Cerezales

once ese-Infelicidad-Nº 9

 

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once ese

INFELICIDAD 

El taxi le dejó lejos, en Times Square. Ése maldito atasco no hacía

más que mantener la enrevesada línea con la que el día había

amanecido; Tom odiaba caminar entre la muchedumbre, una marea de

gente ausente, apresurada, perdida… como él. Todos lucían el típico

bronceado de final de las vacaciones de verano, por lo que todos

tenían renovadas fuerzas para entorpecerse el paso en las aceras. A

pesar de todo , llegó con antelación a la oficina; una nota en la mesa

de su secretaria le informaba de su ausencia a causa de una gripe,

¡una gripe en verano!, y con el trabajo acumulado. Se desplomó sobre

su sillón giratorio de cuero y trató de serenarse, ¿qué estaba

haciendo?¿hacia dónde iba su vida?.

Licenciado en derecho en Yale, tras muchas penurias y empleos para sacar

sus estudios adelante, mientras sus compañeros se divertían; curiosamente

ahora trabajaba para ellos: Jones, Benson & Smith, que se encontrarían en

alguna playa de Malibú o jugando al golf en Atlanta. Él no disfrutó ni las

vacaciones; un gran caso: unos granjeros contra sus clientes, una

multinacional química, por los vertidos que arruinaron sus cosechas y su

valle. Ganó, por supuesto… ante un par de tecnicismos y un famoso bufete

el juez prefirió no complicarse.

¿Remordimientos de conciencia?, no lo sabía, lo único cierto es que

Sharon, su esposa, le había abandonado llevándose a su hijo para tomar un

vuelo hacia Boston esa misma mañana. Ella no pudo soportar el ritmo de

trabajo y sus largas ausencias; a principios de verano les prometió

disfrutar unas vacaciones los tres juntos, no se lo echó en cara,

solamente le habló de infelicidad e hizo las maletas… Infelicidad,

Sharon no se equivocaba, la semana anterior Tom descubrió que su hijo

sabía patinar, no solo estaba desperdiciando su vida, también la de su

familia, ¡debía recuperarla!

El sonido del teléfono le arrancó de sus pensamientos, descolgó y giró

con su silla para otear el horizonte a través de la fachada de cristal del

World Trade Center, Sharon estaba al otro lado de la línea, lloraba:

-Tom… cariño, unos hombres han secuestrado el avión… lo van a

estrellar… te queremos…

No le contestó, dejó caer el teléfono… podía distinguir la cara del

piloto del Boeing que estaba a punto de colisionar contra su oficina.

Fernando Cerezales Fernández 

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