

– EL GRAN AMOR DEL POETA –
El gran amor, y tierno afecto, que el poeta sentía por su adorada ilusión, Luzdivina, era plenamente correspondido. Mas, en la histórica villa de la envidia, de dos hermosos ríos, un castillo y nueve iglesias, la gente, siempre al tanto de los rumores, se hacía cruces, e incluso los anticlericales más ateos exclamaban: ¡Válgame Dios, a donde vamos a «chegar» con tanto disparate ja, ja, ja, ese pobre hombre, del otro lado del río, campestre y descuidado, qué se habrá creído, raro es, pero nadie esperaba que estuviese tan loco de remate!.
La villa no quiso tratar de comprender, de suavizar, de igualar un poco la balanza, pues la verdad es que la dulce y hermosa señorita, adornada con muchas virtudes, no era, sin embargo, tan rica. Y él, el poeta, no era tan pobre, y sí un hombre culto, muy culto y avanzado, para aquellos tiempos. Pero la gente siempre toma partido, y sin dolor de corazón, sin saber, juzga, sentencia, condena al que consideran más débil.
Entonces el poeta, dolorido, se encontró con la necesidad de ganar prestigio social, para tratar de estar a la altura de su dama. Pensó, por primera vez, que sus versos deberían salir publicados en un hermoso libro, que sus amigos poetas de la capital, tan poderosos e influyentes, le ayudarían.
No fue así.
Aquellos «seres superiores», nombrados en su día «Hijos Adoptivos de la Villa», sólo eran amigos de conveniencia, de esos que te pasan la mano por el lomo cuando son invitados de lujo en la Fiesta de la Poesía, que alardean, y siempre piden (con mucho fingido afecto y buenas palabras), el regalo de una garrafón de vino, un jamón, una cesta de cerezas…
Le fallaron los «amigos forasteros», no hubo libro. Le fallaron también los vecinos…
En su Geografía Incompleta, el poeta se había acordado de Toral de los Vados para cantarle:
«De alma y espera fueron tus caminos,
son y serán, y, mientras corre el río,
se eleva el chopo, el son y el desafío
de vidas, hombres, tierras y destinos
se hace el jilguero voz. Triste y sombrío,
es viejo el corazón y siente frío,
viejos los pies y manos campesinas,
vieja la aurora del mirar sereno.
Una vejez de labio en surco estalla
gimiendo hacia un mañana y un acaso:
Es la plegaria audaz del hombre bueno,
del hombre batallando su batalla,
a pecho abierto sobre el campo raso».
Un día de primavera, de 1972, el poeta no encontró más remedio que suicidarse. Tenía treinta y seis años.
Yo estaba cumpliendo con el Servicio Militar.
Descansa en paz, maestro, querido amigo. Han pasado ya cincuenta años.
BOUZA POL, escritor.
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