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PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (VII)

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PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (VI)

004(8) [Resolucion de Escritorio]Antonio del Valle había regresado, años atrás, de Argentina, junto con su esposa Carmen y su cuñado Pepe.

Habían matrimoniado, previo consentimiento de la Iglesia porque eran parientes consanguíneos y Roma no autorizaba matrimonios entre primos.

No habían tenido hijos y, tal vez, fuera tarde para tenerlos. Él, Antonio contaba cuarenta y cuatro años y ella, Carmen un par de años más.

Tras una breve estancia en La Coruña, decidieron abrir un comercio -Antonio le llamaba Bazar- en Toral para invertir la “plata” -como se le llamaba al dinero- que habían traído de América.

Toral les pareció una Plaza apropiada porque la Estación de Ferrocarril les aseguraba una rápida recepción de las mercancías y la Fábrica de Cementos Cosmos, clientela. Habían pasado momentos difíciles , ya que algún comerciante de la localidad había empleado malas artes, para disuadirles de que se estableciesen en el pueblo, sin embargo Antonio y su cuñado José María a quien todos conocían por el nombre de Pepe y apodaban “América”, porque así se llamaba el comercio, comenzaban a ver el panorama despejado.

Los domingos y festivos, casi siempre viajaban a Villafranca, al caserío de Valdaiga, en la montaña, cerca de Paradiña en donde Carmen y Pepe visitaban a sus padres Antonio y Pepa o a Dragonte o Villagroy en donde Antonio tenía a los suyos ya que, durante la semana el comercio ocupaba todo su tiempo.

Por la mente de Carmen, aquella noche había pasado toda como en una secuencia cinematográfica su vida: lu estancia en Argentina -ella decía, siempre, República Argentina- con sus hermanos Belarmino y Manolo, y el regreso a España, a La Coruña, en donde vivían Valentín y Margarita, sus parientes y en donde decidieron abrir un comercio en Toral.

Recordó también, las frías relaciones con sus cuñadas, en Buenos Aires y, finalmente, apartando aquellos pensamientos, dijo:

-¿Antonio ¿por qué no me cuentas lo que ocurrió hoy en el Ayuntamiento…?.

Antonio no respondió de inmediato. Seguía contemplando, desde lejos, como Ponferrada er a devorada por los fuegos incontrolados.

-Cuéntame, Antonio, -insistió ella-

Dejó él los prismáticos sobre la balaustrada, en precario equilibrio y miró a la mujer de hito en hito.

-Verás: hoy tuvimos sesión extraordinaria. Nos llegaron noticias, por la radio, de que los militares se habían sublevado en Canarias. La noticia se extendió rápidamente por el pueblo. Entonces, por temor a que los elementos fascistas, se hicieran cargo del Ayuntamiento, como te dije antes, acordamos reunirnos en sesión permanente. Por eso he regresado a casa tan tarde. Estábamos todos los concejales, menos el de Otero, ya sabes, Bernardo, que es cliente nuestro y se nos unieron, después Cleto Retamar, Pedro y Belarmino Bouzas, de los de Bouzas , Abel Ares y alguno más que no recuerdo. Iban armados con escopetas y pistolas . El único acuerdo que tomamos fue requisar las armas en poder de los vecinos porque no queríamos que los elementos fascistas nos causasen problemas. Eso es todo. Carmen.

Abrazó con ternura a la mujer.

-No pasará nada, nena, -dijo- El gobierno se hará cargo de la situación y castigará a los sublevados, como ha pasado en otras ocasiones. Nosotros, y otros ayuntamientos, estamos tratando de colaborar en la medida de nuestras posibilidades para que la situación no sea incontrolable. Ya verás como todo, muy pronto, volverá a ser como antes.

-¿Cómo antes…? -dijo ella- Antes, o sea ayer y antes de ayer, la situación ya era grave en todo el país.

Hizo una pausa y añadió:

-Aquí, a nosotros, nos tienes envidia y temo lo peor.

Lo miró a los ojos

-No nos quieren en el pueblo… Nos tiene envidia -repitió- y, seguramente, vamos a sufrir tiempos difíciles…. ¿Por qué no irnos a Villafranca, a Valdaiga, en la montaña y esperamos a que pase el temporal…?.

-¿Crees que en Villafranca sería diferente…?

Hizo una nueva pausa y enfocó, de nuevo, los prismáticos hacia el horizonte rojizo.

-Hemos invertido todos nuestros ahorros aquí… No podemos abandonar ahora -dijo sin mirar a la mujer-

Después, acarició la cabeza de su esposa.

-Vamos a esperar, Carmen…Vamos a esperar a que esta situación cambie y todo vuelva a la normalidad. Mira, aquí, en el Ayuntamiento, hemos tomado las medidas oportunas para que no haya incidentes y los fascistas no intervengan… Venga, Carmen, vámonos a dormir que ya es muy tarde y mañana, ya verás, será otro día.

La enlazó por el talle y bajaron las escaleras de madera que crujieron. Pocos minutos después, ya en la cama, Carmen se sumió en un sueño profundo, aunque inquieto, pero Antonio clavó los ojos en el techo de la habitación y movió dubitativamente la cabeza.

CONTINUARÁ

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