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“Aquellas navidades de mi infancia “ por Marino Castro

Aquellas navidades de mi infancia
Días previos a las vacaciones cantábamos en el colegio, con cierta permisión del autoritario  maestro,  la siguiente cantinela: «debajo los tinteros salen los ratones para que don José  nos dé  las vacaciones…». El tintero, la pluma, la tiza y el lápiz eran nuestras materias primas, casi únicas, sin olvidar la enciclopedia Álvarez, sometida a la censura de la época.
Contemplaba,  protegido con mi modesto  abriguito de tergal y con mis amigos de infancia, el Belén con las figuritas de barro bendecidas que se exponían en el frío atrio de la iglesia parroquial de mi barriada,  Flores del Sil, zona obrera por excelencia de la bulliciosa Ponferrada, en un ambiente de blanco y negro, pero con mi timidez bonachona.
Hermandad, paz, alegría y grandes dosis de ilusión no faltaban, todo ello amparado por el nacional catolicismo.
Los pequeños comercios, hoy casi desaparecidos, engullidos por el centro comercial el Rosal, mostraban sus ornatos en los escaparates para recibir los festejos, donde aparecían los tópicos de siempre: feliz Navidad, feliz Año Nuevo, feliz Noche buena…
Felicidad, para quién…? La pobreza persistía y la confraternidad entre ilusión y realidad se reducía a la meritoria campaña de  Cáritas, a los actos benéficos propios de las fechas y a Rafael, el divo de Linares y de la balada romántica, admirado por Carmen Polo, «la Collares», que lo honraba con su presencia en todas las galas benéficas navideñas desde el teatro madrileño de la Zarzuela y con la TVE como notaria directa. Sin dejar en el olvido, la lotería nacional de los candorosos niños de san Ildefonso, con sus trinos cristalinos que pregonaban los nuevos millonarios y que acudían puntualmente a nuestro encuentro el 22 de diciembre.
Para la liturgia cristiana: la Navidad. Para carrusel verbenero y pagano, Nochevieja.
Manchas de nieve con la gélida blancura en el horizonte, donde la paz de las cumbres, contrastaba con el tiempo de silencio y el corazón sencillo de la gente humilde que entonaba con devoción y fe cristiana villancicos, adorando y besando el pie del niño Dios.
En definitiva el franquismo, idealizado por la Navidad, era una mezcla de folklore, tipismo y  valores religiosos, donde la familia era la célula de la sociedad y yo vivía feliz en la ignorancia, porque era un indocumentado más, pero tras un trasfondo de mala conciencia del triunfador de una guerra que desconocía.
Quedaba por último el sermón ideológico de Franco, vestido de paisano, sobre la robustez de la economía española y la profecía de España va bien y el próximo año, mejor. El FMI opinaba lo contrario, además,  más de un millón de compatriotas emigraban a países de Europa para mejorar  su sustento y poder acceder a la propiedad de su primer techo o acceder a su primer utilitario, símbolo naciente de nuestro primigenio capitalismo en una España grisácea.
Hoy recibimos emigrantes de países diversos que realizan los trabajos que nosotros descartamos y con la añoranza de su tierra y familia que permanecen allí. A miles de compatriotas nuestros, les ocurrió lo mismo en la década de los años sesenta.Como decía mi antiguo profesor de filosofía, don Felipe,  la historia es cíclica. Y añado: suerte en la época que te haya tocado vivir!

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