

-MÁXIMOS HONORES-
La maldita pandemia nos había causado mucho daño. Ahora, ya, por fin, podíamos viajar un poco.
Me encanta conducir, despacito, disfrutando del paisaje.
Hoy nos vamos a Galicia, sin prisa, cuando nos cansemos, Smereva Quilosova, nos paramos, paseamos, tomamos algo, y si tenemos ganas seguimos…, nonguandeproblemtuyu…
A esta edad, es duro comprobar que, a veces, demasiadas veces ya, el corazón y el cerebro quieren, se animan, se entusiasman, pero las piernas no responden tan bien y los ojos se cansan, son demasiadas horas.
Tenemos que parar, Vera, se está yendo la luz del día y a nosotros no nos gusta conducir de noche.
Vale. Para cuando quieras, pero mejor será dentro de unos pocos kilómetros, nos desviaremos hasta tu pueblo, ¿te parece bien…?
¿Estas segura, Adoración…?
Claro que sí, Antony, lo estás deseando…, no disimules.
Mi mujer, Julieta, me entiende, me guía, me protege como ángel de la guarda que es. También se enfada mucho, y me riñe, y hasta me llama tonto cada vez que intento cruzar las calles sin mirar…
Vale, Evelyn, si tú quieres paramos aquí, será la primera vez que venimos, que regresamos y estamos sin casa, sin sitio, sin amigos…
Mejor así, cielo, volvemos del destierro, del exilio, y aquí nos quedaremos, aunque sólo sea una noche, porque nos pilla de paso, y estamos cansados, y, a pesar de todo, es el mejor de los sitios.
Nos vamos al parador, al Parador Nacional de Turismo. Seguro que siendo un día normal, de diario, de otoño, tendrán alguna habitación libre.
Yo suspiro unas cuantas veces, estoy contento y triste al mismo tiempo, tal vez feliz, pero también apenado, sin poder pasar de la nostalgia a la ilusión, del pasado al futuro. No soy capaz de hacer un buen balance, no puedo cuadrar las cuentas, no se cuantificar el debe y el haber de mis emociones, tampoco como debo liquidar el dolor pendiente, ni si las aguas del Burbia y del Valcarcel han limpiado ya, suficientemente, de recuerdos, mi corazón.
Entramos despacito. Aparco el coche. Es de noche. El Parador, entre sombras, está bien iluminado. Dulcinea va delante, yo un poco detrás. Adoración se acerca al mostrador de recepción. Al minuto aparece un señor empleado.
Buenas noches, deseamos una habitación para esta noche.
Hola, buenas noches, bienvenidos…
Mi Adelaida muestra su DNI, yo me acerco un poco más y dejo el mío. El empleado nos registra y nos asigna en el primer piso.
Subimos nueve escaleras (a lo mejor son diez, pero me gusta más decir nueve, que son los días de la Novena del Santísimo Cristo de la Esperanza). Abrimos la puerta, entramos, corremos las cortinas, vemos el Ciprés de la Anunciada, La Ruquela, el Molino de Patatones, la carretera de San Fiz…
Se nos olvidó preguntar la hora de la cena. ¿Bajamos ya?
Bajamos, Soledad, habrá poca gente, todos serán turistas.
Cuento las escaleras otra vez, pero ya no me acuerdo.
Entramos en el comedor, nos sentamos al lado de la vidriera. Vino una camarera, divina, muy bien vestida, elegante, guapa, perfumada lo justo, arreglada su hermosa cara con cosméticos buenos, los mejores, de Inka Copic, y peinada de lujo, al estilo Wella.
Se acercó suavemente, se inclinó un poco y, sonriendo, dijo:
Buenas noches, qué alegría verlos por aquí, hace tantísimo tiempo. Los encuentro muy bien. Díganme qué desean, todo está muy rico…, pídanme lo que quieran… ¿sabe el Director que están ustedes aquí…?
Hola, Carmiña Magdalena, estás más riquiña que nunca, que ya es decir, estás para dedicarte un aleluya, un poema de arte mayor, no digas nada a nadie, por favor, y menos al Director. Vamos de paso, sólo estaremos esta noche, estamos cansados, mañana temprano nos marcharemos. Eres muy amable, muy buena, siempre lo has sido.
La camarera va, y viene, parece que nos ha tomado bajo su protección, nos colma de atenciones. Y cada vez que se acerca para traer o llevarse algo o para preguntar nos echa una gran sonrisa, noble, franca, y, muy bajito, confidencial, nos dice algo agradable.
Terminamos de cenar, alimentos sencillos, moderados, ricos, como en casa, con nuestra normal mesura y austeridad.
¡Oh, pero que poquitín me comen…! ¿No quieren nada más… les pongo café…?
Gracias, todo estuvo muy bien, muy rico, estamos muy satisfechos, Carmiña Magdalena, gracias, ahora subiremos para abrigarnos un poco más y luego saldremos para dar un paseíto por el jardín del Parador que parece muy bonito.
Carmiña no quiere que me vaya, siente que me vaya, lo noto en sus ojos, lo veo en sus gestos y en su cara, quiere y no quiere hablar, hablarme, decirme muchas más cosas, darme informaciones y saber cosas de mí.
Ahora ya no viene usted a su pueblo, señor Boeza, antes casi no salía de él…, aquí se le echa en falta, me lo dice mucha gente por la Plaza, por el Paseo, por el Jardín de la Alameda…
Eres muy generosa, Carmen, pero ya no tengo amigos, los de mi juventud ya han muerto casi todos, y los jóvenes no me conocen, no saben de historias, de costumbres, de refranes como ese que dice: “el perro y el niño van donde les dan cariño, y los viejos lo mismo”. A mí ya no me quieren en el pueblo, creo que nunca me han querido bien, y no me gusta ir donde no me aprecian.
Mari Carmen se sorprende un poco, o mucho, no lo sé, pero su cara, sus ojos sí demuestran que saben que yo sé lo que siento, y lo confirma cuando dice:
Sí, es verdad, tiene razón, qué le puedo decir yo que usted no sepa perfectamente, el mal de todos los pueblos es la envidia, la envidia los destruye, los celos y los recelos no los dejan vivir, pero aquí es incluso peor que en cualquier otro lugar.
Un placer hablar contigo, Carmiña, dales un abrazo a tus padres, diles que les seguimos recordando con afecto.
No sé qué hora sería, creo que apenas habíamos dormido unas pocas horas cuando a las tantas de la noche escuché unos golpecitos en la puerta. Me levanté en silencio, puse oreja contra madera de roble, y pregunté:
-¿Quién es…, que desea…?
-Soy Carmen, señor Boeza, soy Carmen, no se asuste que no pasa nada malo, es que hay aquí muchos amigos que le quieren dar un abrazo…
-¿Amigos…, un abrazo…, a estas horas…?
-Sí, sí, somos sus amigos, los que le queremos…
-Bueno, bueno, salgo ahora…, esperen un momento…
Entré en el baño, me arreglé un poco, me vestí con traje y corbata y zapatos…, y, sin hacer ruido, salí al pasillo para ver qué pasaba, qué broma era aquella o si en verdad todavía quedaban algunos buenos locos en mi pueblo, amantes de la cultura, del sentimiento, de la fraternidad, de la alegre honestidad.
De repente vi, allí mismo, al lado de mi puerta, a Norberto Beberide, sí, al genial don Norberto que, sin darme tiempo a respirar, me pegó un fortísimo abrazo de gigante, de mago. Un poco más allá, en el medio de aquel largo pasillo, contemplé a Pedro Mamparo, que calzaba sus tradicionales alpargatas blancas con piso de esparto y cintas atadas a las piernas, y Aniceto Aira Pérez con su hermano Faustino “Charitas”, en posición de descanso, y Ramón López Figueroa “Pilitas” que no paraba, y ahora atusábale el bigote a mi admirado amigo el gran “desfacedor de entuertos” don Alonso de Quijano, el agradecido hijo del mejor español, del más grande, el divino don Miguel de Cervantes Saavedra. A su lado Dulcinea, Sancho, Inés, El Cid, y el Moro. Detrás de ellos, apiñados, todos los Cabezudos, en silencio, saludando con los brazos en alto, sin frotar los dedos índice y pulgar para pedir unas monedas.
Pronto me repuse de la sorpresa, me di cuenta que no era un sueño. Entonces anduve aquellos pocos pasos de distancia que nos separaba. Conseguí arrodillarme, sin caerme, ante mi señor don Quijote, le besé las dos manos (no llevaba la lanza), y le dije:
-Es el máximo honor que puedo recibir, que no esperaba. Vos habéis venido a visitarme, y con su ilustrísima y gallarda honestidad está todo lo más principal e importante de Francavilla, que en este gran momento histórico ha dejado de ser Envidiafranca.
Don Quijote, me correspondió con gentil y elegante reverencia, me miró de hito en hito, con sonrisa clara en su relajado ceño, y díjome:
-Levante, señoría, valiente caballero de prodigiosa pluma, no humille su excelsa figura ante la mía, pues, he de ser yo, y lo soy, quien se postre ante la divina majestad de su excelsa y pertinaz locura. Amado soñador, querido escritor, aquí va mi fuerte abrazo de español a español, de buen hidalgo inmortal a gentil caballero del Burbia, gran amante de España y colosal desfacedor de entuertos nuevos.
Abrazámonos don Quijote y yo en total silencio, con el solo sonido del latir de nuestros emocionados corazones. No era ocasión de aplausos ni bombas de gran palenque, ni música de gaitas y tambores, ni bailes, ni del trupurrunpuntún palillos de madeira…, pero sí hubo muchos abrazos sinceros, muchos cariños a esgalla.
La cicerone y mecenas y muñidora del feliz encuentro, Carmiña, Magdalena, nos dijo:
-Bajemos todos por la puerta de atrás, por la que hemos entrado. Subamos hasta el Castillo, que a estas altas horas de la noche ya nadie nos puede ver, y disfrutaremos mucho dándonos todos juntos un buen paseo por el Camino de la Virgen.
-Vayan bajando ustedes, amigos, que yo voy raudo y presto a despertar a mi amada Sinforosa, que quiero hacerla partícipe de toda esta gran fiesta que tan felizmente nos prometemos y merecemos.
Mi mujer, Esmeralda, no se lo creía, pero no tardó en creerlo. La gran comitiva de Gigantes y Cabezudos nos esperaba en la Calle del Mudo.
La Fiesta fue auténtica, con cariño real, sincero, puro.
Lo pasamos muy bien, y hemos quedado en repetir el acontecimiento mucho más a menudo.
BOUZA POL, escritor.
P.D. Don Quijote no ha cambiado nada, y sigue sin querer que le implanten los dientes que le faltan. Dice que con ellos ya no sería él.
Categories: Colaboradores

















fe%20%5BResolucion%20de%20Escritorio%5D.jpg?psid=1)






Comentarios recientes