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¡Misericordia!¡Qué preciosa palabra!, A.Díaz

Misericordia

¡Misericordia! ¡Qué preciosa palabra!

¡Sí, preciosa!, pero que apenas ya se utiliza. Hasta es posible que los jóvenes no la conozcan, ni sepan lo que conlleva ser misericordioso realmente, tan necesitado está el mundo de ella.

(No vamos a entrar en cuestiones etimológicas, pero si expondremos un par de definiciones a tener en cuenta a lo largo y ancho de este artículo, porque se me antojan incompletas).

El diccionario de la Lengua Española define misericordia como:

1.f. Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos.

4. f. Rel. Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas.

Y otro diccionario, Definiciones de Oxford Languages, la define así:

  • 1. Inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda.
  • 2. Cualidad de Dios, en cuanto ser perfecto, por la cual perdona los pecados de las personas. «misericordia divina».

Expondré un suceso, sea real o no lo sea, para tratar de iniciar la elaboración de un proceso de definición lo más completo y real posible. Veamos…

Iban a ajusticiar en Sevilla a un hombre. Cuando lo conducían al cadalso el reo comenzó a gritar: «No podéis ahorcarme porque el Rey me había perdonado»

Se detuvo la comitiva, y el juez acudió al Alcázar para hablar de ello con el Rey. Este dijo que ni conocía a aquel reo ni le había concedido el perdón y ordenó que se cumpliera la sentencia.

Pero, después de pensarlo unos instantes, antes de que el juez se fuera, el Rey le dijo: «Aunque yo no había concedido el indulto, y ni siquiera me lo habían pedido, es mejor que no se cumpla la sentencia»

Pregunta para reflexionar: ¿Obró el Rey con misericordia?

¡Ya veremos!

Sea o no sea misericordia con lo que haya obrado este Rey, lo cierto es que pudiera existir incertidumbre en cuanto a su significado y su aplicación. Y no podremos ser realmente misericordiosos:

…Si no sabemos lo que es verdadera misericordia.

…Si no sabemos cuándo podemos y debemos aplicarla.

…Si no sabemos cómo debe afectar nuestros tratos, nuestra relación, con otras personas.

¡Pues bien! La misericordia no es una forma de pensar determinada, ni una forma de obrar rutinaria o espontánea. Definimos misericordia como un sentimiento que te impulsa a ser compasivo, a tener cariño, a tratar con dulzura, con tierna emoción a otros para ayudarles o aliviarles, especialmente a los que sufren. Es un sentimiento y una acción que hay que cultivar. ¡Ahí es nada! (Entiendo que no es lo mismo “ofrecerles ayuda” que ”darles ayuda”. Ofrecer es “presentar una cosa a una persona y decirle que la tome, la disfrute o la utilice”. Sin embargo, dar ayuda implica involucrarse en las necesidades de la persona, ya sean físicas, emocionales, morales, espirituales… y ejecutarlas, llevarlas a cabo, mientras la persona no pueda. Por ejemplo, a un amigo se le murió un ser querido y está realmente desanimado y doliente. Ofrecerle ayuda sería decirle: “¡cuenta conmigo para lo que necesites!”. Sin embargo, darle ayuda va más allá, implica ponerte manos a la obra y preparar comida, hacer limpieza de la casa, dedicarle tiempo para consolarle, realizar alguna reparación, atender a los invitados, hacer algunas compras y recados, etc.).

Un ejemplo sobresaliente relacionado con la misericordia fue Jesucristo. Veréis. En cierta ocasión, cuando Jesús salía de la ciudad de Jericó, mucha gente le seguía. Había dos ciegos sentados junto al camino y, al enterarse de que Jesús pasaba, se pusieron a gritar: «¡Señor, ten compasión de nosotros! ¡Hijo de David!» Y lo repitieron con más fuerza. Jesús se detuvo, los llamó y dijo: «¿Qué queréis que os haga?» Le dijeron: «¡Señor, que se abran nuestros ojos!» Movido a compasión, Jesús tocó sus ojos y, al instante, recobraron la vista y le siguieron (Evangelio de Mateo, capítulo 20, versículos 30-34. Biblia de Jerusalén).

Movido a compasión o profundamente conmovido o enternecido. Jesús sintió condolencia por las desgracias ajenas, o por el sufrimiento humano. Se le removieron las entrañas y esa condolencia, esa compasión, ese enternecimiento, esa misericordia, la manifestó con la acción de curarlos de la ceguera. Como dijimos antes: un sentimiento y una acción. El resultado fue, no solamente el que Jesús les devolviera la vista, también se hicieron sus seguidores. Es decir, la misericordia de Jesús motivó a aquellos ciegos (ya no ciegos) a hacerse discípulos de él. La misericordia de Jesús hizo que aquellos ciegos pusieran fe en Cristo.

Jesús no solo tuvo el deseo intenso de curarlos, sino que se enterneció y manifestó ese sentimiento de piedad, ese conmoverse, removiéndosele las entrañas, sanándolos.

¡Pues bien! Hasta aquí hemos logrado definir, en parte, lo que es verdadera misericordia. ¿Recordamos y enlazamos?

La misericordia no es una forma de pensar determinada, ni una forma de obrar rutinaria o espontánea. Es un sentimiento que te impulsa a ser compasivo, a tener cariño, a tratar con dulzura, con tierna emoción a otros para ayudarles o aliviarles, especialmente a los que sufren. Como dijimos, es un sentimiento y una acción que hay que cultivar.

Entonces, ¿cuál es la respuesta a la pregunta que planteábamos al principio? ¿Obró el rey con verdadera misericordia al librar a aquel reo de la horca?

¡Piénsalo!

Aquel Rey no obró con verdadera misericordia. Ni sintió condolencia, ni se le removieron las entrañas, ni se enterneció, ni se conmovió, ni tuvo un intenso deseo de salvar a aquel preso, ni…

A aquel Rey le faltó, además, el motivo correcto, es decir, que la verdadera misericordia ha de proceder, ha de emanar, ha de brotar del corazón, como puso de manifiesto Jesús al curar a aquellos ciegos; la verdadera misericordia debe ser refrescante y provechosa, debe engendrar cualidades deseables en quien la recibe.

Aquellos ciegos pusieron fe en Jesús y se hicieron sus discípulos.

Por otro lado, cuando expuse esta ilustración del Rey, al principio, oculté un detalle importante a sabiendas, que pone fin a la cuestión. Es el siguiente…

El Rey le dijo al juez: «Es mejor que no se cumpla la sentencia, porque habiéndolo gritado en público, no quiero que pueda quedar en el ánimo del pueblo de Sevilla que yo le había indultado y después he faltado a mi palabra real»

Pero la verdadera misericordia no se queda aquí, porque tiene otra faceta, realiza una función sencilla, pero, a veces, difícil de llevar a la práctica.

¡Verás! Imagina la siguiente escena. Le has dicho a tu hijo que lo castigarías si desobedecía; él desobedece; sin embargo, «pobrecillo, lo ha hecho sin mala intención…

¡Bueno! Por esta vez que pase; pero la próxima…»

Él ha desobedecido, pero no le has castigado, tal como le habías prometido, le has perdonado su error, lo mismo que llevó a cabo el Rey de la ilustración inicial.

Sí. El perdón es esa otra faceta de la misericordia. Entonces, ¿ha sido misericordioso ese padre con su hijo?

Podemos asegurar que solo si ha perdonado a su hijo con el sentimiento de pena y compasión por los que sufren, que impulsa a uno a ayudarles o aliviarles, sí habrá sido misericordioso con él. El perdón es una virtud que impulsa a ser benévolo en el juicio o castigo. El perdón en sí no es misericordia, más bien, el perdón abre el camino hacia la verdadera misericordia.

Por tanto, debemos esforzarnos por mostrar verdadera misericordia en nuestra vida cotidiana y hablar de ella.

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Algo que vivimos y vemos cuando salimos a la calle, aunque, a primera vista, no nos demos cuenta… Se trata del dar material. Para explicarlo, recurriremos, de nuevo, a la enseñanza de Jesucristo, leyendo del evangelio de Lucas, capítulo 10 y versículos 33-37. Se trata de la tan conocida historia del buen samaritano que Jesús le relata a un legista (experto en la Ley) para que llegue a la

conclusión válida de quién es su prójimo. Dice así, según la Biblia de Jerusalén:

«Jesús respondió: Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: ’Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva’. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él dijo: ‘el que practicó la misericordia con él’. Díjole Jesús: ‘Vete y haz tú lo mismo’»c

Con esta historia, Jesús está ilustrando que debemos mostrar paciencia, bondad, y misericordia a toda persona. A TODA PERSONA. ¿Notamos lo que dice al final del versículo 33? El samaritano tuvo compasión, es decir, se enterneció, se le removieron las entrañas y expresó un sentimiento de piedad interior que le llevó a ayudarle física, material y, hasta es posible, emocionalmente. El samaritano fue misericordioso. La lección es sencilla: “cuando demos materialmente, demos con ese sentimiento, porque de no ser así, estaríamos alimentando nuestro ego, sin dar alabanza a quien la merece. Y en este caso, la misericordia no tuvo nada que ver con el perdón de malas acciones ni con procedimientos judiciales.

Y no es misericordioso, en absoluto, estimular en los demás la pereza, la borrachera, el derroche, la vida disoluta… aunque ello conlleve coartar ilusiones o esperanzas.

Por ejemplo, ¿cómo responderías a un niño que mendigara? Nota, por favor, la siguiente historia que nos legó su autor, Vital Aza. Se titula “La muñeca

«En una tarde de invierno, una niña pordiosera, con los pies casi desnudos y las manecitas yertas, cubriendo, a modo de manto, con su falda la cabeza, y sin temor a la lluvia que cada vez más arrecia, contempla, extasiada y triste, el interior de una tienda

que, por su gusto, en juguetes en Madrid es la primera.

(¿Puedes verla con sus manitas

y su naricilla apoyadas en el cristal del escaparate? Trata de visualizar diálogos y escena)

–¿Qué haces aquí? le pregunta con voz desabrida y seca un dependiente, empujando a la niña hacia la acera.

–¡Déjeme usted! ¡Solo estaba mirando aquella muñeca!

–¡Vaya! Retírate pronto y deja libre la puerta.

–Dígame usted. ¿Cuesta mucho? –¿Quieres marcharte, chicuela?

–¿Será muy cara, verdad? ¡Lo que es como yo pudiera!…

–¡El demonio de la chica ¿Pues no quiere comprar ella?…

¡Lárgate a pedir limosna! ¡y déjate de simplezas!

¡La muñeca que te gusta vale un duro, con que ¡fuera!

Marchose la pobre niña sin ocultar su tristeza…

en vano pide limosna… nadie escucha sus quejas… Y desfallecida, débil, cruza calles y plazuelas recordando, en su amargura, la tentadora muñeca…

–¡Caballero, una limosna hoy no he comido apenas!

–¡Déjame, que tengo prisa! –¡Por Dios, señor! Aunque sea un centimito… ¡Tengo hambre!…

–(¡Pobre niña! ¡Me da pena!) ¡Toma.!

(En este momento quisieras ver cómo sus ojos se abren como platos y su carita triste se llena de sorpresa,

de alegría, de ilusión, de satisfacción… pero la imaginas… y tus ojos no pueden contener toda la emoción

que les dispensa tu corazón; y tus ojos no pueden impedir que pequeñas perlas inquietas

y transparentes y amargas y disimuladas se liberen y discurran por tus mejillas hasta desaparecer. Y sientes pena y angustia.

Te conmueve la tristeza.

Por un instante eres tú

quien deposita en sus manos la bienvenida moneda).

–¡Pero, Señor! ¡Si es un duro! –Te lo doy para que puedas,

siquiera por esta noche, tener buena cama y cena.

–¡Déjeme besar su mano! –¡Quita, quita ya tontuela!

–¡Que Dios se lo pague a usted! ¡Un duro!… ¡Estoy muy contenta!…

-¿No será falso, verdad? –¡Cómo, muchacha! ¿Tú piensas?…

–No, señor… perdone usted… Pero… ¡vamos!… la sorpresa…

-¡Si voy a volverme loca de alegría!… ¡Quién dijera!

-¡Que Dios le premie en el mundo y le dé la gloria eterna! Apretando entre sus manos aquella enorme moneda, corre por la calle abajo veloz como una saeta.

A la mañana siguiente se comentaba en la prensa

el hecho de haber hallado en el quicio de una puerta,

¡el cadáver de una niña abrazado a una muñeca!»

¡Bueno! Aquel hombre se enterneció y creyó que la niña iba a utilizar correctamente la moneda, pero, si hubiese conocido el resultado (te pregunto a ti, que me estás leyendo), ¿habría pensado que había sido misericordioso?

¿Verdaderamente misericordioso? ¿Qué habrías pensado tú? ¿Cómo te habrías sentido? ¿Fue misericordioso el dependiente?

Le llega el turno a tu reflexión.

En estas situaciones, como en otras similares, debemos aprender a equilibrar los razonamientos de la mente con los impulsos misericordiosos del corazón.

Pero la misericordia no siempre envuelve cosas materiales. Por ejemplo, podemos ser misericordiosos diariamente no juzgando a los demás o no siendo demasiado críticos. A muchos les duele que le señalen una falta. Algunos se enfadan y se resienten, mientras que otros… otros pierden la confianza en sí mismos, piensan que no hacen nada bien y se deprimen; y la depresión puede hundir anímicamente a una persona hasta resultados extremos. Así pues, la razón nos pide que seamos misericordiosos con las debilidades de otros no siendo demasiado críticos.

Dale Carnegie escribió: «La crítica es inútil porque pone a la otra persona a la defensiva y, por lo común, hace que trate de justificarse. La crítica es peligrosa porque lastima, hiere el precioso orgullo de la persona, daña su sentido de la importancia y despierta su resentimiento»

Y J. Wanamaker confesó: «Hace treinta años aprendí que es una tontería regañar a los demás. Bastante trabajo tengo con vencer mis propias limitaciones sin necesidad de impacientarme por el hecho de que Dios no ha creído conveniente distribuir por igual el don de la inteligencia»

Y hemos de tener en cuenta que nuestros propios errores deberían recordarnos la importancia de ser tolerantes con los demás. Y aun cuando alguien haya cometido un error, quizás lo misericordioso sería no señalarlo, pasarlo por alto, aunque quienes están debidamente capacitados quizás piensen que, en casos concretos, lo mejor es corregir el error. Y si alguien reconoce que ha cometido un error, ¿por qué continuar señalándoselo insistentemente?

¿no será suficiente el dolor emocional que manifiesta?

¿Ya has buscado lo que significa “criticar”? La definición que da la RAE es:

criticar

De crítica.

  1. tr. Analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia de que se trate.
  • tr. Hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o una tacha suyos. Lo critican por sus declaraciones. Le critican su ropa. U. t. c. intr.

La definición que da Oxford Languages:

  1. Examinar y juzgar una cosa, especialmente para determinar su bondad, verdad o belleza.

«el crítico debe limitarse a criticar, resaltar lo positivo y desvelar lo negativo»

  • Expresar opiniones o juicios negativos y contrarios sobre una persona o una cosa.

«el hecho supuso un cambio importante en la pesca chilena y fue criticada por importantes sectores al ser acusada de esquilmar los mares»

Veamos una breve historia.

En una etapa de su vida, cuando era jovenzuelo, Lincoln, quien llegó a ser presidente de los Estados Unidos, se dedicó a criticar a sus semejantes. Escribía cartas y poemas poniendo en ridículo a los demás. Y esos escritos los iba distribuyendo por los caminos, con la seguridad de que alguien los encontraría y los leería. Ya como abogado, continuó atacando y ridiculizando a las personas, desde los periódicos, especialmente a sus rivales. En 1842 se burló de un político llamado J. Shields. Lo ridiculizó mediante una carta anónima. Cuando Shields supo quién había sido, lo retó a duelo. Pero en el último instante, intervinieron los padrinos y evitaron el duelo. Nunca volvió a ridiculizar a nadie. Desde entonces, casi nunca criticó a nadie. Lincoln, por amarga experiencia, aprendió que las críticas y los reproches acerbos son, casi siempre, inútiles.

De modo que, si quisiéramos despertar un resentimiento que amague la vida a alguien, solo tenemos que pronunciar una crítica punzante, una crítica acerba, sin importar si la crítica está o no justificada. Pero debemos tener presente que las críticas son como palomas mensajeras. Siempre vuelven al nido.

En definitiva. Cualquier persona puede criticar, censurar y quejarse, y la mayoría de tontos lo hacen. Pero se necesita carácter y dominio de sí mismo para ser comprensivo, capaz de perdonar y llegar a ser verdaderamente misericordioso.

Deseo hacer hincapié, también brevemente, en otro punto:

¿Podemos demostrar que la misericordia es una cualidad dominante en nuestra vida consolando a otros?” No se trata solo de saber escuchar; las palabras que digamos deben edificar eficazmente el amor propio del angustiado, del deprimido. ¿Qué podemos hacer, entonces? Algo que no es tan sencillo a primera vista: Usemos ejemplos, ilustraciones, comparaciones, metáforas, ejemplos de otras personas… para ayudar a la persona débil y abatida a entender los cambios que, quizá, deba hacer en su modo de pensar para recobrarse. Y debe sentir que es nuestro deseo de corazón; debe sentir, realmente, que la amamos (Amor agape, que encierra el dar sin esperar nada a cambio).

Evidentemente, no hemos mencionado todas las formas posibles de mostrar misericordia, ni todas las situaciones que requieren esta cualidad, que “haberlas hailas”. Queda mucho camino por recorrer.

Sólo resta añadir, como colofón, una coletilla de la que no hemos hablado, ni siquiera mencionado, pero que está bien relacionada con la misericordia.

«Trate honradamente de ver las cosas desde el punto de vista de la otra persona»

Aunque yo prefiero decir: «Cualidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos = EMPATÍA»

¡Hasta otra, AFDOSEROS!

¡Sed felices!

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