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El cañón de las doce libras – Cerezales Nª10

fernando cefer pirtata 2

EL CAÑÓN DE DOCE LIBRAS
Capitulo I
La lectura del sextante y las cartas no dejaban lugar a la duda, con
un error de media milla marina… ese era el lugar.
La sonda marcaba poca profundidad, apenas quince brazas, el trapo había
sido arriado y el ancla yacía ya en el fondo arenoso; la tripulación
esperaba con atención la siguiente orden de «Cicatriz» Van Holm, su
capitán que, acodado en la regala, parecía querer traspasar la plateada
superficie marina para ver el fondo con su único ojo útil.
-¡Arriad un bote!…¡vigía, ojo avizor!.- gritó con su ronca voz.
El día era claro y soleado, apenas soplaba aire por lo que, de acercarse
algún barco se vería desde muy lejos pues necesitaría todo el velamen
disponible. Pero toda precaución era poca, pues, los españoles con su
flota de Barlovento, se habían propuesto limpiar el Caribe y dejar el
camino franco a sus viejos galeones con rumbo a Sevilla cargados de oro.
Fréderick, el segundo de a bordo, era un larguirucho danés de pocas
palabras pero de muy malas pulgas y odiado por todos:
-¡¡A qué diablos estáis esperando… daos prisa o os abriré en canal,
haraganes!!.


-¿Porqué hemos anclado en mitad de ningún sitio?- preguntó Coy, el recién
«reclutado» grumete a Tom «Foot», un desdentado marinero con el que tiraba de las sogas.
-¿Pero es que aun no se te ha evaporado el ron, mocoso?… ¡buscamos un
cañón!, ¿O es que aún no lo sabías?
El sanguinario capitán Van Holm había torturado hasta hacer hablar varios
idiomas a Sam Rum, miembro de la desaparecida tripulación del «Tracius»,
perseguido y hundido por la flota del rey de España en el golfo de Méjico.
Su capitán, William O’Maley, un corsario irlandés al servicio de la corona
de Inglaterra, al ver su suerte echada, introdujo un mapa con la ubicación
exacta de una estatuilla de un dios azteca en oro macizo e incrustaciones
de diamantes, en un cañón de doce libras, lo selló con cera y lo arrojó
por la borda; a continuación tatuó con un estilete la latitud en la
espalda de su cocinero, y la longitud en la de su grumete, inconsciente
tras ser alcanzado por la onda de una explosión, ellos eran los únicos a
bordo que no entendían las cartas de navegación.
Tras una persecución de cinco días más, varias escaramuzas y solo después
de haber perdido dos de los tres palos, fueron alcanzados y apresados.
O’Maley y sus oficiales fueron ahorcados en Veracruz, pero su secreto
corrió por todo el Caribe como la azulada llama de la pólvora.
Van Holm encontró al cocinero del «Tracius», pero este para ahorrarse
problemas ya había decidido borrarse la marca de su espalda con un
tatuaje; solo consiguió incrementarlos, pues, el tuerto capitán lo
sometió al tormento de pasar la quilla atado a un brazo y a una pierna.
Por supuesto que desveló antes de morir la latitud, y la identidad del
grumete, que ya se hallaba sin sospechar nada a bordo del «Horizon»,
navío de tres palos y noventa cañones, desplazando 1.150 toneladas bajo
el negro pabellón de la calavera y las tibias cruzadas del pirata
«Cicatriz» Van Holm.
Coy, así apodado por su afición a gandulear a todas horas tumbado en la
hamaca, se había enrolado dos días antes en Jamaica ante las atrayentes
ofertas del capitán, «muy beneficiosas para tu futuro», le dijo en aquella
apestosa pensión donde fue a buscarle; tampoco tenía mucha elección pues
ya no le quedaba dinero y su vida se había vuelto indescifrable, como los
números tatuados en su espalda.
En la noche de su embarque en el «Horizon» bebió por primera vez ron,
«animado» por la tripulación. Se había despertado esa misma mañana, el
dolor de cabeza y el cristalino sol del Caribe no le dejaban pensar con
claridad, todo le parecía inusitado y monótono a la vez, nuevo por sus
compañeros y sus horizontes, viejo por la rutina de fregar o calafatear
las cubiertas llenándose de brea hasta las pestañas, soportando las burlas
y patadas de todos.
Desde el bote, varios hombres se zambulleron a relevos durante el resto
del día rastreando el fondo ante la nerviosa mirada de «Cicatriz», que
había prometido un doblón de oro al buceador que lo encontrara. Al caer la
tarde, un tonel vacío flotando a cien yardas al norte del galeón marcaba
el lugar exacto donde descansaba el cañón.
Fue izado a bordo a la luz de todos los faroles disponibles y la
inestimable ayuda de las poleas de los pescantes de babor; apenas llevaba
un año sumergido y el mar había comenzado a cobrarse su tributo, el oxido
y el coral abrazaban ya a la pesada pieza de bronce.
Lo cierto es que no llegó a tocar la madera de la cubierta, pues el
capitán lo destaponó, no sin dificultad, y extrajo de su ánima un legajo,
desapareciendo después bajo el alcázar de popa donde estaba su camarote,
seguido de Fréderick y un par de hombres de confianza.
No tardó mucho el danés en volver arriba que, entre gritos e insultos,
ordenó levar anclas y poner rumbo sur-sureste, tras lo cual, dio un felino
salto para encaramarse sobre los obenques, desenvainó su sable y cortó la
maroma que aun sujetaba el cañón, haciendo que este se sumergiera otra
vez en su salada tumba.

Las cuadernas del «Horizon» comenzaron a crujir al
entrar en tensión el palo mayor empujado por el velamen.
– ¿Sur-sureste?… isla Tortuga.- aseveró Tom «Foot», mientras comenzaba a
trepar por el palo de mesana.
Coy se disponía a seguirle pero fue izado por el cuello de la camisa:
-¡Acompáñame muchacho!- requirió Fréderick.
Lo llevó casi en volandas hacia el camarote del capitán, de una patada
abrió la puerta y arrojó al interior al aterrorizado muchacho. «Cicatriz»
no se caracterizaba por su pulcritud, la estancia era un estercolero, olía
a comida podrida y la ropa sucia estaba esparcida por el suelo, a través
del ventanal de popa no se veía el exterior debido a la mugre encostrada
en los vidrios.
– ¿De dónde eres muchacho?.
– Soy… soy irlandés. -contestó balbuceando.
– ¡Me lo imaginaba!… igual que ese bastardo de William O’Maley.
El capitán, de un zarpazo, apartó algunos platos con restos de comida de
varios días y extendió ante los ojos del grumete un pergamino.
– ¿Entiendes esta jerga?.- interrogó amenazante.
Coy se sobrepuso al miedo y revisó el texto, aunque su fuerte no eran las
letras, lo entendía, estaba escrito en gaélico, dialecto de su tierra
natal; tras leerlo para sí, una luz se encendió de pronto en su cabeza…
el contenido revelaba el escondite de un tesoro. Reuniendo todo su valor,
mintió:
– Nací en Barbados, no en Irlanda, no conocí a mis padres… apenas sé
leer en inglés.
Van Holm y su segundo se miraron sin esconder su desilusión.
– Era de esperar de un inútil como tú, iremos a Tortuga como teníamos
pensado, el posadero del «Pez Espada» es de Cork, le ofreceré una bolsa de
doblones para que me lo traduzca… después lo degollaré, y tu, ¡vete a
ayudar en cubierta!.- ordenó el capitán dando un puntapié en el trasero
del grumete, mientras reía burlonamente.
Fue entonces cuando Coy se alegró de no revelar el texto, pues de lo
contrario, ahora sería pasto de los tiburones.
Se alejó del camarote, no sin antes observar de reojo como el capitán
escondía el pergamino en una escupidera, el único lugar limpio y sin usar
de la estancia. A hurtadillas, subió hasta el castillo de popa, allí
«Dumb» Hanson, el viejo y mudo piloto hacía girar el timón con pericia,
era la persona que mejor le trataba a bordo.
El muchacho se colocó la mano encima de los ojos a modo de visera y miró
hacia el horizonte, e intentando no dar importancia a sus palabras,
musitó:
-Eh «Dumb»… ¿a qué latitud nos encontramos?
El timonel se quitó la pipa de los labios y le miró de reojo, Coy, sin
abandonar su posición, hizo lo mismo. El viejo Hanson tomó la pizarra que
colgaba de su cuello, pues su lengua había quedado en un sucio burdel de
Maracaibo tras una pelea, y le escribió la respuesta; el muchacho la
memorizó borrándola él mismo con prontitud; ante la mirada atónita del
timonel, Coy se esfumó haciéndole un guiño de complicidad.

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