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MEMORIA DE TORAL
PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE (I)
Dijo alguien que la realidad, a veces, supera a la ficción, pero un escritor no puede olvidar la ficción para convertirla en novela. Y eso es lo que intento, desde hace algún tiempo, basándome en el “EL EXPEDIENTE FERROL” donde se exponen los hechos que convirtieron a Toral en un polvorín en aquellos días de Julio de mil novecientos treinta y seis.
He intentado novelar todo lo que ocurrió y esto que van a leer es parte del primer capítulo de la novela “ PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE”
I
El sargento de la Guardia Civil y comandante del puesto de Toral de los Vados Tomás Pérez Pineda
era un militar ordenancista que obligaba a los hombres bajo su mando a dirigirse a él llamándole don Tomás, ignorando las formalidades reglamentarias : “Sí, mi sargento” o “No, mi sargento”. Los números estaban obligados a decir: “A sus órdenes, don Tomás” o “Sí, don Tomás” .Según.
-Porque si la Guardia Civil, a la que me honro en pertenecer, -explicaba- tiene que ser respetuosa, pero recta y estricta, con los ciudadanos, debe serlo también con sus mandos, así que, para ustedes, soy don Tomás y no el sargento Pérez Pineda.
Tomás Pérez Pineda siempre se había distinguido en el cumplimiento de su deber por encima de cualquier circunstancia y, de esta manera, había conseguido los galones que lucía en la bocamanga de su guerrera.
-Y no cesaré en mi empeño hasta lograr un nuevo ascenso, don Mariano, -dijo al director de la cementera que lo había hecho llamar aquella tarde – aunque aquí, en Toral, estoy muy a gu sto. Tenemos una Casa Cuartel como Dios manda. Cómoda. Con agua corriente y electricidad y unos pabellones amplios . Esto es importante.
Hizo una pausa tratando de buscar las palabras exactas.
-Corren malos tiempos, don Mariano. Estamos como en el año treinta y cuatro en Asturias. Allí fue el Sindicato minero y aquí los del Cemento y el Ayuntamiento con sus concejales. Andan exaltados. Cumpliré con mi deber, pero no cejaré, pase lo que pase, en el intento de ascenso, a pesar de todo.
Mariano Remacha, el químico de la empresa que ejercía como Director en la Cementera tenía la mirada perdida en el vacío o, al menos eso le pareció al Guardia Civil. Colocó las palmas de las manos -unas manos perfectamente cuidadas – sobre la mesa, miró al sargento de hito en hito y dijo:
-Corren malos tiempos, muy malos, sargento Pérez, -Remacha marcaba distancia con sus interlocutores y se dirigía a ellos por el apellido- Tiempos muy difíciles. El ejército, usted lo sabe, se ha levantado contra el gobierno del Frente Popular a quien se le ha ido de las manos la situación, después de los asesinatos del teniente Castillo y de José Calvo Sotelo. Esto es un caos. Muerte. Sangre. Iglesias incendiadas… Un caos, sargento Pérez, un caos.
Remacha se quitó los lentes de montura dorada que cabalgaban sobre su nariz y pasó un pañuelo sobre los cristales. Después, volvió a acomodarlos sobre el puente, hizo una larga pausa y contempló al hombre bajo y rechoncho que estaba frente a él con el tricornio de hule negro sobre el antebrazo izquierdo doblado en ángulo recto y el derecho colocado a lo largo del cuerpo, en posición cuartelera, sudoroso, porque aquel mes de Julio un sol inclemente y penitencial convertía en secarrales los labrantíos y el despacho del director, a pesar de un ventilador era, prácticamente, un horno, adonde llegaban amortiguados los ruidos de la fábrica, aunque las ventanas que daban a un jardincillo triste, cubierto por una fina capa de polvillo gris, estaban abiertas.
Corría, fuera de la habitación, una ligera brisa que hacía mover las hojas tristes de los chopos que crecían cerca del regato cercano a la vía del tren, pero que apenas paliaba el calor.
El sargento Tomás Pérez Pineda, frente al químico, respiraba con dificultad, sin atreverse a limpiar las gruesas gotas de sudor que perlaban su frente.
No era, ni mucho menos, la conversación que mantenían los dos hombres, una conversación fútil y ambos lo sabían . Remacha quería conocer noticias oficiales y el sargento Pérez Pineda, a su vez, información que, seguramente, tenía su interlocutor ya que a él, desde la comandancia de Ponferrada solamente le habían dicho que, de momento, hiciese guardar el orden en el pueblo.
-Por cierto, sargento Pérez, -dijo el químico- ¿de qué parte -y usted me entiende- está el Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil…?.
Tomás Pérez Pineda miró de hito en hito a su interlocutor y, a su vez, preguntó.
-¿Qué quiere usted decir con esa pregunta, don Mariano…?. No la entiendo.
-¿Está usted seguro de no entenderla, sargento…?.
Remacha bordeó la mesa de su despacho, atestada de documentos y en la que había también un retrato de sus tres hijos en el jardín de Villafranca y se colocó frente al Guardia Civil.
-¿Está usted seguro de no entender la pregunta..?. ¿Está usted seguro…?
Antes de que el sargento Pérez Pineda pudiera responder, el sonido del teléfono rompió el silencio que se había producido entre ambos hombres.
CONTINUARA
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