
Don Andrés; 80 años de existencia , 54 dedicada a La Vega.
Ya que llegó a La Vega , con 25 años, tras ser ordenado tres meses antes, el 3 de octubre de 1968, para suplir a Don Serafín , conocido en Toral por el apodo (más bien familiar) de El Parrán.
En La Vega pasó (pasa) prácticamente toda su vida eclesiástica pero no residencial, ya que desde hace unos años decidió ocupar una de las dos casas parroquiales que tiene el Obispado de Astorga en Toral de los Vados.
En La Vega dejará huella y la Vega le dejará huella huella a él, sobre todo en amistades, ya que el jefe del le ha arrebatado a amigos , o hermanos o más que hermanos , como diría él.
En Villoria de Órbigo dónde nació, el paso del tiempo también lo está dejando sin amigos, solo le queda el amable, (lo digo por experiencia) , Alfonso Pérez Acebes, con el que compartió trabajos agrícolas , matanzas y ya últimamente buenas sobremesas.
Sus primeros servicios fueron :
Boda: MARIA ANGELA VALLE BRAÑAS & ANTONIO FRANCISCO BLAS
Bautizo : Aquí tenemos duda entre : Rosa María la de Campos o Constantino Casas González «Tino» el 28/05/1970
Funeral: Graciano Valcarce Santín, fallecido accidentalmente en Requejo ,cuando circulaba con un tractor .
Gracias por estar Don Andrés
Comentando con varias personas «a las que has llegado», y ya que eres conocido por todos, se me ha ocurrido publicar esto en colaboración con gente que tiene alguna relación contigo, intentando usar el blog como nexo de unión entre todos y con la esperanza de que no te moleste esta intrusión.
Un amigo, hermano, parroquiano, alumno

Un amigo: Hernán Alonso
Más vale amigo cercano que hermano lejano (Proverbios 27-10), sobre todo si la amistad crece con el tiempo.
Yo compartí mi vida de niño con Andrés, desde un día de la década de los cincuenta del pasado siglo, en aquella Astorga de clérigos y militares cuando, a la entrada, aún me pararon en el fielato: -¿Algo que declarar?
Sólo ropa -contestó mi padre. Por si acaso, profanaron sábanas y ropas que mi madre había colocado con esmero en aquella maleta grande de madera.
Yo compartí mi vida de niño con Andrés en el Seminario de aquella Astorga de Gaudí y Santocildes. Fueron años de frecuentes sacrificios y abundantes alegrías. Y la pena de no ir a casa por Navidad ni en Semana Santa. Y la alegría de las vacaciones de verano.
Días llenos de clases, estudios y rezos hasta que la campana – creo que era la María – del reloj catedralicio desgranaba las once para el sueño. No era fácil levantarse en el invierno, aún la noche, y lavarse con el agua congelada en el jarrón; a lo largo del día alimentábamos los sabañones de las manos en el calor de los radiadores, si podíamos.
Y la espera de los deseados jueves por la tarde y los domingos. Cruzábamos en silencio aquella Astorga muy Noble y Leal, una columna larguísima de tres en fondo sotanas negras con fajín y orla del bonete azules parándose el tráfico y la gente, que decía: “los conejines”. Nuestro paseo era hasta el río Tuerto, al que yo deseaba magníficas crecidas; o era hasta Peñicas, por donde se iba al Bierzo; o, nos gustaba más, ir a jugar al fútbol al llano alto de Manjarín, donde un alfarero secaba al sol botijos y cacharros.
Muchos fuimos los llamados – aquel año entramos 110 – y sólo diez los elegidos, entre los que yo no estaba y sí Andrés, al que no volví a ver hasta un cuatro de enero de 1969. Aquel día, de azul frío y blanca escarcha, yo me casaba en Villadepalos y en la iglesia apareció Andrés con gran sorpresa para mí y no menos alegría.
Y fuimos amigos.

Y él jugó al fútbol en la Toralense y yo en el Berciano de Villadepalos. Y los dos hicimos la licenciatura de Filosofía y Letras (Sección Historia) y aprobamos las oposiciones. Y aquellos niños que en aquella Astorga Benemérita y Augusta coincidimos como alumnos – los pupitres cercanos – en la misma aula de clase, coincidimos después como profesores en el Instituto de Villafranca.
Y fuimos más amigos.
Hay días que suena el teléfono y mi mujer – que lo coge casi siempre – me dice: “Andresín”. Ella le llama Andresín. Y salimos por Villafranca a tomar unos vinos – él siempre clarete.
Y somos muy amigos.
Y me gusta ver cómo la gente y los que fueron sus alumnos lo paran, lo saludan y lo recuerdan con cariño. Al final, damos una vuelta por el jardín de la Alameda cuando en la primavera el agua es canto en la fuente de la Chata, la tierra vuelve a ser flor y el viento un rumor de vuelo y golondrina. Y yo le cuento cosas y él me cuenta.
Un abrazo.
Hernán Alonso.

Un hermano: José Mª. Fernández del Pozo.
HOMENAJE A ANDRÉS FERNÁNDEZ DEL POZO.
Escribir sobre una persona que aún vive tiene sus riesgos. Normalmente todo son elogios una vez muertos. Por otra parte escribir sobre tu hermano puede dar lugar a falsas interpretaciones. Procuraremos ser lo más objetivo que nos sea posible. La idea de hacer un homenaje mientras vivimos es un reconocimiento a los méritos que, sin duda alguna, todos tenemos, dejando de lado las posibles deficiencias que, como humanos, tenemos en nuestra balanza. Es una manera de reconocer la labor de entrega que en el caso que nos ocupa ha sido ejemplar, como luego demostraré. Por eso, no puedo por menos de felicitar a la persona o personas que han promovido este homenaje.
El término homenaje nos remonta históricamente a épocas muy remotas. Etimológicamente sería “homine agere” hacerse hombre de alguien. Yo me hago tu hombre, decía el vasallo ante su señor en una de las torres del castillo, la torre del “homenaje“. Y se entregaban a su señor para ofrecerle la ayuda que necesitara y el consejo que les pidiere. Reconoce una superioridad que en aquella época lo era en todos los órdenes y hoy lo empleamos como acto o serie de actos que se celebran en honor de una persona y al que mostramos veneración y respeto.
Andrés Fernández del Pozo nació un 27 de mayo de 1943 en Villoria de Órbigo. Era el más joven de seis hermanos. Hoy ya no quedamos más que él y yo. Villoria hunde sus raíces en época romana,“Villa Aurea”, asentada a orillas del rio y con un cultivo intensivo en la extensa margen derecha del mismo. En los años de nuestra infancia la extensión de regadío de esta zona era inferior a la de hoy porque el estiaje del Órbigo era de infinito al quedar sin flujo corriente durante el verano. Se aprovechaban entonces las aguas subálveas mediante norias. La agricultura no estaba mecanizada. Prácticamente si un habitante de aquella Villa Aurea romana hubiera vuelto a la vida en esa época no habría notado mucha diferencia. El arado seguía siendo el romano, la vertedera era posterior y las norias eran de origen árabe. Todo ello suponía mucha mano de obra, mucho trabajo y poca extensión de cultivo para cada familia. Eran años de posguerra y de muchas carencias. Hasta que el Pantano de Luna vino a cambiarlo todo por completo. La superficie de riego aumentó considerablemente, se pudo invertir en mecanización, se introdujeron nuevos cultivos…

A los 13 años ingresó Andrés en el seminario de Astorga y tras una larga carrera eclesiástica (doce años de estudio), fue ordenado sacerdote. El 29 de junio de 1968 decía su primera misa en su pueblo natal. Eran años en que este acontecimiento era un acto social en el que todo el pueblo participaba. Fue un día festivo con numerosos actos, imborrable en la mente y en la vida del protagonista.
Este mismo año el obispo de Astorga le destinó a regentar la parroquia de Paradela de Rio. El primer destino en la vida para ejercer la profesión en que te has preparado lo recibes con alegría e ilusión. Así nos imaginamos lo sería para Andrés. Lo que quizá no pensó que ese destino iba a ser para toda la vida por voluntad propia. Normalmente aspiras al cabo de unos años a cambiar de destino por otro que te parece más atractivo. No ha sido así en el caso de Andrés y, aunque tuvo múltiples ocasiones de hacerlo como vamos a ver, hizo todo lo posible por mantenerse fiel a este destino.
Sus inquietudes intelectuales le llevaron a estudiar y hacer la licenciatura en Geografía e Historia al mismo tiempo que atendía a sus obligaciones parroquiales. Vino luego su etapa de profesor interino en los institutos: Bembibre, Villafranca del Bierzo, Cacabelos, hasta que ganó las entonces difíciles oposiciones a Profesor Agregado de Institutos de Bachillerato. La Consejería de Educación le dio como destino provisional el Instituto de Bachillerato de Puebla de Sanabria. Esto le iba a complicar el poder compatibilizar sus labores parroquiales con su nuevo destino docente. El camino más fácil hubiera sido incorporarse a su destino y abandonar la parroquia. Puebla de Sanabria depende en materia educativa de la Dirección Provincial de Zamora, aunque eclesiásticamente es también de la diócesis de Astorga. Podía allí llevar a cabo la labor en sus dos vocaciones la sacerdotal y la de docente. Económicamente dependía, como cuando era profesor interino, de la Consejería de Educación y ello le daba una independencia económica. Si no ocupaba su plaza podía ser sancionado con la pérdida de la oposición. Andrés iba a luchar por mantenerse en la parroquia y al mismo tiempo mantener lo que había conseguido con gran esfuerzo pidiendo a la Dirección Provincial de León una comisión de servicios. Durante muchos años las comisiones de servicio se daban en circunstancias muy especiales. Luego se dieron con más facilidad. No obstante, se examinan los motivos por los que se pide, se analizan las circunstancias y las necesidades de los institutos de la zona para los que se solicita.

No sabemos esos motivos alegados por Andrés para que se la dieran, aunque podemos suponerlos. Lo cierto es que la valoración se prolongó en el tiempo y la Dirección Provincial de Educación de Zamora llegó a conminarle a que se presentase en su destino docente o se le formaría expediente. Así que no tuvo más remedio que coger su coche, presentarse en el Instituto de Puebla de Sanabria y dar una clase. Al finalizar ésta le llegó la comunicación que le había sido concedido por la Dirección Provincial de Educación de León la comisión de servicios para un instituto del Bierzo. Año tras año, Andrés tuvo que pasar por el mismo calvario hasta su jubilación. No llegó a tomar posesión de su plaza definitiva.
En el transcurso de estos años ha tenido Andrés muchas alegrías y grandes penas. Nacieron sus dos sobrinos y sus tres sobrinos nietos que le tienen un gran cariño. Pero en este tiempo ha visto morir a sus hermanos, a sus hermanos adoptivos, a muchos amigos, a mucha gente del pueblo muy queridos suyos. Y ha tenido que celebrar las exequias por todos en medio de un gran dolor y con el corazón encogido, tragándose la pena, porque sus sentimientos los ha sabido disimular. Nos enteramos de sus alegrías o de sus penas cuando ya han pasado. Los malos ratos se los ha tragado en medio de esa soledad a la que está acostumbrado. Pero también a sus éxitos y alegrías ha sabido no darles importancia.
Hace años jubilado de su labor docente, ha seguido al frente de la parroquia que muy joven y lleno de ilusión le vio llegar.
Asistí en cierta ocasión al homenaje que por su jubilación dimos a un director de un instituto de Ponferrada y le oí contar una anécdota que no me he molestado en ver si era cierta, pero, como dicen los italianos “se non è vero è ben trovato”, así que démosla por verídica. Contaba él que con ocasión de dar una medalla el rey Alfonso XIII que le habían concedido a don Miguel de Unamuno, le felicitó y éste le contestó “gracias majestad porque me la merezco”. Extrañado el monarca le dijo: ”normalmente a los que he condecorado suelen decir que no se lo merecen”. Y le dijo Unamuno y dicen la verdad. No se la merecen. Pues, querido Andrés, tú sí te mereces este homenaje.
León, 2023.
José Mª. Fernández del Pozo.

Un Parroquiano adoptado y amigo accidental: Domingo Rodríguez
Me pregunta Toñin en el Avenida: “ ¿ Podrías escribirme algo sobre Don Andrés?”.
Yo le respondo: “ Quieres que hable ¿ bien o mal?”, y me dice: “Como quieras”.
Adiós… “Ahi Vai”. Lo que saldrá… Arranco….
¿ Os acordáis de los dos viejos refunfuñones ( Statler y Waldorf) que estaban siempre en un balcón en los “teleñecos”?. Pues es clavado a uno de ellos.
Andrés tiene cara de pocos amigos y parece que no tiene uno ni pagando.
Andrés tiene cara de malhumorado y de mala leche.
Andrés parece que es antipático y que se come a los niños de postre.
Andrés, cuando da misa, no se le entienden la mitad de las cosas, no sé si por que “chochea” o por la mala megafonía (Je, Je, Je…).
Pero os voy a decir una cosa… o más de una:
Primero, que es todo lo contrario a lo que parece. Es una gran persona, buena gente y entrañable.
También tiene una cosa que me gusta y es que es defensor de valores que, hoy en día, son algo difícil de defender.
Solo te puedo decir, Andrés (nunca te he llamado Don Andrés porque tú nunca me has llamado Don Domingo), que gracias por las charlas que hemos tenido y los momentos enriquecedores que hemos compartido. Espero seguir disfrutando mucho tiempo de tu compañía y seguir hablando de lo divino y de lo humano.
Hay una cosa que dice todo el mundo sobre ti, les caigas bien o no, y es que tus misas duran poco (“ One point pal cura”)

Un alumno: Eduardo J. Del Valle Iglesias
D. Andrés.
Hace ya unos cuantos años, tengo 40, conocí a un profesor de historia llamado Andrés. Me parecía un señor. Buen profesor, explicaba bien y se le entendía fácil. Un hombre serio, pero de vez en cuando metía alguna anécdota o soltaba alguna que nos hacía reír a todos.
Mi recuerdo es el de un profesor que trataba bien a sus alumnos, los miraba con cariño y explicaba bien. Si escuchabas aprendías las cosas casi sin tener que estudiar después. Me parece que saqué bastante buenas notas con él.
Recuerdo un trabajo que nos mandó hacer sobre nuestros pueblos… Mucho aprendí yo de Carracedelo y de Pereje, porque como no me decidía sobre cuál hacerlo investigué sobre los dos y al final lo hice de Carracedelo. Además a máquina de escribir… Pero volviendo a Andrés que es el protagonista. El primer D. Andrés que conocí era profesor de historia.
Hasta que un día descubrí que D. Andrés no sólo era profesor. Además de D. Tomás, había otro cura en el instituto y resultó que el profe de historia es también cura. Recuerdo alguna conversación con él sobre problemas en la clase y cómo actúo y nos ayudó… Así que descubrí que aquel hombre, además de buen profesor me parecía también buen cura.
Y ¿quién me iba a decir a mí que pasados los años sería también compañero? Y un buen compañero. Con su sonrisa siempre. Sus frases sabias y con algo de retranca. Todavía le debo alguna comida. Habrá que pagarla pronto.
Gracias Andrés, buen profesor, buen cura, buen compañero y buen amigo!
Andrés, yo te conocí al revés. Primer como profesor, luego como cura y luego como compañero. Pero casi es mejor al revés: compañero, cura y profesor.

Su superior : Jesús Fernández González

Carta a los feligreses de Paradela del Río y parroquias del entorno
Estimados hermanos en Cristo
lnformado del homenaje que le quieren tributar a D. Andrés Fernández del Pozo los
feligreses de las parroquias de Paradela del Río, Otero del Toral, Valiña y otras de su entorno
que ha atendido con anterioridad, con motivo de cumplir los ochenta años el próximo día 27 de
mayo, y cincuenta y cinco de sacerdotes, el 25 de junio, me dirijo a Vds. para mostrarles mi
gratitud. Al mismo tiempo, les felicito por ello. Ciertamente, D. Andrés ha realizado un gran
trabajo pastoral en esas parroquias y ha ayudado a crecer integralmente a muchos alumnos que
se han aprovechado de su docencia
Les pido también que le hagan llegar esta felicitación a D. Andrés, con el que siempre he
mantenido un trato fraterno y entrañable, mostrándome además una gran disponibilidad para
seguir sirviendo como sacerdote a los fieles encomendados a su cuidado.
Los encomiendo a todos al Señor y al cuidado maternal de nuestra Madre la Virgen
María. Que el señor los bendiga.
Un saludo fraterno.
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