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TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 18

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UNA pequeña HISTORIA DEL BIERZO

Capítulo 18

José salió de la tienda de ultramarinos con un fardo colgado de la espalda y una cantimplora prendida al cinto con el que sujetaba el pantalón. Se paró a un lado y comprobó cuanto le quedaba del dinero que había ahorrado desde que empezó a trabajar en la mina. Hizo una mueca de preocupación y empezó a caminar hasta que llegó al puente medieval. Era el segundo día que hacia el mismo recorrido, por el camino de Santiago, hasta Pradela. El camino cuesta arriba, con el fardo colgado de la espalda, se hacía mucho mas pesado que el día anterior. Durante el recorrido hizo y deshizo, varias veces, los planes que tenía para cuando llegara a Pradela.

Rosaura cerró la cancela del prado donde las vacas, recién llegadas, pacían y emprendió el camino de regreso a casa. Recolocó el pañuelo, con el que sujetaba el pelo, para tornar el sol que le cegaba mientras caminaba con la rapidez de que era capaz hasta llegar al camino de la aldea. Puso la mano para tornar el sol que le cegaba y mirar quien era aquel que estaba sentado en la escalera de entrada a su casa. José se levantó al ver que Rosaura se acercaba por el camino.

– Eres tú, exclamó Rosaura relajando la intensidad de su respiración.

– Si, señora Rosaura, soy yo y quiero hablar con usted.

– ¿De qué quieres hablar?

– Señora Rosaura, aquí en este fardo traigo unas cuantas cosas. Si le parece bien podemos entrar en su casa y encender el fuego. Después de hacer la comida podiamos hablar, si le parece bien.

– Pasemos a dentro _ Rosaura se acercó a la puerta y la golpeó con la mano_ Adela, soy madre, abre la puerta.

Con la puerta abierta se iluminó el interior de la cocina. Adela esperó a que Rosaura y José estuvieran dentro para volver a cuidar de las hermanas pequeñas, Elisa y Carmen. Mientras que Rosaura encendia el fuego, José abrió el fardo, sacó todas las cosas que había comprado en Villafranca y las extendió encima de la mesa.

– Señora Rosaura, mire usted esto que he traído.

Rosaura terminó de encender el fuego y se acercó a la mesa sobre la que José habia colocado toda la comida que compró en Villafranca. Eran latas y tarros de cristal con diferentes conservas de comida, una hogaza de pan de trigo y paquete de papel de estraza, lleno de caramelos.

– Hace mucho tiempo que no tenemos conservas de pescado _ Rosaura miró a José y sonrió con tristeza_ Ahora no las podemos comprar.

– Señora Rosaura _José le miró a los ojos_ ¿Tiene caldo hecho?

– Sí, tengo caldo hecho _Rosaura se acercó al pasillo_ Adela, venid las tres a la cocina.

Adela apareció con una niña a cada lado, las ayudó a subirse al escaño y las dejó para ayudar a Rosaura. Llenó las tazas de caldo caliente, puso las cucharas dentro y las colocó en la mesa.

Rosaura preparó dos tazas con tacos de pan de centeno y leche caliente. Se sentó en el escaño, cogió a la niña Carmen en brazos y la colocó en el regazo, metió la cuchara en la taza y la sacó llena de leche y pan, la puso en sus labios para comprobar que no quemaba, la acercó a la niña y poco a poco, la vació dentro de su boca repitiendo el gesto una y otra vez hasta que la taza quedó vacía.

– ¡Adela! Abre la alacena y saca la fuente con la carne cocida.

– Ya voy madre _Respondió Adela que miraba, con disimulo, a José.

Adela se aseguró de que Elisa quedara bien sentada y se levantó para coger una banqueta y subirse encima, a fin de alcanzar la fuente con la carne. José que, sentado en la silla, observaba que Adela no llegaba a la altura de la estanteria, se levantó y se acercó a ella.

– Espera, espera un momento, yo bajaré la fuente.

José cogió la fuente del estante y se la dio a Adela. Rosaura observaba, en silencio, la escena que Adela y José protagonizaban sin ser conscientes de ello.

– José, siéntate en ese banco, Adela se ocupará de poner todo lo necesario en la mesa.

Rosaura cambio de postura, dejó a la pequeña Carmen sentada en el escaño y cogio a Elisa en su regazo para ayudarle a terminar su comida antes de que Adela pusiera el caldo y la carne sobre la mesa. El acto de comer no duró mas de diez minutos y cuando todos habían acabado, Adela empezó a recoger la mesa.

– Adela, yo recogeré la mesa. Lleva las niñas a la habitación y estáte con ellas hasta que se queden dormidas.

– Sí, madre _Adela miró a José, cogio de las manos a las dos niñas y se fueron por el pasillo hacia la habitación.

Rosaura puso las manos sobre la mesa miró a José y empezó a recoger los cuchillos, platos tenedores y restos de comida que había en la mesa para llevarlos a la fregadera. José obserbó en silencio todo o que iba sucediendo hasta que Rosaura se sentó frente a él.

– Dime José ¿Porqué has venido aquí? _Rosaura miró fijamente a José_ ¿Que es lo que quieres de nosotras?

– Señora Rosaura, usted tiene tierras que no puede trabajar porque su marido está en Cuba, su hija mayor Pilar está sirviendo en una casa de Villafranca y su hijo Manuel está estudiando y vive en una habitación alquilada en Cuatrovientos, cerca de Ponferrada.

– Eso es cierto _Afirmó Rosaura poniendose en alerta.

– Su marido está lejos y usted está sola y tiene que cargar con toda la familia.

– ¿Por qué sabes tú esas cosas de nosotros?

– Lo que yo sé me lo dijo el señor Manuel, su marido, cuando salió del pueblo para ir a Cuba. Yo me encontré con él en la parada que el coche de línea hace en Trabadelo cuando va en dirección a Ponferrada. Fuimos hablando y me dijo que, al igual que otros muchos españoles, él iba a hasta Vigo para coger el barco e ir a Cuba en busca de fortuna.

– Eso es cierto pero díme ¿Que quieres tú?

– Señora Rosaura _José respiró fuerte para coger valor y le miró de frente_ Quiero trabajar sus tierras. De aquí a un año estarian todas labradas, sembradas y dando fruto. Usted, señora Rosaura tiene vacas, un asno y herramientas para trabajar. Lo único que usted necesita es un hombre que las trabaje y yo estoy dispuesto a ello.

Rosaura permanecio callada, se levantó del banco, limpió la mesa y se acercó a la fregadera para lavar los platos. José permanecia a la espera de que ella le diera una respuesta, pero ésta no llegaba.

Rosaura cogió leña y la puso sobre las brasas de la “lareira” para avivar el fuego. Puso la estrebede en medio de la llama, se acercó a la caldera, donde la comida de los animales esperaba para ser cocida y se volvió hacia José que estaba de pié a su lado.

– Yo sola no puedo. Antes tenia a mi hombre Manuel y entre los dos podíamos con todo pero ahora estoy yo sola. Adela, cuando la guerra, padeció una pulmonia y se curó pero quedó mal del corazón y está muy debil. Depués la llevamos al convento de villafranca y allí aprendio a leer y a escribir en poco tiempo. Pero es muy rebelde y no aguantó que quisieran abusar de ella.

– No se preocupe señora Rosaura, no se preocupe usted _José cogió el asa de la olla por un lado de la caldera, Rosaura hizo lo mismo por el otro lado y la cargaron encima de la estrévede_ Señora Rosaura, no se preocupe. Hasta que vuelva su hombre, el señor Manuel y si a usted le parece bien, yo estaré con usted y con sus hijas.

Rosaura salio al corredor que daba al patio por donde entraban los animales a las cuadras. Se apoyó con los brazos en la baranda y permanecio callada con los ojos anegados, mirando la “palloza” de piedra con techo de paja, hasta que notó a su lado la presencia de José.

– Esa parte de abajo de la “palloza” es donde se guardan las ovejas y las cabras. La otra parte es donde, antiguamente, viviamos las personas. Eso era antes de hacer esta casa donde vivimos ahora _Miró la “palloza” guardando en silencio los recuerdos que volvian a su cabeza y miró a José_ Será necesario arreglarla para que sea posible seguir viviendo como ocurria años atrás.

– Señora Rosaura ¿Quiere decir que puedo quedarme con ustedes?

– Sí, quiero decir que puedes quedarte, si eso es lo que deseas. Tú no tienes casa y nosotros necesitamos un hombre en la nuestra.

– No se arrepentirá _José se abrazó a ella_ Yo haré todo lo que sea necesario y aunque ahora queda mucho trabajo por hacer, saldremos adelante.

Rosaura miró al cielo y giró la cabeza para que José no pudiera ver sus ojos llenos de lágrimas que pujaban por derramarse sobre su rostro. No habia mujer como ella, valiente, luchadora, amante de su esposo y defensora de sus hijos.

– Empieza por preparar el sitio donde dormiras esta noche _Dijo girandose para entar en casa sin que José pudiera verla secandose las lágrimas.

José bajó del corredor y fué a la entrada de la palloza. Desató el alambre que mantenia la puerta cerrada y la empujó hacia dentro, dando paso a los rayos de sol que iluminaron el interior mostrandole el trabajo que le esperaba para que la “palloza” volviera a ser un lugar habitable.

– Señora Rosaura _José levantó la mirada hacia el corredor_ Voy a preparar todo lo necesario para poder dormir esta noche. Necesitaré las herramientas que pueda tener en casa.

– Todas las herramientas estan allí _Rosaura señaló con la mano_ en la “palleira”, donde se guarda la leña cortada.

José entró en la “palleira”, observó las maderas apoyadas, en posición vertical, sobre la pared y las herramientas que colgaban de los ganchos de madera clavados entre los huecos de las piedras.

Rosaura permanecia en silencio, con el pensamiento y la mirada perdida, hasta que sintio que alguien tiraba de su vestido.

– Elisa, Carmen, volved conmigo _ Adela las sujetó a su lado y miró a Rosaura que permanecia en silencio_ Madre, tenemos que ir a buscar las vacas.

– Sí, trae las niñas que iremos las cuatro. Aún quedan dos horas de sol _Rosaura se agachó para coger a Carmen en el regazo y con la otra mano sujetó a Elisa_ Adela, vete a donde está José y díle que vamos al prado para traer las vacas a casa.

– Voy, madre.

Adela se asomó hacia el interior de la “palleira”, miró a uno y otro lado sin ver a nadie y fue hasta la “palloza” donde se oian ruidos. Con la mano sujetando la puerta, se asomó para oir de donde venian los ruidos y vio la camisa de José tendida encima de los troncos de leña.

– ¡José! _Adela esperó unos segundos sin oir respuesta, pasó al interior y volvio a llamar_ ¡José!

– Estoy aquí, pasa.

Adela pasó al interior y vio a José en plena actividad organizando y limpiando la “palloza” para convertirla en un lugar donde pudiera dormir la proxima noche.

– Madre y yo vamos buscar las vacas al prado. Llevamos las niñas con nosotras.

José apoyó, contra la pared, la viga de madera que estaba moviendo, respiró hondo y se volvió hacia ella que le miraba en silencio.

– Me acuerdo de tí. Te conocí cuando tu padre te llevó a la féria de Vega de Valcarce.

– Yo tambien me acuerdo _Respondio Adela mirando a José_ Fue cuando acabó la guerra

– Entonces tenias pocos años pero ahora ya eres una mujer hecha y derecha _Adela permanecio en silencio mirandole_ Cuando tenga una casa donde podamos vivir, me casaré contigo.

Adela se quedó en silencio, salio de la palloza, tan de prisa como pudo tropezando con su madre que, detras de la puerta, habia escuchado la conversación.

– Vamos de prisa que se hace tarde. Coge las niñas y vete delante de mí.

Rosaura caminaba despacio detrás de las tres hijas, sonreía en silencio y hacía planes pensando que José era lo mejor que les podía pasar en aquel momento. Pilar, su hija mayor sirve en una casa de Villafranca y tiene relaciones con Pedro, que trabaja en la mina de Fabero y pronto se casaran. Seria bueno que Adela se casara con José.

– ¡Adela! Espera un momento _Rosaura sonrió, cambió la agullada a la mano izquierda y se acercó a Adela.

– ¿Que quiere usted, madre?

– Dame la pequeña que la llevaré yo, para que no se canse de andar _Rosaura cogió a la niña Carmen, la acomodó en sus brazos y miró a Adela con insistencia.

– ¿Porqué me mira asi, madre?

– Te miro porque eres una mujer muy guapa y además sabes leer y escribir. Yo munca pude escribir mi nombre.

Adela cogio la mano de la pequeña Elisa y siguieron caminando al lado de su madre hasta que llegaron al prado.

– ¡Adela!

– Dígame usted madre.

– Aparta las niñas hacia atrás.

Rosaura desatascó la cancela y la abrió para dejar el paso libre a las vacas, que al sentir su llegada, empezaron a caminar en dirección a la salida hasta llegar al camino por el que su instinto les conduciria hasta la entrada de las cuadras. Cerró la cancela, cogió a la pequeña Carmen y con ella en brazos, las cuatro emprendieron el camino de regreso. Cuando Rosaura y las hijas llegaban a casa, las vacas esperaban al lado de la puerta de las cuadras.

– Adela, sube con las niñas y pon a hervir leche para prepararles la comida. Yo voy a encerrar las vacas en la cuadra.

Rosaura abrió la cancela de la cuadra y las vacas entraron una tras otra para colocarse en el sitio que, llevadas por la costumbre, les correspondia. Cerró la cancela y fué hasta la puerta de la palloza. Al no escuchar ruido alguno abrio la puerta y pasó a dentro. Nada hacia pensar que toda aquella ruina en que se había convertido la palloza, desde que fué abandonada para vivir en la casa de piedra, José la habia convertido en lo que fué años atrás.

– ¿Le gusta como queda?

Rosaura, sobresaltada, se giró hacia la entrada y vio a José que entraba cargando en la espalda un haz de paja. Lo descargó con cuidado para colocarlo encima de las cuatro tablas con las que José construyó lo que seria su cama.

– Sí, me gusta. Hacía años que no la veía asi.

– Señora Rosaura, aún es de día y conviene que nos ocupemos de ordeñar las vacas y dar la comida a los animales.

– Voy a llamar a Adela para que ayude. Las niñas pueden quedar en la habitación de arriba, con la puerta cerrada.

– Esto lo podemos hacer entre usted y yo. Es mejor que Adela cuide de las niñas y que prepare algo caliente para cenar.

Cuando el cántaro estuvo lleno de leche, el pesebre lleno de hierba para las vacas, y los naseros llenos de comida para los cerdos, Rosaura y José cerraron la puerta de las cuadras dando por terminado el trabajo del día.

En la mesa esperaban las cazuelas vacias que Adela llenó con caldo caliente.

– ¿Que hacen las niñas? _ Preguntó Rosaura_ ¿Les diste la cena?

– Sí, les preparé una taza de leche migada. Lisa lo comio todo pero Carmen solo un poco. Ahora, las dos están en la habitación con la puerta abierta y puedo oirlas desde aquí.

– Tráe a las dos y vigila que no se acerquen al fuego.

José tomó la cena escuchando la conversación entre Rosaura y Adela que volvió a la habitación para traer las niñas a la cocina. Rosaura sacó de la alacena cuchillo y tenedor, una fuente con carne cocida, pan de centeno y la puso delante de José que intentaba ordenar sus ideas.

– Señora Rosaura, quiero que mañana me lleven hasta donde estan todas las tierras que hay que trabajar. Ya he visto que las vacas, el arado, el rastrillo y el carro están en buen estado. Desde mañana prepararé las tierras para plantarlas.

Rosaura, acostumbrada a las decepciones sufridas durante toda la vida, disimuló la sensación que sentia al escuchar aquello que José acababa de proponerle, no dejando aflorar la alegria que le invadio.

Pasaban los días y la actividad de José se habia contagiado a la familia. Los demás vecinos de la aldea vigilaban y controlaban a José que en poco dias había labrado las tierras de la señora Rosaura que, desde que el señor Manuel marchó a Cuba en busca de fortuna, permanecian abandonadas. Mientras que Adela se ocupaba de las faenas de la casa y de las niñas pequeñas, Rosaura acompañaba a José con el carro que unas vaces iba cargado con las herramientas necesarias para labrar las tierras y otras veces la carga era el abono sacado de las cuadras para extenderlo por las tierras labradas y por los prados.

Meses después de su llegada, José entró en casa y se sentó ante Rosaura que, en ese momento, tenía a la niña Carmen en su regazo, acomodandola en medio de su pecho para darle de mamar.

– Señora Rosaura _José esperó a que Rosaura sacara una teta para ponerla en la boca de la niña_ Quiero pedirle un favor.

– Dime José ¿Que es ese favor que me quieres pedir?

– Necesito arreglar la cubierta de la palloza. Ahora no llueve pero, cuando llueva o nieve, entrará agua dentro y hará mucho frio.

– Nosotras no sabemos hacer ese tipo de trabajo.

– ¡No! No se preocupe por eso, señora Rosaura. Quiero ir a Villafranca para comprar algunos materiales. Lo que necesito es el burro para traerlos.

– Sí, hombre sí, puedes llevar el burro _José vió reir a Rosaura por primer vez_ ¿A que hora piensas marchar?

– No será muy temprano. En Villafranca, los comercios no abren hasta las nueve de la mañana. Yo creo que las siete será una buena hora para leventarse.

José salio de la casa y se dirigio a la palloza. Desde el corredor, Rosaura lo obsevaba hasta que entró dentro y oyó el ruido del cerrojo.

– Adela.

– Dígame usted, madre.

– Voy a salir un momento para hablar con Guillermo. Cierra la puerta con la tranca y no la abras hasta que yo vuelva.

– Sí madre, cerraré la puerta hasta que usted vuelva.

A pesar de que el amanecer era frio, José, sentado en el jergón de paja, intentaba vestirse mientras se desperezaba. Se levantó para asentar los pies dentro de las botas y después de atar los cordones de cuero salió de la palloza para ocultarse detrás del zarzal que bordeaba el camino. Cinco minutos después regresaba a la palloza sujetandose el pantalón con el cinturón de cuero.

– Buenos dias, José.

– Buenos días _Respondio José levantando la vista, sin dejar de apretar la hebilla del cinturón_ Buenos días señora Rosaura.

– Te traígo esto _Rosaura desató la correa que cerraba el cuello de una bolsa de cuero_ Es para tu servicio.

– Gracias _Respondió José cogiendo la bolsa y mirando como Rosaura volvía a la casa.

José entró en la palloza, dejó la bolsa encima del un cajón que le servia de mesa y al abrirla, descubrio que dentro habia una navaja de afeitar, una piedra para poderla afilar y una correa para asentarla y suavizarla, todo ello con señales de haber sevido mucho tiempo pero en buen estado de conservación.

José terminó su aseo personal y salió de la palloza para ir a la cuadra en busca del burro. Le colocó el cabestro, después la albarda y salió de la cuadra. Terminó de cerrar la puerta y se volvio para coger el burro y emprender el camino hacia Villafranca.

– Buenos días señor José. Veo que se levanta usted muy temprano.

– Guillermo ¿Qué haces aquí? _Preguntó José, sorprendido.

– Voy camino de Villafranca. Quiero que le miren las herraduras al cavallo.

– Yo tambien voy a Villafranca _Respondio José_ Podemos ir juntos.

– Sí, es mejor ir en compañía que ir solo.

José llevó el burro hacia un tronco que, a modo de escalón, le ayudaría a subirse sobre la albarda que cubria su lomo. Camino de Villafranca, los dos conversaban mientras eran observados por Rosaura desde la pequeña ventana de la habitación hasta que los perdió de vista a lo largo del camino. Rosaura volvio a la cama con sus hijas, a la espera de que al amanecer saliera el sol y poder seguir la rutina que se repetia dia tras dia.

– Madre

– Dime Adela ¿Ya estás despierta?

– Sí, Madre, estoy despierta.

– Habla bajito que aún es muy temprano y las niñas estan dormidas. ¿Qué quieres hija? ¿Qué te pasa?

– Madre, durante toda la noche, no pude dormir. Pasé todo el tiempo recordando a Padre y tengo miedo de que no vuelva de Cuba.

– ¿Porque tienes miedo de que no vuelva?

– Cuando el cartero hace el reparto por las aldeas, trae cartas de Cuba para otras familias pero, nunca para nosotros.

– Hija no debes estar triste _Rosaura se levantó para sentarse en el borde de la cama y acarició la cabeza de Adela, que seguía acostada mirando a su madre_ En las últimas noches soñé que álguien decía mi nombre con voz lastimosa y yo me despertaba preguntando ¿Quien eres, quien eres? Pero la voz solo repetía Rosaura, Rosaura. Yo miraba a mí alrededor y poco a poco los ojos se me iban cerrando hasta que volvía a quedame dormida.

– ¿Que significa eso, Madre?

– Significa que todos los días rezo para que Padre esté bien y que pronto pueda volver a casa _Rosaura llevó sus manos a la cara para taparse las lágrimas, y evitar que Adela pudiera verla llorar_ Sé muy bien que rezar no sirve de nada, que es una forma de consuelo inútil, pero consuelo al fín y al cabo.

– Madre _Adela se abrazó a Rosaura_ Yo, al igual que tú, se muy bien que rezar no sirve de nada, que es un engaño. El tiempo que estuve en Villafranca, con las monjas, me sirvio para abrir los ojos y ver que todo eso que predican es una gran mentira.

– Hija, no hables así. Si alguien de la aldea te oye y lo cuenta al cura o lo denuncia en el cuartel, nos haran la vida imposible como antes.

– Sí madre, sí. Me acuerdo cuando padre tenia que ir al cuartel para hacer acto de presencia, y del estado penoso en que quedaba. Sí madre, recuerdo que necesitaba días para poder tenerse en pié.

– Adela, hija, no hables asi.

– ¿Porqué madre? ¿Porqué no debo hablar asi? ¿Acaso no te das cuenta de que los domingos, cuando viene el cura a decir misa, todos nos vemos obligados a pasar por el confesionario? Después él nos pregunta por toda nuestra vida privada. La última vez me preguntó si habia estado con algún hombre. Yo me callé y no le respondí pero él volvio a preguntarme y tuve que contestarle.

– Hija mia _Rosaura cogio la mano de Adela_ No hables de esa manera cuando haya gente al lado.

– Cuando salió del confesionario me puso el brazo en el hombro y me aparté de él. Salí corriendo pero cuando estaba fuera me dí cuenta de que no llevaba el velo y volví buscarlo. Me acerqué al confesionario para recogerlo del suelo y oí al cura gimiendo como si estuviera loco.

– ¿Como si estuviera loco?

– Sí madre. A mí me daba miedo.

– ¿Sabes si él te vio?.

– Yo creo que no. Cogí el velo del suelo y al levantarme ví que tenia la sotana en las rodillas y que no paraba de mover la mano entre las piernas. Yo me asusté mucho y caminé despacio, sin hacer ruido, hasta la puerta.

– ¿Te vió álguien de la aldea?

– Yo no ví a nadie. A mí me llamó la última para confesarme y todos los demás se habian marchado.

– Nunca hables de esto con nadie. Cuando tengas que alejarte de casa, me avisaras siempre y si hace falta yo te acompañaré.

– Madre, usted no puede acompañarme siempre.

Rosaura puso sus manos en los hombros de Adela y sonrió en silencio.

– Ahora tienes que seguir durmiendo. Aún es muy temprano y podemos descansar unas horas más. Después tendremos mucho trabajo que hacer durante el día.

– ¿Madre, me despertará usted?

– Sí, hija yo te despertaré.

Rosaura se acostó de espaldas en la cama, miró al techo oscurecido por el humo del candil y sonrió.

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