Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”–
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
La Memoria furtiva- Capitulo 4 – Día Mundial del Alzheimer 2015
La Memoria furtiva- Capitulo 5
La Memoria furtiva- Capitulo 6
La Memoria furtiva- Capitulo 7
La Memoria furtiva- Capitulo 8
La Memoria furtiva- Capitulo 9
La Memoria furtiva- Capitulo 10
No papá, no, no nos das mucho trabajo. Papá, repartiendo la ocupación de tu cuidado entre toda la familia, no es difícil ni preocupante cuidar de ti; realizar una visita diaria o en días alternados para que te sientas seguro y que sientas el contacto de las personas que no siempre reconoces pero que cuando nos ves entrar por la puerta se provoca en ti una alegría que te hace desplazarte hacia nosotros con un caminar lento y quedo y con las manos tendidas; no es muy difícil si se tiene un mínimo de voluntad y el egoísmo propio se mantiene en niveles razonables.
_ Yo no estoy bien aquí _José señala su cabeza_ De aquí.
_ Papá, tú no sabes quien es el que te visita, ya me he dado cuenta, pero si sabes que aquel al que ves acercarse a ti es alguien que te trata bien y que te acaricia y eso lo recuerdas al verme aparecer. En ese momento yo no puedo saber si eres feliz, si sufres o si estás indiferente pero, creo que después de la transición tan terrible, especialmente para ti, desde que empieza la crisis hasta que termina, tu estado es de una aparente calma sedante y algodonosa durante el día, pero cuando llega la noche tu estado siempre es impredecible.
Yo quiero adivinar si realmente estás perdido, miro tus ojos escondidos en las cuencas de tu cara arrugada como surcos sin simiente y me asaltan las dudas, son muchas las veces que cuando estoy contigo, intuyo que me acusas con tu silencio, no me dices nada pero tu quietud y tu ausencia, mientras te miro, me estremecen.
Mamá murió consciente de su mal y es por eso que sufrió, sufrió por ella misma y por todos los que le rodeaban especialmente por ti, sin embargo tú no eres consciente de tu mal porque la enfermedad que padeces destruye el propio continente del mismo mal y pienso que por esa causa el final, que llega con la muerte, solo avisa a los que te rodean pero no a ti y es así como tú serás recompensado, con una muerte inconsciente que no dulce. Pasado el tiempo… ¿Qué te pasa en el pié?
_ Aquí, aquí, sácalo, sácalo.
_ Espera, ya te lo saco, espera, primero hay que aflojar el cordón y después… Ya está, ya está.
_ Aquí, aquí.
_ Vamos a ver como tienes el callo; parece que ha vuelto a crecer otra vez, no me extraña que te duela.
_ Sí duele, sí duele.
_ Espera un momento, que preguntaré a la señora Mercedes si tienen algo para rasparlo.
_ ¿Qué le pasa a José en el pié?
_ Le ha vuelto a aumentar el callo y le hace daño.
_ A ver José, levanta el pié que quiero ver como tienes eso. Ahora te apretaré con el dedo y me dices si te duele.
_ Duele, duele, ahí duele.
_ Cuídelo un momento que voy a coger una especie de cuchilla especial para raspar las durezas. Ahora vuelvo.
_ Ahora viene Mercedes y te recortará el callo. ¿Quieres que sigamos hablando mientras la esperamos?
_ Sí, tú hablas, tú hablas.
_ Bien papá, me parece que, a medida que pasamos los días hablando y recordando las cosas de la familia, tú te recuperas y ello me da ánimos para continuar. Como te decía, ahora, tres años después, tus obsesiones han cambiado y la del dinero ya no la recuerdas pero recuerdas todo lo referente a tu niñez, cuando tenías cinco o seis años, me hablas de la casa donde naciste, de los montes del Bierzo, de los rebaños de ovejas, de los días de invierno con la nieve cubriendo todo el pueblo y de las noches en las que os quedabais vigilando con las escopetas porque los lobos entraban en la aldea para devorar el ganado.
Todo esto, que habías vivido en tu niñez y que no recordabas normalmente, lo recuerdas ahora nítidamente, setenta y seis años después. Me preguntas por personas que yo no conozco pero que otros familiares de tu edad me explican que son reales, que eran niños con los que tú jugabas en la aldea y que si tú no los hubieras nombrado ya nadie los recordaba.
Estoy seguro que los doctores tienen una explicación para esto pero para mí resulta muy sorprendente comprobar que no puedes recordar las cosas mas recientes, incluso después de un minuto, y sin embargo recuerdas perfectamente hechos vividos en tu niñez hace más de setenta y cinco años.
_Agua, agua, tengo sed.
_Si, ya son las doce, aquí en el parque y sentados a la sombra el tiempo pasa de prisa. Vamos para la residencia y allí beberás.
Los dos se levantaron del banco y caminaron hacia la residencia dejando atrás los ruidos que los niños hacían jugando. Mientras pasaban la verja de la entrada y se dirigían hacia el jardín apareció Pilar con una bandeja en la mano llena de vasos y pastillas que repartía entre los ancianos.
_José, José, es la hora de las pastillas, aquí se las traigo.
_Me alegro porque hoy le he hablado tanto que debe estar agotado de oírme. Papá, lo dejamos por hoy, no sabía que era tan tarde.
_Abra un poco la boca, así, muy bien, ya está. Coja el vaso y tome un poco de agua, yo le ayudo, así, muy bien; ahora la servilleta, coja la servilleta José, así, muy bien, vamos a ver como levanta el brazo hasta la boca, así muy bien, muy bien. Ahora quédese aquí y no se levante que le recortaré la dureza del pié.
_Hasta mañana papá, adiós Pilar.
_Mañana, por la tarde, viene el doctor para una consulta general, se lo digo por si quiere consultarle algo sobre su padre.
_Bien, vendré por la tarde, es una buena ocasión para hablar con él.
VII
_Buenas tardes doctor ¿Cómo está mi padre?
_Bien, José está bien pero tiene que seguir con la medicación de por vida. La enfermedad de alzheimer, al menos de momento, no tiene remedio.
_Pero algo investigaran los científicos.
_Sí y parece que no tardarán muchos años en conseguir algún remedio pero de momento no podemos hacer gran cosa… Ya está, hala José ya hemos terminado, puede bajar la manga de la camisa.
_Ven papá, estira el brazo que te coloco la camisa bien.
_Si, vamos a casa, vamos a casa.
_Ya estamos en casa papá, tú vives aquí ¿No recuerdas que vives aquí?
_No, aquí viven los viejos, yo voy a casa.
_Papá, ven, vamos al jardín que el doctor tiene que seguir trabajando.
_Sí, hablar, hablar, tú hablas, vamos, vamos.
_¡Adiós doctor! vamos papá, vamos a fuera que hace mas fresco y estaremos mejor. No tengas prisa que vas a caer, camina poco a poco y dame la mano. Veo que caminas mejor, parece que el callo ya no te duele.
_No, no, eh… eh…
_¿Nos sentamos aquí y seguimos hablando?
_¡No! Vamos, vamos, tú habla, tú habla, tú…
_¡Vale, vale! Te hablaré mientras caminamos, dame la mano. Papá, probablemente no sabes porqué estás alojado en esta residencia y no en otra. ¿Quieres que te explique el porqué?
_Bueno
_¿Bueno quiere decir sí, supongo yo? Te contaré la causa por la que decidimos que así fuera y espero que te guste el motivo. Mientras te hablo, caminemos un poco ¿Vale?
_Sí, vale.
Cuando entré por primera vez en esta residencia, en cuyo jardín estamos hablando ahora los dos, para entrevistarme con la directora, la señora María, observé que era y es un edificio antiguo reformado y adecuado para su cometido como es el de alojar ancianos enfermos de alzheimer y otras carencias propias de la ancianidad. Lo primero que vi. al entrar, en aquella esquina del jardín, fue la caseta en la que se refugia un perro pastor que, en cuanto intuyó la entrada de un visitante, me obsequió con un ladrido, solo uno.
Desde la puerta que comunica con la calle, subí los cuatro peldaños de la escalera hasta llegar al jardín que rodea el edificio donde pude observar a los ancianos y a sus acompañantes. Me fijé, por su tamaño, en aquel pino gigantesco y las dos grandes moreras, también tan grandes, que hay detrás, justo al final de la rampa, además de otros árboles de jardín. Como era verano me gustó la sombra abundante que hacían y la tranquilidad que se notaba.
Los ancianos, lo mismo que ocurre ahora, deambulaban sin rumbo fijo; no era la primera vez que entraba en un centro para ancianos porque antes estuve, con tigo, en el de Rubí pero aquel día me fijé muy bien en las personas que vivían en el centro. Observé que unos al deambular lo hacían solos, otros acompañados por algún familiar que lo cogía por el brazo, algunos se movían autopropulsando con sus manos una silla de ruedas y algunos más estaban quietos con la mirada perdida sobre algún objeto y en silencio mientras los familiares que están de visita observan a estos últimos con curiosidad algunos, otros con ternura y los más con cierta indiferencia debido a la costumbre.
Puse especial atención en las cuidadoras que se ocupaban de los internos, era la hora del medio día y se movían en semicírculos alrededor de las mesas colocando cuchillos, tenedores, servilletas y diferentes utensilios sobre los manteles, de color blanco y rosado, que cubren las mesas. El salón es amplio y los ventanales son grandes permitiendo la entrada de la luz del día. Puertas y ventanas están abiertas, la situación en una ciudad mediterránea como es Barcelona hace que, durante una gran parte del año, el tiempo sea espléndido.
Salí de nuevo al jardín y como hacía mucho sol, era verano, me senté en el banco que hay debajo de los árboles que daban, y dan ahora también, una sombra generosa que hace muy agradable la estancia y el descanso.
Desde fuera se oía el ruido que hacían los tenedores y cucharas al ser colocados sobre las mesas, es un ruido habitual y siempre a la misma hora, es como un sonido mágico que provoca en vosotros, los ancianos, un despertar de vuestro estado cualquiera que sea su situación en ese instante.
Debajo de los árboles, en el jardín, empezó un movimiento también habitual en los ancianos. Algunos se levantaron de los bancos y otros, los que ríen y hablan solos, simplemente se giraban, y comenzaba una marcha casi sincronizada dentro de un caos silencioso roto solamente por el quejido o exabrupto de alguno de ellos al que se le atascaba la silla de ruedas o no encontraba la forma de girar sobre sí mismo porque su cerebro y sus piernas han perdido la conexión que les une en un buen funcionamiento.
Pensamos que era un buen sitio para ti, así que volvimos contigo para que te quedaras a vivir aquí. Durante los días siguientes, cuando veníamos a verte, seguí observando que cada día se repetirá la misma escena, todos caminan hacia la rampa que comunica el jardín con la sala donde está ubicado el comedor, algunos están acompañados por familiares que vienen a verlos una o dos veces por semana y les ayudan a moverse, incluso el perro pastor se mueve muy agitado porque sabe que también para él se acerca el momento de la comida.
_El perro se murió.
_Lo sé papá, lo sé. Se murió hace un año y ahora la caseta está vacía. Como te decía, cuando llegaba la hora de la comida el jardín recobraba vida y lo mismo que ocurre hoy y todos los días que vengan: Los visitantes atraviesan el jardín caminando por debajo de las moreras que dan sombra a los bancos donde aún quedan ancianos esperando a ser trasladados al comedor. Las cuidadoras trasladan a los ancianos en silla de ruedas por la rampa que comunica el interior de la residencia con el jardín, para subir al comedor. Son casi diez metros con un recodo y unas barandas de acero inoxidable para apoyar las manos. Delante caminan los ancianos, algunos ayudados en su silla y otros lo hacen solos o ayudados pero caminando, generalmente estáis afectados con Alzheimer u otro tipo de enfermedades propias de la edad, también hay jubilados que no están enfermos pero que prefieren estar en la residencia mejor cuidados y en compañía que solos en su casa.
Todos camináis como en una procesión, a veces alguno se vuelve y queda quieto con la mirada perdida y entonces la procesión se detiene; cuando ocurre esto las cuidadoras los cogen por los hombros, los guían hasta la puerta del comedor y los dejan dentro a la espera de colocarlos frente a alguna de las mesas.
Poco a poco, los residentes vais acercándoos a las mesas y os sientan, algunos bien y por sí solos, otros han de ser ayudados, otros, los más, no saben que hacer y se quedan quietos, las cuidadoras les llevan, de la mano, a las mesas y los colocan en las sillas, siempre en el mismo sitio para que no aumente su desorientación y para que tengan mas confianza. Las cuidadoras les guían hablándoles despacio y utilizando, siempre, el mismo vocabulario.
<< Cuidado, despacio, sujétate a la silla por aquí, ahora bájate con cuidado, ahora ya está >>.
Les colocan los baberos, que son como delantales, para que no se manchen la ropa, los acercan más a la mesas y les ponen las manos junto a las servilletas. Los dos primeros años tú no necesitabas delantal pero ahora si lo necesitas, para no manchar tanto la ropa.
Desde el comedor, sale un pasillo que comunica con el ascensor y la escalera que, a su vez, comunican la planta baja con los pisos superiores y con el sótano donde está instalada la cocina. También comunica con la puerta principal de entrada al edificio, que a su vez da salida al jardín.
En la habitación hay varias camas, junto a cada una de ellas hay una mesilla de noche y un armario para que los familiares de cada uno tengan todo bien ordenado y cuidado; en cada una de las mesillas hay un vaso ancho que sirve para que, durante la noche, los ancianos guarden las dentaduras en líquido especial. En la pared y junto a cada cabecera hay un pulsador de llamada para urgencias y un enchufe de corriente eléctrica donde las cuidadoras conectan las maquinillas eléctricas que utilizan para el afeitado y aseo de los ancianos.
Cuando llega la noche, los ancianos suben en el ascensor y se colocan junto a la cama para acostarse ayudados por las cuidadoras que retiran las sabanas y las mantas de la cama, después les ayudan a colocarse encima del colchón y acto seguido les colocan, de nuevo, las sabanas y la manta.
La residencia dispone de otra zona de dormitorios donde se alojan los que tienen la enfermedad muy avanzada, como es tu caso y que durante la noche, gritan y se mueven muy asustados. Los ancianos que conforman este grupo necesitan una vigilancia especial y la mayoría deben permanecer sujetos a la cama para que no se hagan daño. Debo decirte que tú, en este tramo de la enfermedad, estás incluido en este grupo.
Las cuidadoras tienen una paciencia infinita y debe ser así porque el trabajo lo requiere, os ayudan en vuestras necesidades fisiológicas, os vigilan para que no sufráis percances, os cambian las ropas sucias y tienen que sortear las reacciones de los residentes que, en muchos casos son imprevisibles.
Ellas intentan que, vosotros los ancianos que necesitáis mas cuidados, comáis lo suficiente de la comida que necesitáis, comida que es suministrada por una empresa especializada, huele bien, es comida sana, sin especies, algunos tienen un régimen especial y la comida es algo diferente. Antes, durante y después de la comidas, las cuidadoras reparten los medicamentos por las mesas ya que algunos tienen que tomarlas cuando llega esa hora, son de colores y formas diferentes y los llevan marcados para que cada uno tome los que le corresponden.
Algunos ancianos, pocos, toman la comida y los medicamentos sin ayuda pero otros no lo consiguen y ellas les colocan, en la boca, la cuchara con la comida en forma de papilla, siempre se le cae mas de la mitad pero lo intenta una y otra vez y les animan, a veces les hacen ver que se enfadan y entonces ellos se esfuerzan mas.
Haciendo un paréntesis te diré, papá, que he podido constatar que en la actualidad las residencias de ancianos acogen un porcentaje de mujeres mayor que de hombres. Supongo que ello es debido a que las mujeres son más longevas. El porcentaje que yo observé en la residencia donde te alojas tú es de tres a uno.
La relación entre vosotros es muy dispar y no es frecuente que entre los residentes haya matrimonios que hayan envejecido juntos sino que por lo general son personas solas, bien porque nunca han formado pareja o bien porque son personas viudas, las más, que han perdido la suya.
Ello provoca casos como el tuyo. Uno de los días que yo llegué de visita a la residencia para hablar contigo, hacerte compañía y recoger la ropa sucia para sustituirla por otra limpia, te dirigiste a mí en el momento que yo entraba y me reconociste. Me sujetaste de la mano y caminando por el pasillo, me llevaste hasta una mesa donde una señora residente estaba con la mirada perdida a través de la ventana. Tú estabas muy contento y me dijiste.
<< Ven con migo que mamá está allí sentada >>
Cuando estábamos al lado de ella, tú le tocaste en el hombro para llamar su atención y cuando ella se volvió, le dijiste muy contento.
<< Mira, nuestro hijo ha venido a vernos >>
Ella me miró por unos instantes y sin decir palabra alguna se giró de nuevo hacia la ventana. Así estuvo mirando unos segundos para finalmente volver a mirarme y decir.
<< Pasa y siéntate, ahora nos pondrán la comida >>
Yo la miré y pude entender fácilmente lo que había pasado: Instintivamente la presencia de aquella persona hizo que los dos pudierais recomponer la misma familia que cada uno de vosotros teníais antes, como si nada hubiera ocurrido. Aquella mujer era también viuda y era ella la que padecía alzheimer y también vio recompuesta su familia lo mismo que tú.
Yo comenté esta situación con la directora de la residencia y me dijo que esto ocurría con frecuencia, era un comportamiento que surgía de forma espontánea entre personas que jamás se habían visto y que coincidían con la misma enfermedad de alzheimer en la misma residencia. Llegaban a un extremo en que reproducían las actitudes como si la convivencia hubiera existido de verdad.
Durante los veranos, los ancianos pasáis gran parte del día en el jardín sentados en los bancos o paseando alrededor de la residencia; Uno de esos días de verano, que vine a visitarte, observé que estabas muy calmado y como hacía un tiempo espléndido pensé que sería bueno para ti salir durante unas horas, de la residencia. Era una forma de aprovechar los pocos días que estabas así.
Me gustaría que, al explicarte lo que hemos hecho aquel día, tú lo recordaras pero si no es así, a pesar de todo, yo te lo contaré igualmente: aquel día fuimos hasta el cementerio de Montjuic, donde está la tumba de mamá, y yo, expresamente, aparqué el coche lejos de la misma. Cuando bajaste del coche, miraste a tu alrededor y sin decir nada, caminaste hasta el final de la calle, giraste a la izquierda y seguiste, sin parar, hasta el punto exacto donde estaba el nicho de mamá y te quedaste mirando y sin decir nada durante un buen rato que yo no puedo determinar ahora.
Cuando yo, que te seguía unos metros más atrás desde el aparcamiento, llegué hasta el lugar, te pregunté.
<< ¿Sabes que es este sitio, papá? >>
<< Sí, es un cementerio >>.
Me dijiste tú, sin que se notara emoción alguna y con toda tranquilidad, como si fueras ajeno a aquello que tenías delante.
Yo te miré y me quedé bastante perplejo. Entenderás que, si al bajar del coche, tú te dirigiste directamente y sin vacilar hacia el punto exacto donde estaba el nicho de mamá, máxime cuando el nicho forma parte de una construcción donde hay cientos y cientos de ellos distribuidos en diferentes calles, yo me haya admirado por tú actitud.
<< ¿Sabes quien está enterrado aquí, en este nicho? >> -te pregunté.
<< Sí, es mamá, lo pone aquí >>.
Con la mano abierta señalabas la inscripción donde ponía el nombre de mamá. En ese momento observé emoción en tu cara y supuse que en algún rincón de la memoria hay recuerdos vivos a los que se accede cuando la situación del momento coincide con ellos.
Tú seguías señalando la inscripción, con la mano, seguías sin decir nada y así durante un buen rato hasta que te diste la vuelta para seguir, los dos juntos, caminando.
Paseamos durante más de media hora, el sol espléndido y la sombra que hacían los innumerables árboles que bordean todas las calles del cementerio, invitaban a ello. Nos acercamos, finalmente, al aparcamiento y una vez dentro del coche, tú me preguntaste.
<< ¿Quién está enterrado en el nicho que estuvimos viendo antes? >>
<< Era mamá ¿No te acuerdas? >>
<< No puede ser, ella no es porque mamá está en casa >>.
Durante el camino de vuelta estuvimos todo el tiempo callados hasta llegar a la residencia, de nuevo. Después de aquel día, no volví a verte hasta el fin de semana, cuatro días después.
Era el sábado al medio día cuando yo entré en la residencia y te busqué como siempre. Estabas en el jardín mirando al suelo. Yo te llamé, levantaste la cabeza y al reconocerme te dirigiste hacia mí y me cogiste del brazo. Te observé completamente excitado, te acercaste más a mí y me preguntaste.
<< ¿Está muy lejos la estación del tren? >>
Este tipo de preguntas empezaban a no ser extrañas para mí porque cada poco tiempo me sorprendías con una nueva, pero el hecho de que me preguntaras por el tren me había intrigado.
<< Sí, está lejos pero dime ¿Para qué quieres el tren? >>
<< Es que mamá y yo queremos ir a Pradela >>.
<< Pradela es la aldea donde nació mamá, está situada en el Bierzo leonés, en los Ancares, cerca del límite con Galicia y eso está muy lejos. Además, cuando llegues a la estación de Villafranca y bajes del tren ¿Como llegarás hasta Pradela si no hay transporte? >>
Categories: CulToral


















fe%20%5BResolucion%20de%20Escritorio%5D.jpg?psid=1)






cada vez que leo estos relatos me emociono no se si son reales pero tienen mucha realidad gracias por publicarlos
https://af2toral.wordpress.com/2015/07/24/manuel-camuas-lama-y-la-memoria-furtiva/ , mira este enlace
A mi también me conmueven.
Marisol, yo no te conozco porque me fuí de Toral cuando tenia 15 años y ahora tengo 65. Gracias por tu comentario. Quiero decirte que todo lo escrito en este libro es completamente real.