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“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 5

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Capitulo 5

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO
Manuel Camuñas nos regala : “TIEMPO DE IRA Y MISERIA”
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo1
TIEMPO DE IRA Y MISERIA : Capítulo 2
“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 3

“TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 4

…. lo último del capitulo 4

– Buenas noches José, buenas noches y gracias por venir.

José volvió a casa, abrió la puerta procurando no hacer ruido y puso la cancela por dentro. Se acercó a la cama de María, que dormía en posición fetal, tapada con una sábana. Con cuidado de no despertarla, se quitó las botas y la ropa. Miró de nuevo a María que seguía dormida, abrió el petate donde guardaba la pomada y sentado en la cama, observó la herida viendo que mejoraba con lentitud. Con los dedos, índice y corazón, de la mano derecha esparció la pomada frotando con suavidad sobre la herida y se acostó con cuidado de no despertar a María.

Capítulo 5

A las siete de la mañana, José y Domingo se disponían a repartir el trabajo de todo el día. Estaban en tiempo de recolección y era necesario trabajar el máximo, aprovechando las horas de luz. Calentaron leche y la vertieron en las cazuelas que llenaron con trozos de pan.

Lisério apareció rascándose la cabeza con una mano y en la otra llevaba la camisa colgando.

– Voy a la fuente, a lavarme _sacó la cancela de la puerta y salió frotándose los ojos de tal manera que parecía que se le saldrían de las órbitas.

José y Domingo seguían haciendo planes para el día mientras terminaban el desayuno. Manuel, se despertó al oír a Lisério y se unió a sus hermanos.

– Toma la taza, bebe la leche hasta la mitad y así te queda sitio para el pan. ¿Se ha despertado María?

– Yo no la oí _respondió Manuel_ Aún tendrá sueño.

Lisério apareció en la entrada, secándose la cabeza con la toalla y con un peine en la mano.

– La leche aún está caliente _le advirtió Domingo_ Ahí tienes el pan y el cuchillo. No te entretengas que pronto tendremos el sol encima y hay mucho trabajo por hacer.

Sacaron las vacas de la cuadra, les colocaron el yugo y colgaron de él el tiro del carro. Cargaron las megas y las cestas vacías, el arado, la guadaña, las cuerdas, la azada, la hoz y demás herramientas que consideraron necesarias.

– ¡Vamos! ¡Eh vaca! ¡Vamos, vamos! _gritaba Lisério a la vez que tiraba del yugo para iniciar el movimiento del carro.

– En cuanto lleguéis, metéis el arado para desenterrar las patatas. María, Manuel y yo llegaremos antes de una hora para empezar a recogerlas y amontonarlas.

José, de un sorbo, terminó la leche que aún quedaba en su taza. Miró hacia el alto de la escalera y subió hasta la habitación. María estaba despierta y vestida, a punto de bajar.

– Vamos, baja y desayuna que tenemos mucho trabajo por hacer.

– En un rato estoy lista y nos podemos ir.

José vio que María abría el portón de la cuadra de las vacas. La esperó al lado de la chimenea con la taza de leche y el pan preparados para ella. Cuando María apareció saliendo del interior de la cuadra, venía ajustándose la ropa. Se acercó a la mesa, mojó el pan en la leche y lo comió en cuatro bocados bebiendo después la poca leche que aún quedaba en la taza.

– ¿Has terminado ya, María? Si has terminado deja la cazuela en la pila. Ya fregaremos todo al volver.

– Sí, ya terminé ¿A dónde vamos ahora?

– Vamos a casa de Pilar. Quiero hablar con ella del vestido. ¿Ayer os tomó las medidas a los dos, a ti y a Manuel?

– Sí, nos las tomó a los dos. Ella nos dijo que volviéramos hoy para hacer una primera prueba.

Empezaron a caminar. Manuel y María apuraban el paso para no quedarse detrás de José. Estaban contentos y caminaban a su lado. María miraba hacia arriba para ver su cara. José, que se había dado cuenta, colocó su mano encima del hombro derecho de María y caminaron juntos hasta que vieron la casa de Pilar, la costurera, que con la mano derecha, sacaba maíz del cesto que colgaba de su brazo izquierdo y lo esparcía por el suelo bandeando de izquierda a derecha mientras caminaba en círculo rodeada de gallinas que picoteaban los granos para tragarlos.

– Buenos días Pilar.

– Buenos días _respondió ella dándose la vuelta y mirando a José_ Me alegro mucho de verte. Gracias a Dios que estás de vuelta. pasad, pasad, vamos a dentro de casa. Tengo todo preparado para hacer la primera prueba a los dos. ¿Tenéis mucha prisa?

– No, mucha prisa no, pero tenemos que ir a recoger las patatas. Domingo y Lisério aún no habrán llegado a la finca y cuando lleguen tienen que meter el arado para sacarlas. En cuanto les hagas la prueba salimos para encontrarnos con ellos.

– María, ven aquí, pasa a esa habitación, quítate la ropa y después te subes aquí, en esta silla.

Pilar cogió las piezas hilvanadas que formaban el conjunto y las colocó sobre el cuerpo de María para reajustarlas antes de terminar de coserlas.

– María, contigo ya terminé, vístete que ahora voy a probar con Manuel.

Manuel entró en la habitación y Pilar le hizo las pruebas, le tomó las medidas, anotó las correcciones en una libreta y volvieron a reunirse con José y con María.

– ¿Ya está?

– Sí, ya está, se portan muy bien. Ya os avisaré para la próxima prueba.

– Pilar ¿Cuanto me costará todo? Es para preparar el dinero.

– Mira José _respondió Pilar_ como la tela la trajiste tú, no te voy a cobrar nada. Es un regalo para los niños. No te preocupes.

– Te lo agradezco mucho pero yo te pagaré. Cuando tengas los vestidos hechos, yo te pagaré.

– Ya te he dicho que no te preocupes _Pilar se giró hacia los niños _ Ya os avisaré cuando estén terminados.

Los tres hermanos salieron de la casa y se despidieron de Pilar. José observó los alrededores de la casa. Había una huerta plantada de patatas, no era grande pero las patatas tenían las ramas secas y estaban a punto para la recolección.

– Pilar _José señaló la huerta_ Esas patatas ya están para recoger.

– Sí, pero no tengo tiempo. Las dejaré para la semana que viene a ver si mi marido Francisco puede arrancarlas y si no tendré que dejarlas para más tarde.

Ya había transcurrido media hora desde que llegaron a casa de la modista y ahora emprendían el camino hasta reunirse con Domingo y Lisério.

– Lisério _dijo Domingo mientras ataba el arado al yugo_ Tú ponte delante y guía las vacas para que el arado vaya recto y no se salga del surco. Si el arado se sale del surco habrá muchas patatas rotas y no se podrán conservar.

– Avísame cuando tengas el arado sujeto.

Domingo colocó el arado al principio del riego. Lo empuño, miró hacia delante y avisó a Lisério.

– Empezamos, tira ya del yugo y anda con cuidado no vayas a tropezar.

El arado abría la tierra y las patatas aparecían, unas sueltas y otras colgadas de la rama. Se esparcían a ambos lados del surco y Domingo hacía todo lo posible para pasar por encima sin pisarlas a la vez que mantenía la fuerza sobre el arado. Llegaron al final y se disponían a levantar la reja para sacarla del surco.

– ¡Ehhh! Ya estamos aquí _gritaba Manuel que corría, agitando el brazo, delante de sus hermanos María y José.

Los tres cogieron los cestos y los llenaban con las patatas que el arado puso al descubierto en el primer surco. Cuando los cestos estaban llenos los llevaban hasta el carro y José los vaciaba en las megas evitando los golpes fuertes sobre el suelo. Durante tres horas repitieron la misma operación una y otra vez hasta que todas las cestas que contenían las patatas estuvieron en el carro. José y Domingo soltaron el arado del yugo y lo subieron al carro.

– Lisério, tú coge la aguillada y obliga a las vacas a andar para atrás mientras Domingo y yo colocamos el cabezal del carro en el yugo.

– Bueno, ya terminamos. Ahora María y Manuel mirad si queda alguna herramienta fuera del carro. Todo bien recogido y guardado dentro. Que no se pierda cosa alguna.

Las vacas tiraban del carro camino de casa. Habían hecho el mismo recorrido durante años y eran capaces de regresar hasta la entrada de las cuadras sin necesidad de pastor que las guiara.

– ¡Lisério! Recula el carro hacia la entrada de la bodega y te quedas delante con la vara para que no se muevan mientras Domingo y yo descargamos.

Las vacas, guiadas por Lisério, tiraban del carro en círculo hasta que la parte trasera quedaba situada enfrente de la entrada a la bodega. Con una mano apoyada en el yugo y la agullada en la otra mano, Lisério empezó a empujar hacia atrás a la vez que con la agullada pinchaba el lomo de las vacas a la vez que gritaba.

– ¡Atrás! ¡Atrás!

El carro se desplazó hacia atrás hasta introducir la parte trasera dentro de la bodega. Domingo y José, desde el suelo, descargaron las megas más cercanas al borde y las arrastraron hasta donde sería su lugar definitivo. Respiraron fuerte para recobrar el aliento y José se subió al carro para acercar las megas, que quedaban por bajar, hasta el borde. Descargaron todo lo que quedaba en el carro y lo colocaron dentro de la bodega.

– ¡Lisério! _llamó José_ Ya puedes sacar el carro. Les quitas el yugo a las vacas y las dejas sueltas en la era. Asegúrate de que no se acerquen a la fuente a beber.

– ¿Les damos de comer? _Preguntó Lisério.

– ¡No! Ahora no les des nada. Ahí, en la era, pueden coger hierba si quieren. Dile a María que venga.

– ¡María! José quiere decirte algo. Ven a la bodega.

– Ya voy, ya voy, espera que me seque las manos.

María apareció en la bodega con los brazos arremangados y en las manos, un trapo mojado y escurrido.

– ¿Que quieres?

– ¿Que estás haciendo ahora?

– Estoy acabando de lavar los platos y limpiar la fregadera.

– ¿Y Manuel? ¿Que hace Manuel? Vete a buscarlo y dile que venga aquí.

– Ya estoy aquí _Manuel asomó la cabeza entre el carro y la puerta_ ¿Que quieres que haga?

– Busca, entre las patatas nuevas, aquellas que estén picadas por el arado. Las metes en un cesto y cuando esté lleno se las traes a María y te quedas con ella para hacer todo lo que te mande ¿Entendido?

– Entendido _respondió Manuel girándose para mirar a María y sacando la lengua con gesto burlón_ haré todo lo que mande la señora.

Serian las dos de la tarde cuando se sentaban a la mesa donde les esperaba una fuente con cachelos de las patatas nuevas que Manuel había escogido entre las marcadas. Lisério cogió la sartén que, llena de trozos de tocino caliente asado, esperaba apartada del fuego sobre la estrébede y la colocó encima de la mesa, al lado de la fuente con cachelos. Todos se sirvieron las patatas sobre las cuales esparcieron la grasa caliente que había soltado el tocino. La casa estaba animada y desde que llegó José, el ánimo de los hermanos menores se reflejaba en sus caras. Domingo ya no les parecía tan terrible. El miedo y el desánimo, causado desde tres años atrás, por la muerte de los padres y su hermana Dorinda en menos de un año, empezaban a desaparecer poco a poco. Hablaron del trabajo que quedaba por hacer, de lo buena que era la cosecha y de la familia de Barcelona, sus hermanas Emilia, Carolina y su hijo nacido en plena guerra, de Fermín, marido de Carolina, que estaba prisionero en un campo de concentración desde que acabó la guerra, y otras muchas preguntas a las que José iba contestando una tras otra.

– Ahora _Se levantó José_ podéis hacer la siesta si queréis. A la tarde, cuando el sol no caliente tanto, nos dedicaremos a organizar la casa y a limpiar las cuadras. También hay que llevar las vacas al prado ¿Has oído María?

– Sí _respondió María Mirando a José_ Manuel también viene porque así me hace compañía.

– Está bien, te puede acompañar. Ahora id a descansar los dos.

Pasaban de las cuatro de la tarde cuando el sonido de los cencerros, que colgaban del cuello de las vacas, despertó a Domingo y a José que dormían junto al pajar. El sitio, que una hora antes de dormirse estaba en plena sombra, ahora estaba inundado por la luz del sol que les obligaba a poner la mano en la frente, a modo de visera, para proteger los ojos. Los dos se incorporaron con movimientos perezosos, se sacudieron la ropa mirando a su alrededor y vieron a María que se preparaba para llevar las vacas a pastar. Lisério se acercaba a ellos.

– Manuel y yo nos vamos con las vacas al prado. Estaremos hasta que baje el sol _ Avisó María.

– Bien, en cuanto empiece a desaparecer el sol venís para casa. Cuando volváis, apartáis la vaca de la leche para ordeñarla. Ahora Domingo y yo vamos a “Val do candar” a preparar la tierra para plantar los repollos y después, cuando terminemos, iremos a ver si los garbanzos están a punto para la cosecha y volvemos.

– ¡Eh! Manuel, Vamos, sal de delante de las vacas que te van a pisar.

José miraba a Manuel y María mientras guiaban a las vacas camino del prado. Los observó hasta que los perdió de vista y entró en la cuadra de las vacas dejando la puerta abierta, abrió la ventana para que el aire pudiera ventilarla y comenzó a mover el estiércol formando montones que después levantaba con la horca y los trasladaba fuera de la cuadra hasta el extremo más alejado de la era. Había pasado más de una hora cuando la fatiga y la sed le aconsejaron descansar un momento. Se acercó a la fuente para meter la cabeza debajo del caño. Sintió el chorro de agua bajando por la cabeza y el cuello para caer por la barbilla.

– ¡Hey! José, cuánto tiempo sin verte por el pueblo.

José sacó la cabeza de debajo del caño y se giró hacia el lado del camino de donde venía la voz. Echó el pelo, mojado por completo, hacia atrás y pudo ver un carro, que tirado por las vacas, se movía con lentitud debido a la carga que transportaba. Eran los vecinos Julia y Pepe, de la familia de los “da Cancela”.

– ¡Bueno, bueno, bueno! Cuanto tiempo sin veros _Saludó José, mirando la carga del carro_ Parece que este año, la cosecha es buena para todos.

– Sí, parece que este año será buena cosecha _Asintió Julia_ ¿Cuando llegaste?

– Antes de ayer por la tarde.

– Qué suerte _intervino Pepe_ Me alegro de que estés bien. Llegar a casa, cuando más falta haces aquí, será un alivio para los hermanos pequeños. María, teniendo solo doce años, trabaja como un adulto.

– Ya lo vi, ya. Solo hay que mirar lo desarrolladas que están sus manos, con solo doce años.

– Y ahora José ¿Estás licenciado de todo?

– Espero que sí, pero no estoy seguro. Si me vuelven a llamar, reclamaré para ver si puedo quedarme con la escusa de cuidar con los pequeños María y Manuel, pero como en casa está mi hermano Domingo que ya había hecho el servicio militar y lo llamaron otra vez cuando empezó la guerra, no sé qué pasará.

– A ver si hay suerte y no tienes que irte otra vez. Ahora vamos a descargar el carro porque las vacas se están poniendo nerviosas. Nos alegramos mucho de que estés aquí.

Cuando el sol ya estaba rasando el horizonte José terminaba de sacar todo el estiércol de la cuadra. Volvió a beber agua de la fuente y se apartó a un lado de la era, detrás del pajar de hierba y poco después aparecía abrochándose la petrina del pantalón.

El campaneo del cencerro que colgaba del cuello de la vaca lechera, anunciaba la vuelta a casa de María y Manuel caminando detrás de las vacas que regresaban del prado. María venía hablando con la mujer de Primitivo, la señora Cándida con la que se habían encontrado en el camino. Ya estaban acercándose a la casa cuando Manuel se puso a correr hasta llegar al lado de José.

– ¡José! ¡José! Ya estamos aquí.

– ¿Quien viene con María?

– Es la señora Cándida, la mujer de Primitivo, nos encontramos en el camino hace un rato, cuando volvíamos del prado.

María y Cándida llegaron a la era donde José preparaba la última brazada de paja para cubrir el suelo de la cuadra. Las vacas entraron y cada una se colocó, por instinto, en el sitio donde acostumbraban.

– ¿Qué hay señora Cándida, como está usted?

– Ya ves hijo, ya ves. Viviendo como podemos. ¿Y tú, cuando has venido?

– Hace tres días que llegué _Respondió José_ Aún no pude saludar a toda la gente del pueblo. En cuanto llegué me dediqué a la cosecha con los hermanos. No conviene esperar más. ¿Está su hijo Domingo aquí, en Cantejéira? y las hijas ¿Cómo están?

– Sí está, sí _Respondió Cándida_ Hoy, por la mañana, fue a Vega de Valcarce pero ya no tardará en volver. En cuanto a María, Rita y Rosalía hacen su vida.

– Bueno, me da mucha alegría que hayas vuelto _volvió la mirada hacia donde estaba María_ ¿Y tú, Cuántos años tienes ya?

– Doce, tengo doce años, señora Cándida.

– Bueno hija, veo que trabajas mucho. Me voy que tengo que atender a los animales.

Hasta llegada la noche, Domingo, José y Lisério se ocuparon de atender a los animales. La vaca lechera fue ordeñada, se llenó el pesebre con hierba para las otras vacas, la remolacha fue cocida y vaciada en el naseiro de los cerdos, los conejos y las gallinas recibieron su ración de hojas, berzas y maíz.

María colocó la estrévedes en la lareira, avivó el fuego, que se mantenía mortecino debajo de las cenizas y añadió más leña. Sacó, de la alacena, la fuente con la carne cocida del día anterior y la vació en la sartén. Domingo y Lisério entraron y se sentaron a la mesa al lado de Manuel.

Domingo sacó la sartén del fuego y la colocó en la mesa. Los cuatro hermanos se dispusieron a preparar la cena. Cortaron rebanadas de pan de centeno sobre el que colocaban un pedazo de la carne salada de cerdo que sujetaba con el dedo pulgar de la mano izquierda para que no se cayera en el momento de cortar, con la navaja, los trozos que se iba comiendo. Era tiempo de fruta y las manzanas, peras, ciruelas, cerezas y otras frutas propias del tiempo que llenaban una pequeña cesta que José puso en la mesa, sirvieron para completar la cena.

– María, tienes la tina con agua fría de la fuente, para que te laves. Pon a calentar una olla con agua en la estrévedes y la mezclas para que esté templada.

– Entonces me lavo primero. Ya cenaré después _ respondió María

José se giró para el lado donde estaba Manuel

– Y tú, sube a buscar un calzoncillo y calcetines limpios y cuando termine María, te lavas tú. Yo estaré contigo. _José se giró hacia María_ Mañana tú y Manuel vais a casa de Pilar, la costurera, que os probará la ropa y te la dará a ti para que la traigas.

Y se acabó el día, María terminó de cenar, Manuel se lavó con la ayuda de José, se vistió el calzoncillo y el pantalón limpios y fue a sentarse al lado de María. Domingo y Lisério salieron a la era para estirar las piernas y tomar el fresco nocturno durante unos minutos. Miraron alrededor de la casa y se acercaron al montón de estiércol que unas horas antes sacó José de las cuadras y volvieron adentro para sentarse en el escaño. Los animales, dentro de las cuadras, guardaban silencio y los ruidos de todos los bichos nocturnos, que habitaban los prados y las huertas, se hacían sentir. Dentro de casa se habla de los planes de trabajo para el día siguiente, José, Domingo y Lisério se preguntaban como estaría su hermano Valentín, que fue reclutado poco antes de terminar la guerra, y del tiempo que tardará en volver a casa, ya licenciado.

María terminaba su cena después del baño y se acurrucaba en el escaño vestida con ropa limpia y abrigada con una manta. Se preguntaba en silencio porqué, cuando nacieron sus hermanos Valentín y Lisério y pasaron dos o tres meses, su madre viajó a Barcelona para dar de mamar a otros niños. Se preguntaba por qué las hermanas mayores, Carolina y Emilia se marcharon a Barcelona y ahora vivían allí. Doce años, toda su vida, vividos en un lugar tan duro como es Cantejéira o cualquier otro lugar del Bierzo alto, eran suficientes para tener pensamientos precoces llenos de la esperanza de una vida mejor. Con tan solo doce años, en su cabeza empezaba a arraigar la idea de marcharse, igual que hicieron sus hermanas. Cuando sea mayor, se repetía sí misma, y tenga dinero para el billete del tren me marcharé de aquí. Miraba a José y sin ser consciente de ello, ponía en él sus esperanzas. El fuego de la laréira iba agotándose y poco a poco se apagó. Manuel y María salieron de la cocina para ir hasta las habitaciones. Él se quedó dormido en unos instantes y María permaneció despierta haciendo planes para una vida mejor en la que los esfuerzos sirvan para algo más que arrastrarse en la miseria. Otros muchos pensamientos y deseos acudían a su mente hasta que sus ojos se fueron cerrando y sin apenas darse cuenta, se quedó dormida. Los hermanos mayores lo hicieron unos minutos más tarde, después de dejar todo bien cerrado y con las trancas colocadas en las puertas.

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3 replies »

  1. Me encanta el relato de «Tiempo de ira y miseria»…Felicidades por la idea de ir publicandolo capítulo a capítulo. Espero ansiosa la nueva entrega. ¡Gracias!

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