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PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS II
Mariano Remacha, a quien los obreros de la cementera, siempre, incluso los más exaltados, llamaban , respetuosamente, don Mariano, se apartó de la ventana desde la que observaba al grupo que levantaba, sin disimulo y con violencia, los puños señalando su despacho. Algunos aún tenían a su lado las carretillas en las que trasladaban los sacos de cemento, recién envasados, para apilar en el muelle de carga, cerca de la vía de ferrocarril. El director de la cementera ya sabía que, a la capital de la provincia, habían llegado más de cinco mil mineros, mal armados, eso sí, pero con grandes cantidades de dinamita que podían crear muchos problemas, aunque confiaba en que los disturbios de la masas no llegasen a afectar la la vida en el pueblo.
El timbre del teléfono seguía rompiendo el tenso silencio que reinaba en la habitación. Se acercó al aparato, pero, antes de descolgarlo, miró, de hito en hito, al sargento Pérez Pineda que movía los pies con impaciencia..
Descolgó el auricular.
-Aquí, el director. Dígame -dijo, adoptando el tono seco habitual en él- Sí. Soy yo. Dígame -repitió- Cálmese y hable más alto y más claro.
Hizo una pausa.
-Sí. Ya le he dicho que soy yo, Remacha. El director.
Escuchó con más atención frunciendo el entrecejo. Su rostro reflejaba preocupación y, a veces, ira contenida. Aflojó, imperceptiblemente el nudo de la corbata y dejó, sobre la mesa, sus lentes con montura dorada.
Pérez Pineda, el sargento de la Guardia Civil sentía que unas gruesas gotas de sudor nacían en su frente, se deslizaban por las mejillas, perfectamente rasuradas y bajaban por el cuello, perdiéndose bajo el uniforme, pero aprovechó aquellos momentos para relajar el cuerpo envarado por la tensión.
-Está bien -decía Remacha- Cierre la puerta. Deje la garita y acérquese a mi despacho. Está conmigo el sargento de la Guardia Civil, don Tomás. Nos contará todo lo ocurrido.
Colgó el auricular autoritariamente y, a continuación, miró fíjamente al Guardia Civil que, ahora, limpiaba el sudor con un pañuelo que había sacado del bolsillo de su pantalón.
-Descanse, sargento -dijo el director de la cementera y atienda a lo que voy a decirle.
Hizo una leve pausa. Rodeó la mesa y se acomodó en su sillón.
-Hace un momento, -consultó el reloj- cuatro individuos armados, a dos de los cuales conozco, se han presentado en la Fábrica-
-¿Y…? -interrumpió Pérez Pineda.
-Y se han llevado la camioneta que usamos para suministrar cemento a los minoristas de los alrededores. Dijeron que venían mandados por el señor Iglesias para llevar a Villafranca, al Hospital, a un grupo de heridos que llegarían a Toral, desde Ponferrada
El sargento Pérez Pineda ajustó, en aquel momento, el tricornio a su cabeza y tocó, con disimulo, la pistolera que pendía de su cinturón.
-Permítame, don Mariano, -dijo- que me acerque al cuartelillo y mande a un par de números para que recuperen el vehículo.
-Aguarde, Pineda. El guarda jurado llegará en unos momentos. La camioneta, ahora, seguramente está en el pueblo. Ya la recuperaremos.
Tabaleó, con los dedos sobre la mesa.
-Vamos a esperar a que nos informe el guarda, detalladamente, de lo sucedido.
Se levantó del sillón y se acercó a la ventana.
-Mire. Los trabajadores han formado grupos y parecen muy alterados.
-Si usted me lo ordena, disolveré los grupos … Un par de disparos al aire y volverá la tranquilidad.
Mariano Remacha volvió al sillón y se dejó caer en él.
-De ninguna de las maneras. Tenga calma, sargento. No quiero jaleos en la fábrica. Ni jaleos ni sangre. Los ánimos están muy exaltados. Además, supongo que usted tendrá que esperar órdenes de sus superiores.
Alguien, fuera, había llamado, quedamente, a la puerta del despacho.
-Adelante -dijo el director- .
Un hombre de fuerte complexión entró, con timidez al despacho. Gruesas gotas de sudor corrían por su rostro que apartaba con movimientos desacompasados y sin abandonar la gorrilla de guarda jurado que movía continuamente. Después, descolgó, del hombro, la tercerola reglamentaria y la colocó cuidadosamente contra la pared.
CONTINUARÁ
PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE (I)
Categorías:Colaboradores, Toni


















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