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LAS SOPAS DE AJO Y LA BAÑEZA

toni- cabalgamos

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Si mi abuelo Vicente no se hubiese casado con mi abuela Rafaela,   -en segundas nupcias, ella-  tal vez mi madre no hubiese nacido. Y si mi madre no hubiese nacido, yo no estaría aquí tratando de escribir sobre la gastronomía bañezana.

La Bañeza  -permítaseme hacer un poco de historia-  es la capital de treinta y tantos municipios, en uno de los cuales,  -San Martín de las Torres-  estuvo enclavada la antigua Bedunia, ciudad que figuraba en todos los itinerarios romanos que nacían en Caesaraugusta  -Zaragoza-  y terminaban en Braccara  -Braga- y en los alrededores de La Bañeza, el veintidós de Enero de mil ochocientos once caían humilladas las águilas napoleónicas por el ejército gallego mandado por don Ramón Romaní.

No se trata  ahora , aquí, de abrumar al lector con datos históricos sino que quiero, más bien, acercarlo a una de las realidades bañezanas: la gastronomía. Y lo hago porque, no en balde, heredé de mis ancestros  la pasión por las sopas de ajo que, de cuando en vez, compongo para amigos y compadres.

Félix Pacho Reyero,  periodista y hombre metido en aventuras culinarias  -VIAJE A LA GASTRONOMIA LEONESA es uno de sus  libros-  afirma que él utiliza cuchara de raíz de brezo  -arbusto de unos dos metros de altura, madera durísima y raíces gruesas que sirven para hacer carbón de fragua-  y cuenco de barro de Jiménez de Jamuz, como aquel en el que degustaron los Reyes de España  -Sofía y Juan Carlos-  las sopas de ajo, durante su visita a León.

Por su parte Juan Antonio de Zunzunegui, vasco y aficionado a temas de cocina, escribe en su libro GASTRONOMIA MADRILEÑA que el mejor reconstituyente y el más eficaz equilibrador del organismo en las horas oscuras y turbias de la madrugada, es la sopa de ajo, porque no hay mejor sedante para dormir tranquilo que una sopa de ajo con huevo batido y aconsejo que se tomen entre las dos y las cinco de la madrugada.

Una de las fórmulas que mejor conoce este cronista que escribe, es la siguiente: ”Viértase aceite en una cazuela honda, de barro y póngase al fuego. Cuando el aceite esté bien caliente, échese los dientes de ajo y una cucharada de pimentón dulce  -prefiero el pimentón ligeramente picante-  y déjese en rehogo durante tres o cuatro minutos. Añádasele un litro y medio de agua, pan del día anterior cortado en rebanadas y cuézase durante media hora a fuego lento. Sepárese, después, la cazuela de la lumbre e incorpórense los huevos  -uno por persona-  y tápese el recipiente, dejándolo en reposo diez minutos y añádasele, si acaso, un poco más de pimienta y sírvase en la misma cazuela en la que se cocinó”.

Mi abuelo Vicente  -Vicente Alonso, más conocido por “Almorcestes”-  al concluir la degustación de la sopa de ajo, vaciaba en el cuenco un vaso de vino y tras remover, bebía el líquido, besaba el cuenco y decía: “Cojonudas. Están  cojonudas. Si no almorcestes todavía, almorzad unas sopas de ajo”.

En realidad, no sé si decía aquello de “Cojonudas. Están cojonudas”, pero la frase sin eso calificativos queda un poco desnuda.

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