
El activista social y escritor berciano Tito Gago firma el saludo oficial de las Fiestas de Santa María Magdalena 2026 con un emotivo recorrido por la historia festiva de Villadepalos. A través de sus recuerdos, evoca el desaparecido Campo del Virto, las verbenas, los primeros amores, las bodegas y el espíritu acogedor de un pueblo que, generación tras generación, ha convertido sus fiestas patronales en un símbolo de identidad, convivencia y memoria compartida.
Saludo
Villadepalos siempre ha sido un pueblo acogedor. No es algo que digamos por costumbre, sin más, es una realidad que vivimos los que pisamos sus calles. Aquí las puertas siempre están abiertas y nadie espera mucho tiempo para sentirse integrado, pero si hay unos días en los que esa hospitalidad se hace más visible, son los de las fiestas patronales. Durante esos días, el pueblo se convierte en un lugar donde todos encuentran su sitio, vecinos, familiares que regresan o visitantes que llegan por primera vez. Porque Villadepalos no solo es un pueblo. Es memoria, latido, alegría, en el corazón de quienes lo vivimos. Y si hay algo que lo define, que nos une generación tras generación, son nuestras fiestas en honor a Santa María Magdalena.
Hubo un tiempo —años 50, 60— en el que todo giraba en torno al añorado Campo del Virto. Un lugar que dormitaba todo el año, esperando su momento, como si supiera que su destino era convertirse, aunque solo fuera por unos días, en el centro del pueblo. Allí, un mes antes, las comisiones adecentaban el recinto, levantaban con esfuerzo un palco de madera, que se convertiría en un símbolo de esfuerzo y de ilusión compartida. Las familias se reunían en torno a cestas de mimbre, manteles y meriendas que se saboreaban mejor al aire libre. Se formaban corros, se compartían risas, historias. Se comía sin prisa, se hablaba, se disfrutaba, porque en esos días nadie era extraño.
Y los niños… los niños vivíamos aquello como si fuera magia pura. Contábamos las horas para salir corriendo hacia el campo. Allí nos esperaban los caballitos, las cadenas, las barcas que parecían tocar el cielo, tómbolas, casetas de tiro… y los barquillos, siempre los barquillos. Girar la ruleta del barquillero era casi un rito, una mezcla de suerte, nervios y felicidad que se quedaba grabada. Y, de algún modo, siempre se ganaba.
Luego, ya en los años 70, los cambios. El palco dejó de ser momentáneo para volverse permanente, como si el pueblo decidiera que aquello que era tan importante merecía quedarse para siempre. Y por él pasaron las mejores orquestas y grupos del momento, llenando las noches del Virto de música, de baile, de vida.
Para muchos, las fiestas de “la Magdalena” fueron mucho más que unos días de música y celebración. Fueron las primeras salidas sin la vigilancia de los padres, las primeras pandillas recorriendo las calles hasta altas horas, las primeras aventuras compartidas con amigos. Eran jornadas de libertad, de esa libertad sana y sencilla que solo un pueblo sabe ofrecer. Aquí aprendimos a disfrutar de la vida, a sentirnos seguros mientras explorábamos el mundo que se abría ante nosotros, a nuestra manera, y esa sensación permanece imborrable en la memoria de quienes tuvimos la suerte de vivir aquellos años.
Para los jóvenes de la época era tiempo de primeros amores. Miradas que se cruzaban entre la multitud, manos que se rozaban sin querer —o queriendo—, besos robados en rincones donde la música sonaba más lejana pero el corazón latía más fuerte. El campo del Virto se llenaba hasta no caber un alma más, porque aquellas eran, sin duda, las mejores fiestas del Bierzo.
Y cuando la orquesta terminaba… la noche no acababa. Solo cambiaba de escenario. Las bodegas se llenaban de jóvenes, de música, de risas, de canciones improvisadas. Madrugadas que llegaban sin avisar, sorprendiendo a todos entre historias, confidencias y promesas que, algunas, aún siguen vivas en el recuerdo.
Pero el tiempo, siempre imparable, trajo nuevos caminos. Los grandes camiones, los nuevos montajes, hicieron difícil el acceso al Virto. Y así nació el nuevo recinto ferial, adaptado a nuestro tiempo, a otra forma de celebrar.
Y, sin embargo… algo permanece.
Quizá por eso, cuando recordamos aquellas fiestas, no solo recordamos las orquestas, las atracciones o los bailes. Recordamos una forma de vivir. Un tiempo en el que la felicidad parecía más sencilla y en el que todo el pueblo se convertía en una gran familia. Porque crecer en Villadepalos significaba crecer rodeado de afecto, de confianza y de una libertad que hoy se recuerda con una mezcla de nostalgia y gratitud. Esa ha sido siempre una de las mayores riquezas de nuestro pueblo.
Porque las fiestas de Villadepalos no son solo un lugar, ni un palco, ni una época. Son las personas. Son los recuerdos que se transmiten sin palabras. Son esa emoción que vuelve cada año, aunque sean diferentes.
Siguen siendo grandes fiestas.
Siguen siendo nuestras.
Y, sobre todo, siguen siendo inolvidables, por eso queremos invitaros a compartirlas con todos.
FELICES FIESTAS DE SANTA MARIA MAGDALENA 2026

Tito Gago.
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Un bello y sentido sentimiento de lo que fueron, son y serán las fiestas de la Magdalena. Gracias Tito.