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ACOMPÁÑAME HASTA EL AMANECER-Cerezales Nº4

 

 

fernando ce

ACOMPÁÑAME HASTA EL AMANECER

ACOMPÁÑAME HASTA EL AMANECER

El olor de las mimosas, el sonido de la brisa entre los sauces, el rumor del arroyo, los visillos meciéndose al atardecer, el polvo girando en el haz de luz que se filtra por la ventana… esto es todo lo que poseo, mi capital, mi riqueza, es el legado de Ana.

La conocí en el hospital donde yo trabajaba de sicólogo; ella estaba ingresada en la sección infantil de oncología, el orfanato decidió que era lo mejor para combatir su leucemia, y mi cometido en esa ala era ayudar a los enfermos a sobrellevarlo.

Cuando entré por primera vez en su habitación, sus grandes ojos verdes me saludaron, cortando de cuajo cualquier signo de miedo, tristeza o desconfianza que pudiera haber entre ella y yo. Si, ya lo sé, solo era una niña de once años calva y pálida, pero su mirada inundó mi alma de un cálido sosiego; no tenía a nadie en el mundo, el cáncer comía sus entrañas, pero… me sonreía.

– Hola soy Mario, tu eres Ana ¿no?…

No me contestó, miró por la ventana al patio interior del hospital.

-Aquel rosal de allí, a pesar de estar siempre a la sombra… ha florecido – dijo con voz suave.

Me acerqué al cristal, la presencia del arbusto resultaba patética en medio de tanto ladrillo y hormigón, y si, sorprendentemente, tenía rosas, seis años trabajando en el hospital y acababa de descubrirlo.

Ella pareció intuirlo y me observaba divertida mientras apretaba contra su pecho un manoseado y ajado libro.

-¿De qué trata?.

– Es un Atlas, me lo regaló mi tutora en el hospicio.

Me senté a su lado en la cama y lo abrió orgullosa.

-La URSS todavía viene junta, pero en mis viajes no existen las fronteras…

Los mapas se hallaban cruzados por líneas de lápiz que simulaban itinerarios; y así pasábamos el tiempo, me contaba como eran sus viajes, como era la gente que conocía en cada país: del color en el que venía pintado en el Atlas, me describía los olores, los paisajes… el cielo.

Mi vida, hasta el momento, había sido un insondable agujero negro: trabajo, más trabajo, el fin de semana salir, beber, alguna chica sin nombre… y más trabajo. Ana era mi refugio, ella me enseñó a navegar por su Atlas y por mi vida.

Los demás niños de la planta la adoraban, la escuchaban con la boca abierta, preferían sus cuentos a los videos de dibujos animados de la sala de juegos. Fidel era su vecino de habitación, sus padres habían sucumbido al sida y él también cargaba con sus pecados; Ana lo «adoptó», le ayudó a descubrir sus propias dotes para el dibujo, y juntos colorearon su mágico mundo.

Fidel murió un lunes. Corrí a la habitación de Ana; se hallaba de pie ante la ventana, mirando al rosal del patio.

-Mario… ¿a ti que te gustaría hacer mientras envejeces?.

La abrumadora pregunta me obligó a sentarme en la cama a reflexionar.

-Flores… si, me encantaría cultivar flores, tener un pequeño invernadero de cristal, vigilar los brotes… trasplantar los parterres…

Su cálida mano tomando la mía me sacó de mi introspección.

-Me encantaría poder ayudarte…- dijo, sonriendo con sus grandes ojos verdes.

Su fortaleza era un soplo de aire fresco en mi vida, algo bueno tuve que hacer para ser premiado con la amistad de este ser.

Un domingo al anochecer me telefonearon a casa; volé hacia el hospital, pero mis pasos se volvían indecisos a medida que me acercaba.

Al entrar en la habitación sumida en penumbra, las enfermeras y el médico de guardia salieron deprisa y evitando mis ojos. Ana estaba sedada y con oxigeno.

-Hola Mario…

De ella solo quedaba su mirada, en dos días su cuerpo se había consumido pavorosamente.

-Ey… Ana, -dije, tomando el Atlas con todo el ánimo que pude reunir-¿a dónde me quieres llevar hoy?.

-Lo siento… pero a este viaje… tengo que ir sola.

Noté un fuerte nudo en la garganta y lágrimas aflorando en mis ojos. Hizo un denodado esfuerzo por sonreír, y me invitó con una palmada en la colcha, a ocupar mi sitio a su lado:

-Acompáñame hasta el amanecer…

-Descuida… aquí estaré – susurré, mientras la abrazaba contra mi pecho.

-Puedes quedarte con mi Atlas, encontrarás la procedencia de las flores de tu invernadero…

La vida de aquella niña se me escurría entre los dedos, y nada podían hacer todos mis estudios y experiencia, en la facultad, allí lo primero que aprendes es a no involucrarte. Me encontraba perdido y a la deriva.

– Estaré bien, ya verás… donde voy seguro que no tienen ventanas a un patio interior, y no tendré el estomago revuelto con tantas pastillas.- aseveró mientras abría el Atlas.

-¿Donde te apetece ir?- intenté decir con entereza, mientras mis lágrimas caían sobre las manoseadas páginas.

– A Francia no…parece que llueve allí…- dijo con su forzada sonrisa , mientras se recostaba tras un repentino acceso de dolor.

-¡Ana!..

-No, espera… solo … solo voy a descansar un poco.

Murió en mis brazos, parecía un ángel, su aliento se fue desvaneciendo al mismo tiempo que la presión de su mano sobre la mía.

Ahora, tres años después, cultivo flores, tengo un precioso jardín, y cuando estoy un poco bajo voy a ver a Ana, está en un lugar soleado a donde incluso he trasplantado el rosal del patio, y yo me siento en mi sitio sobre la lápida, mientras mi hija juguetea con las doradas tres letras que lucen sobre ella y que también son su nombre.

Fernando Cerezales Fernández

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4 replies »

  1. Apesar de la tristeza que me produce el cuento me parece realmente hermoso!
    Ya estoy esperando el próximo!!.

  2. Fernando te desborda la »sensibilidad » lo que describes de tal manera.Que hasta aqui ,e llega el aroma de las flores, la sonrisa de Ana, y el salitre de las lagrimas, un abrazo.

  3. Al leer este cuento, se me viene a mi memoria una historia real que me ha marcado para siempre.
    Un saludo por hacérmelo recordar.
    Manolo Beberide

  4. Manolo La protagonista de tu historia debia tener , mas o menos la de la edad de la mia, a nosotros tambien nos marco para siempre, pero las llevamos siempre en nuestro corazones, un abrazo mozo que ya sabes que te aprecio un montón, y formas parte en muchos recuerdos de mi juventud.

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