Cerezales

El cañón de las doce libras III -– Cerezales Nº12

fernando ce

fermorgan  EL CAÑÓN DE DOCE LIBRAS Cap. III‏

La noche transcurrió tensa, con ambos buques manteniendo contacto visual; Coy la pasó en vela contando lo que creyó necesario a su nuevo «protector» y, mientras, el holandés sin pegar ojo, imaginándoselo.

Amaneció con fuerte viento del sur, el grumete despertó al grito de zafarrancho de combate; por un ventanuco de popa fue testigo de algo tan espectacular como arriesgado, el «Horizon» había desplegado todo el trapo para intentar dar caza al «Valiant». Pero para llamativo, el uniforme de batalla de Pitt Collins, chaqueta azul sobre camisa de seda y sombrero adornado con largas y blancas plumas, todo ribeteado con dorados bordados… hasta su catalejo era una delicada pieza de orfebrería.

– Ese cerdo tiene agallas, veremos cuanto aguantan sus palos con esa tensión… ¡mantened la distancia!, que piense que nos puede alcanzar.- dijo mientras plegaba el catalejo.
El juego del gato y el ratón había comenzado; parecía increíble como el navío del irlandés olaba sobre la espuma sin apenas esfuerzo ante los denodados bríos de Van Holm, una quilla mas afilada y la reducción de lastre al utilizar madera menos pesada en su estructura, hacían que el «Valiant» pareciera una flecha a ras de agua, no en vano había sido encargado a capricho de Collins al afamado constructor, Peter Pett, más acostumbrado a botar navíos de más de 1.500 toneladas en su astillero de Deptford.

De vez en cuando el perseguidor disparaba su cañón situado más a proa para calcular la distancia que les separaba, pero el ladino irlandés ajustaba asombrosamente la velocidad de forma que el impacto se producía en el agua a escasos metros de su popa, haciendo contener el aliento a su tripulación y llenar de esperanza a «Cicatriz» tras cada disparo.
Hacia el mediodía, Collins ordenó virar doce grados al este; a media milla en esa dirección el azul turquesa del mar se fue tornando transparente.

El marinero encargado de la corredera gritó aterrado:

-¡¡¡ Bancos de arena a ocho brazas capitán!!!.
Este se limitó a sonreír, tomó las cartas y la ballestina y se situó al lado del timonel.
-Mantén el rumbo… a mi orden viras veinte a babor y arriamos trinquete y mesana.
El veterano Ben Brooke clavó la vista en la brújula, esperando la orden mientras sentía como se deslizaban unas frías gotas de sudor por sus sienes.
El holandés mantuvo el rumbo y la estela de su presa, y alborozado, golpeó la barandilla del puente al ver como el «Valiant» viraba ofreciéndole su costado y recogía trapo reduciendo ostensiblemente su velocidad.
-¡Ya te tengo!…¡por fin te decides a luchar!.
Pero la realidad era bien distinta, el «Horizon» no viró en el mismo sitio y, tras un fuerte crujido del maderamen tras la inercia del frenazo, quedó irremisiblemente encallado en el fondo arenoso del que Pitt Collins hizo gala de conocer tan bien.
Van Holm gritaba una mezcla ininteligible de órdenes y maldiciones
mientras el irlandés se recreaba situando el «Valiant», con parsimonia, perpendicular a la popa de «Cicatriz».
Collins se tomó su tiempo, ordenó abrir las portezuelas de la artillería, y extrajo un pañuelo bordado de la bocamanga de su casaca, para agitarlo después teatralmente por encima de su cabeza; fue entonces cuando los cañones del «Valiant» dictaron sentencia: los inferiores ,de veinticuatro libras, cargados con pesados proyectiles macizos, impactaron contra la línea de flotación de su oponente, abriendo sendos boquetes entre una nube de astillas de madera; los superiores de doce libras, con bolas rellenas de munición, barrieron la cubierta de popa a proa como la ráfaga de un mortífero huracán, desmembrando a su paso sogas, cuerpos, toneles y el trapo inferior.
Tras la primera andanada, el «Horizon» estaba herido de muerte, no así su capitán, el cuerpo de «Cicatriz» Van Holm se hallaba literalmente desollado y grotescamente colgado sobre la rueda del timón, lo que había salvado la vida a «Dumb» Hanson, que a duras penas intentaba quitarse de encima los sanguinolentos pedazos del holandés.
El buque dio su último estertor y quedó a medio hundir sobre los traicioneros bancos de arena, con toda la banda de babor sobresaliendo de las someras aguas. La tripulación superviviente intentaba aferrarse a los restos flotantes o subirse al costado del «Horizon», pues la sangre de sus compañeros, entre los que se encontraba Fréderick con un revelador sablazo en la espalda, comenzaba a atraer a numerosos tiburones.
Un par de botes se acercaron al «Valiant» pidiendo ayuda; Collins bostezó como si hundir el galeón de «Cicatriz» apenas le hubiera causado esfuerzo, con adusto ademán delegó en su segundo, un menudo y pálido inglés al que llamaban «Sir Hook» por el gancho que lucía en el lugar de su mano izquierda cercenada por los españoles en Santiago de Cuba.
-¡ Necesitamos artilleros de primera y algún carpintero… y al piloto… por supuesto!.¡El resto… no serviríais ni para carnada!- gritó con voz chillona.
Varios hombres se lanzaron al agua y treparon por los cabos hacia cubierta, «Dumb» entre ellos, los que quedaron en los botes utilizaron los remos para separarse del casco del «Valiant» y se alejaron maldiciendo, pero mirando de reojo a las docenas de mosquetes que les apuntaban desde la toldilla y el castillo de popa.

No era su primer combate naval, pero si el más corto. Admiraba a Pitt
Collins por sus dotes de estratega y como había hecho caer al holandés en su tela de araña, pero también se felicitaba a sí mismo porque su plan seguía su curso tal y como él lo tenía concebido,¡ un simple grumete!, de dos enemigos ya solo le quedaba uno.

Fernando Cerezales Fernández

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