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La Memoria furtiva- Capitulo 8

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La Memoria furtiva- Capitulo 8
Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
La Memoria furtiva- Capitulo 4 – Día Mundial del Alzheimer 2015
La Memoria furtiva- Capitulo 5
La Memoria furtiva- Capitulo 6
La Memoria furtiva- Capitulo 7

 

<<Bien papá, no te preocupes que te acordaras mas tarde y entonces me lo explicarás todo. Ahora volvamos que es tarde y nos esperan para cenar>>.

Dejábamos la que había sido tu vivienda durante más de treinta años y caminamos por la avenida abajo en dirección a mi casa. Por el camino nos encontramos con tus vecinos que te saludaban y con los que hablábamos unos instantes. Aquellos encuentros te alegraban y te sacaban de tu pesar por algún tiempo; aquellos encuentros eran como una lotería porque algunas veces reconocías a las personas y otras veces no. Otras veces ibas a buscar y saludabas a quien antes no habías reconocido.

Sin duda el recuerdo que los demás tienen de uno y el saberse apreciado por ellos es un gran remedio que ayuda a luchar contra la angustia y el desánimo de las personas que han recibido un duro golpe emocional, todo lo contrario de lo que ocurre con el olvido y la indiferencia que acaban por hundir y destrozar las mentes mas sólidas, victimas de la desesperanza.

Sepas papá que, al principio y a pesar de todo nuestro empeño, no siempre teníamos claro lo que debíamos hacer contigo. Tú salud empeoraba cada día que pasaba y a cada cambio teníamos que reaccionar según nos dictaba nuestra conciencia y los consejos que buscábamos en los médicos pero, nunca estuvimos seguros de hacer lo que mas convenía para ti.

Has de saber, también, que en los días siguientes a la muerte de mamá, concertamos una reunión entre los tres hermanos para decidir el procedimiento a seguir para contigo. No fue difícil llegar a un acuerdo, todos queríamos que tú, nuestro padre, estuvieras lo mejor cuidado posible y ahora que nos necesitabas era el momento de dar respuesta a tus necesidades. Concretamos que cada uno se ocuparía de todo lo concerniente a ti durante tres meses seguidos. Consideramos que los tres meses era un buen número por dos razones, una porque nuestras familias se verían afectadas durante un tiempo que consideramos “soportable” y otra era que el cambio de turno nunca coincidiría en los mismos meses durante el año. Tú continuaste viviendo en mi casa los siguientes meses.

_¿Recuerdas aquella chica que te acompañó tantos días durante los paseos que hacías por las calles del barrio de Horta, donde vivíamos?

_No, no recuerdo nada, no recuerdo.

_No te preocupes, son muchas las cosas que no recuerdas, pero aquella chica, que se llamaba Yolanda, te acompañó durante más de tres meses y yo pensaba que podrías recordarla.

_No la recuerdo, no.

_Bien, ya sé que no puedes recordarla pero has de saber que, durante el mes siguiente a la muerte de mamá, decidimos contratar a una chica de compañía para media jornada diaria, por la tarde, para que vigilara tus actos y te hiciera compañía. Esta era la solución que nos podíamos permitir para que tú pudieras salir a la calle a caminar y hacer que las horas inactivas no se hicieran, para ti, tan largas e insoportables; habías tenido tanta actividad durante toda tu vida que, ahora que te habías quedado sin objetivos, el tiempo muerto te desesperaba y acababas sintiéndote como un animal enjaulado, y las salidas a pasear, acompañado, era una forma de mantenerte ocupado la mayor parte del día.

En el tiempo que Yolanda te cuidaba, como te dije antes así se llamaba aquella muchacha joven, tú dabas grandes paseos por el barrio cuyas calles conocías perfectamente y también te acompañaba hasta tu casa para apaciguar tu continua necesidad, casi obsesión, de volver. Cuando entrabas te metías en el dormitorio y mirabas papeles que tenías en los cajones de la mesilla de noche, mirabas si un sobre con dinero, que habías guardado allí, seguía en su sitio y revisabas la ropa que estaba colocada en los armarios, luego entrabas en la cocina e intentabas encender el fuego pero al no conseguirlo (yo lo había bloqueado el primer día que intentaste encenderlo) desistías y te quedabas mirando sin punto fijo; después salías y estabas durante unos minutos paseando por el pasillo para, a continuación, volver a la habitación y abrías otra vez los cajones de la mesilla de noche; volvías a comprobar que el dinero que tenías allí (mil doscientas pesetas antes, ahora serían poco más de siete euros) seguía en su sitio. Mientras tanto, la chica permanecía observándote hasta que decidías marchar.

_ Um… ¿¡!?… um…

José no escuchaba lo que hablaba su hijo porque se había quedado adormilado. Manuel observaba como apenas aguantaba la cabeza erguida y se inclinaba hacia delante encorvando, aún más, su espalda y se arrimó a él para erguirlo un poco sobre sí y evitar que acabara cayendo al suelo.

_¿Me escuchas papá? veo que te has dormido pero no importa, seguiré hablando como si me escucharas _Dijo Manuel que continuo hablando a su padre sabiendo que no podía oírle_

_Sí, sí, escucho, escucho…

_¿Sabes de que te hablaba?

_No… No… Umm, no sé.

_Te hablaba de cuando Yolanda te acompañaba a casa, poco tiempo después de morir mamá. Todas las veces que entrabas en tu casa, siempre acompañado por la chica de compañía, te empeñabas en encender el fuego de la cocina y hacer la comida. Eso que en principio creíamos que era bueno para ti resultó muy contraproducente, cada vez que entrabas en tu casa le decías, a la chica que te faltaban cosas, que te habían robado el dinero y querías ir al banco donde tenías tu cuenta de ahorro para ver tu dinero.

Cuando llegabais a mi casa, de regreso del paseo, tú te quedabas mirando los muebles del salón, te ponías muy serio y me preguntabas.

<<¿Porqué me has cogido estas maderas que yo tenia para cercar el huerto de las lechugas? Me estas robando todo y me dejas sin nada>>.

Estaba claro que tan solo unas semanas después de la muerte de mamá, tu estado era peor cada día que pasaba. Yo intentaba sacarte del error y te explicaba que aquello no eran tus maderas y que no había ningún huerto de lechugas pero ello era completamente inútil, tú insistías hasta que inesperadamente cambiabas de idea y recobrabas una conversación normal como si la conversación anterior no hubiera existido, como si estuvieras completamente sano; es por esa razón que con el paso de los días yo fui cambiando mi obsesión por convencerte del error de tus exigencias ya que pude comprender que en tu conciencia tú tenías razón aunque la realidad era muy distinta.

Aprendí que el uso del enfado o de la violencia solo daba resultados negativos, aprendí que era suficiente que yo, en mi desesperación, alzara la voz mas de lo normal para que las cosas empeoraran por momentos. También te diré que, aquella vez que yo no te permitía salir solo, debido a que la chica de compañía se había retrasado, fue por tu bien. Protestaste tanto y te enfadaste de tal forma que acabaste tirando al suelo un jarrón florero que se rompió, esparciendo la tierra y flores por el piso; entonces yo, muy enfadado, te cogí por los brazos y te zarandeé gritando, te asustaste tanto que me diste un golpe en la cara e intentaste morderme. Fue tal la desesperación y el estado de nervios, por mí alcanzado, que me sentí obligado a defenderme de ti. Estaba claro que mi aprendizaje para tratar contigo no había terminado ni terminaría hasta pasar mucho tiempo más.

A estos problemas se añadían otros, diferentes e imprevisibles, cada día. Hubo uno que recuerdo especialmente y que me sorprendió por inesperado; cuando ocurrió fue preocupante pero ahora que lo recuerdo, pasado el tiempo, no puedo evitar el reírme. Tú sabes que tu vivienda formaba parte de una comunidad de vecinos en un edificio de cuatro plantas; todos los vecinos eran conocedores del problema de alzheimer que padecías. Un día vieron a través de una de las ventanas que tú estabas en la cocina, me llamaron por teléfono explicando que estaban muy preocupados porque tú estabas solo en casa y tenían miedo de que causaras una explosión con el gas.

Yo les expliqué que no debían preocuparse pero como no conseguía convencerlos, saqué el coche del garaje para llegar mas rápido, recorrí las calles y busqué aparcamiento para después correr hasta llegar a tu casa. Cuando llegué a la entrada del edificio encontré a todos los vecinos agrupados en un corro. Discutían y hablaban de los peligros inmediatamente venideros. Cuando yo aparecí en la entrada, se dirigieron hacia mí todos a una, sus rostros estaban desencajados y con expresión de espanto total, todos hablaban a la vez y era imposible entenderlos aunque viendo sus caras parecía que estaban en presencia del diablo. Cuando se calmaron, el presidente de la comunidad se dirigió a mí.

<<Pero hombre, ¿Como dejas a tu padre solo, no ves que puede causar una catástrofe con el gas?>>

Antes de que yo pudiera contestarles, observé que tú bajabas por la escalera, ibas precedido de Yolanda y completamente ajeno al espanto de los vecinos. Como los reconocías, te acercaste a ellos, les saludabas y hablabas con todos sin que ellos pudieran articular palabra alguna para responder. Sin duda todas las situaciones trágicas tienen su momento cómico y aquella era una de ellas. Les aseguré que tú nunca te movías de casa si no ibas acompañado por otra persona y que en cualquier caso las llaves de la entrada no las tenías tú sino la chica. Invité al presidente de la comunidad a entrar a la vivienda para que viera que la llave del gas estaba bloqueada y que no era posible su apertura y lo mismo ocurría con el agua. A la semana siguiente dimos de baja el suministro y el problema quedó solucionado definitivamente.

Una vez que fui consciente de que la dimensión del problema se agravaba aún más, convocamos una nueva reunión entre los hermanos para hablar en serio de ello y para tomar medidas especiales debido a que la enfermedad estaba en un punto cada vez menos tolerable.

Comenzamos la búsqueda frenética de información sobre la enfermedad. En el ayuntamiento nos dieron la dirección de la asociación de afectados por alzheimer a la que acudimos por ver si encontrábamos ayuda. Allí nos entregaron un folleto informativo de las actividades y de la forma de funcionar así como de la conveniencia de hacernos socios para colaborar con todos los afectados. Me aconsejaron que buscase y tomase contacto con otras personas o grupos que estén afectados por este problema.

Te acompañamos al despacho de la doctora de cabecera para obtener un volante de visita para el especialista en alzheimer y también para el neurólogo. Pude averiguar que esta enfermedad tiene un período de siete a veinte años desde que se diagnostica hasta que termina matando a la persona que la padece.

Es necesario tener una mente bien preparada por parte de los familiares de una persona afectada por alzheimer pues no solo está afectada la memoria sino que como consecuencia de ello queda afectado todo el organismo, cada parte del cuerpo está regida por órdenes recibidas desde el cerebro y estas órdenes están contenidas en la memoria que cada día se deteriora más y más. Es por eso que, cuando intentas hablar de cosas que conoces bien, no puedes expresarte y ello aumenta tu desesperación y tu enfado para acabar derrotado por el silencio.

El comportamiento, en muchos casos, era tan insidioso que cuando observaba tus actos solo podía sentir rabia y desesperación hacia ti, intentaba hacerte razonar, te zarandeaba cogido por el brazo, te explicaba las cosas gritándote y cuando mas irritado estaba contigo me daba cuenta de que estabas completamente asustado, que no eras consciente de tu enfermedad, que no entendías el motivo por el que yo estaba enfadado contigo y me preguntabas porqué te gritaba. ¿Me escuchas papá, escuchas lo que te digo? hace un rato estabas dormido.

_Sí escucho, si.

_Hace mucho rato que te estoy hablando y no dices nada ¿Estás cansado? si quieres lo dejamos para otro día ¿Qué te parece?

_Sigue, yo no… no… cansado no… Sigue, sigue.

_Muy bien, veo que hoy estás muy bien y algunos momentos escuchas con mucha atención. Bueno, siguiendo con lo que te decía antes, fue entonces cuando comprendí que el problema era que estabas enfermo de alzheimer y no sordo, que sufres mas que yo mismo cuando intentas explicármelo y no recuerdas las palabras para poder expresarte y si por casualidad, en ese momento recuperas la memoria puedo ver que sufres y te desesperas mas que yo.

A los familiares directos no nos quedará más opción que asumir la realidad por completo, procurar repartir la responsabilidad de tu cuidado entre toda la familia directamente ligada a ti y de esa forma conseguir que nuestra independencia y la convivencia con nuestra familia se vea afectada solo en lo mínimo posible.

Has de saber, también, que aquella vez que intentamos que pasaras unas horas al día en una residencia cercana a nuestra casa, fue para que estuvieras en compañía de otras personas de tu edad, algunos incluso eran vecinos tuyos. Tú no lo aceptaste a pesar de mi intento por convencerte. Yo creo que no lo aceptaste porque aún estaba reciente la muerte de mamá y porque tu enfermedad te hacía muy desconfiado y temeroso de que nosotros, tus hijos, quisiéramos deshacernos de ti. No quedó más remedio que continuar en la misma situación.

Cuando se acabó el plazo de los tres meses en los que yo estuve al cargo de ti, pasaste a vivir con el otro hijo, cuya vivienda no estaba lejos de la mía, tu comportamiento no difirió mucho y pasaron problemas similares, seguías acordándote de tu casa, de tu dinero, de lo que te roban los demás, etc. etc.

Pasaron los tres meses siguientes y llegó el día en que tú tenías que ir a vivir en casa de otro de los hijos. Tu estancia allí fue más problemática debido a que el cambio de ambiente y de costumbres era muy perjudicial para ti. Durante este tiempo, el deseo de regresar a tu casa seguía presente en tu iniciativa diaria pero así como antes ibas algunas veces porque vivías en mi casa que estaba cerca de la tuya, ahora estabas a veinticinco kilómetros y ello no era posible. ¿Recuerdas que en una ocasión saliste a la terraza y trepaste hasta el tejado del edificio para poder marchar? Mientras tanto él te buscaba por las habitaciones de la vivienda y al no encontrarte salio a la terraza y desde allí pudo verte encaramado en el tejado y completamente asustado, sin saber que hacer.

Esta situación se resolvió con la ayuda de la policía que consiguió bajarte del tejado sin que sufrieras daño alguno. Como el problema se agravaba decidimos, previa consulta con el doctor, que lo mejor era que estuvieras siempre en el mismo sitio y rodeado de las mismas personas que supieran cuidar de ti y eso solo podía ser estando en una residencia donde hay gente experta en el trato con las personas mayores y especialmente si hay problemas añadidos como era tu caso debido al alzheimer.

Esa fue la razón por la que buscamos una plaza en el pueblo de Rubí. Encontramos una en la que podías estar todo el día pero no tenías habitación libre para dormir y era imprescindible recogerte por la noche y llevarte a casa para después volver por la mañana.

Seguramente tu no te diste cuenta pero yo he comprobado que el hecho de seguir la misma rutina durante los tres meses que duró tu estancia en la residencia de Rubí fue, si no beneficioso, sí menos perjudicial para ti. Nosotros observamos que tu ánimo era más estable y en la relación con los demás residentes estabas más animado.

De todas formas tus crisis violentas surgían cada cierto tiempo y era necesario medicarte para mantenerte mas calmado y ello hacía que pasaras algunos días muy decaído ya que tu cuerpo estaba sedado pero tu mente no y eso te provocaba una situación igual a la que tenemos en los sueños en los que deseamos escapar de algo y las piernas no nos responden.

No siempre estabas con la memoria perdida, algunas veces tenías momentos lúcidos, momentos que yo aprovechaba para hacerte preguntas y enterarme de lo que te pasaba según las situaciones del momento y eso me permitía deducir tu estado, cuando estabas mal y no me lo podías explicar.

Como te decía, tu estado y tu actitud mejoró apreciablemente durante tu estancia en la residencia pero, el hecho de que cada tres meses tuviéramos que hacer el cambio de responsable presentaba un nuevo problema.

Al terminar el plazo de tres meses debido a que yo tenía que ir cada día a llevarte desde Barcelona a Rubí y recogerte por la noche, para volver a Barcelona, ello suponía casi sesenta kilómetros de distancia a recorrer diariamente en coche lo que supondría un cambio más en tus costumbres, cambio añadido al que ya supone el cambio de familia.

En una nueva reunión, los tres hermanos decidimos que era necesario encontrar una residencia donde pudieras estar con todos los servicios completos y especialmente que tuvieras tu alojamiento, en la residencia, para dormir por las noches sin necesidad de sufrir nuevos cambios. Acordamos que lo mas importante era encontrar un lugar definitivo, con todas las condiciones necesarias, para que no nos encontráramos en la necesidad de volver a hacer nuevos cambios.

Pasaron más de seis meses desde el día que murió mamá y ahora todos teníamos más experiencia, por lo que nuestros actos para contigo eran mas serenos y normales. Tú habías recuperado una suerte de tranquilidad, a pesar del alzheimer, que recordabas más a la persona que eras antes de que se abalanzaran sobre ti todos los problemas acumulados. Nuestros conocimientos, sobre la enfermedad, habían aumentado debido a las consultas con los doctores y podíamos manejar cualquier situación nueva que apareciera en el transcurso de la enfermedad.

Con toda la confianza en nosotros mismos, nos propusimos tener el problema resuelto en un tiempo inferior a un mes. Recuerdo que mientras…

_ Eh, eh, orinar si… ahora orinar, ahora orinar si…

_ Bien, bien, ahora vamos al lavabo y orinas allí, aguanta un momento hasta que lleguemos al lavabo, aguanta.

_ ¿Qué le pasa a José?

_ ¡Hola Laura!, no le pasa nada especial, parece que quiere ir al lavabo para orinar.

_ Yo lo llevaré que ya estoy acostumbrada y además es mi obligación. ¡Ven José, ven conmigo! que vamos al lavabo y después te tomas una pastilla que ya te toca.

_ Gracias Laura. Le espero aquí para seguir un rato más con él.

Manuel miró a su alrededor por ver si veía a la señora Juanita para preguntarle como había ido su visita al hospital. Rodeó el edificio y no la vio en el jardín, fue al interior donde se agrupaban los ancianos frente a un televisor de enormes dimensiones que permanecía encendido durante el día y al no verla volvió hasta la mesa del jardín donde estaba la última vez que la saludó y donde Manuel esperaba oír el final del día de fiesta que estrenó el vestido de flores pequeñas y de muchos colores, allá en su pueblo de Málaga pero tampoco estaba allí.

A su espalda Oyó que alguien se acercaba a él y se volvió por ver quien era.

_ Buenos días, señora Julia, ¿como van esas piernas?

_ No muy bien, puedo caminar con el “taca taca” pero me duelen mucho y parece que esto será así para siempre ¿Qué le vamos a hacer? Su padre si que camina bien, no para de moverse, ya me gustaría a mí caminar así, ya.

_ Bueno, bueno, hay que animarse y caminar que ese ejercicio es bueno para no entumecerse. Mi padre camina mucho pero, al contrario que usted, él tiene alzheimer y camina perdido así que, ya ve usted, no sé que es peor.

_ Sí, hijo sí, hay calamidades para todos.

_ ¿Sabe donde está la señora Juanita?, he mirado por toda la residencia y no la he visto por lugar alguno.

_ Ya no está aquí

_ ¿A donde se ha ido?

_ Cuando algún anciano se va de aquí solo tiene un destino _Dijo Julia mirando la reacción de Manuel y continuó_ no sé que tenía pero todo fue muy rápido.

_ ¡Lástima! _Dijo Manuel mientras palpaba la carta que desde dos días atrás llevaba en el bolsillo_ Me hubiera gustado terminar una conversación que dejamos a medias hace un mes.

_Mire, ahí viene José de nuevo _Dijo la señora Julia señalando a la

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