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-¿De qué parte -dijo Remacha- está usted, sargento o, mejor dicho, de qué parte está la Guardia Civil..?. ¿Está con el Gobierno o con los que, al parecer, se han levantado en armas contra el Gobierno…?
Se demoró el sargento Pérez Pinedo en su respuesta. Finalmente, y con un deje de duda en su voz, dijo:
– Acato las órdenes de mis superiores, don Mariano. Un Guardia civil como yo no puede actuar por iniciativa propia. Me han ordenado que me desplace a Ponferrada con mis hombres y a Ponferrada voy.
Hizo una leve pausa mientras miraba al director de la cementera.
-Además, señor Remacha,, la Guardia Civil debe velar por el orden y, a lo que veo, en Ponferrada no hay orden
-Los mineros -dijo Remacha- están al lado del gobierno de la República, que es un gobierno legalmente establecido. Si el ejército se subleva…
No terminó la frase.
-Estoy completamente de acuerdo con usted. Pero una cosa es el orden y, otra, el desorden, don Mariano.
Mientras Mariano Remacha y Tomás Pérez Pineda hablaban, Diego, el guardia jurado, había salido del despacho, respetando la conversación. Afuera le aguardaban Gonzalo Galarraga, secretario particular del director y José Letamendía, administrador de la cementera. En sus rostros se reflejaba la situación que se vivía en la fábrica. Ambos cesaron en la conversación cuando Diego Álvarez cerró la puerta tras de sí.
-Tenemos que poner por escrito su declaración, Diego…. –dijo Galarraga-
-Sí. Ya sé Supongo que tiene que ser así… -respondió el Guarda Jurado.
Letamendía se había sentado frente a una moderna “Underwood” y acomodaba un folio en el rodillo.
-Hable usted, -dijo, sin mirar a Diego Álvarez, mientras calculaba los márgenes- que yo iré escribiendo.
Diego dejó la gorrilla sobre la mesa. Se pasó la mano sudorosa por la frente y trató de comenzar el relato. Por una parte quería contar, exactamente lo ocurrido y, por otra, no deseaba culpar a su compañero Blas San Miguel como responsable del acto
-Verá usted, don José, … -dijo- Sobre las cinco de la tarde… -dudó- Creo que eran las cinco de la tarde… No puedo decir si había sonado o no la sirena..
-Sobre las diecisiete horas -corrigió Letamendía- del día de hoy, veinte de Julio de mil novecientos treinta y seis…..Siga…..
-Se encontraba este servidor -añadió Diego- a la puerta de la Fábrica de Cementos Cosmos ejerciendo como Guarda Jurado y se presentaron cuatro personas…
-Digamos, mejor, -dijo el contable sin levantar los ojos del teclado- que se presentaron cuatro individuos -matizó –
-Como usted diga, señor Letamandía… Se presentaron -dudó- cuatro individuos en un coche, dos de los cuales eran desconocidos para mi. Uno de ellos era el que conducía el vehículo. Los otros dos eran Manuel Pereira, vecino de Paradela del Río, que llevaba una escopeta en actitud amenazante o, al menos eso me pareció y el otro era Blas San Miguel, electricista, que trabaja en esta empresa.
Respiró profundamente
-Blas me dijo que venía llevarse…
-¿No diría “incautarse”…..? -dijo José Letamendía…
CONTINUARA ……
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PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS II
PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (III)
Categorías:Colaboradores, Toni


















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