La Memoria furtiva- Capitulo 4
Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”
————-no acertaba con la abertura lo cual aumentaba su desasosiego.
En ese momento Mercedes apareció con un sobre en la mano.
_Aquí tiene usted, este sobre lo ha dejado la señora Juanita para usted.
Manuel cogió el sobre, que estaba cerrado, lo tanteó y después lo metió en el bolsillo de su chaqueta.
_Muchas gracias Mercedes, después la leeré _Y a continuación se dirigió de nuevo a José_ ¿Me escuchas papá? _Le dijo Manuel cogiéndole las manos que no paraba de agitar, entre las suyas_ A ver papá, gírate un poco que te limpio de nuevo, tienes saliva cayendo otra vez.
Mientras Manuel limpiaba a su padre, se volvió hacia Mercedes y palpando el bolsillo donde había guardado la carta, le preguntó.
_¿Donde está ahora la señora Juanita?
_Empeoró su salud y la llevaron al hospital para hacerle unos análisis. Esperamos que vuelva pronto _Respondió Mercedes mientras se alejaba_
_Tengo saliva, tengo…, tengo…, si tengo saliva… _Interrumpió José intentando llevarse las manos a la boca_
_Ya te limpio, calma, calma, lo ves ya está.
_Me gusta lo que me dices pero… mamá tarda mucho.
Manuel Miró a José, respiró hondo y terminó de secarle los restos de saliva que aún quedaban en su cara.
_Después hablaremos de mamá. Ahora escucha que seguiré recordando lo que pasó: Mientras mamá me explicaba lo sucedido en el ambulatorio, yo te observaba y veía que tú te habías puesto mas serio y tu cara reflejaba preocupación. Ahora que lo recuerdo, creo que recuperabas la memoria a intervalos y aquel debió ser uno de esos momentos porque yo mismo me di cuenta de que actuaste como si ya fueras consciente de que tenías alzheimer. Mamá hizo un pequeño descanso y yo aproveché para apartarnos a un lado de la acera para no estorbar el paso de la gente que caminaba, completamente ajena a nuestros problemas, a uno y otro lado. Mamá continuó con la explicación de lo sucedido.
<< Estábamos en el despacho del doctor y yo le pedí la cartilla para entregársela a la enfermera. Papá miró en los bolsillos de la chaqueta y también en los de la camisa pero no la encontraba. Mientras murmuraba, diciendo que la había perdido o quizá la olvidó en casa, seguía buscando en los bolsillos del pantalón sin encontrarla y cuando desistió de seguir buscando levantó la cabeza y se disculpó por no encontrarla, entonces el doctor se acercó a él le cogió de la mano derecha, se la abrió y cogió la cartilla que papá tenía sujeta con la mano cerrada >>.
El doctor te ayudó a sentarte en la silla junto a mamá y le entregó la cartilla a la enfermera para que hiciera las recetas de los medicamentos. Le entregó, a mamá, las recetas y le dio además un volante para que tú fueras al especialista y así tener un diagnóstico más veraz ya que los síntomas de alzheimer, al parecer, eran bastante claros y como hemos comprobado, pasado el tiempo, realmente no se equivocaba.
José permanecía atento, con un interés inusitado, a lo que decía su hijo. Ya no estaba nervioso y el desasosiego, que había mostrado unos minutos antes, desapareció.
_Yo me acuerdo de eso _Dijo José contento porque había logrado recordar tal situación_ Sí, la cartilla en mi mano, sí, estaba… sí.
Los dos mantuvieron el silencio durante unos segundos, José esperando la reacción de su hijo y Manuel contemplando la sonrisa de su padre. Pensó que ya necesitaba un nuevo ajuste de la dentadura postiza que a medida que pasaba el tiempo le quedaba más grande porque las mandíbulas, lo mismo que el resto del cuerpo, disminuían de tamaño. Le ayudó a levantarse del banco y lo llevó a pasear por el jardín, cogido de la mano pero José no cesaba de mover la mandíbula porque tenía algún problema en la boca.
_¡Espera, espera! Ten cuidado que se te cae la saliva otra vez. Toma, coge el pañuelo, así, así, cógelo y límpiate que yo te ayudo.
Manuel limpió la saliva que manaba de la boca de su padre, le arregló el pelo y para darle un descanso, le sacó las gafas y las limpió con parsimonia alargando el tiempo con el ánimo de que estuviera quieto para, a continuación, proseguir con la conversación que ambos mantenían momentos antes.
_Siento mucho decirte, papá, que en ese momento yo no fui completamente consciente de la gravedad del problema. Estaba claro que el problema existía y era grave pero parece que un mecanismo extraño a nuestra conciencia bloquea la admisión, por nuestro cerebro, de verdades claras que representan problemas graves e inesperados para nosotros mismos y nos lleva a negar la existencia de tales problemas porque significan un desajuste en nuestra comodidad y en nuestra rutina del vivir cotidiano y procuramos minimizar tal gravedad porque nosotros no la sufrimos y huimos de tal posibilidad dejando en la estacada a las personas con las que, por naturaleza, estamos obligados.
_Ahora estoy bien, yo te escucho y me gusta. Mamá vendrá pronto.
_Mamá ya no vendrá por que ya no vive. Mamá se murió.
José cambió de actitud, frunció el ceño y ensombreció el gesto mirando con miedo a su hijo.
_¡Papá, papá! ¿Que miras ahora, te ocurre algo?
_Tú ¿Quién eres? Tú…
_Soy yo, papá, soy Manolo, estamos hablando desde hace mas de una hora. Ven vamos a dar un paseo por el jardín.
_Sí, paseo por el jardín, agua, quiero agua.
_Vamos a buscar agua, le pediremos a Mercedes un vaso de agua y después de que bebas, saldremos otra vez y si no estas cansado seguiremos hablando _Y se dirigieron a la entrada del edificio con un caminar lento y pausado_ Con cuidado, ahora subiremos por la rampa hasta el comedor y después de beber salimos por la escalera.
Padre e hijo, seguían rampa arriba, uno caminando y el otro cogido a la baranda y arrastrando los pies alternativamente con espacios muy cortos, hasta la puerta por la que salía Mercedes, una de las cuidadoras de la residencia.
_¡Hola José! ¿Qué quieres?
_Aquí, el hijo… agua… para beber.
_¿Qué quiere su hijo, José?
_No, no soy yo el que quiere agua, es él que necesita beber, como estuvimos hablando mucho rato ahora tiene sed, aunque él no habla mucho.
Mercedes, cogió una botella de agua y llenó un vaso de cristal transparente que acercó a la boca de José.
_Bueno, aquí tienes agua, José.
José colocaba la boca en el borde del vaso y sorbía el agua de tal forma que repartía el agua entre la boca, la camisa y el pantalón.
_Con cuidado _Le dijo Mercedes_ cuide de que no se le caiga en la camisa, así, así, muy bien.
Y José insistió varias veces, entre borbotones y ruidos de sorber, hasta que consiguió apagar la sed
_¿Quiere más agua, José? _Le preguntó Mercedes, a la par que le acercaba un pañuelo, cuando José separó la boca del vaso e intentaba limpiarse la boca con la mano_.
_Parece que no quiere más. Muchas gracias Mercedes. Ahora saldremos de nuevo al jardín a pasear.
_Hasta luego José, hoy estás contento ¿eh? hoy te acompaña tu hijo.
_Parece que tiene un día bueno, incluso habla con más normalidad que otras veces y recuerda más cosas de lo que es habitual. ¡Vamos papá! volvamos al jardín, ahora bajaremos por la escalera porque quiero ver como te manejas en los escalones.
_Yo bajo solo, déjame, déjame, yo bajo solo, yo puedo solo.
_Muy bien, tu bajas solo y yo voy delante de ti por si acaso te caes.
José, muy animado, buscó el contacto con la baranda que acompañaba a la escalera y comenzó a mover los pies. Arrastró, en primer lugar, el pie derecho hasta que notó el borde del escalón y en ese momento tuvo una sensación de vacío e instintivamente alargó la mano derecha hasta coger el brazo de su hijo mientras con la izquierda permanecía aferrado a la baranda. Con la seguridad de tener apoyadas las manos consiguió llevar el pie hasta el escalón inferior. Continuó con el pie izquierdo pero no conseguía coordinar el movimiento porque adelantaba el pie mientras mantenía la mano izquierda aferrada en el mismo punto de la baranda, medio metro atrás de su espalda. Manuel esperó unos segundos por ver si José conseguía resolver aquella situación sin obtener resultado alguno.
_Papá, la mano, mueve la mano hacia delante y después bajas el pie. Y José recobró el sincronismo, llevó la mano izquierda hacia delante y bajó las escaleras escalón tras escalón sin cometer error alguno y sin necesidad de ayuda hasta llegar a la acera que daba paso al jardín.
_¡Muy bien papá! _Festejó Manuel dando ánimos a su padre_ Ahora vamos caminando hasta el banco pero hasta aquél que está más lejos. En el de antes da mucho el sol y nos molestará a la vista. Caminas muy bien, ahora nos sentaremos y seguiremos hablando, cuidado, siéntate con cuidado, cógete al respaldo del banco y bájate poco a poco, así, muy bien, así, ya está.
_Yo puedo andar y no me canso _Dijo José satisfecho de haber conseguido sentarse en el banco_ ¿Y mamá, ha venido mamá? _Preguntó a Manuel_.
_No, no ha venido ¿Quieres que sigamos hablando de nuestros recuerdos? Si no estás cansado y quieres, seguimos hablando ¿Qué te parece?
_Sí, seguimos.
_Muy bien papá, muy bien, seguimos. Verás: En otras reuniones familiares, anteriores a aquel día que nos encontramos en la calle, siempre teníamos charlas de todo tipo, especialmente en la sobremesa, después de las comidas; mas que charlas eran casi discusiones sobre política, tanto tú como mamá teníais las mismas ideas que a su vez eran diferentes de las mías. Ello hacía que la sobremesa estuviera animada, en realidad había pocas cosas nuevas sobre las que discutir por eso repetíamos las mismas conversaciones año tras año y procurábamos no caldear el ambiente más de lo debido.
Durante años, todo fue normal y mientras vosotros queríais convencerme de que teníais razón votando a la izquierda yo trataba de hacer lo mismo con vosotros y convenceros de que votarais a la derecha. Ninguno de nosotrosJamás conseguimos que el otro cambiara de opinión. ¿Recuerdas estas cosas que te explico?
A mamá le gustaba discutir y quería tener razón, siempre.
_Espera, espera, yo soy socialista.
_Ya lo sé, ya, ya se que eres socialista pero dime papá ¿Has entendido todo lo que hablé hasta ahora? Mira que llegas a ser sorprendente. Hay momentos en los que creo que no me escuchas, a pesar de que me miras insistentemente y otros en los que creo que comprendes todo lo que te explico.
_Si escucho, si.
_¿También me entiendes?
_Sí, sí, entiendes, entiendes, sí.
_Bien, veremos cuanto te dura, tú escucha y si quieres decirme algo lo dices ¿Vale? La situación, papá, en aquel momento era que tú y mamá vivíais solos en un piso, los dos estabais jubilados y enfermos, mamá de las válvulas del corazón y tú de alzheimer. Vuestra vivienda estaba situada a casi un kilómetro de la mía, sin embargo mis hermanos vivían más lejos, uno de ellos incluso en un pueblo alejado veinticinco kilómetros de Barcelona.
Mientras mamá convivía con el problema de tú pérdida de memoria, los demás no sentíamos que vuestra situación fuera tan grave como en realidad era, vosotros dos habíais estado juntos toda la vida, desde que os conocisteis, conviviendo con una regla no escrita y estoy seguro que ni siquiera hablada: Tú hacías el trabajo, fuera de casa, que proporcionaba un sueldo y ella hacía el trabajo y la administración de la misma.
Después que tú dejaste de trabajar, debido a que te llegó la jubilación, al cumplir la edad reglamentaria, los papeles siguieron casi igual: Tú cuidabas de ella físicamente y ella dirigía y ordenaba la vida de los dos.
_Mamá estaba mal de… de aquí… _José señalaba con la mano en su pecho_ de aquí, sí, de aquí _y se daba pequeños golpes para señalar_.
_Aquí está el corazón, ella estaba enferma del corazón y tú estabas de alzheimer pero a pesar de ello, el problema no era muy grave y aunque la situación era precaria, ella conseguía controlarte de tal forma que tú hacías una vida casi normal. Ella te enviaba a comprar la comida porque no había peligro de perderse ya que, de forma mecánica y sin pensarlo, llegabas al mercado y hacías la compra que llevabas escrita en una nota que ella te daba antes de salir de casa. Durante treinta años, los dos habíais hecho aquel recorrido todas las tardes de todos los días, excepto si llovía; los dos salíais a caminar por las calles del barrio de Horta_ El Carmelo para hacer ejercicio y como la ruta era siempre la misma, el camino lo tenías grabado en tu memoria. Fueron incontables las veces que yo me cruzaba con vosotros, durante vuestro paseo de la tarde.
En muchas ocasiones yo iniciaba, inesperada y expresamente, conversaciones contigo. Yo quería comprobar como ………………..seguirá
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Manuel Camuñas Lama y “ La Memoria furtiva”–
La Memoria furtiva- Capitulo 1
La Memoria furtiva- Capitulo 2
La Memoria furtiva- Capitulo 3
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