En nuestra sección La memoria de nuestros abuelos, contada por sus nietos, Teresa nos abre las puertas de la casa que su abuelo levantó con ilusión hace más de seis décadas. Con cariño y recuerdos vivos, nos muestra cómo un hogar puede convertirse en refugio, legado y promesa cumplida.

Mi abuelo no era de Toral. Llegó aquí desde Fumaces (Verín) junto con su hermano Ángel, cuando ambos vinieron a trabajar al pueblo. Empezaron en la tienda que regentaba el tío de mi abuela, Matías Vila, conocida por todos como Casa Vila. Aquella tienda estaba en la casa que hoy es de Cirilo; allí vivió mi familia durante los primeros años.
Con el tiempo, mi abuelo se asentó en Toral. Se casó con mi abuela y empezó a construir su vida aquí. Hace ya más de sesenta años decidió levantar una casa propia, hecha a su gusto. En ese lugar había entonces una vivienda mucho más pequeña, con muros de piedra de la arquitectura tradicional de la zona. Sobre esos muros levantó la casa en la que hoy vivo.
Lo hizo con mucha ilusión y cariño, porque era un hombre que disfrutaba profundamente de todo lo que hacía: del trabajo, de la política y también de sus ratos de ocio.
Yo lo recuerdo perfectamente, a pesar del tiempo transcurrido. Recuerdo su tono de voz, sus costumbres cuando subía a casa después de cerrar la tienda a mediodía, el sonido de la llave al girar en la puerta y el cariño que sentía por el comercio que ocupaba sus días y que cuidaba con esmero cada jornada.
También recuerdo cómo preparaba los escaparates, aquellas lunas redondas tan poco habituales entonces, que llamaban la atención de quienes pasaban por la calle. Se detenía a colocarlas con paciencia, salía a la puerta para mirarlas desde fuera y volvía a entrar para ajustar algún detalle, como quien sabe que en esos pequeños gestos se refleja el orgullo por el trabajo bien hecho.
Dentro de la tienda todo tenía su lugar: los mostradores de madera, las cajas bien ordenadas, el metro siempre a mano para medir telas o cualquier cosa que hiciera falta. Al terminar el día, solía apoyarse en uno de aquellos mostradores, con el metro de madera entre las manos, moviéndolo distraídamente como si fuera un bastón o un pequeño juguete. Era su manera de quedarse un momento más allí, como si le costara abandonar aquel espacio que formaba parte de su vida.
Mi abuelo tiene mucho más que ver de lo que muchos piensan en la decisión que tomé hace más de veinte años de quedarme con su casa. En realidad, nada me habría hecho cambiar de opinión.
Recuerdo un día, cuando yo tendría unos quince o dieciséis años. Mi abuelo llegó a casa y, con cierta tristeza, habló de la casa de Doña Pura, a la entrada del pueblo, de cómo se estaba cayendo poco a poco. Dijo entonces que ese era también el destino que, probablemente, le aguardaba a su propia casa algún día.
Yo le contesté que no se preocupara, que yo cuidaría de su casa y que nunca se caería mientras estuviera en mis manos.
Recuerdo perfectamente ese momento. Estábamos entrando en la galería para comer. Era mediodía.
Han pasado muchos años desde entonces, pero aquella promesa nunca se me olvidó. Quizá por eso hoy sigo aquí, en la casa que él levantó, cuidándola como le prometí aquel día, sin saber todavía todo lo que la vida me tenía preparado.
Y todo lo que la vida me tenía preparado ha sido mucho, y esta casa ha sido mi refugio hasta ahora.
Yo adoraba a mi abuelo.
Categorías:Sin categoría





![casa Vila cirilo - vila Teresa -1914 - muñeca articulada con pelo natural , [Resolucion de Escritorio]](https://i0.wp.com/live.staticflickr.com/65535/55137746667_2a1518f64a_c.jpg?resize=800%2C579&ssl=1)

![José vila abuelo [Resolucion de Escritorio]](https://i0.wp.com/live.staticflickr.com/65535/55163880384_d40ab7a62d_c.jpg?resize=580%2C800&ssl=1)














fe%20%5BResolucion%20de%20Escritorio%5D.jpg?psid=1)




Comentarios recientes