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LA BICICLETA DE PAPA

toni- cabalgamos

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Al titular hoy, así, este artículo, he pensado en las frases que nos hacían aprender, de memoria, cuando estudiábamos inglés: My taylor is rich -mi sastre es rico o “ma mere à une montre” -mi madre tiene un reloj- o como decía, más arriba -lo digo en español- La bicicleta de mi papá.

Papá, allá por los años cincuenta, compró una bicicleta que nosotros queríamos que fuese de “media carrera”, es decir, una bicicleta normal pero con manillar de carrera como la que usaba Delio, Berrendero o Trueba o Dalmacio Langarica, que eran los ciclistas de moda y que también usaba don Paco, el maestro, para ir a Cosmos a impartir clases a los hijos de Remacha; pero, no: compró una bicicleta -azul- de las llamadas “de paseo” con guardabarros, freno, portabultos y dos carteritas de cuero añadidas al portabultos que guardaban las herramientas para desmontar la rueda, si se pinchaba, junto con los parches, un tubo de disolución que era un pegamento y un trozo de lija necesaria para rascar el lugar del pinchazo y colocar el parche.

La bicicleta también tenía un bombín que servía para dar aire, aunque no todas las bicicletas llevaban bombín.. Claro que si no lo tenías a mano y estaba el taller de Teodorín cerca, ibas al taller y la hinchabas con unos bombines que apoyabas en el suelo y dabas aire.

Papá había comprado la bicicleta porque la necesitaba para ir a Villafranca, a la Banca de la Viuda Nicolás González a pagar alguna letra pendiente o para visitar el caserío de Valdaiga, herencia de sus padres, que él gestionaba.

El camino para llegar al caserío, desde Villfranca, nacía detrás de la discoteca de “Panchi” que entonces no existía y era un camino imposible, pedregoso y con baches que él recorría como buenamente podía.

A veces nos llevaba con él, a mi hermano y a mí, uno en el portabultos y el otro en la barra, un lugar incómodo, que casi siempre ocupaba yo.

Al llegar al casar de Valdaiga -ya sin nuestros abuelos- solíamos revolcarnos entre la hierba, cuesta abajo en un prado que nacía al borde del camino y llegaba, cincuenta metros más abajo a un riachuelo sin agua y, a veces, en su tiempo, saboreábamos unas espléndidas moras de árbol que crecía en los aledaños del caserío o bebíamos agua de un manantial cercano que bajaba de la montaña

El paisaje que podía contemplarse desde allí, era impresionantemente hermoso, rodeado de montañas plantadas de castaños, en donde, en invierno, seguramente, habitaban los lobos.

En el establo del caserío, durante la guerra, papá se había ocultado de falangistas y de guardias civiles que, de cuando en cuando se acercaban hasta aquella lejanía. Y se había ocultado en un agujero practicado en el suelo, que, durante el día estaba oculto por la paja y tenía una portezuela que, por la noche quitaban y él salía a respirar aire puro y contemplar el titilar de las estrellas que se columpiaban sobre las montañas.

Yo aprendí a montar en bicicleta, muy temprano, muy niño. No llegaba al sillín, como mis amigos, y nos manejábamos metiendo una pierna por debajo del cuadro haciendo equilibrios y bajábamos, sin dar pedal, desde el cine a la Plazoleta de la Estación, usando, a última hora, los frenos. Cuando ya manejaba la bicicleta, subía y bajaba la carretera, pero, un día, al bajar, a toda velocidad -o sin frenos- me estrellé contra la pared del Café de Juan García o sea en la casa que hace esquina a la calle El Pumedo en donde hoy abre sus puertas un Bar.

Recuerdo mi primera excursión en bici, ya montado en el sillín, que se acoplaba a mi estatura. Fue el día que bautizaron a José Luís Gómez, el hijo de Avelino , el barbero y de Josefa. Aquella tarde, como todos estaban ocupados con el banquete, por la carretera pedregosa y polvorienta que era la carretera de Villafranca, llegué hasta la villa del Burbia y, desde allí a Cacabelos y de Cacabelos a Toral. Fue una emocionante aventura y el descubrimiento de nuevos paisajes y una plena sensación de libertad. Después ya pude aventurarme por otros caminos, como el del puente colgante para llenar las carteritas de cuero con moras o con membrillos.

Fue aquella una época hermosa de la que guardo entrañables recuerdos y de la que, naturalmente, siento nostalgia como la siento de los domingos en que íbamos a explorar las Arcillas o a jugar al Fútbol en el Lago. Diré algo de las bicicletas de mujer que no tenían cuadro o sea, iban sin barra y eran más pequeñas que las bicicletas de hombres . Llevaban una especie de cortinilla en la rueda trasera para que el vestido de la moza no se enredase en los radios.

Más tarde comenzaron a llegar a Toral las “mobylettes” o bicicletas con un pequeño motor que ayudaban a subir las cuestas y que eran muy usadas

por los productores de Cosmos. Tuvieron un éxito inmediato, silenciado por las primeras motos “TERROT” “OSSA” “ISO “ o vespas Y Lambrettas que el cine puso de moda. (De las vespas se decía que la palabra Vespa quería decir Villaverde Estraperla Sin Pagar Aduana, porque la Vespa venía de Italia

Yo creo que aquellos años de mi niñez fueron felices, sobre todo, cuando montaba en la bicicleta azul de papá.

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