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Durante un viaje, y sin pretenderlo, acertamos a pasar por sus proximidades. Su simetría y la sombra que proyectaba se me hicieron familiares.
Después de la contienda fratricida me encontré en el bando perdedor. Salvé la vida a cambio de pasarme treinta años en un penal de montaña. Dentro del recinto, construido ex profeso para penados y derrotados, y en la esquina que daba al naciente, permanecía él, apresado también. Desde el tragaluz de mi cubículo aprendí a conocer cómo crecían sus ramas. Y cómo, de vez en cuando, éstas florecían apareciendo unas bolitas encarnadas entre sus hojas.
No había duda. Aquel tejo que compartió mi forzado retiro estaba allí. Ahora, sin ningún tragaluz que impidiese contemplar su admirable longevidad, podía disfrutarlo.
M dijeron que después de desmantelar, hasta la última de las argollas que allí hubo, el penal de montaña, el tejo demudó su apreciable tristeza ofreciendo un brillo más intenso en el haz de sus hojas. No hubo lugareño de sus alrededores que no lo confirmara.
Y de repente me reconocí enamorado de su tronco, de sus ramas y, sobre todo, de la sombra que aquellas proporcionaban. Aquel encuentro casual trastocó mi corazón. Y decidí no separarme de él hasta el fin de mis días.
Categories: Colaboradores, Fernando

















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Yo también soy una enamorada de los árboles ,y de la Naturaleza en general.
Quien no no ha dibujado un corazón ,unas iniciales de aquel primer Amor de juventud?
Pues yo confieso que lo hice,porsupuesto la historia se acabó,pero cada año qué me acerco por el río,voy a contemplar a mi chopo favorito.
Testigo mudo,de mi primer y gran «» Amor»»