Abusando un poco de la confianza de Toñín, me gustaría, apelando a vuestra paciencia y cariño, haceros llegar una serie de historias, de cuentos de ésos que comparte un grupo de amigos en las calurosas tardes del verano a la sombra de una higuera y alrededor de una fresca jarra de ese bendito clarete de nuestra tierra. Algunos recogerán hechos posiblemente ciertos, o no, o quién sabe. Otros serán fruto exclusivo de la imaginación, o tal vez no. En fin, son contos.
La Procesión
«todas las miradas masculinas se dirigían, invariablemente, a la punta de sus respectivos zapatos»
Llegué al pueblo temprano. Era el día grande de las fiestas patronales y había una gran expectación por lo que pudiera ocurrir en la procesión de la misa mayor. El cura, todo un carácter, se había venido cabreando desde hacía varios años porque a la hora de pedir que salieran cuatro hombres para portar las andas del Patrón en la procesión todas las miradas masculinas se dirigían, invariablemente, a la punta de sus respectivos zapatos con una concentración tal que diríase que en aquel punto se encontraba la respuesta a los problemas de la humanidad. No sería así este año, aseguraba ufano el cura, hubiera hombres dispuestos o no, el Santo Patrón saldría en procesión de modo tal que sería recordado por los siglos de los siglos, amén.
«curiosos inspeccionaban un cubo confeccionado con planchas metálicas pintadas de un blanco reluciente»
Pasé por casa de un amigo y, juntos, nos dirigimos a la Plaza de la Iglesia. Era la hora de la misa, la Iglesia estaba a rebosar y, en la plaza, grupos de curiosos inspeccionaban un cubo confeccionado con planchas metálicas pintadas de un blanco reluciente y convenientemente engalanado con flores que se encontraba frente a la entrada de la Iglesia. Al acercarnos pudimos comprobar como aquel cubo, de una altura aproximada de metro y medio, era una especie de vehículo con cuatro ruedas, que contaba en su parte frontal con una abertura por la que se vislumbraba, en el interior, un asiento y un volante, sin motor. En el lateral, una pequeña puerta de acceso. En su parte alta, convenientemente rodeada de flores, la zona en la que iría enganchada la imagen del Santo.
«el cura, con una cara de satisfacción que muy pocas veces había dejado relucir»
Poco más pudimos ver porque las puertas de la Iglesia se abrieron de par en par y, a borbotones, las personas dispuestas a participar en la procesión invadieron la plaza. Desde lo alto, el cura, con una cara de satisfacción que muy pocas veces había dejado relucir, observaba como la imagen del Santo Patrón era portada en brazos por varios feligreses y cuidadosamente instalada en el singular carricoche. A su mirada, varios monaguillos se introdujeron por la portezuela lateral.
Como un entrenado ejército, los fieles se dispusieron rápidamente para la procesión: en cabeza, la cruz y su portador; seguían, en dos ordenadas filas, las mujeres y, entre ellas, los niños y niñas que ese mismo año habían recibido su primera comunión nuevamente con sus trajes de fiesta; a continuación el tan señalado carricoche con el Santo Patrón de hierático vigía; le seguía, orgulloso, el cura acompañado de otros dos sacerdotes de parroquias vecinas que habían sido invitados al evento, las albas vestiduras refulgían bajo el sol; a continuación, solemnes, las fuerzas vivas de la localidad con el alcalde y el comandante del puesto de la Guardia Civil, en uniforme de gala, a la cabeza; y, de una forma un poco más desordenada, como si de la fiel infantería se tratase, un gran número de hombres cerraba tan solemne cortejo.
De repente los curas entonaron un canto que fue inmediatamente secundado por las mujeres, se alzó la cruz y, lentamente, la procesión, carricoche incluido, se puso en marcha hacia la parte alta del pueblo. Contemplamos en silencio su partida hasta que el último de los hombres desapareció calle arriba y nos dispusimos a una larga espera mientras el cura paseaba su orgullo, su carricoche y el Santo por todo el pueblo.
«de repente, el carricoche, Santo encima, entró a gran velocidad en la plaza»
No había, sin embargo, transcurrido ni diez minutos desde la marcha de la procesión cuando empezamos a escuchar algo parecido al redoblar de unos tambores que se acercaba a la plaza desde la parte baja del pueblo. El sonido era como un redoble continuo que parecía aproximarse a gran velocidad hasta que, de repente, el carricoche, Santo encima, entró a gran velocidad en la plaza ante el estupor de todos los presentes. Sentados en la parte de arriba, un grupo de chavales golpeaba con los tacones de sus zapatos las paredes metálicas. El artilugio se detuvo en el centro de la plaza, los chavales saltaron del mismo y, a la carrera, desaparecieron por las cuatro esquinas de la plaza. Al instante, se abrió la portezuela lateral y unas cabezas infantes aparecieron por la misma; tras otear el horizonte salieron como almas que lleva el diablo para desvanecerse tras la primera esquina. El Santo, cual Gary Cooper, quedó solo en medio de la plaza.
«los dos curas invitados, de paisano y con sus vestiduras sacerdotales al brazo«
¿Y la procesión?, nos preguntábamos, ¿qué ha ocurrido con los demás? Tras otros diez minutos de espera apareció la cruz al hombro de su portador quien, sin más preámbulos, se dirigió hacia la puerta de la Iglesia. A continuación, poco a poco, como las cuentas de un rosario, grupos de hombres dialogando, los dos curas invitados, de paisano y con sus vestiduras sacerdotales al brazo, departiendo amigablemente con el Alcalde y otras autoridades, dirigiéndose todos hacia el interior de la Iglesia. El Santo, mientras tanto, impasible encima de su carricoche en el centro de la plaza. Ni uno ni otros se dirigían mirada.
“¡sube al Santo!”
Otros cinco minutos transcurrieron hasta que apareció en la plaza nuestro cura, acompañado de las mujeres y los niños y niñas de comunión, solemne, entonando una salmodia procesional, como si nada hubiera pasado aunque con esa cara que parece anunciar el fin de nuestros días. En su camino hacia la Iglesia solamente se distrajo para mirar hacia nosotros y, con fiereza, ordenar a mi amigo, “¡sube al Santo!”. Dicho y hecho, mi amigo se acercó al carricoche, soltó el Santo de sus sujeciones, se lo echó al hombro cual tronco de leña y, tras el cura y las mujeres salmodiando, entró en la Iglesia poniendo fin a la procesión.
Según nos contaron después, el carricoche se movía mediante el empuje de varios monaguillos que iban en su interior, mientras otro, al volante, se preocupaba del trazado de los giros de las calles. Todo fue bien mientras se subió hasta la parte alta del pueblo pero después, al tomar la cuesta abajo, el carricoche empezó a tomar velocidad de tal forma que los monaguillos que iban en su interior fueron incapaces de frenarlo, por lo que se abrió paso entre las filas de mujeres, hizo apartarse al portador de la cruz y, a gran velocidad, siguió una imparable carrera hacia la parte baja del pueblo sin que nadie, a pesar de intentarlo, pudiera darle alcance. Lo demás es historia.
«Algunos piensan que es un fan algo bebido del di Caprio»
Dicen que algunas noches, en la oscuridad de la Iglesia, se oye una risa y una voz que exclama, “¡soy el rey del mundo!”. Algunos piensan que es un fan algo bebido del di Caprio que se cree en la proa de aquel trasatlántico, otros creen que es el Santo, que aún sueña con ese día a toda velocidad por las calles del pueblo en lo alto del carricoche… en fin, son contos.
Unha aperta xacobea.
Miguel Ángel Fernández
Categorías:Colaboradores


















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Miguel angel: Simple curiosidad para un inesperto analfabeto, ¿ que significa ? Unha aperta xacobea. Por lo demas chapo con acento o sea OK. salud y un abrazo.
Le doy respuesta cordial Sr. Ciudadano. Como uno pasa sus días en las mojadas calles compostelanas, donde dicen que llovió, utiliza para despedirse una lengua que, como berciano, no le resulta desconocida mandando un abrazo a los que tengan la paciencia de llegar hasta el final del cuento, abrazo que, en Año Santo o Xacobeo, ha de ser así.Lo dicho, unha aperta.
Miguel devólvote a aperta, que há tempo xa que non te tiña visto por aquina (ou aiquí, depende). E vas tí e dices sonche contos, home, contos contos non che son, que eu xa oín falar destas festas daquelas, das que xa muito milloramos. Eu estaba na mili, jaja. que senón… Ainda estou descarallandome de risa con o "conto", que xa o tiña oído, mais non contado con tanto xeito.Salud!
Pues sí… y aunque pueda parecer poco imparcial que lo diga yo… lo cierto es que no puedo aguantarme… ¡qué bien escribes, cabr…ito!. Lo digo con toda la envidia del mundo, pero conste que muy sana. En cuanto a la historia que cuentas, le sienta muy bien lo de "se non è vero, è ben trovato". Se me ocurre que se podría utilizar el carricoche en unas "carrilanas" (si alguien no sabe lo que son, se lo explicas tú, que para eso estás en tierras gallegas), eso sí, con el San Cristóbal encima para que protegiera de posibles accidentes. ¡Y luego dirán que no es milagrero el Santo!.Salud… e que non vos choiva moito.Carlos