no está. Dame la mano que salimos ¿Te parece bien?
_Sí, salimos, sí, sí, sí… La saliva… Umm…
_Aguanta un momento, aguanta ¿Dónde coloqué los pañuelos de papel? aquí, ya está, ya está, tranquilo.
_Está allí.
_¿Qué es lo que está allí, papá? ¡Ya veo! la papelera, ¿Quieres decir la papelera?
_Sí, allí está.
_Cuidado con la puerta, cuidado también con el escalón, baja despacio, así, así, muy bien. Ahora el otro pié, con cuidado ¡Ya está!.
_Saliva, saliva.
_¿Otra vez? baja la cabeza y deja que se caiga al suelo, así, ahora levanta la cabeza que te limpio. Ven vamos hasta aquel banco y miramos como juegan los niños en los columpios.
_Los niños, sí… sí… corre, corre.
_Ven aquí, nos sentamos en este banco que está a la sombra y puedes mirar como juegan. Mira lo que he traído ¿Ves esta bolsa? Está llena de plátanos y están maduros y dulces como a ti te gustan. Toma, coge uno y yo cogeré otro, a mí también me gustan.
_¡Ja, ja! Mira, mira… Los niños… juegan los niños.
_Te gusta ver como juegan los niños, ya lo veo. Podemos estar aquí, viendo como juegan y mientras tanto seguimos con nuestra historia, desde el punto donde la dejamos ayer. ¿Recuerdas lo que hablamos ayer?
_No
_¿Recuerdas, cuando eras niño en la aldea de Pradela, a los otros niños con los que jugabas?
_Sí, sí los recuerdo. Recuerdo a Pedrito y a Andrés que eran mis amigos _Dijo José de forma continuada y sin tartamudear_
_Tú recuerdas las cosas que te sucedieron hace mas de setenta y cinco años y no recuerdas lo que hablamos ayer. Bien, pues siguiendo con la misma historia te diré que en mi casa, recuerdas, disponemos de tres habitaciones: una para el matrimonio, otra para nuestro hijo y la tercera para nuestra hija. Durante los primeros meses, que pasaste en mi casa, era imprescindible que tú tuvieras una habitación para ti solo, fue necesario que tu nieta pasara a instalarse en la de su hermano para dejar libre la suya.
Tú dormías poco tiempo, a media noche te levantabas y comenzabas a pasear por el pasillo, y yo esperaba un tiempo para ver si te cansabas y volvías a tu habitación pero no ocurría así. Abrías y cerrabas los cajones buscando tus “papeles”, hablabas solo en voz alta e intentabas abrir la puerta de salida de la vivienda.
Dos veces te encontré en el descansillo de la escalera, estabas completamente vestido para salir a la calle y buscabas el interruptor de la luz. Cuando lograbas encender la luz, te quedabas quieto porque no sabías que hacer, no sabías cual era el siguiente paso que tenías que dar y te quedabas esperando a que sucediera algo, quieto, mirando a todos lados y sin moverte. A partir de ese día decidí sacar la llave de la puerta y guardarla a parte, yo tenía miedo de que un día no te oyera y te quedaras, pasando frío, en la escalera. Otras veces te encontraba en el lavabo, frente al espejo y discutiendo con tu imagen reflejada, en la que no te reconocías y a la que acusabas de ser el ladrón que te robaba todas tus cosas.
A medida que pasaban las semanas, tu salud se deterioraba más y ello se podía observar de día en día por lo cual yo era muy consciente de que nuevos problemas aparecían de forma continuada y que era necesario resolverlos sobre la marcha.
Yo recuerdo que llegó un momento en que teníamos que entrar contigo al aseo y esperar a que terminaras sus necesidades fisiológicas para después limpiarte porque, a pesar de que tú intentabas limpiarte solo, tú no podías, no eras capaz de articular tus movimientos y ello te angustiaba tanto que acababas dando golpes contra las paredes. Yo esperaba a que dejaras de intentarlo y después, cuando estabas más tranquilo, me acercaba a ti y te limpiaba sin darle más importancia de la que tenía, para que no te sintieras humillado. A continuación te ayudaba a entrar en la ducha y te limpiaba completamente.
_Ahora también… me, me… limpian, aquí, aquí tengo… umm…
_Lo sé papá, lo sé, ahora tienes que llevar pañal porque muchas veces no controlas tus necesidades pero antes no era así exactamente, antes te controlabas pero no coordinabas tus movimientos. Ahora, que pasado el tiempo ya no tiene importancia y que tu no te sentirás ofendido, pienso que cuando esta función la realiza un hijo, como es mi caso, probablemente no es un problema para nadie, para mí no lo fue, pero cuando es otra persona la que debe hacerlo no es fácil para ella, salvo si es alguien profesional
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