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6-1-LA VERDADERA HISTORIA DE ERNESTO G.-ERNESTO VIAJA A FRANCIA

 

Novela por entregas a cargo de J.L García y con dibujos de Antonio Esteban González Alonso (Toni)

LA VERDADERA HISTORIA DE ERNESTO G.

ERNESTO VIAJA A FRANCIA

Ernesto es un pobre hombre   -y,  no, hombre pobre-   porque Ernesto, además, es una persona que vive   -y bebe-   en una pequeña villa de nuestra ácida piel de toro.
Y tiene sus motivos para considerarse a sí mismo, un pobre hombre: diecisiete años de paciente e ininterrumpida labor bancaria, sin ascensos. Eso sólo, es motivo suficiente para    considerarse un pobre hombre y amargar su existencia, porque diecisiete años son doscientos cuatro meses o lo que es igual  seis mil ciento veinte días  -sin contar los bisiestos-    soportando los malos modos y las impertinencias del director de turno.
En esos diecisiete años Ernesto ha conocido cinco directores. Un director  -o casi-  cada tres años. Y recuerda sus nombres e, inclusive, datos de sus biografías que ha ido archivando en su cerebro, como si  su cerebro fuese una computadora de última generación.

-Roberto González Ezcurrum  -explica Ernesto-   Cuarenta y tres años. Alto. Moreno y con bigote. Buen director. Buen compañero. Experto en cuentas de Ahorro. Casado con doña Cecilia Bautista de González Ezcurrum. Tres hijos: Robertito, Azucena y Federico Simón. Celebraba su onomástica el siete de Junio. Actualmente dirige el Departamento de Morosos en la O.P. de Lugo.

Se hurga la nariz porque Ernesto acostumbra a hurgarse la nariz  mientras piensa y prosigue.

-Gerósimo del Coso Núñez. Veintiséis años. Onomástica el nueve de Mayo y, en su momento, el director de Banca más joven de la entidad. Don Gerósimo era, según sus propias palabras, «más bien bajo, más bien soltero y más bien con muy mala uva» y quizás por eso, pienso yo, dejó la Banca para dedicarse a la  Bolsa.

Vuelve a hurgarse la nariz y, tras hurgarse la nariz, tira de los pantalones hacia arriba. (Ernesto padece hidropesía   -ascitis-   debido a una cirrosis hepática y en él, en Ernesto, tirar de los pantalones hacia arriba con gesto maquinal, es una especie de tic nervioso, como si tratase de preservarse del frío aunque no sepa, con certeza qué es lo que se debe preservar y de qué, cuando uno padece ascitis).

-Casto Redondo y Redondo  -san Casto, el uno de Junio-  era un hombre cuadrado y de Calatayud. Tenía, cuando llegó a Villamor, cincuenta años. Padecía cáncer de recto, pero con mucho humor siempre decía: «El cáncer de recto es el cáncer más perfecto». Doña Esperancina Flor, parienta de un ex-ministro del Régimen o sea, del Movimiento, un Movimiento que, entonces, estaba parado, trataba de alegrarle sus últimos días. Don Casto y doña Esperancina no tenían hijos. Él era experto en Comercio Exterior y ella en Obras de Caridad.

Hace una pausa.

-Hoy, don Casto y su señora viven retirados, en Puzol, Valencia, dedicados a la filatelia

Ernesto, cuando hace alarde de su erudición biográfica-bancaria, maneja, además, con arte, el vaso y la botella. Y bebe.

-Don Facundo Jato Ros  -dice Ernesto tras humedecer los labios-  nació un veintiocho de Febrero en Arévalo, en la misma calle en la que había nacido Emilio Romero. Tiene cuarenta años. Viudo, sin hijos y un vivalavirgen. Don Facundo dejó el banco para dedicarse a la representación de productos farmacéuticos y anticonceptivos, de los que hacía con éxito demostraciones gratuitas. Viaja por  España. Gana más y está menos atado que en una oficina.

Y concluye:

-Ramón Gómez Ramón a quien, en la villa, llamaban «don Capicúa» celebraba su cumpleaños, para no invitar, el uno de Noviembre. Según él, descendía, sinuosamente, de los marqueses de Andrade. Treinta y nueve años. Soltero y con novia en Betanzos. Experto en descubiertos.
Después, Ernesto, entre aplausos, apura el vaso de vino, se dobla por la cintura intentando una reverencia y dice, como siempre:

-Servidor
***
Ernesto, ordenanza «honoris causa» del Ayuntamiento de Villamor es un virtuoso del oboe. Toca de oído, No sabe música pero ello no es óbice para que sea considerado   -musicalmente hablando-  un virtuoso del instrumento. Su especialidad son las canciones populares y, sobre todo, una que dice:
«Pájaro que vas volando / amor, amor / y en el pico llevas hilo/ amor, amor / Dámelo para coser/ amor, amor/ mi corazón que está herido/ amor, amor/. Esa ventana tan alta / quien me la diera subir / Échame tú, resalada / las cintas de tu mandil /. Las cintas de tu mandil / las cintas del delantal / ¡Ay que ventana tan alta / quien me la diera alcanzar…¡¡//

Ernesto quiere dar un concierto de oboe a base de canciones populares. al aire libre, en el jardín de Villamor. Y cavila cómo hacerlo. Sueña con el concierto, pero piensa que ese sueño necesita dinero y ese dinero lo logrará gracias al Banco        , porque el Banco ha comisionado a Ernesto  -viajes pagados, doble sueldo y dietas-  para visitar a futuros clientes, en Francia. (Por supuesto: había que cumplir ciertos requisitos como hablar otra lengua, además del castellano y Ernesto solventó el requisito arguyendo que dominaba el gallego, idioma de un gran número de emigrantes      ubicados  -la palabra ubicado fue un hallazgo en el escaso vocabulario de Ernesto-   en Francia. Y a Francia fue.
***
Y de Francia regresó contento. (Lo de menos para él fue la apertura de cuentas o las películas de porno duro que vio en Paris. Lo verdadera importante fueron las cincuenta mil pesetas que ahorró  -billete a billete-   y que servirían para hacer realidad su sueño: el concierto de oboe al aire libre.
Pero ¡ay¡  -siempre existen peros y ayees en la vida de los hombres humildes: Ernesto no contó con Rosarito, su mujer. Rosarito estaba harta de vivir como vivía; de comer como comía y de vestir como vestía y salir a la calle con el mismo abrigo durante siete años consecutivos, así que todo el sueño de Ernesto se hundió en un hondo y oscuro pozo al ver a Rosario en la Estación envuelta en un abrigo de garras, sonriendo estúpidamente que, además, era la única  manera de sonreír de Rosarito.
El corazón de Ernesto comenzó a latir apresuradamente y solamente supo decir con acento parisino
-Salope de putaine…
Y se alejó arrastrando los pies mientras una lágrima amarga se deslizaba hasta la comisura de sus labios.

***
Y siguió soñando con su concierto de oboe, al aire libre en los jardines de Villamor ante un público enfervorizado que se le rendía.
Y siguió soñando con programas de mano, a dos colores y en papel satinado en los que se podía leer su nombre en letras grandes.
Y siguió soñando, porque la culpa   -cuarenta mil pesetas tuvieron la culpa-   de no celebra el concierto fue de Rosarito y de su abrigo de garras.

CONTINUARÁ

Capítulo II.- Ernesto y los anuncios de Televisión  -Ernesto y el Telediario de las nueve -Ernesto y el Festival de Televisión………………

J.L García

 

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