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«Tío José» – hermano del abuelo que no conocí

En un pueblo de montaña sin río, lago o presa donde refrescarse, sin poder bañarse en los veranos extremadamente continentales del interior de nuestra península, podríamos pensar que los niños se aburren, pero no, estaríamos equivocados si creyésemos eso.

El bisabuelo decidió irse de las tierras de regadío en Fuentesnuevas, vendió para comprar jornales de viñedo, extraer de la tierra y sus cepas el líquido elemento tan preciado en aquellos momentos, labrar en aquellas tierras el futuro para él y su familia, dejar en aquellas fincas su huella perenne.

Los hijos e hijas, chavales de estas villas, crecen jugando a trabajar en las tareas del campo de sol a sol, como sus padres o el ganado familiar que cuidan día a día sin pausa ni descanso, mañana, tarde, noche, mañana…

En un pueblo de secano, rodeado de viñedos como es “Iglesia del Campo”-“Villadecanes”, la escuela no es una opción principal para los críos y jóvenes moradores de estas tierras tan remotas.

Lo importante y fundamental es cebar los marranos con los que asegurar una buena matanza, alimentar los bueyes con la hierba del pajar, sustraer los huevos del gallinero y palomar para la tortilla con patatas, sanear el campo de zarzas, gramas y otras malezas indeseables.

Vendimiar, podar, sulfatar, recoger castañas, regar el huerto con el agua de la noria surco a surco, sin desperdiciar nada del líquido elemento, tan preciado y escaso por estos parajes, tan necesario.

Hay que llenar los platos de la mesa con caldo de berzas y tocino caliente, gallina desplumada con patatas guisadas y tomates de temporada, garbanzos con androlla-botillo, pan de trigo o centeno, ciruelas, peras, higos, cerezas, uvas, almendras….una completa dieta culinaria dependiendo de la estación, de la época.

En el pueblo, los chavales acompañan y cuidan en el monte de las cabras, vacas y ovejas, el pasto es denso en las lomas de la sierra cercana, el comunal es de todos, después, el ordeñe a la vuelta en la cuadra.

En la cocina de hierro fundido, con leña, se calienta la leche, se extrae la nata del cazo de metal en sabrosas cucharadas que se untan en pan recién horneado con azúcar y un chorrito de vino tinto de la cosecha anterior. También se hace cuajada y requesón para las mejores de las meriendas posibles, las más sanas y naturales.

Limpiar los cultivos de malas hierbas, podar las vides para luego vendimiar los sabrosos racimos, transportar las uvas a la bodega, cargar la prensa manual, extraer el mosto y llenar las cubas de licor dejando al líquido un tiempo reposar en su interior, hacerse vino.

Con el agua del pozo, la noria riega la huerta anexa a la casa, da vida a patatas, lechugas, tomates, pimientos, remolachas y cebollas, como principal destino. Los frutos maduran al sol mientras las rutinas del trabajo se suceden cronológicamente ordenadas, metódicas, pautadas.

Abonar la tierra con estiércol del ganado mezclado con la paja en la que duerme, sembrar el grano siguiendo el calendario lunar, esperar unos días para ver brotar las semillas, joyas del suelo temerosas del granizo o la cruel y mortal helada.

Largas y calurosas son las tardes del verano, frías y húmedas de rocío las mañanas del otoño, helados y nevados muchos días del invierno, lluviosas y ventosas las primaveras antesala del extenuante sofoco que nos espera luego, a partir de mayo.

Hay que buscar el lugar más fresco para echarse la siesta, descanso del guerrero, salir a la sombra del negrillo o de la higuera en la parte trasera de la vivienda de piedra.

En un par de horas el sol habrá bajado su fuerza, lo que nos va a permitir seguir trabajando, siempre todo mejor por la fresca de las primeras y las últimas horas del día.

Regar, segar la hierba alimento del ganado en el invierno, hacer un gran medero de trigo con un palo en el centro, columna vertebral anclada al suelo para que no se caiga.

La envidia de todo un pueblo, el más grande de la era, dicen, asentado sobre unos maderos que le aíslen de las humedades del suelo, símbolo inequívoco de poderío y riqueza, orgullo de la familia que se precie.

Majar a palos la cosecha de trigo, extraer el grano de la espiga que luego llevaremos en sacos al molino de la presa en la aldea de abajo.

Recorrer la cuesta en el carro de madera sonoro tirado por las vacas de caminar seguro, cansino, lento, pesado.

La maquila se cobra una parte de la molienda, el resto retorna a la casa en los mismos bultos de tela que hay que esconder bien en la bodega a una altura razonable, lejos de insectos y roedores indeseables, famélicos, siempre amenazantes en busca de alimento.

Ya tenemos asegurados el pan y el vino, por un tiempo podemos seguir andando en nuestro camino sin detenernos hacia el destino que la vida nos tiene reservado.

David Castañeiras Folgueral.

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4 respuestas »

  1. Gentes buenas y trabajadoras,que sabían que nada caía de arriba y había que currar y luchar para salir adelante,bonito homenaje a todo un ejemplo a seguir ,por las próximas generaciones,un saludo

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