

De todas las «Villasfrancas» que hay en España, sólo a los habitantes de Villafranca del Bierzo (León) y a los de Villafranca del Cid (Castellón) se nos conoce con el gentilicio de «villafranquinos». A todos los demás se les llama villafranqueses, o villafranqueños. Si Villafranca tuviera, como es debido, un buen cronista que trabajara al estilo del gran Cronista Oficial de La Bañeza, mi amigo don Conrado Blanco González, no sería yo quien tuviera que escribir este artículo. Nuestro municipio, en 1970, contaba con 188,6 km². de superficie, 6124 habitantes y una densidad de población de 32,5 h. Cacabelos sólo tenía 19,5 km²., 3814 habitantes, 195,6 h. por km². Compárense estas cifras con las actuales y sáquense las consecuencias. ¿Qué ha pasado? Me parece que se podría dar un gran servicio a Villafranca si se organizara, con seriedad y rigor, unas «jornadas de análisis» sobre su evolución histórica en general y, de manera muy especial y pormenorizada, en estos últimos cuarenta años. Tendría que ser, naturalmente, con personas en verdad conocedoras, entendidas y motivadas; nada de «figuritas», de esas que de todo hablan y de nada saben, que, desgraciadamente, sólo son un pretexto para sacarle cuartos a la administración y salir en las fotos. Si todos los villafranquinos remásemos en la misma dirección y fuéramos un poco más humildes, podríamos «vivir y sentir la historia» (como dice el último eslogan), y no tendríamos que «sufrir el presente», como bien escribe «Tontín» en Miradas3 de Oswaldo Pereira Vega. Cuando Villafranca miraba al mar, nuestro río Burbia era navegable y desembocaba en el Atlántico. Entonces, el cuarto Marqués de Villafranca, don García Álvarez de Toledo y Osorio (nacido en Villafranca el 29-8-1514 y m. en Nápoles el 31-5-1577), no sólo era Virrey de Cataluña, capaz de enfrentarse con éxito a la escuadra turca que amenazaba las costas catalanas, sino también de combatir el bandolerismo y la amenaza de Francia, donde acababan de estallar las guerras de religión. Nuestro Marqués, en verdad villafranquino, dejó el cargo de Virrey de Cataluña en 1564 y, un año después, en 1565, Felipe II lo nombró «Capitán General de la Mar» y, como tal, dirigió brillante y eficaz expedición de socorro a la isla de Malta, personificando la recuperación del prestigio de la marina española en el Mediterráneo. Así fue y así os lo cuento, aunque estoy seguro de que la inmensa mayoría de los villafranquinos y bercianos ya lo sabíais, incluso los que andáis por Barcelona. El prestigio y el poder de nuestro Marqués, Capitán General de la Mar, era tan grande que el propio príncipe Don Carlos, hijo de Felipe II, y Don Juan de Austria, hermanastro del rey, suplicaron encarecidamente al Monarca les permitiera embarcarse en la escuadra de Don García Álvarez de Toledo y Osorio, que navegaría para socorrer a los Caballeros de San Juan, defensores de la isla de Malta. Don Felipe II no lo consintió y, como es natural, el príncipe Don Carlos se cogió un «rebote» tremendo. Don Juan de Austria, nada menos que el Don Juan de Austria que seis años después mandaría la escuadra española contra los turcos y los vencería en la batalla naval de Lepanto, con 264 barcos y ochenta mil hombres, pues, digo, este Juan de Austria, en su ardor e idealismo juvenil de dieciocho años, cabreado por no poder navegar con «el de Villafranca», intentó escapar y embarcarse por su cuenta, pero tuvo que regresar sin haber logrado salir de España. Don García Álvarez de Toledo y Osorio había comenzado sirviendo a las órdenes de Andrea Doria en las galeras de Nápoles, siendo dueño de dos barcos. En 1535 ya era General de sus galeras y se había distinguido en las batallas de la Goleta de Túnez, Argel, Sfax, Calibria y Mebredia, ganándose el título de Capitán General de las galeras de Nápoles. Fue Capitán General en la expedición a Grecia y, como ya hemos escrito, Capitán General del Mar en 1544 tras derrotar al pirata Barbarroja. En 1564 conquistó el Peñón de Vélez, empresa considerada irrealizable. Por aquéllos tiempos, ¡tan lejanos quizá!, el río Burbia desembocaba en el Atlántico, era surcado por pequeñas embarcaciones, a vela y remo. Algunos geógrafos e historiadores podrán escribir lo que quieran, ¡allá ellos!, pero yo tengo por cierto y verdad que «Sil» es apócope de «Silvestre», río silvestre que arrastrando piedras de carbón llega hasta Ponferrada y desemboca en el Boeza, río de verdad (Boeza = Belleza) que a su vez rinde, con sosiego y placer, sus aguas en el majestuoso río Burbia, el gran río de El Bierzo por excelencia, portador de «pepitas de oro» de La Leitosa (diosa montaña deliciosa), que era navegable hasta Villafranca. No hace falta decir que, por supuesto, el Valcarce, el Cúa, el Selmo y el Miño, eran meros afluentes. El señor Marqués de Villafranca y sus gentes, subían y bajaban por el Burbia desde octubre hasta mayo. Cerca de la Anunciada había un gran embarcadero, y otros muchos a lo largo de todo su curso hasta La Guardia. Por allí, dejaba fondeados el Marqués sus grandes navíos. Vinos, castañas, nueces, carnes, patatas y, sobre todo, valientes bercianos para la armada, surcaban las cristalinas y abundantes aguas del Burbia. De Nápoles y Sicilia, y de otros muchos lugares exóticos y lejanos, venían multitud de mercaderías y manufacturas. Villafranca, entonces, tenía peso político, económico y cultural. Ahora soporta a la Diputación, y sufre a la Confederación Hidrográfica que desde Oviedo, o desde Ponferrada o peor aún desde Orense, marca los destinos de nuestro Burbia, el mismo río que en 1989 nos quiso quitar Endesa, sin que los «dos ilustres hijos adoptivos», desde la capital de la provincia, movieran un solo dedo para evitarlo. Pero, de todo esto, tendrán más detalladas noticias en la novela que estoy escribiendo.
BOUZA POL, escritor.

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