La Memoria furtiva- Capitulo 6
Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”–
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
La Memoria furtiva- Capitulo 4 – Día Mundial del Alzheimer 2015
La Memoria furtiva- Capitulo 5
—————lo podría hacer yo mismo u otra persona que tuviera mas fuerza que tú y para ello era imprescindible estar en tu presencia de forma permanente, segundo a segundo.
El caso es que mientras mamá vivió, el problema no fue tan grave debido a que tú le obedecías de forma mimética y por tanto eras medianamente controlable, sin necesidad inmediata de nuestra intervención, pero éramos muy conscientes de que, en caso que ella desapareciera, el problema se presentaría con toda la crudeza.
Durante el año siguiente las personas conocidas, con las que os encontrabais, en los paseos diarios por la calle, se interesaban por vosotros y ella les explicaba dando detalles mientras que tú, allí presente, parecías ausente y falto de interés por la conversación que mamá mantenía con ellos.
_El pié, el pié.
_¿Qué te ocurre en el pié, te hace daño el zapato o el callo ha vuelto a crecer?
_Si, el zapato, el zapato, el zapato.
_Espera, siéntate otra vez, levanta el pié. ¡Vaya! tienes una piedra dentro, bueno ya está, ahora te lo pongo de nuevo.
Mientras le colocaba de nuevo el zapato, José miraba a su hijo y repetía como un eco.
_Si, de nuevo, de nuevo.
Manuel veía como su padre perdía de nuevo la concentración, ya no atendía a nada de lo que le contaba y continuamente intentaba levantarse sin conseguirlo porque la falta de fuerza en sus brazos no se lo permitía y continuamente repetía la misma frase.
_Vamos a buscar a mamá, vamos, vamos, que nos espera, vamos…
_Veo que estás cansado de oírme, vamos a caminar un poco y después entramos en el comedor que se acerca la hora de la comida. Mañana volveré para seguir con nuestra historia.
_Si, mañana historia, mañana… si.
_¿Porque te tocas, quieres ir al servicio?
_Si.
_Vamos, vamos, poco a poco.
_Sí, vamos ¡Me cago en Dios!
_Calma, calma, ya vamos, estamos cerca y no hace falta que te cagues en Dios.
Manuel, mirando a su alrededor, se dirigió a Erica avisándole de que José necesitaba ir al servicio.
_Déme la mano José, que yo le llevo _y lo llevó hasta los servicios a cuya puerta esperaba Laura, otra de las cuidadoras del centro_ Laura ¿Se puede entrar en este servicio?
-Espera, espera, no entres que dentro está la señora Rosser que, otra vez, le ha dado por jugar con el dedito. Cuando hace eso yo me quedo fuera y espero a que me llame cuando haya terminado. Si no puede esperar tienes que llevarlo a los servicios de arriba.
_Vamos al otro servicio, José.
_Adiós papá, me voy que ya veo que tienes para rato.
_Vamos José _Dijo Erica llevando a José hacia el ascensor_
Manuel sintió curiosidad por la actitud de la señora Rosser, no era una curiosidad morbosa sino la necesidad que tenía de saber todo lo posible sobre el comportamiento de las personas cuando están presas del alzheimer u otra demencia que acabe devastando su cuerpo.
_Laura, eso que le pasa a la señora Rossér ¿Es frecuente?
_No muy frecuente pero ocurre y ocurre por igual en mujeres y hombres. No les importa que permanezcamos dentro con ellos pero a mí me da mucho apuro y por eso la dejo sola, prefiero esperar a que termine y entrar cuando me llame.
_Será que al faltar la razón, el instinto sigue funcionando descontrolado. Nunca hubiera imaginado que esto ocurría.
_Pues ocurre y como le decía…
_¡Ya! ¡Ya está! _Gritó la señora Rosser desde dentro del servicio, indicando que ya había terminado_.
_Ya voy Roseé, ya voy, tranquila que…
_Adiós Laura, hasta mañana _Se despidió Manuel a la vez que se dirigía a la puerta de salida de la residencia_
Y Laura entró de nuevo en el servicio donde estaba Rossé completamente tranquila y con actitud mucho mas amable que cuando entró.
Manuel miraba a la calle a través de la ventanilla del autobús que le llevaba hasta su casa. Tenía el pensamiento ocupado en la situación que había vivido esa misma tarde, unos minutos antes de salir de la residencia. Pensaba en el comportamiento de la señora Rossér y en que, tal como le dijo Laura, era un comportamiento que se repetía con cierta frecuencia en todas las residencias de ancianos donde la decrepitud no solo era física sino también mental y donde los instintos permanecen aunque la razón no los controle y donde se muestran con toda naturalidad, sin maldad, sin segundas intenciones, sin disimulos , tal como se muestran en el reino animal racional o irracional, tal como fuimos en el principio de los tiempos.
IV
Tal como venía haciendo los últimos días, Manuel se dirigía a la residencia de ancianos para continuar con la dilatada sesión de recuerdos y vivencias con su padre. Estaba situado junto a una de las ventanas del autobús, miraba a la calle con la vista perdida y con el pensamiento en lo ocurrido unos días antes, cuando perdió la memoria y el sentido de la orientación. Estuvo largo tiempo sin saber volver a su casa hasta que se quedó paralizado dentro de su coche ante aquel semáforo donde recibió ayuda de la policía. Ahora sospechaba que tenía muchas probabilidades de padecer el mismo mal que padecía su padre.
En estos pensamientos estaba absorto, cuando el autobús llegaba a la parada donde, cada día, se apeaba para dirigirse a la residencia. Ya dentro se acercó a la mesa del comedor donde estaba José sentado frente al desayuno. Desde una distancia prudencial, Manuel observaba a su padre como intentaba meter una cucharada de leche en la boca consiguiéndolo solo a medias ya que gran parte de todo lo que tenía en el plato y en la taza terminaría repartido entre la camisa, el pantalón y el suelo si las cuidadoras no estuvieran pendientes de él.
_Buenos días papá, veo que tienes apetito ¿Te encuentras bien?
José estaba inquieto y al ver a su hijo, dio por terminado el desayuno. En realidad su inquietud era casi continua desde que su hijo decidió estar con él todos los días de sus vacaciones durante una o dos horas para hablar de todo lo que recordaban los dos y que él hubiera deseado contar alguna vez sin conseguir que nadie le escuchara. Esas horas, en las que José estaba acompañado escuchando y hablando aunque fuera a su manera, le revitalizaban y endulzaban su actitud hacia los demás y cuando, por las mañanas, se despertaba lo primero que hacía era preguntar a las cuidadoras si había venido Manuel.
_Me levanto, vamos.
_Espera, termina el desayuno, termina que no hay prisa alguna.
_Termino, termino, vamos.
_Vale, vale, vamos que así pasearemos hasta llegar a las moreras, bajamos por la rampa y nos sentamos a la sombra ¿Te parece bien?
_Yo solo, yo solo, ya voy yo solo.
_Estás muy animado, me alegra verte así. Siéntate con cuidado, con cuidado. Tienes mucha saliva, coge el pañuelo y límpiate la boca.
_Sí, habla, habla, cuenta.
_¡Vaya! Veo que te gusta hablar de los tiempos pasados.
_Sí, habla, habla.
_De acuerdo papá, ayer hablábamos de las personas con las que os cruzabais en los paseos diarios y a las que mamá, contestando a sus preguntas y les explicaba los problemas que causaba la enfermedad de alzheimer. Después del relato de mamá, todos le daban consejos y se lamentaban de vuestra desgracia para después seguir, cada uno, con su camino.
El interés, que los vecinos y amigos habían mostrado, era siempre agradecido por mamá pero ella sabía muy bien que era un interés muy distante para entender el alcance del problema. Mamá fue siempre una persona muy concreta y con el sentido de su vida firmemente asentado, ella comprendía y agradecía a todos los que se interesaban por la salud de los dos pero era muy consciente de que aquellos que conviven con personas que disponen de buena salud y a las que los años y la enfermedad no han hecho estragos, como ocurría con vosotros dos, tienen muy difícil hacerse una idea de la magnitud del drama que soportan los ancianos enfermos.
Las personas ajenas a la familia e incluso familiares, que no están en contacto directo con los que padecen, pretenden de buena fe mostrar comprensión y compartir el dolor que nos aflige, pero ella sabía que la realidad es muy diferente y sin embargo agradecía el encuentro con los demás aunque solo fuera por conversar un momento. Recibir ánimo y estímulo, saber que existen otras personas para los que somos importantes es una gran ayuda para proseguir el día a día.
Llegó un tiempo en que mamá…
_Si, mamá, mamá está… está…
_¿Dónde está mamá, donde? Dímelo tú porque yo no la veo.
_Ahí está ahí… mamá…
_No importa las veces que yo te diga que mamá ya murió, tú no lo admitirás nunca ¿Verdad? Bien, escucha que sigo explicándote: Mamá tenía las crisis del corazón con mucha frecuencia y no pasaba una semana sin que una ambulancia la recogiese en casa para trasladarla al hospital de forma urgente. Allí, en el hospital, ella permanecía uno, dos o más días hasta que los doctores estabilizaban su situación y después regresaba a casa de nuevo. Durante todo el tiempo que ella estaba en el hospital, tú permanecías allí, unas veces a su lado en la misma habitación y otras en la sala de espera, paseando de un lado para otro, sentándote a veces para volver a pasear un rato después y así pasabas las horas hasta llegada la noche, momento en que eras recogido por mí o cualquier otro de la familia, para llevarte a casa.
Cuando ocurrían estas urgencias, tú te encargabas de las llamadas por teléfono, primero al servicio de ambulancias y después a casa de tus hijos. Esto era un indicio de que cuando existía un problema mayor, como era el caso de llamar a una ambulancia, tú actuabas correctamente como si el alzheimer no existiera pero cuando ella tenía períodos tranquilos y los síntomas de su enfermedad no se hacían presentes, tú estabas más relajado y ello hacía que los despistes y olvidos hicieran presencia mas frecuentemente y ello volvía a desestabilizar el estado de salud de mamá debido al desasosiego que tus reacciones y tu proceder le causaban. De todo esto, tú no eras culpable, sí eras el causante pero no el culpable porque tu actitud era claramente el síntoma de tu enfermedad; enfermedad que te había atrapado de forma inmisericorde, enfermedad que roba tu memoria poco a poco, sin aviso alguno, sin hacerse notar y sin causar dolor hasta que alguien cercano a ti se da cuenta de la rareza de tus actos y prepara la visita al doctor para un primer diagnóstico y…
_Hola otra vez, señor José. Tiene que tomar estas dos pastillas.
Manuel encontró la interrupción de Érica como un respiro y se apartó para que ella le introdujera los medicamentos en la boca.
_¡No!, ahora no, ahora no… habla tú, tú… habla…
_Sí, sí, seguimos hablando después, ahora haz caso a Érica y toma las pastillas.
_Dame, dame, las tomo, las tomo, sí… eh… aquí… limpia… eh…
_¡Espera un momento! vamos a ver, levanta la cabeza que te limpio la saliva, un poco más, ahora ya está. Toma las pastillas y ponlas en la boca, así está bien, ahora el agua, toma el vaso y bebe agua, yo te ayudo, poco a poco, así está bien.
_¡Muy bien, José! Ahora ya no hay más pastillas hasta la noche.
_Tú sigue, habla de… de… habla, habla, si…
_Sigo, sigo hablando, yo nunca imaginé que te gustara tanto hablar de nuestra vida pasada pero veo que te interesa mucho así que continuo: Papá, disculpa que te haga saber esto pero he de decirte que, algunas veces, ella te miró con odio y con desesperación, yo pude observarlo e incluso comprenderlo y no porque tú hayas sido una mala persona o le hubieras infringido mal trato o daño alguno a ella o a cualquier otra persona, no, tú nunca hiciste mal a nadie. Tú fuiste siempre un hombre muy amable, trabajador y de entrega total a los demás, primero con tus hermanos pequeños, al regresar de la guerra civil y después con toda tu familia, día tras día y sin merma en el empeño de ayudar; ella no odiaba la persona que tú eras sino el cambio que había sufrido aquél que fue todo vigor, bondad y amabilidad, ella odiaba la decrepitud que existe en tu mente y que veía reflejada en tu rostro, en el rostro del compañero al que siempre ha visto cara a cara pero que nunca observó, junto al suyo, reflejados los dos en un espejo, al mismo tiempo.
Ella era muy consciente de que su presencia en este mundo llegaba a su fin, sí, era muy consciente de que ya quedaba poco tiempo y presentía un panorama duro para ti.
Habló con los hijos cada vez que tuvo ocasión, nos indicó donde estaban todos los documentos de interés para la familia, especialmente la escritura de la vivienda el testamento en el que os otorgabais el uno al otro vuestras pertenencias y las cuentas de ahorro en las que había puesto el nombre de los hijos además de los vuestros. No dejó nada al azar incluso la promesa, por nuestra parte, de hacernos cargo de ti sin que te faltara cosa alguna que necesitaras en el futuro.
Mamá fue siempre muy pragmática, tú lo sabes bien aunque ahora no puedas recordarlo. Ella procuraba prever las situaciones a las que era necesario hacer frente, estaba siempre pendiente de la buena fama de la familia, no podía soportar que familiar cercano alguno hubiera dado motivos de queja para con los vecinos. Por otro lado, gustaba de hablar y relatar la historia de la familia, la historia que ella había vivido y en especial todo lo que recordaba de su niñez y juventud que habían transcurrido durante la guerra civil y también en la posguerra, tan larga y tan cruel.
Me gustaba escucharla cuando algunas veces nos explicaba las cosas de su vida, especialmente las vivencias de los años en que, durante su niñez, estuvo en un convento de monjas con otras niñas de su misma edad, era la forma en que algunos niños podían comer algo y no morir de hambre. En España eran tiempos de hambre y posguerra y aquella situación permitía a la iglesia el reclutamiento de niños en edad temprana a los que domeñaban a base de aterrorizarlos con el castigo divino, amenazarlos con la Biblia y con un dios tan vengativo que, más que hablar de dios, parecía que hablaban del jefe de una bandería. Yo mismo que, como tú sabes papá, nací en el año 1949 pude comprobar, entre los ocho y quince años de edad, que seguían aterrorizando a los niños como si el tiempo no hubiera pasado, especialmente aquellos misioneros que, durante una semana continuada e interminable, machacaban nuestras mentes con un sadismo tal que dudo yo que lucifer pudiera premiarlos con el infierno.
Supimos también, a través de ella, de cómo algunas monjas, obsequiaban con una pastilla de chocolate y media pastilla de jabón a las niñas de mas edad, a las mayores, a las que llevaban a sus celdas y una vez allí permanecían con ellas hasta que las dejaban salir con la angustia reflejada en la cara y avergonzadas hasta lo indecible porque sabían que al día siguiente podían ser obligadas a prestar, otra vez, los servicios sexuales a aquellas depravadas servidoras de Dios, servicios que pagaban con una bendición, una pastilla de jabón y otra de chocolate, chocolate que las niñas comían entre sollozos porque aquellas mentes infantiles estaban sembradas de infierno, rezos, miedo y sobretodo hambre. Supimos, además, de cómo otras niñas las miraban, mientras comían el chocolate, con el deseo de que al siguiente día fueran ellas las elegidas.
Como ves, papá, aquellas mentes, infantiles unas y adolescentes otras, se encontraban ante el dilema de elegir entre la dignidad con hambre o comida sin dignidad.
También nos explicó como ella fue devuelta a la casa de sus padres, expulsada, por protestar continuamente ante los abusos y malos tratos cometidos por las monjas, amparadas en la aberración de “quien bien te quiere te hará llorar”, aberración que ellas aplicaban religiosamente en especial a aquellas niñas que las monjas llamaban hijas del diablo Satanás. Las monjas les llamaban así, por el delito de ser hijas de los perdedores de la guerra civil. Aquel paso por el convento le hizo ver y comprender mas tarde, la verdad de aquella podredumbre. Comprobó, en carne propia, que la idea de dios, que podía ser un asidero y alivio para los temerosos de la muerte, se había convertido en excusa de torturadores espirituales ensañados con los más débiles.
Otras muchas historias nos contó ella y aunque ésta es la que recuerdo con más claridad, recuerdo otra en especial que ocurrió en la aldea de Pradela de la comarca del Bierzo, donde habían nacido ella y también todos sus hermanos, padres, abuelos y bisabuelos.
En plena guerra civil, aquel que años más tarde sería mi abuelo Manuel, tu suegro, fue llevado al cuartel para ser interrogado y en su ausencia, registraron la casa. El registro lo hicieron un pelotón de moros al mando de un oficial español. Después del registro se marcharon sin robar nada importante pero unos minutos mas tarde, un moro armado apareció por la casa donde quedaban la abuela Rosaura con cuatro hijas y un hijo.
Mamá, que entonces era una niña pequeña, se escondió en unos zarzales y observó todos los movimientos del moro. Vio como, al llegar cerca de la casa, se paseó por la era, luego miró en la parte baja de la casa, donde estaban las vacas y las ovejas. Durante un rato observó a su alrededor y acto seguido comenzó a caminar alejándose de la casa y cuando ella creyó que el moro se marchaba, él dio media vuelta y subió al corredor que rodeaba toda la casa en la parte superior destinada a vivienda. Anduvo por todo el corredor de un extremo al otro, mirando por las ventanas, hasta volver junto a la puerta de entrada a la vivienda. Estuvo un largo rato escuchando, con el oído pegado a la puerta, hasta que se decidió a empujarla; la abrió despacio y entró en la cocina que estaba justo detrás.
Mamá, desde su escondite en el zarzal, pudo oír los gritos de miedo que daban sus hermanas y su madre hasta que de repente se hizo un silencio tal que fue imposible oír cosa alguna desde el escondite en el que se encontraba ella y aquel silencio la asustó más si cabe. Nunca pudo recordar cuanto tiempo estuvo escondida en aquel zarzal completamente mojada pero solo salió de aquel lugar cuando vio que la abuela sacaba al moro, arrastrándolo por el suelo, tirando de los pies. Cuenta mamá que ella salió del escondite y corrió hacia casa reuniéndose con la abuela y las hermanas, que le contaban lo que había ocurrido dentro, entre lloros y miedo.
Haciendo un paréntesis, te diré papá que ya sé que tú conoces este relato porque los dos estábamos presentes cuando mamá y la Abuela Rosaura lo explicaban pero yo quiero recordarlo de nuevo por si el alzheimer lo ha borrado de tu memoria.
_Yo si me acuerdo de esto
_¿Qué es esto, papá?
_Esto que tú… Esto que tú… No sé.
_¿Quieres decir esto que te estoy diciendo de la abuela y de mamá? No puede ser, tú estabas en el ejército, te habían llevado a los diez y ocho años. No puedes recordarlo.
_La madre… lo dijo… me acuerdo, si me acuerdo.
_¿Quieres decir que recuerdas cuando la abuela lo contaba, es eso?
_Sí, la madre, siii… eh… Es eso, sí.
_Ya veo que recuerdas algunas cosas pero, por si no te acuerdas de todas, te lo seguiré recordando yo ¿Te parece bien?
_Sí, bien, sí, sí…
_Vale, escucha que continúo: Ocurrió que cuando el moro quiso abusar de una de las hijas, la abuela corrió hacia la pared donde estaban colocadas las herramientas y los aperos de labranza manuales, levantó una hoz con la mano izquierda y dio tal golpe en la cabeza del moro que éste murió al instante. Cayó tendido en el suelo, los gritos se acallaron y el espanto, que les invadió a todas, las dejó paralizadas hasta que reaccionaron al ver a la madre que, tragándose el miedo, lo cogió por los pies y comenzó a arrastrarlo hacia la puerta.
La abuela lo sacó afuera y entre todas lo llevaron hasta una huerta que lindaba con la casa y allá, entre las hierbas mas altas, la abuela Rosaura cavó una fosa con todas sus fuerzas, ante la mirada de sus hijas, también estaba mamá que había salido de su escondite y allí enterraron al moro boca abajo. ¿Recuerdas, papa, como se reía la abuela cuando decía boca abajo? A los dos días del suceso pasó el grupo de moros, al mando de otro oficial español, buscando al moro desaparecido pero no lo encontraron.
Cuando mamá terminaba el relato, la abuela Rosaura que estaba sentada en una silla con los pies en el horno de la cocina de carbón, nos miraba y remataba la historia.
<<El oficial sí lo encontró, se dio cuenta de la tierra recién cavada pero no dijo nada y se llevó a los moros de allí para que siguieran buscando por el monte arriba>>.
Yo estaba entusiasmado con la historia que acababa de escuchar y le pregunté.
<<Abuela ¿Qué dijo el abuelo cuando volvió?>>
Entonces la abuela seguía con el relato, le gustaba que le preguntáramos porque así nos tenía a todos reunidos y callados esperando a que ella hablara.
<<El abuelo volvió al cabo de dos días, de noche, todo golpeado, traía los dedos de los pies destrozados por los culatazos que le habían dado. Extenuado y tiritando de frío se sentó en el escaño, al lado del fuego. Yo le coloqué una manta en la espalda y calenté una taza de caldo que le puse en las manos. Luego preparé unos trapos limpios para curarle las heridas y solo entonces comenzó a hablar. No dijo nada de lo que le habían hecho mientras estuvo detenido pero habló de muchas otras cosas, habló con las hijas que se habían levantado de la cama al oír el ruido y cuando le contamos lo ocurrido se recostó en el escaño y se quedó dormido. Todos fuimos a la cama pero él se quedó tapado con una manta y con el fuego encendido en la “laréira” _En este punto los ojos de la abuela comenzaban a brillar e interrumpía el relato por unos segundos, luego sacaba un pañuelo del bolsillo y después de sonarse los mocos continuaba_ Por la mañana, muy temprano, yo me levanté al oír un ruido en la cuadra del ganado y salí al corredor. Allí debajo, junto a la puerta de las cuadras, estaba el abuelo con las vacas tirando del carro, que él había cargado de estiércol, hacia la huerta. Cuando llegó al punto donde estaba enterrado el moro lo volcó encima y todo el estiércol cubrió la superficie de aquella tumba que era el resultado final de la desesperación y el miedo como si de un ancestral rito celta se tratara. Desde entonces, aquella huerta quedó como almacén de estiércol, paja y leña. Nunca más se utilizó para cultivo>>.
<<Abuela ¿Los demás vecinos no dijeron nada>> _Le pregunté yo_
<<No, creo que no se enteraron de lo sucedido pero si lo sabían no dijeron nada, al fin y al cabo ellos también lo pasaron mal porque los moros entraron a robar en sus casas>>
_Pasaron mucho miedo _Dijo José con una claridad de habla que hacía mucho tiempo que no tenía_
_¿Recuerdas esta historia, papá?
_Sí, ahora sí recuerdo, ahora… si… ahora, ahora… si…
_Bien, pues este carácter que se forjó en mamá hizo que, cincuenta años después, mientras tú seguías cada vez más perdido en tu universo de memoria resquebrajada, ella preparaba la economía que os permitiría llegar, hasta el final de los días, con dignidad. Estaba obsesionada con tener siempre las necesidades bien cubiertas pero sin derrochar un céntimo.
_Allí, está allí, sí.
_Papá ¿Recuerdas algo más de lo que te he contado?
_Si, el…, el…, sigue allí…ehh, ehh, allí, ehh…
_Calma, calma, espera, estate quieto que te recojo la saliva, espera un momento, espera, ya está, tranquilo, ya está ¿Qué quieres decirme?
_El moro… allí… allí…
_¿Quieres decir que el moro aún está allí donde lo enterró la abuela?
_El sol, si… el sol, si.
_ Ponte al otro lado del banco y te dará la sombra, a ver, levántate un poco y muévete hacia allí, así está bien. Dime, ¿Aún está allí el mor…?
_Si está, allí está… está… sí…
_¡Vaya! supongo que los huesos enterrados aguantan mucho tiempo, solo hay que ver los dinosaurios que descubren después de millones de años. Bueno, papá, lo dejamos por hoy. Voy a recoger la ropa sucia de tu habitación y la llevaré a lavar. Mañana, si estás despejado como hoy, continuamos
Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”–
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
La Memoria furtiva- Capitulo 4 – Día Mundial del Alzheimer 2015
La Memoria furtiva- Capitulo 5
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