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MAGOSTOS EN EL ATICO

toni- cabalgamos

MEMORIA DE TORAL

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La frase, en realidad, no está bien escrita. Yo debería haber dicho “Magostos en la terraza de arriba”, porque mi casa -quiero ser preciso- tenía dos terrazas. La terraza de abajo que era, habitualmente en donde jugábamos y la terraza de arriba en la que papá había levantado una especie de habitación para secar la carne de la matanza y hacer los magostos en su momento.

A la terraza de arriba se accedía por una escalera de madera quejumbrosa. Esta terraza tenía la misma extensión en metros cuadrados que el segundo piso en donde estaban las habitaciones, el cuarto de baño y el cuarto de estar y en donde podía uno tomar el sol mientras leía una de las novelas que me prestaba Raúl López, el funerario y en donde, también , las chicas que aprendían a coser con mi madre, -algunas, no todas- en lugar de coser, leían también novelas de Corín Tellado.

Desde aquella terraza, decía papá, pudieron ver las llamas de los incendios que ardían en Ponferrada durante los primeros días de la Guerra Civil ,cuando estalló el Movimiento. Y observaban los incendios con unos prismáticos de los que se autoapropió el secretario de un ayuntamiento cercano como botín de guerra porque eran necesarios para el ejército. Nunca supe si esto era cierto, pero los prismáticos jamás volvieron a sus dueños.

En aquella terraza -dije, de arriba- había construído papá, que era muy mañoso, una especie de habitación en la que secaba los chorizos de la matanza o curaba, entre la sal, los jamones.

Tenía esta habitación una especie de cocina francesa con chimenea , que se encendía, precisamente, para que el humo secase la matanza que se hacía todos los años: chorizos, botillos, chorizos sabadiegos , morcillas de sangre o morcillas dulces que, también se hacían.

A la terraza se subía -queda dicho—por una escalera interior, quejumbrosa, bajo cuyos escalones mi padre guardaba el jabón que había fabricado con la grasa de los cerdos a la que añadía sosa caustica y que, a lo que parece, estaba prohibido fabricar. Papá se exponía, lo preparaba, desclavaba los escalones y allí guardaba el jabón.

En la cocina francesa de la habitación había colocado un gancho para, en su momento, asar un tambor de castañas -castañas de pared que traía del Casar de Valdaiga, en las montañas de Villafranca y muy cerca de Paradiña en donde se filmó, años después -muchos años después- EL MEJOR ALCALDE EL REY con Simonetta Stephania, una de las intérpretes -Apolonia- de EL PADRINO – a quien yo entrevisté para PROA.

Papá era experto en asar las castañas en el tambor. Las capaba habiéndoles un corte y, entre ellas, mezclaba algunas patatas que se asaban al mismo tiempo. Cuando las patatas estaban asadas, las sacaba del tambor, las colocaba en una fuente, las abría con la mano y las aderezaba con aceite, comprado de estraperlo, pimentón y sal y estaban deliciosas. Alguno de los que las probaban siempre decía: ·”Señor Pepe, las patatas están como Dios”.

El magosto se saboreaba por la noche, cuando llegaban a casa los invitados que, casi siempre, eran los mismos: Desiderio Martínez, empleado de Telégrafos con su mujer Engracia a la que las malas lenguas llamaban “Radio Andorra” porque era la primera que daba las noticias en el pueblo; un factor de la estación, catalán él, García, su mujer Mercedes y dos hijas de nuestra edad: Carmencita y Merceditas. Carmencita y Merceditas García Nebot se llamaban. ( A una de ellas la encontró, muchos años después, José Luis Escuredo en Barcelona, regentando un hotel y se acordaba de os magostos que hacía Pepe América).

Las castañas y las patas eran devoradas, alegremente en la galería acristalada que daba a la terraza de abajo, acompañadas por un vinillo, en bota, que todo el mundo saboreaba y que no sé de donde salía.

Y cuando acababa el magosto todos preguntaban, de nuevo, al señor Pepe que día se celebraría el próximo.

Todo aquello de los magostos acabó cuando papá, de acuerdo con sus hermanos Carmen y Primo -Primo vivía en Villafranca y Carmen con nosotros- Manolo y Balbino en Argentina, vendieron el caserío a dos hermanas de Horta, que, en tiempos difíciles de la postguerra habían proporcionado asilo a los escapados y una de ellas -Marta, creo que se llamaba- llegó a ocultarse, ella misma, en ocasiones, en alguna sepultura del cementerio.

Así, con el final de los magostos terminaron los días azules de mi infancia, pero siempre recordaré las patatas asadas en el tambor, en la terraza de arriba de mi casa y, mientras los mayores se atiborraban de castañas y de vinillo, bebido en bota, nosotros jugábamos con Carmencita y Merceditas a quienes me gustaría volver a ver.

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