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“Don Merre”, un berciano de adopción, hoy olvidado
María Regina Ramón Teijelo
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Cuando llegó a Ponferrada, nuestro protagonista desconocía el destino que le aguardaba. Atrás había quedado la selva amazónica. Tras una larga travesía ultramarina, con pasaje de primera, desembarcó en el puerto de Vigo, en el verano de 1924. Marcelino Ramón López, el fundador de “Almacenes la Verdad”, se propuso obsequiar a su esposa en el primer aniversario de su boda, con algo exótico y original. Luz (hermana del fotógrafo berciano Arturo González Nieto), que sentía gran fascinación por los animales (perros, gatos, pájaros…), se llevaría una sorpresa mayúscula, aunque nunca se sabrá si de alegría o de estupefacción, cuando el ave recaló en sus dominios, en el 2º piso de la calle Isidro Rueda, esquina Travesía de Pelayo.
En poco tiempo, el loro llegaría a convertirse en su fiel mascota: sólo a ella obedecía y también a ella iban destinados sus requiebros y zalamerías. A su llegada, habría sobrepasado con creces los 40 años. Era inteligente, hablador, sociable y un poco cascarrabias. Poseía gran capacidad auditiva y buena disposición para el aprendizaje de cualquier travesura. Pero lo que más llamaba la atención de visitantes y transeúntes era su tono de voz. Con matices de contra tenor, era capaz de imitar no sólo los diferentes sonidos de los relojes que en la casa daban las horas, sino que se atrevía a arrancarse con un minueto o un cuplé. A ello hay que añadir que su ama nunca puso reparos a que D. Merre asistiera a sus sesiones diarias al piano. A él se le consentía todo y en sus dominios se sentía el rey del mambo. Su lugar predilecto era la cocina o el corredor, que daban a la calleja del Bodegón. Su jaula se hallaba en el lugar más privilegiado de la cocina: cerca de la despensa. Arrastrando su larga cadena, que llevaba asida a una pata, se regalaba con lo que más le gustaba: las frutas y los dulces. En los días calurosos del estío, para dormir, la jaula se instalaba en el corredor para que estuviera más fresco y ¡cómo disfrutaba con las canciones de ronda de los mozos que salían del Bodegón! ¡y aún mucho más con los juramentos, tacos y blasfemias de los más rezagados, que ya de madrugada, se retiraban a dormir “la mona”!
En cierta ocasión, durante los años treinta, en pleno gobierno republicano le dio por alardear de patriotismo, arrancándose y canturreando con todas sus fuerzas la Marcha real. Ni que decir tiene que al cuarto de hora se personaron las fuerzas del orden para proceder a la detención del autor de semejantes tropelía. No daban crédito a sus ojos cuando toparon con el supuesto subversivo, que envalentonado seguía en sus trece. Tras las consiguientes recomendaciones a sus dueños, se fueron derrotados por la perseverancia del susodicho. Una vez finalizada la Guerra Civil, volvió el loro a dar nuevos quebraderos de cabeza. Corría el año triunfal de 1941 y en una sofocante noche del mes de julio, D. Merre, haciendo gala de su extraordinaria voz, se atrevió con el himno republicano. Hay que decir que la interpretación se escuchaba desde el arco del reloj, pasando por la plaza de La Encina, hasta la mismísima calle de la Fortaleza. ¡Menudo escándalo! Acto seguido, acudieron al domicilio de los propietarios numerosos miembros de la policía secreta y de la guardia civil, a fin de detener al autor de tamaña provocación. ¡No eran momentos para bromas! Registraron habitación por
habitación, armario tras armario, sin dejar ni un rincón por escudriñar, hasta llegar a la cocina y descubrir en el corredor al autor de tan grave delito. Aquél, sintiéndose protagonista y envalentonado por la hazaña, se lanzó de nuevo a interpretar el himno prohibido, ante el auditorio congregado dentro y fuera de la casa. Menos mal que en la ciudad de aquel entonces todo el mundo se conocía…No sería ni la primera ni la última vez que este agitador ejecutara semejante tipo de travesuras y pusiese a sus dueños en aprietos. Así era esta mascota: provocadora, tozuda y algo tirana.
Cuentan que en una calurosa madrugada del mes de julio, finalizando ya la década de 1940, este aventurero protagonizó una de sus fugas más épicas. Nunca sabremos si la escapada se debió a imperativos amorosos (tras la caza de una cacatúa que andaba suelta por la zona) o simplemente por mera curiosidad. Sobrevolando divertido la fortaleza medieval ponferradina, y ante la mirada atónita del vecindario, le dio por posarse en cada una de sus almenas para luego descender, en vuelo rasante, y aterrizar en la explanada del Moclín. Advertidos sus propietarios, “Almacenes La Verdad” cerró sus puertas durante toda la jornada, se pusieron en marcha empleados, familiares, bomberos, policías, voluntarios y demás concurrencia que se prestó a participar en el rescate. El muy rufián, a sabiendas de que los mantenía en jaque a todos, se aventuró, una y otra vez, a planear y posarse en los cubos del castillo. A su descenso, los hombres acudían veloces, lanzándose con mantas sobre él, pero todo resultaba en vano. D. Merre siempre los esquivaba, burlándose de todos y entonando alguna que otra canción de su variado repertorio. La odisea finalizaría cuando unos cuantos soldados moros, miembros del batallón de “Regulares” acampados en la ciudad, llegaron a caballo, en auxilio de los ya desmoralizados y extenuados rescatadores.
Cierto día de 1961, volvió de nuevo a hacer de las suyas. Por aquel entonces Dª Ana Torres Villarino, recién llegada a Ponferrada e instalada en la vivienda que se hallaba encima de “La Verdad”, subió y llamó al timbre de la 2ª planta , con el fin de entregar un obsequio a Luz González Nieto. No había nadie en la casa, salvo el loro. Dª Ana insistió…, insistió…, pulsando… y pulsando… el timbre, pero sólo escuchaba una y otra vez: “¡Ya voy!… ¡Ya voy!… ¡Ya voy!…” Cansada ya de esperar en la escalera durante un buen rato, sin que nadie le abriera la puerta, acabó por bajar de mal genio y encerrarse en su domicilio, molesta y refunfuñando contrariada. Ni que decir tiene que la profesora Torres Villarino estuvo mucho tiempo sin perdonar el desaire ni dirigirle la palabra a su vecina, hasta que un buen día, al enterarse de la existencia del loro, se deshizo el malentendido y la cordialidad entre ellas quedó restablecida.
La relación de esta mascota con los niños, merece capítulo aparte: no los quería ni en pintura. Le incomodaban y no le dolían prendas en insultarles siempre que le venía en gana. Hace poco tiempo descubrí el motivo. El loro era bien conocido entre las pandillas de chiquillos que jugaban en la plaza, en la calle Paraisín o en el Moclín. Se cuenta que durante la posguerra, en temporada vacacional, la concentración de escolares que jugaban en la Plaza era enorme, declinando su atracción predilecta por la exótica ave. En esas circunstancias se entablaba una batalla desigual: todos contra uno. Provistos de tirachinas, los más audaces le lanzaban caramelos o pequeños guijarros con incierta puntería, mientras que el otro contraatacaba con insultos soeces e improperios de todos los colores. En aquel tiempo difícil, de escasez y de imaginación superlativa, D. Merre debió de representar, entre la chiquillería de “la zona de arriba” de Ponferrada, una auténtica atracción de feria.
Tras el fallecimiento de Luz, su bienhechora, en 1972, su destino cambiaría de rumbo y D. Merre ya no volvería a ser el mismo. Quedó a cargo de mi tía, Consuelo Ramón, y de su esposo. Una vez que éstos deciden trasladarse a León y no llevárselo consigo, se lo cederán en custodia a una familia de San Andrés. Poco a poco su estrella se iría eclipsando hasta que un buen día de 1974, herido de ausencias, dio su último suspiro cuando ya cargaba a sus espaldas con más de 90 años.
Zaragoza, 24 de enero de 2017
Pies de fotos:
1) Marcelino Ramón López y Luz González Nieto (h. 1927). Asomados a la calle Isidro Rueda, 6, desde la que se puede apreciar la fachada modernista, hoy desaparecida, del Casino “La tertulia”.
2) En la terraza de la casa de la calle Isidro Rueda, esquina Travesía de Pelayo (1927). Grupo integrado por D. Merre, en el centro, posado sobre la mano derecha de Luisito (único vástago de los González Nieto), una amiga de la familia, Consuelo Ramón sosteniendo un abanico y la perrita "Film", mascota del fotógrafo Arturo González Nieto.
3) Mi tía, Consuelo Ramón, posando con D. Merre y la perrita "Film" (1927).
4) D. Merre posado en una mano de Dª Consuelo Nieto, mantiene con ella agradable conversación. Mientras Luisito, ignorando al loro, se distrae con la "Film" (1927).
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