EDITA: INSTITUTO DE ESTUDOS BERCIANOS (2021)
PRÓLOGO: (Marino Castro y Ana Carballo)
César Gavela (1953-2020), nació en Ponferrada, en pleno corazón del barrio de la Puebla, donde transcurrirá su infancia y parte de su adolescencia. Estudió el Bachillerato Elemental en el colegio de San Ignacio y el Superior en los seminarios de La Bañeza y Astorga, con la intención de convertirse en misionero, vocación que abandonó para realizar estudios de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid.
En 1976 se establece en Valencia donde trabajara para la Generalitat Valenciana en el ámbito jurídico y en la gestión cultural. Se inicia en la literatura colaborando en el semanario berciano Aquiana. También colabora como columnista en los periódicos Las Provincias, El País, Levante, Crónica de León, Diario de León, Bierzo 7 y en las revistas La Comarca y Losada. Su copiosa producción periodística comprende cerca de cuatro mil artículos. Fallece en Valencia en 2020.
Los Bercianos de carne y sueño son los protagonistas de “La pequeña villa mixta de La Puebla y Casco Viejo, de obreros y rentistas, de letrados y barberos, que se suelta el pelo y abre su historia a las levas de los forasteros que la fecundan como sólo los hombres solteros, jóvenes y hambrientos pueden hacerlo. La ciudad que pasó de trece mil habitantes en 1940 a treinta y siete mil en 1960. Yo aún guardo en la memoria, como un rescoldo mitad inventado mitad observado desde mis ojos de niño, aquel tiempo de calles de adoquín, de obreros en bicicleta al amanecer, de menestrales en traje de domingo, de ambiciones y ferrallas, de procesiones envaradas, de médicos que eran héroes, de ingenieros que eran dioses”. (César Gavela)
LA PONFERRADA DE CÉSAR GAVELA, “La ciudad del dolar”.
César vivió siempre con el recuerdo de aquella Ponferrada del comercio, de naipes, de tardes dominicales de fútbol en Santa Marta y con ese olor a carbonilla. Aquella ciudad medieval, expansiva, fruto de emigrantes andaluces, gallegos y castellanos. El tono general era de ciudad un tanto tosca, aunque cordial. A medio camino entre una villa grande y una urbe pequeña. Cuarenta mil habitantes y una gran foto, malva y rosa, sobre fondo de sepia: “una ciudad del dólar, en un jardín antracita”.
Allí tras el telón, por el efecto óptico de una rendija, una mirada en la que aparecen amortiguados por el tiempo y por la nada las siluetas borrosas de Simón, el librero, Dominguín y su desvencijada guitarra, Ceferino, con su remolque tambaleante, Linares y su micrófono, Manceñido, con sus bicicletas y Goñi con su voluminoso transistor. Y tantos otros… Miles de escenas, cientos de rostros que se repiten dando vueltas al fondo de la memoria. Rostros de personas que ya murieron, que son cenizas de un tiempo que sigue vivo mientras alguien lo pueda revivir evocándolo para sí. Cuerpos que ahora se acercan redimidos en sueños y que bajo la pluma de César Gavela aterrizan ante nosotros:
Simón: amante de los libros y del deporte próximo a esa sabiduría latina que propugna una mente sana en un cuerpo sano.
Linares: voz del vínculo que unía a los pobladores de estas comarcas del noroeste interior: “Buenos días Bierzo, Valdeorras, Laciana y Cabrera”.El mago bueno que intercedía por nosotros ante las remotas majestades de Oriente. En definitiva, un regalo de humor y de bondad.
Manceñido: que pasó toda su vida laboral entre bicicletas y remolques, amable y cumplidor, amigo de los niños. Un hombre sencillo de vida honesta que amó el ciclismo.
Ceferino: era un hombre muy pobre que, además, estaba contrahecho. Un marginado que iba por Ponferrada arrastrando un remolque. Con boina, bajito, con barba de chivo, muy delgado, mal vestido, con una boca extraña, desdentado, fumador, abandonado por todas las suertes.
El pobre Goñi, tuvo poca suerte en la vida. Pero él le plantó cara con lo único que le había dejado aquella piedra maldita que le desbarató el entendimiento en una galería minera: con su locura voluntariosa, inofensiva y tierna.
Dominguín: Soñó que podía ser un músico libre, que podría ganarse humildemente la vida cantando por las calles de Ponferrada, algo que nadie había hecho antes. Eso sí, tenía un problema: no sabía cantar y tampoco tocar la guitarra.
Ellos andaban por ahí, hacían cosas, construían su vida al margen del decurso cotidiano, tan áspero y fastidioso, tan ramplón y repetido. Ellos tenían sus oficios y una ilusión a la que se entregaron como mejor pudieron. Son ellos, los Bercianos de carne y sueño.
El Bierzo más profundo nos llama desde las orillas de sus ríos secretos, desde los castañares apartados, desde sus cumbres de nadie. Es la tierra y el agua lo que queda; los bosques, los prados, las montañas, los ríos, la nieve, las tierras verdes y rojas…
Y es en ese Bierzo de la memoria que nos fue confiado y que, a la vez, inventamos, donde también viven los recuerdos de otros bercianos que conocimos y que ya fallecieron. Bercianos que entraron en nuestra memoria. Bercianos que sintieron algo bien parecido a lo que nosotros sentimos, cuando nos relacionamos desde el cuerpo y el espíritu con el valle nuestro.
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