EL CAÑÓN DE DOCE LIBRAS Cap.IV
Los interrogatorios a los recién «contratados» fueron unánimes, nadie sabía lo que estaba escrito en la espalda del cocinero…solo la identidad del que le hizo el tatuaje para taparlo, y ese no era el… era ella: Justine, una vieja prostituta de La Española. Hacia allí puso proa el «Valiant», pero iría dando un rodeo para evitar a la flota de Barlovento que patrullaba bajo pabellón castellano. Pero lo más curioso de todo fue, que nadie le preguntó al piloto «Dumb» por la latitud en la que habían echado el ancla para buscar el cañón, aunque lo más seguro es que no hubiera revelado tal información. Entre piratas lo mejor es estar callado, ciego y… mudo, esto último era, además, lo que Coy le escribió en su pizarra nada más pisar la cubierta del «Valiant».
Un par de días más tarde, Coy aprovechaba en la toldilla el todavía soportable sol matinal para limpiar la colección de zapatos del capitán.
Sentado en las escaleras de acceso, pudo observar como desde la bodega, subían a un grupo de prisioneros escoltados para que tomaran el aire mientras aseaban sus celdas; eran cinco: dos damas, una doncella y dos caballeros, por su porte parecían gente importante.
-¿Quiénes son?- preguntó al piloto Ben Brooke. El viejo escupió en el suelo y volvió a colocarse la pipa en la boca.
-Rehenes muchacho… rehenes. Por aquel gordo español, su mujer y su hija, ya han pagado el rescate, creo que en el «lote» entra también la doncella, aunque no creo que quiera abandonar el «Valiant»…
-¿Y eso?
-Por que está preñada y aquí están todos los padres de la criatura…- rió Ben, dejando ver sus ennegrecidos dientes por el tabaco.
-¿Y aquel otro?.
-Es un hidalgo castellano. Lleva ya mucho tiempo aquí; dice ser noble, aunque su familia parece que no es muy pudiente o no está por la labor de liberarle. Dicen que se metió en la cama equivocada, equivocadamente también aceptó el reto del agraviado esposo dándole muerte en duelo, pues era alguien demasiado importante en la corte española y, como puedes ver, hasta embarcó huyendo en el buque equivocado…
-Pues… no parece peligroso.
-¿Peligroso dices?… cuando abordamos su barco, era el último que quedaba con vida y, con una espada en una mano y una daga curva en la otra, se respaldó contra el mástil y tumbó a cinco de los nuestros… quisimos lincharlo, pero… – continuó, encogiéndose de hombros- al capitán le hizo gracia. El grumete se levantó despacio y se acercó con curiosidad al grupo de prisioneros, que le miraron recelosos.
– Buenos días. El rechoncho caballero y su familia le ignoraron con altanería marchándose aparte, pero el hidalgo le respondió con presteza y en un inglés bastante pulcro:
– Eres muy bueno limpiando botas, en Salamanca te ganarías la vida sin problemas. ¿Cómo te llamas muchacho?.
– Coy, me llaman Coy, es por…
– Si, ya sé. Eres muy famoso por aquí, conozco bien tu historia. Yo soy don Luis Valdés.- adujo haciendo una cómica reverencia.
-¿Salamanca?, ¿sois de ese lugar?.
-No, allí solo cursé estudios, soy de León. ¿Sabes dónde está?.
-No, pero tampoco había oído hablar de Salamanca. Don Luis era de tez pálida, frente despejada, ojos alegres y sonrisa sincera, y al contrario de la usanza española, no lucía bigote ni perilla.
-Se comenta en el «Valiant» que tienes alguna pista sobre el escondite de un tesoro. El muchacho decidió jugárselo todo a una carta, y mirando receloso a su alrededor, susurró:
-Las tengo todas… El español la cogió al vuelo, y la complicidad surgió entre ellos espontáneamente.
-Necesitaras una espada hábil …¿no?.
-Necesitare mucho más que eso, necesitaré un barco.
-¿Y qué te parece el que, si no me equivoco… para ambos es una prisión?… hay muchos descontentos por el desigual reparto de los botines con los que se enriquece el capitán Collins, tengo amigos a bordo.
– Yo también, pero me parece muy arriesgado. Don Luis hizo un aspaviento hacia el montón de botas lustradas y sentenció:
-¿Y qué otra opción tienes?. Holgaban las palabras. Acordaron reunirse al día siguiente para ver con cuantos podrían contar y ultimar los detalles del motín, pues a ambos el tiempo se les acababa. El mudo Hanson ansiaba envejecer al lado del mar y no encima, esa estatuilla era lo que más le acercaba a ello y… a Irma, la puta por la que había perdido la lengua en Maracaibo. Así pues, estaba de acuerdo, y con él, los demás del «Horizon».
Fernando Cerezales Fernández
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El cañón de las doce libras I – Cerezales Nª10
El cañón de las doce libras II -– Cerezales Nº11
El cañón de las doce libras III -– Cerezales Nº12
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