Siendo presidente Guillermo González, se puso la luz en Paradela. Era el año 1941.
La luz se tomó del transformador que tenía la ELSA en Peñamala, cuyo propietario era Sergio Castillo. El trabajo fue realizado por los muchos obreros que en ese momento trabajaban en la citada cantera, eso sí, dirigidos por tres empleados de la compañía eléctrica: Jesús (siempre iba con gafas), Fidel (Loura) y Félix.
Los postes de castaño bravo, apañados del soto comunal de la Folla, se fueron colocando desde el transformador, pasando por Vilarín y los Lameiros, hasta la fuente. Los cables que se instalaron eran de cobre y, al parecer, procedían de Santander, como material renovado tras el incendio sufrido por la ciudad en ese mismo año. Aquí sirvieron, desde el día de San José, para llevar corriente —de 125 V— a unas 72 bombillas que iluminaron a los 36 vecinos que entonces vivían en Paradela.
¡Mucho cuidado con las bombillas! Había tanta luz al principio que se fundían; después la rebajaron, me apunta uno de los informantes para este artículo, Adelino del Valle.
El encargado de cobrar era Jesús: 3 pesetas al mes por bombilla instalada. La gente dejaba la bombilla un poco hacia fuera de la casa, para dar luz a la calle.
“Vino Dios a vernos”, decía la gente, que por primera vez en su vida veía algo semejante. La verdad es que tenía que ser algo muy, pero muy importante. “¡É un milagro!”, decían otros. Pero lo malo es que estos milagros costaban dinero y la gente, aunque necesitaba más bombillas, no podía permitírselo; solo las familias pudientes tenían más de dos.
Después de la luz de las bombillas, vinieron los “arradios”. El primero que se puso fue el de Pierres, un hermano de Candelas llamado Ángel, de mote Pierres. Se lo habían traído de Madrid unos familiares.
La gente incrédula decía: “¿Será posible que anden ahí dentro voceando?”. “Le daban a una tecla: una vez cantaban, y otra hablaban”.
Esto iba progresando poco a poco. Ahora Manolo, el hijo del tío José y de la tía Paca, se compró un motor con una circular para cortar madera; eran carpinteros. En un momento cortaban las tablas; ahora ya no hacían tanta falta los serrantinos. Había unos que eran portugueses, que trabajaban muy bien: según rompía el día ya estaban encima de los chopos. Tenían unos machaos que cortaban muy bien; teño eu dous como eses abaixo.
AF2
En este artículo han colaborado los irmáns Adelino y Argimiro del Valle, dos mentes privilegiadas, al igual que sus personalidades. Gracias.
PD: Los datos, nombres, etc., no tienen una veracidad contrastada.
POR AF2TORAL — 9 de junio de 2010
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